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Full text of "Grito de gloria"

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GRITO DE GLORIA 




Ministerio de Instrucción Pública y Previsión Social 



BIBLIOTECA ARTIGAS 

Art 14 de la Ley de 10 de agosto de 1950 

COMISION EDITORA 
Prof Juan E Pivel Devoto 

Ministro de Instrucción Pública 

María Julia Ardao 

Directora Interina del Museo Histórico Nacional 
Dionisio Trillo Pays 

Director de la Biblioteca Nacional 

Juan C Gómez Alzóla 

Director del Archivo General de la Nación 



Colección de Clásicos Uruguayos 

Vol 54 
Eduardo Acevedo Díaz 
GRITO DE GLORI\ 

Preparación del texto a cargo de 
José Pedro Barran y Benjamín Nahum 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



GRITO 
DE GLORIA 

Prólogo de 
EMIR RODRIGUEZ MONEGAL 



MON1LVIDEO 
1964 



PROLOGO 



i 

Una doble fundación 

Con sus cuatro novelas históricas — Ismael (1888), 
Nativa (1890), Grito de Gloria (18931 v Lanza 
y Sable (1914) — no solo contribuye Eduardo Ace- 
vedo Díaz al establecimiento de la narrativa en el 
Uruguay sino que también aporta una obra capital 
para la fundación de nuestra nacionalidad Por eso, 
hay que considerar a Acevedo Díaz en su doble ca- 
rácter de creador literario y creador de un sentimien 
to de la nación uruguaya Había en él un poderoso 
temperamento narrativo, una visión de la patria en 
su realidad actual, en su tradición, en su marcha ha- 
cia el futuro, una capacidad de descubrir en la com- 
pleja realidad nacional las cifras esenciales, un cre- 
ciente dominio de la anécdota que madura (mas allá 
del ciclo épico) en Soledad, esa tradición del pago 
que publica en 1894, un inusual poder de observación 
de tipos y costumbres Aunque escribió relatos breves 
(el mejor tal vez sea El Combate de la Tapera) 
necesitaba la amplia y morosa respiración novelesca 
para poder comunicar cabalmente su ancha visión de 
esta tierra oriental Fue un creador de mundo Es de- 
cir fue inventor de una realidad novelesca coherente 
y autónoma, una realidad que desde sus mejores li- 
bros ofreoe su espejo a la nación a la vez que propone 



VII 



PROLOGO 



normas para el futuro para la nacionalidad aún en 
formación en momentos en que él escribía y publicaba 
Pero también fue un político destacado La época 
que le tocó vrvir (nació en 1851, muño en 1921) ne 
cesitaba escritores que fueran hombres de acción Des- 
de muj joven estuvo al servicio de uno de los partí 
dos tradicionales y supo jugarse en la lidia periodis 
tica, en la tribuna, en el campo de batalla Arriesgo 
su \ida varias veces por sus ideales Su vocación lite- 
raria (aunque fuerte y porfiada) está en permanente 
conflicto con esa avasalladora e impostergable voca 
ción política que habrá de convertirlo en uno de los 
jefes del Partido Nacional, "el primeT caudillo civil 
que tuvo la República'* según ha dicho Francisco Es- 
pinóla, uno de sus más sutiles sentidores Por eso, 
Acevedo Díaz sólo podra escribir sus grandes novelas 
en la pausa forzosa de una lucha que casi no le da 
tregua El período literariamente mas fecundo de su 
obra, el verdaderamente creador, coincide casi exacta 
mente con su obligado exilio en la Argentina, entre los 
años 1884 y 1894 Entonces escribe Brenda (1886), 
su primer novela, de ambiente contemporáneo y aún 
inmadura las tres primeras obras del ciclo histórico, 
Soledad y seguramente esboza entonces Lanza y 
Sable cuya redacción definitiva la lucha política re- 
tardara hasta 1914 Su arte de novelista se resiente 
naturalmente de esta escisión permanente entre su ca- 
rrera de hombre publico (el eje sobre el que se des- 
plaza su destino) y su porfiada vocación literaria Sin 
embargo su obra de creador no necesita excusas Está 
ahí, entera, para ejemplo de nuestra literatura, vigente 
a pesar de \isibles desfallecimientos \ de algunos titu 
los superfluos (además de Brenda, hay otra novela 
Mines, 1907, menos redimible por haber sido pubh- 



VIII 



PROLOGO 



cada después de las obras maestras) Su obra está 
ahí, plantada como una de las creaciones mas impor- 
tantes y perdurables de nuestra narrativa que no abun- 
da en grandes novelistas Ya no se discute el lugar 
que le corresponde en el panteón vrvo de las letras 
nacionales Hace cuarenta hace treinta años, los crí 
ticos mas vigentes entonces í pienso en Zum Felde, en 
Alberto Lasplaces) podían oponerle muchos reparos de 
detalle — reparos muchas veces justísimos y lúcidos — 
sin advertir al mismo tiempo todo lo que su obra tema 
de central, de permanente, de hondamente creadora 
Ho>, a partir de las luminosas explicaciones de Fran 
cisco Espinóla en su prologo a Ismael (Buenos Aires, 
1945) es imposible no advertir esa cualidad esencial 
de su obra la fundación de un sentimiento de la na 
cionahdad, la fundación de una forma perdurable de 
la novela uruguava 

Pero el nombre de Ace\edo Díaz no ha traspasado 
aún las fronteras patrias Todavía es desconocido en 
el vasto mundo hispánico Sin embargo, parece indu- 
dable que su obra merece trascender las fronteras de la 
nacionalidad Aunque buena parte de su eco pueda 
perderse fuera del ámbito uruguayo (no tiene por qué 
hablar a hombres de otros cielos con el acento tan per- 
suasivo con que nos habla), su creación no depende 
exclusivamente de circunstancias locales Hay en Ace- 
vedo Díaz un creador tan universal como Zorrilla de 
San Martin o como Horacio Quiroga un hombre ca 
paz de tocar los centros de la vida con la misma auto 
ndad, el mismo poder suasorio, la misma imagina- 
ción poética Para certificarlo están ahí sus libros, y 
sobre todo la importante fabrica de sus novelas histó 
ricas. 



IX 



PROLOGO 



La critica (sobre todo Zum Felde) ha discutido la 
calificación de tetralogía que correspondería a esas 
cuatro novelas del ciclo histórico y ha propuesto en 
cambio la trilogía por considerar que la última de las 
cuatro (Lanza y Sable), "escrita mucho después, 
carece del vigor artístico y de la verdad histórica de 
las primeras 1 ' Emitido por primera vez en su Crítica 
de la literatura uruguaya (Montevideo, 1921) este 
juicio de Zum Felde no ha sido modificado por el autor 
en sucesivas ampliaciones de aquel libro (Proceso 
intelectual del Uruguay, Montevideo, 1930, Buenos 
Aires, 1941) o en otros textos complementarios {Indi- 
ce crítico de la literatura hispanoamericana La narra- 
tita México, 1959) Ya he examinado ín extenso esta 
opinión de Zum Felde en el prologo a Nativa de esta 
misma colección de Clásicos Uruguayos A mi juicio 
no cabe negar la entrada de Lanz\ y Sable en el 
ciclo histórico En primer lugar, porque esa ha sido 
la voluntad creadora explícita de Acevedo Díaz ya 
que al aparecer Ismael fomento la publicación de 
algunos sueltos periodísticos en que se hablaba de los 
''cuatro volúmenes" o "cuatro libros" que comprendería 
el ciclo entero, llegando a especificar en "La Epoca", 
(abril 21, 1838) que "el último y culminante episo- 
dio de la obra es una brillante descripción de la defensa 
de Paysandú " En realidad, como se sabe, Lanza y 
Sable concluye con la capitulación de Paysandú Ade- 
mas y a mavor abundamiento, al publicar la última no 
vela reafirma Acevedo Díaz su intención general desde 
estas palabras del prólogo "Nuestro trabajo, interrum- 
pido más de una \ez por distintas causas y de un 
tema que diverge un tanto de los anteriores de la se- 
ne, relativos a las luchas de la independencia, es con- 
tinuación de Grito de Gloria" P&ro hav, sobre 



PROLOGO 



todo, un argumento mas poderoso la concepción ge- 
neral profunda del ciclo exige la presencia de Lanza 
y Sable 

Acevedo Díaz no se propuso sólo evocar las lejanas 
luchas de nuestra nacionalidad por librarse del yugo 
español o de la amenaza porteña y lusitana Tam- 
bién quiso mostrar en aquellas luchas la simiente de 
las guerras civiles que escindirían (hasta el mismo 
momento en que creaba sus novelas) la nacionalidad 
oriental en dos grupos antagónicos Por eso Ismael 
(y sólo Ismael» pertenece al ciclo artiguista de lucha 
por la independencia Tanto Nativa como Grito de 
Gloria ilustran simultáneamente dos temas en el 
nivel más superficial y evidente* muestran la lucha 
por liberarse del ocupante brasileño, en un nivel mas 
profundo, revelan las primeras señales de la discordia 
civil con la aparición de los tres caudillos (Lavalleja, 
Oribe, Rivera) que se disputaran la hegemonía Sin 
embargo, aunque Zum Felde se equivoca al exceder 
los limites de la crítica > negar entrada a Lanza y 
Sable en el ciclo, su error contiene un acierto para^ 
dójico Las cuatro novelas no se integran verdadera- 
mente en una tetralogía sino en un tríptico, aunque 
ordenado de modo disünto de lo que él propone y por 
motivos muy diversos de los que él aduce En efecto 
Ismael, que muestra el estallido de la Independencia 
y concluye con la batalla de Las Piedras, sena el pri- 
mer volante del tríptico, Nativa y Grito de Gloria, 
que cubren el mismo periodo histórico, la Cisplatina, 
V están inextricablemente ligadas por la peripecia del 
mismo protagonista Luis Mana Berón forman el 
centio doble del tríptico, Lanza v Sable que mues- 
tra el comienzo de la escisión de los dos partidos tra 
dicionafcs y los orígenes de una guerra civil que en- 



XI 



PROLOGO 



sangrentaría al Uruguay a lo largo de todo el si- 
glo XIX, es el último volante del tríptico 

La cronología también confirma esta ordenación 
estética Aunque muchos críticos ya han señalado que 
no hav hiato histórico o anecdótico entre Nativa y 
Grito de Gloria, y si lo hay entre Ismael y N\tiva 
fuños diez años) o entre Grito de Gloria y Lanza 
y Sable (otro lapso de casi diez años) no se han 
sacado todas las consecuencias estéticas de esta obser- 
vación Parece indudable, sin embargo, que al cons- 
truir sus cuatro novelas de acuerdo con un plan que, 
histórica v anecdóticamente vincula fuertemente a las 
dos centrales y aisla a las dos extremas, Acevedo Díaz 
esta creando no sólo una tetralogía {calificación que 
solo tendí ía en cuenta los aspectos externos de la es 
tructura narrativa) sino un tríptico 

Una observación complementaria al anunciar 
Lanza y Sable Acevedo Día? la presentó un par de 
\eces bajo el título de Frutos nombre con el que se 
conocía popularmente al General Fructuoso Rivera 
Este provecto de título permite verificar, asimismo, 
no sólo la unidad de concepción de las cuatro novelas 
del ciclo en que insiste Acevedo Díaz al hacer el anun- 
cio sino algo mucho mas importante, sobre lo que 
no se ha hecho hincapié que \o sepa En la concep- 
ción del autor, el ciclo se abriría con una novela cuyo 
protagonista (Ismael) es un ser de ficción que sim- 
boliza la primitiva nacionalidad oriental en armas 
contra el poder colonial de España, y concluiría con 
otra novela cuvo protagonista (Frutos o sea Rivera) 
es un ser completamente histórico que simboliza la 
escisión que habrá de producirse en el seno mismo 
de esa recién conquistada nacionalidad independiente 
De la novela histórica (Ismael) a la historia novela 



XII 



PROLOGO 



da (Frutos, es decir Lanza y Sable) tal era el 
camino que habría de recorrer Acevedo Díaz en su 
ciclo Es cierto que más tarde, al cambiar el título a la 
última novela, soslayó la simetría y el contraste exte- 
rior entre Ismael y Frutos, pero no altero para nada 
el intimo contraste entre ambos libros En la con- 
cepción estructural, como en la realización novelesca, 
la primera y la última parte del ciclo se oponen con 
profunda antítesis que ilustra su dialéctica interior 
Son los dos volantes extremos del tríptico En el cen- 
tro, quedan dos novelas Nativa v Grito df Gloria, 
que en realidad constituyen una sola 

II 

Estructura de Grito de Gloria 

La anécdota que se inicia en Nativa culmina y se 
desenlaza en Grito de Gloria el joven Luis María 
Berón que había abandonado su hogar montevideano 
para sumarse a la cruzada anti-brasileña del coronel 
Olivera, que había participado en algunas escaramu- 
zas, que se había visto obligado a refugiarse entre 
matreros, que había encontrado en la estancia Los 
Tres Ombues no una sino dos muchachas (Natalia, 
Dora) dispuestas a amarlo que había rivalizado con 
el teniente brasileño Souza por el cariño de Natalia, 
reaparece ahora en Grito de Gloria como protago- 
nista de acciones no menos importantes Aquí estará 
incorporado a la Cruzada Libertadora de los Treinta 
y Tres Orientales* continuara su interrumpida relación 
con Natalia, entablara en el campamento un vínculo 
más puramente camal con una soldadera, la bravia 
Jacinta, enfrentara a su rival Souza en el campo de 



XIII 



PROLOdO 



lucha, será herido en la batalla de Sarandi, morirá 
en la estancia de Los Tres Ombúes Por el trazado 
exterior de su anécdota es evidente que Grito DE 
Gloria no sólo es la continuación inmediata de 
Nativa, sin interrupción de la peripecia, sin hiato 
histórico, sino que es la misma novela una segunda 
parte, la otra mitad del tablero central de egte tríptico 
narrativo 

Lo que no significa que entre una y otra novela 
no existan notables diferencias Aunque se trate de 
diferencias similares a las que es posible encontrar 
entre la primera y la segunda mitad de La guerra y 
la paz Porque sin extremar la comparación, es posi- 
ble advertir que en Nativa, a pesar de la cruzada 
de Olivera y de algunos combates aislados, predomina 
el clima de paz, una paz armada que es sólo un inter- 
valo entre dos momentos de guerra, pero una paz en 
fin En tanto que Grito de Gloria, desde la primera 
secuencia importante {el desembarco de los Treinta y 
Tres en Ja playa de la Agraciada) hasta la ultima 
(la batalla de Sarandi) está hondamente marcada por 
el signo bélico Esta diferencia de énfasis explica que 
en Nativa predomine la anécdota individual y senti- 
mental la relación entre Luis María Berón v las dos 
hermanas, el otro triangulo que establece la rivalidad 
entre Berón y Souza por Natalia Mientras en Grito 
de Gloria, los conflictos individuales aunque sobre- 
viven y ocupan espacio narrativo, están dominados 
por la acción bélica 

Tal vez la más notable diferencia exterior entre 
Nativa y Grito de Gloria esté dada por la estruc- 
tura misma de cada novela La primera sigue el es- 
quema general de Ismael* se inicia, como quena y 
recomendaba Horacio en su Arte poética, ín media 



XIV 



PROLOGO 



res en un Uruguay ocupado por los brasileños que 
han convertido la Banda Oriental en Provincia Cis 
platina, y en momentos en que Luis María Berón esta 
a punto de ser descubierto por los dueños de Los Tres 
Ombúes Se ha refugiado como matrero en los montes 
linderos y su presencia no pasará inadvertida a las 
muchachas de la estancia El contacto entre el prota- 
gonista y las jóvenes pretexta (como en la Odisea la 
llegada del héroe al país de los Feacios) un salto 
hacia atrás en el curso de la narración A partir del 
capitulo VIII, Acevedo Díaz introduce la historia de 
Luis María Berón, Al concluir el racconto en el ca- 
pítulo XVII la acción retorna al presente narrativo 
en que se mantiene hasta el final Nada de esto ocurre 
en Grito de Gloria, cuya acción ea perfectamente 
lineal No hay un solo racconto, no se regresa en el 
tiempo, todo marcha en forma cada vez más acelerada 
hacia la culminación épica de la batalla de Sarandí 

Es evidente que la formula, algo mecánica, que Ace- 
vedo Díaz había usado ya en Ismael y vuelve a usar 
en Nativa, resultaba ahora superfina No en vano 
el narrador iba aprendiendo v madurando a medida 
que se desarrollaba el ciclo histórico Al simplificar 
la estructura externa y aceptar la narración lineal en 
lugar del salto atrás en el tiempo, Acevedo Díaz se 
despeja de efectos puramente estructurales y concentra 
su materia narrativa en lo que realmente importa un 
crecimiento inexorable de la secuencia de hechos, una 
ma\or complejidad en la visión de los personajes, una 
acentuación del carácter épico de la narración La 
fórmula (si fórmula hay) es la de la ¡liada 

Desde este último punto de vista es muy notable la 
diferencia de Grito de Gloria con respecto a Nativa 
Es cierto que en e#ta novela toda la secuencia en que 

XV 



PROLOGO 



Acebedo Díaz muestra la Cruzada de Olivera (capí- 
tulos X a XII) es de la mejor calidad épica Pero en 
el conjunto de la novela, esos tres capítulos no alcan- 
zan a redimir un texto que en general está abrumado 
por los peores recursos del folletín romántico (pasión 
desdichada y morbosa de Dora por Luis Mana Berón, 
trazado convencional de las relaciones de éste con 
Natalia) y que sólo be justifica como preparación para 
un proceso personal que Acevedo Díaz desarrolla y 
culmina en Grito de Gloria Como novela autóno- 
ma, Nativa no tendría razón de ser En esto difiere 
fundamentalmente de las otras tres del ciclo histórico, 
que pueden sostenerse (y se sostienen) sobre sus pro- 
pios pies La razón es que Nativa no es una novela 
autónoma, ni siquiera es una novela es la mitad del 
volante central del tríptico 

Grito de Gloria, en cambio, podría existir como 
narración autónoma Es cierto que si solo existiera esa 
parte de la composición central del tríptico se borra- 
ría bastante el trazado completo del Uruguav de la 
Cisplatma, se icría afectado el proceso de esa visión 
profunda de la nacionalidad que quiere comunicar 
Acevedo Díaz, y la figura de Luis María Berón, como 
alter ego del autor, perdería buena parte de su senti- 
do, como se vera más adelante Pero aún así, en la 
hipótesis de que Grito de Gloria existiese como no- 
vela aislada y única, su validez narrativa no dismi- 
nuiría totalmente Seguiría siendo un fresco impor- 
tante y viable del momento en que la Banda Oriental 
despierta al impulso de la Cruzada Libertadora de los 
Treinta v Tres, mostraría a Luis María Berón como 
héroe y como amante (la relación con Jacinta es una 
de las mas logradas del novelista uruguayo) , culmi- 
naría con uno de los pasajes épicos mas notables de 



XVI 



PROLOGO 



nuestra narratna la batalla de Sarandi Aun más 
como tema secundario, la novela ilustraría también el 
comienzo de una realidad fratricida que habría de 
poner en grave peligro esa misma nacionalidad en 
formación 

Felizmente, no es necesario considerar a Grito de 
Gloria como novela aislada sino como parte funda- 
mental del tríptico Sus vinculaciones con Nativa son 
aún mas sutiles de lo que se ha subravado Así, 
Nativa concluve con un abrazo simbólico entre La- 
dislao y Luis Mana Berón, en tanto que Grito de 
Gloria muestra hacia el fmal a uno de los protago 
mstas de ese abrazo, al gaucbo Ladislao Luna enla- 
zado en feroz duelo a muerte con un hermano de ar- 
mas El abrazo se ha trocado en duelo fratricida Por- 
que entre el final de una novela y la conclusión de la 
otia ha ocurrido precisamente esa escisión de la na 
cionahdad oriental en dos bandos Aquí se inicia una 
lucha que llegará a ser en Lanza y Sable, franca- 
mente civil Este pequeño incidente, simbólicamente 
colocado por Acevedo Díaz en la culminación de las 
dos partes del volante central de su tríptico demues- 
tra hasta que punto la estructura de cada novela y del 
ciclo histórico completo, ha sido materia de estudio, 
de meditación, de calculo Por otra parte, Grito de 
Gloria no solo esta ligada fuertemente a Nativa 
También lo esta, aunque en forma mas laxa, a Ismael 
por el papel importante aunque secundario que juega 
el protagonista de esta primera novela en la acción 
de la tercera Y está muy ligada asimismo a la última 
de la sene por plantear en su desenlace el conflicto 
que será el tema de la misma la lucha cainita Por eso, 
desde muchos puntos de vista, Grito de Gloria es el 
gozne en que gira todo el tríptico hacia una fatal 
culminación 

XVII 



I 



III 

La visión histórica del novelista 

Desde sus primeras páginas, Grito de Gloria pone 
su énfasis en lo histórico Su primer capítulo, Des~ 
pues del Catalán, traza el cuadro de destrucción pro- 
vocado por los invasores portugueses, que serán su- 
plantados luego por los brasileños a partir de la In- 
dependencia del Brasil Es el cuadro de nueve años 
de ocupación extranjera* los nueve años en que la 
Banda Oriental *e convierte en provincia del Imperio 
brasileño Aunque el acento está puesto en lo histórico, 
Acevedo Díaz quiere comunicar sobre todo el estado 
de animo de una nacionalidad oprimida Los capítu- 
los siguientes muestran el crecimiento y estallido de 
la Cruzada Libertadora de los Treinta y Tres Orien- 
tales los esfuerzos revolucionarios de dos caudillos 
emigrados en Buenos Aires, Oribe v Lavalleja (capí 
tulo II \ , dos emisarios que recorren los pagos de la 
patria sometida (capítulo III) , el comienzo de la Cru 
zada con el desembarco en la plava de la Agraciada, 
epi&odio culminante de nuestra historia que Acevedo 
Díaz detalla con intuiciones magistrales de novelista 

En el prólogo a Soledad (Montevideo, 1954) ha 
mostrado Francisco Espinóla la superioridad de Ace- 
vedo Díaz como descriptor de un cuadro histórico so 
bre el pincel de Juan Manuel Blanes en su célebre 
cuadro En tanto que Blanes coloca a los Treinta y 
Tres en el absoluto primer plano de su cuadro, lle- 
nando hasta el último resquicio de la tela con su pre- 
sentía agrandada y heroica, Acevedo Díaz enf atiza 
la pequenez del grupo en medio del paisaje Incluso 
los muestra desde el punto de vista de unos paisanos» 



XVIII 



PROLOGO 



"Un pequeño grupo de vecinos del pago presenciaba 
la escena desde el pie de la colma, dominando con 
sus miradas el arenal por un abra extensa del bos- 
que " Este subrayado de un punto de vista ajeno per- 
mite al novelista situar a los héroes dentro del marco 
natural y subraya el contenido simboUco de la esce- 
na la desproporción entre los medios y la magnitud 
de su hazaña. En tanto que el procedimiento de Bla- 
nes quita perspectiva histórica a la gesta, Acevedo 
Díaz encuentra el medio de sugerir emocionalmente 
toda su grandeza intrínseca 

Ya en el capitulo Y (Al viento la bandera) la visión 
histórica pura cede el paso a la ficción narrativa En 
escena entran Ismael, Cuaró y Ladislao Luna, Luis 
Mana Berón > su ayudante, el negro Esteban, don 
Anacleto, viejo y astuto campesino Las figuras histó- 
ricas (como Oribe, como Rivera) se mezclan con las 
puramente novelescas aunque predominarán sobre to- 
do éstas en el resto de la novela Por eso, Grito de 
Gloria oscila entre la ficción y la recreación histó- 
rica Nuevamente, como en NvrrvA, Luis María Be- 
rón habrá de convertirse en el punto de mira desde el 
que Acevedo Díaz comunica sus ideas sobre la nacio- 
nalidad en formación A partir de este capítulo hasta 
el final, la obra progresa inexorablemente en estas 
dos dimensiones la histórica y la novelesca Se cum- 
ple asi en esta obra mejor que en las anteriores del 
ciclo una de las ambiciones declaradas de Acevedo 
Díaz reconstruir por medio de la novela el verdadero 
proceso histórico 

En unas cartas sobre La novela histórica (que fue- 
ron aducidas y comentadas en ti prólogo a Nativa 
de esta misma colección) señala Acevedo Díaz, ya en 
1895, que "el novelista consigue con mayor facilidad 



XIX 



que el historiador resucitar una época, dar seducción 
a un relato La historia recoce prolijamente el dato 
analiza fríamente los acontecimientos hunde el escal- 
pelo en un cadáver., v busca el secreto de la vida que 
fue La novela asimila el trabajo paciente del historia- 
dor, y con un soplo de inspiración reanima el pasado, 
a la manera como un Dios, con un soplo de su aliento, 
hizo al hombre de un puñado de polvo del Paraíso 
v un poco de agua del arroyuelo " Mas tarde, en el 
prólogo a Lanz\ y Sable (de 1914) insistirá en la 
superioridad de la novela histórica sobre la mera his- 
toria U A nuestro juicio, se entiende mejor la 'histo- 
ria' en la novela* que no la 'novela 1 de la historia Por 
lo menos abre mas campo a la observación atenta, 
a la investigación psicológica, al libre examen de los 
hombres descollartes y a la filosofía de los hechos " 
Porque Acevedo Díaz (que tenia en su familia no 
tables ejemplos de historiadores v cronistas) sabía per- 
fectamente que el dato histórico, por sí solo, poco dice, 
que es susceptible de ser tergiversado, que muchas 
veces solo refleja una parte, no siempre la mas valiosa, 
de la realidad histórica que se pretende recrear En 
El Mito del Plata (Buenos Aires, 1916) llega a 
escribir "La documentación es una de las fuentes El 
documento oficial suele redactarse con arreglo a inte- 
reses, y no a sucesos, conforme a móviles de circuns- 
tancias, y no a la estrictez de los hechos consumados 
Si mas adelante no hav quien lo redarguya presen- 
tando prueba eficiente de lo contrario, la opinión ge- 
neral calla, y ablente Es tan difícil constatar la ver- 
dad sobre un acontecimiento ocurrido hoj y comen- 
tado mañana 1 Todo se involucra, cuando no se au 
menta o se adultera Es la novela de la historia Aun- 
que se revise, rectifique o ilumine, si median pasiones 



XX 



PROLOGO 



políticas no se atiende al criterio de imparcialidad, 
siempre que el documento falso las favorezca, las hala 
gue y las a>ude en sus planes de presente o de futuro " 

Bien sabia esto Acevedo Díaz que como político, 
debió luchar contra imputaciones y documentos ale 
gados por sus enemigos Pero mejor lo sabia aún como 
historiador que debió oponer en plena época de la le- 
yenda negra artiguista, a la imagen del héroe nacio- 
nal, fabricada por bus peores contrincantes, esa intui- 
ción sencilla v magnífica, la estampa que surge de su 
Ismael Como historiador, Acevedo Díaz pertenece a 
la corriente del revisionismo histórico que en ambas 
margenes del Rio de la Plata ha opuesto a la historia 
oficial, la historia de los documentos oficialmente ma 
mpulados, otra historia mas viva v real, mejor docu- 
mentada y al cabo mas fecunda De ahí qut su labor 
de historiador (aunque haya sido dominada y supe- 
rada por su labor de novelista) haya merecido la con- 
sideración y el estudio certero de J E Pivel Devoto 
No corresponde examinarla aquí, smo desde el ángulo 
de la creación novelesca 

A pesar de que conocía la falibilidad de los docu- 
mentos históricos, Acevedo Díaz no ahorro esfuerzo 
por documentarse sobre cada uno de I03 episodios que 
recrean sus novelas > sobre las personalidades que en 
ellos intervienen Con orgullo señala a veces, en las 
notas históricas que agrega a su narración, las fuen- 
tes familiares (por ejemplo las Memorias inéditas del 
General Antonio Díaz) en que se apoya para muchas 
de sus reconstrucciones En su correspondencia priva- 
da quedan huellas de la infinita paciencia con que 
pesquisaba un dato o verificaba una circunstancia. Ha- 
ce algunos años tuve la oportunidad de exhumar en 
la revista montevideana '"Numero" (Año 5, N° 23/24, 



XXI 



PROLOGO 



abril-setiembre 1953) dos cartas escritas por Acevedo 
Díaz a su pariente v amigo, el Dr Andrés Lerena, 
que constituyen un elocuente testimonio literario so 
bre el cuidado y dedicación con que componía sus no- 
velas histórmas sobre los escrúpulos con que mane 
jaba sus datos Ambas cartas (de agosto 5 y 26, 1892) 
tienen como motivo el desembarco de los Treinta y 
Tres Orientales, episodio que luego formara parte del 
capítulo IV (La Cruzada) de Grito de Gloria, como 
ya se ha visto Al anticipar el capítulo en una publi- 
cación conmemorativa del Cuarto Centenario del Des- 
cubrimiento de America Acebedo Díaz demuestra sus 
desvelos en el cuidado y la minucia con que explica 
al amigo sus propósitos o corrige algún párrafo de 
mínima información 

De ahí que no exagere nada al afirmar en Epocas 
Militares de los Países del Plata (Buenos Aires, 
1911) "En una de nuestras obras, Ismael, hemos 
descrito la acción de Las Piedras en todos sus detalles, 
con arreglo a datos de procedencia irreprochable" O 
que más adelante, al tratar de la campaña libertadora 
de 1825, se refiera a la batalla de Sarandi con estas 
palabras "En otra de nuestras obras, Grito de 
Gloria, continuación de Nativa (romances históri- 
cos), hemos descnpto en todas sus incidencias este 
episodio culminante de la cruzada de loa Treinta y 
Tres, de acuerdo con los datos mas fidedignos de uno 
y otro campo " En distintas ocasiones, son las llama- 
das al pie de pagina de sus no\elas las que indican 
directamente al lector la fuente documental de muchas 
de sus afirmaciones Valga como ejemplo ésta del capí- 
tulo I (Tiempos viejos) de Nativa "La pequeña no- 
ticia histórica que subsigue ha sido extractada con al- 
gunas ampliaciones nuestras, de un capítulo do las 



xxn 



PROLOGO 



memorias inéditas del General Antonio Díaz Aun 
cuando trata de hechos conocidos que han sido histo- 
riados a la luz de informaciones portuguesas y brasi- 
leñas, hemos preferido atenernos a esa fuente, por ser 
de estricta imparcialidad, principio en que basó siem- 
pre sus comentarios y escritos aquel esclarecido mili- 
tar y notable analista, a la vez que eminente hombre 
público " Estas palabras con que Acevedo Díaz evoca 
la figura de su abuelo tienen no sólo un delicado acen 
to de piedad familiar, también documentan su nece- 
sidad de acceder a la historia patria por otras fuentes 
que las oficiales 

Pero este cuidado por el dato no se convierte en 
superstición del dato Acevedo Díaz no pierde nunca 
de vista la necesidad de recrear en su entraña viva 
el pasado De ahí que elija el medio de la novela his- 
tórica que le permite ser fiel a la Unea más profunda 
del pasado > revelar su significación trascendente Lo 
que lo acerca a la historia no es un fervor pasatista, 
una nostalgia irredimible del pasado, una necesidad 
de evasión Está demasiado bien plantado en la reah 
dad contemporánea, se ha comprometido demasiado 
hondamente con la acción política de su tiempo, para 
practicar juegos románticos con el pasado Como 
Walter Scott (en la interpretación renovadora de 
Georg Lukácz que ya he invocado y estudiado en el 
prólogo de Nativa), Acevedo Díaz se vuelca sobre 
la historia para desentrañar los signos profundos del 
presente v aun del porvenir Su visión histórica es 
pasión viva 

En Ismmjx hav una página en que Acevedo Díaz 
explana su concepto de Id. historia, concepto que está 
en la base de su obra de novelista épico "En rigor, 
paréceme necesaria en la historia una luz supwior a 



XXIII 



PROLOGO 



nuestra lógica como medio eficiente de mantener el 
equilibrio del espíritu, y el criterio de certidumbre 
con aplomo en la recta La verdad completa ya que 
no absoluta, no la ofrece el documento solo, ni la 
sola tradición ni el testimonio mas o menos honora- 
ble la proporcionan las tres cosas reunidas en un haz, 
por el vinculo que crea el talento de ser justo, despo- 
jado de toda preocupación y que por lo mismo parti- 
cipa de una doble vi*ta una para el pasado y otra para 
el porvenir " Imposible sintetizar mejor el significado 
profundo de su obra de novelista histórico esa verdad 
Lomplotd que busca el historiador la encuentra la luz 
de su doble \ista 

IV 

La génesis sangrienta de un pueblo 

Desde la pinnera novela del ciclo histórico, ha plan- 
tado claramente Acevedo Díaz al pueblo como héroe 
colectivo de su evocación narrativa Es el pueblo, re 
presentado en Ismael Velarde, el que acompaña al 
caudillo y gana bajo su dirección, la batalla de Las 
Piedras, es el pueblo que sigue, en Nativa al otro 
caudillo, Olivera, en su cruzada imposible A ese pue- 
blo se suma en esta novela Luis Mana Beron, el se- 
ñorito, el intelectual, el alter ego de Acevedo Díaz 
Pero aunque Beron juega papel decisivo en esta no- 
vela v en Gano dd Gloria sigue siendo el pueblo el 
héroe colectivo el que hace descansar la estructura 
mítica de su tríptico el narrador uruguavo Es el 
pueblo el héroe cjue impregna con su espíritu la obra 
entera Como ocurre en las novelas de Walter Scott 



XXIV 



PROLOGO 



(según ha revelado la penetrante \ision de Lukácz en 
su aludido libro sobre La novela histórica), también 
en este ciclo narrativo de Acevedo Díaz, por encima 
de los beroes individuales o de las figuras históricas, 
recortadas con escrupulosidad de las paginas del pa- 
sado, predomina la masa El pueblo es el verdadero 
creador de la nacionalidad 

En Grito de Gloria ese retrato del héroe colee 
tivo llega a sus puntos mas expresivos En esta no\ela 
se dan cita los distintos personajes concretos que for 
man el espectro total de ese pueblo de esa nacionali- 
dad en marcha hacia su destino Ademas de los héroes 
realmente históricos (Lavalleja, Rivera, Oribe) » ade- 
más de los personajes ficticios que protagonizan la 
gesta (Luis Mana Berónf, Acevedo Díaz ha introdu- 
cido toda un<i sene de individuos que ejemplifica los 
distintos tipos humanos de esa nacionalidad oriental 
en gestación Esos tipos provienen, muchas veces, de 
las antei íore* novelas df 1 ciclo, como el gaucho Ismael 
Velarde, o como don Anacleto Lascano o Ladislao 
Luna (estos últimos son de Nativa) También de la 
anterior novela son otras figuras que representan va 
nantes fundamentales en el tipo oriental Guaro, que 
es prototipo de aquellos indios bracios que vierten su 
sangre por la libertad de la patria \ que sin embargo 
serán sacrificados por Rivera años mas tarde (episo- 
dio que evoca con dolor Acevedo Díaz en uno de sus 
mejores relatos cortos, La Cueva dfl Tigre!, el ne- 
gro Esteban, asistente del protagonista, y que repre- 
senta el pequeño contingente de negros que también 
luchó por la nacionalidad oriental Todas e&tas figu- 
ras de Nativa encontraran en la acción épica de 
Grito de Gloria la ocasión incomparable de mani- 
festar directamente su papel en la creación de la pa- 



XXV 



tria En la batalla de Sarandí con que culmina esta 
novela y se cierra el v oíante central del tríptico, Ace 
vedo Díaz enlaza contrapuntista amenté todos estos 
hilos humanos logrando una trama ceñida en que loa 
distintos colores de la piel (el blanco atezado del gau- 
cho, el oscuro del negro, el cobrizo del indio) crean 
en definitiva el color de la patria Allí se mezclan to 
das las sangres en un sacrificio ritual una ceremonia 
monstruosa de iniciación viril, que tiene caracteres 
hondamente genésicos 

Pero en esta batalla Ace vedo Díaz hace algo más 
que mostrar ese sacrificio de la sangre Allí mismo se 
echan las bases de otro conflicto que dividirá preci- 
samente esa sangre en dos El último capítulo de 
Nativa, el XXIII, había mostrado a Ismael llegando 
con una partida de patriotas a rescatar a Luis María 
Berón que estaba herido y preso por los brasileños 
en la estancia de Los Tres Ombúes El rescate culmi 
naba con el abrazo del protagonista con uno de los 
gauchos que había venido a liberarlo, Ladislao Luna 
Ese abrazo es simbólico de la novela entera* ya que 
muestra la unión del pueblo y de los señoritos en una 
causa común la expulsión del ocupante extranjero 
En Grito de Gloria, en cambio, la batalla de Sa 
randí (precisamente la batalla que asegurará esa ex- 
pulsión) concluye con un combate entre dos de los 
libertadores El capítulo XXXII, El duelo a lanza, 
muestra a Ismael impotente para evitar el duelo en 
que el indio Cu aró matara al gaucho Ladislao Porque 
lo que ahora separa a los hombres no es la patria sino 
la divisa En tanto que Ladislao esta dispuesto a se- 
guir a Frutos, al general Pavera, el indio Cu aró ha- 
brá de oponerse por las armas a ese caudillaje "Sería 



XXVI 



PROLOGO 



un poco de sangre más, de aquella sangre brava que 
tanto se derramaba por lujo en su tierra", reflexiona 
Ismael, primer testigo de la contienda fratricida 

Allí apunta precisamente Acevedo Díaz la raíz de 
un mal que *u novela siguiente exploraría con tanto 
detalle En Lanza y Sable, la epopeya libertadora se 
convierte en contienda civil Por eso, los finales contra- 
puestos de Nativa y Grito de Gloria adquieren un 
significado alegórico indudable Al abrazo de Ladislao 
y Luis María Beron, en la primera^ se opone simétrica- 
mente este otro abrazo de muerte entre Ladislao y Gua- 
ro También hay aquí otro sacrificio de sangre, otro n 
to monstruoso de iniciación, que abre la perspectiva de 
la novela hacia los sombríos colores de Lanza y 
Sable Si el abrazo de Luis María Berón y Ladislao 
cerraba un ciclo con la unión simbólica de todos los 
orientales para destruir al enemigo común, el abrazo 
mortal de Cuaró y Ladislao inaugura otro ciclo Desde 
esta perspectiva se comprende mejor hasta que punto 
Ace\edo Díaz no sólo planeó cuidadosamente cada 
uno de los episodios claves de sus no\elás, organizan- 
do estructuras dramáticas de sentido simbólico, smo 
que su misma voluntad de desarrollar un ciclo com- 
pleto que culminase con Lanza y Sable no era sola* 
mente un propósito superficial como han creído lecto 
res apresurados En la entraña misma del tríptico, en 
su disposición dramática y en el juego de sus episo* 
dios, en el contraste de sus personajes y en la sime» 
tría de sus encuentros, se puede advertir ahora hasta 
qué punto estaba enraizada en el novelista la necesi- 
dad de proceder gradualmente hasta esta culminación 
inevitable el sacrificio fratricida Hacia aquí apunta- 
ba el ciclo entero 



XXVII 



PROLOGO 



V 

Las hembras bravias 

Dentro de ese cuadio humano, juegan un papel 
muy importante las hembras bravias que nuevamente 
introduce Acebedo Díaz en Grito de Gloría Esas 
hembras ya habían encontrado un prototipo único en 
la Smforosa de Ismafl que pare a su hijo (que será 
luego el Abel Montes de Lanza Y S<UBLr) en medio 
del campo, como una ñera También en el breve e 
intenso relato que se titula El Combatl de la T\pera 
había tenido Acevedo Díaz ocasión de mostrar a Ciña- 
ca y a Cata, dos hembras bravias que luchan mano a 
mano > mueren junto a sus hombres, aplastados por 
el enemigo portugués Allí había dado el narrador en 
escorzo unas figuras que Gpito de Gloria le permi- 
tiría estudiar con ma& espacio y detalle De todas las 
hembras bravias que ha diseñado Acevedo Díaz la 
más rica es precisamente Jacinta El autor dedica va- 
nos capítulos a dibujar a esta mujer, a describirla en 
detalle a deleitarse con su agreste apostura, con sus 
modales de fiera, a mostrar como crece en ella una 
pasión por Luis Mana Beron, cómo se le entrega 
cómo despierta también al joven 

La figura de Jacinta e^ta presentada en forma doble 
insistiendo en los aspectos más vigorosos de la hem 
bra pero también idealizándola en un medio tono en 
que aparece la ironía (por ejemplo, el capitulo XX, 
Los coturnos de Jacinta que llega casi a la parodia 
heroica \ \ en que aparece también la senümentahza 
ción Es evidente que el narrador realista y hasta na- 
turalista que era Acevedo Díaz simpatiza con esta hem- 
bra que se entrega sin remilgos, que tiene apetitos 



XXVIII 



PROLOGO 



carnales v los demuestra, que desde muchos puntos de 
vista es el negativo de las heroínas lánguidas o per- 
plejas de Nativa Al hacer que Luis María Berón se 
sienta provocado por Jacinta, que acabe por poseerla 
sobre el campo mismo y en las vísperas de la batalla, 
que pelee a su lado y hasta caiga herido de muerte 
junto al cadáver inmolado de la hembra, Acevedo 
Díaz ha otorgado enorme rehe\e a este personaje fe- 
menino Ella simboliza algo mas que la mujer de los 
gauchos la típica soldadera que va representaban 
Sinforosa, Cinaca y Cata Hay todo un lado de Ja 
tinta que es pura soldadera, v no en vano Acevedo 
Díaz ha resuelto que haya sido antes amante del indio 
Cuaró y madre de Camilo Seirano, otro personaje 
importante de Lanza y S\ble Pero este aspecto bra- 
vio está atenuado v hasta escamoteado en Grito de 
Gloria Solo en las entrelineas se alude a alguna rela- 
ción entre Jacinta v Cuaró, el indio que vé como la 
mujer ronda a Luis María Berón se hace a un lado 
En cambio, el novelista subraya el otro aspecto de 
Jacinta como amante de Luis Mana, por ese aspecto, 
se vincula con la Fehsa de Ismael y con la protago- 
nista de Soledad, la muchacha que también se entre- 
ga cabalmente por amor 

Sin embargo, en la relación entre Luis María Be- 
rón y Jacinta hay otro elemento que falta en las an- 
teriores novelas y está ausente asimismo en Soledad 
Porque Luis María Berón representa a las clases altas, 
las clases dirigentes, de un modo que m Ismael ni 
Pablo Luna pueden repiesentar El joven montevidea- 
no mantiene en Nativa un romance sumamente com- 
plicado y cuadrangular con Natalia, la hija del dueño 
de Los Tres Ombúes Ese romance — en que mflu 
yen e interfieren los celos neuróticos de la hermana 



XXIX 



1 



ÍIOLOSO 



de Natalia, la infeliz Dora, y las atenciones del te- 
niente brasileño Souza, que ronda también a Natalia — 
está en la mejor tradición del folletín romántico Con 
esa historia paga tributo el autor a los restos de una 
literatura que ya había caducado en su época pero 
que seguía teniendo alguna vigencia emocional La 
historia de Jacinta en Grito de Gloria ya pertenece 
a otra etapa del estudio de las emociones eróticas, está 
más cerca de Zola que de Richardson o Rousseau 
Precisamente por haberse atrevido a enlazar en estre 
cho aunque decreto abrazo carnal a Luis María Serón 
V a Jacinta, por haberse decidido a llevar esta unión 
más alia de la carne, hasta el sacrificio mismo de Ja- 
cinta sobre el cuerpo herido de Luis Mana Berón, 
Ace\edo Díaz ha dado una dimensión simbólica a 
este encuentro del señorito y la hembra bravia Es 
este el tercer sacrificio de sangre que la novela ilustra 
De ahí la importancia única que tiene el personaje 
de Jacinta en la economía general del ciclo histórico. 
En unas declaraciones que contiene una carta a sus 
editores Barreiro v Ramos, y que titulo Crítica y 
Romance, Acevedo Díaz explica en 1894 los motivos 
por los que se inició en la vida literaria con una obra, 
Brenda (1886), en que la protagonista es una joven 
dibujada en la mejor tradición novelesca del roman- 
ticismo Lo que allí dice el autor sirve, a contrapelo, 
para comprender la djsünción, entonces tan evidente 
e impuesta por las costumbres, entre la doncella y la 
mujer, entre la hermosa dama y la hembra bravia 
"Yo pude haber trazado, en vez de una pulcra donce- 
lla, los perfiles que esbocé más tarde en Cata y Cinaca 
de El Combate de la Tapera, en Felisa o Sinforosa 
de Ismael, o en Jacinta de Grito de Gloria, he- 
roínas de chiripá y blusa de tropa que al fin he visto 



XXX 



PROLOGO 



no desmerecen, en osadía, al menos, de aquellas he- 
roínas de Anosto, bellas y soberbias que ae andaban 
a toda rienda de sus bridones por valles y riberas 
buscando a correr en el peligro a sus desfallecientes 
caballeros, combatiendo con sus males a espadón y 
lanza, y regresando a las perdidas a sus castillos para 
mudarse de ropas, si es que alguna buena dueña se 
las tenía limpias y planchadas Pero si bien es verdad 
que se modelaban entonces en mi mente e*as figuras 
de realidad palpitante con toda la crudeza de sus for- 
mas y el calor de sus instintos, de bronceadas pulpas 
y cabezas de loba, había antes, y permítaseme la ex- 
presión, que castigar la concepción personal del arte, 
pagando el diezmo al noviciado " 

Lo que aquí dice Acevedo Díaz demuestra bien cla- 
ramente que él tenía conciencia clara de ese noviciado 
que debió pagar al arte al concebir y ejecutar figuras 
tan imposibles como la de Brenda, pero lo que sin 
duda también veía, aunque no reconozca sino implíci- 
tamente en la carta citada, es que otras figuras poste- 
riores siguen pagando tributo al noviciado Pienso, 
sobre todo, en Natalia y Dora de Nativa Ambas res- 
ponden a esa concepción de la doncella de buena fa- 
milia que Acevedo Díaz no se atreve a explorar sino 
conv encionalmente De ahí surge precisamente la de- 
bihddd de la intriga amorosa de esta novela con res- 
pecto al fuerte episodio de Jacinta en Grito DE 
Gloria Al concebir a la hembra bravia, Acevedo 
Díaz levanta el romance de su ciclo histórico hasta una 
verdad novelesca que estaba faltando por completo en 
la obra anterior No importa que Natalia siga apare- 
ciendo en Grito de Gloria y que sea ella quien recoj a 
el ultimo suspiro de Luis María Berón Desde el pun- 
to de vista erótico, la relación del protagonista con 



XXXI 



PROLOGO 



Jacinta saKa a la novela de la ñoñería impuesta al 
romance con lan dos hermanas 

No es difícil explicar por qué Acev-edo Díaz que 
era capaz de llamar al pan pan y al vino vino, que en 
Ismael y en El Combate de la Tapera, como pos- 
teriormente en Soledad, supo mostrar el apetito eró- 
tico íntimamente enlazado a la \ida afectiva de sus 
personajes v manifestándose en forma directa y a 
veces poética, pudo cometer la larg;a equivocación de 
Nvnv* No se trata solo (como sugiere él mismo en 
el caso de Brfnda) de pagar un diezmo al noviciado, 
Lo que se justificaba en 1886 ya parece menos excu- 
sable en 1890 luego de escritas dos novelas largas 
Hay otro elemento, no menos importante, pero de una 
naturaleza distinta, que Acevedo Díaz no parece tener 
en cuenta Las convenciones sexuales de su tiempo im- 
pedían que el narrador pudiera presentar a las don- 
cellas de la clase alta oriental de otro modo que como 
jóvenes torturadas por un misterio (el del apetito 
erótico) que su educación religiosa les impedía reco- 
nocer como tal Las hembras bravias, en cambio no 
ignoraban por su misma educación natural el signi- 
ficado de ese apetito De ahí que Natalia y Dora sean 
invadidas por emociones y sentimientos que no reco- 
nocen Aunque hay diferencia entre las dos Mientras 
Natalia va siendo poco a poco iniciada, por su amor 
a Luis Mana Beron, en esos misterios Dora (que es 
una neurótica reprimida v alucinada! se pierde en la 
locura Por eso, Jacinta resulta precisamente el negati- 
de Dora al dar rienda suelta a sus apetitos, Ja- 
cinta se salva del destino de Ofelia que acecha a Dora 
Del punto de vista narrativo, Natalia tiene un poco 
más de vida Sin embargo, al ser comparada con Ja 
cinta parece un mero figurín, recortado de alguna no- 



XXXII 



vela sentimental > pegada sm mayor relieve sobre las 
páginas de Nativa v de Grito df Gloria La hem- 
bra bravia > en cambio, tiene cuerpo v espesor, tiene 
sangre y médulas^ es 

Lástima que Acevedo Díaz no se haya animado a 
lle\ar más lejos el encuentro ocasional de la sangre 
bravia de Jacinta \ la meditativa de Luis María Be 
ron, lastima que haya decidido reducir su vínculo a 
esa noche en las vísperas de la batalla de Sarandi La 
muerte de Jacinta al día siguiente impide que se ín 
corpore al vasto cuadro genésico de esta novela un 
nuevo prototipo que sm embargo existió en la reali- 
dad y tuvo función decisiva La acción ritual cumplida 
por Jacinta y Luis Mana Berón sobre el campo que 
luego fecundarían sus dos sangres derramadas, queda 
asi interrumpida Solo en la novela siguiente, en la 
figura del odiado y admirado Frutos Rivera, encon- 
trara Acevedo Díaz el empuje genésico que colme ese 
vacio Por eso mismo y hasta en su dimensión sim- 
bólica, la figura de Frutos es tan importante Pero 
ésta es ya otra historia, y otro prólogo 

VI 

El testigo imaginario 

Vanas veces se ha señalado aquí, y en el prólogo 
a Nativa para esta misma colección, que el protago 
msta de esta novela v de Grito de Gloria funciona 
a modo de alter ego de Acevedo Díaz Es evidente 
que al elegir a un señorito montevideano, hijo de 
españoles que aceptaron sin mavor violencia la do 
minación portuguesa y brasileña, el autor ha querido 



XXXIII 



PROLOGO 



buscar para la parte central de su cirio un héroe con 
el que le fuera más fácil identificarse En Ismael, 
Acevedo Díaz se coloca fuera de su personaje, un 
gaucho himple movido por una pasión muy primitiva 
)' directa Aun en aquellos pasajes en que muestra a 
Ismael más de cerca, Acevedo Díaz no pierde el ca- 
rácter de observador imparcial, de naturalista, de so 
ciólogo positivista, que estaba de moda en la novela 
finisecular europea Ya he demostrado en otra parte 
(véase mi libro Eduardo Acevedo Dulz, Montevideo, 
1963), la suerte de doblaje narrativo sociológico a que 
se ve obligado el autor en aquella novela Pero tanto 
en Nativa como en Gpito de Gloria, el protagonista 
es un hombre educado, un intelectual un observador 
capaz de contemplar la realidad revolucionaria al 
tiempo que paiticipa íntimamente en ella De este 
modo, Acevedo Díaz puede prestar a su personaje 
las reflexiones históricas que antes había intercalado 
cumo del autor, cortando la marcha de la narración 
con trozos inequívocamente ensayísticos 

La elección de Luis María se jusafica incluso histó 
ricamente Porque si en la primera época de la gesta 
libertadora fueron sobre todo los gauchos quienes re* 
presentaron masivamente a la patria en armas, en la 
segunda etapa también los burgueses, la pequeña aris- 
tocracia montevideana, empiezan a participar activa 
mente en la lucha Ya se había quejado Artigas (según 
testimonio del Coronel Caceres, citado por Eduardo 
Acevedo 'en sus Anales Históiicos del Uruguay, tomo I, 
Montevideo, 1933, p 267) "de que pocos hijos de 
familias distinguidas quisieran militar bajo sus órde 
nes, tal vez por no pasar trabajos j sufrir privacio 
nes *' Y el historiador Juan Manuel de la Sota (tam- 
bién citado por Eduardo Acevedo, I, p 190) afirma 



XXXIV 



PROLOGO 



en 1815 que "la población de Montevideo era en su 
mayor parte española europea" y agrega que "sus 
hijos participaban casi todos de sus ideas'' La ocu 
pación portuguesa y el posterior dominio brasileño 
alteran las cosas En Nativa, Acevedo Díaz muestra 
precisamente a Luis María Beron rebelándose contra 
la actitud colaboracionista de su padre, viejo español 
que no simpatiza con el movimiento independientista 
y \ endose al campo en pos de lis huestes irregulares 
que no se resignaban al dominio extranjero 

Parece evidente que en este personaje Acevedo Díaz 
proyecta mucho de si mismo, en una suerte de ana- 
cronismo deliberado El también, cuando era estu- 
diante de diecinueve años, abandona sus estudios en 
Montevideo > se lanza a participar en la Revolución 
de las lanzas Hasta qué punto estaba orgulloso de 
esa decisión que marcó profundamente su nda, se 
puede ver por una referencia que, treinta y dos años 
mas tarde, hará en una carta al Dr Aureliano Rodrí- 
guez Larreta Í4 A los 19 años, siendo estudiante de 
derecho, abandonando mi carrera y mi porvenir, con 
curn como soldado a la gran reacción de 1870 Tú 
no estabas allí y pudiste estarlo", dice con acento en 
que aun vibra el fervor juvenil a pesar de las tres 
décadas largas que han transcurrido (La carta fue 
publicada en El Nacional, Montevideo, julio 22 y 23, 
1902, bajo el título de Las convicciones políticas y la 
lógica de procederes, como se trata de una polémica 
Acevedo Díaz olvida que el Dr Rodríguez Larreta 
también tiene su foja de revolucionario ) El mismo 
espíritu se evidencia en algunos fragmentos de 
Nativa, como aquel en que se burla de los poetas 
que idealizan el campo sin conocer sus fatigas y su 
verdadera grandeza (capítulo X, Rulos y nazarenas) 



XXXV 



V 



PROLOGO 



o como aquel otro en que hace meditar a Luis María 
Berón sobre las pruebas durísimas a que lo somete su 
experiencia revolucionaria (capitulo XII, Prole del 
Pampero, uno de los mejores de la novela) En estos, 
como en otros pasajes de Nativa, es posible advertir 
hasta qué punto utiliza Acevedo Díaz sus propias pe- 
ripecias revolucionarias para situar a Luis Mana Be- 
ron en la realidad concreta de su aventura, hasta qué 
punto, la identificación entre creador y creatura es 
profunda, hasta qué punto esta orgulloso Acevedo 
Díaz de su heroica foja de servicios 

Pero la creación de Luis Mana sirve también otros 
propósitos No sólo permite al autor identificarse 
emocionalmente con el protagonista y mostrar la revo- 
lución desde dentro, no solo facilita un punto de con- 
tacto que provecta al narrador al centro mismo del 
periodo que evoca, sino que también facilita la medi- 
tación histórica, esa perspectiva intelectual sin la que 
el ciclo entero seria puro ejercicio de imaginación y no 
contendría (como contiene) toda una teoría sobre la 
creación y la formación de la nacionalidad oriental 
Al situar a Luis María Berón en el centro de Nativa 
y de Grito de Gloria, Acevedo Díaz ha interpolado 
audazmente en la historia un testigo imaginario que 
le permite analizarla a medida que la va viviendo 
Hasta cierto punto este proceso es similar al que uti- 
liza Virgilio tn su Eneida para situar al protagonista 
También es muy evidente la semejanza que existe en- 
tre el piadoso Eneas y este caballeresco Luis Mana 
Berón Pero este paralelo no debe ser tomado muy 
literalmente 

Si hiciera falta alguna prueba suplementaria de esa 
identificación entre los puntos de vista del protagonis- 
ta y del narrador bastana citar el capítulo XXVIII 



XXXVI 



PROLOGO 



de Grito pe Gloria (El esfuerzo nacional) en que 
se presentan las reflexiones de Luis María sobre la en- 
crucijada histórica que está \iviendo la patria Esas 
reflexiones del protagonista serán utilizadas por Ace- 
vedo Díaz en un artículo publicado más tarde Saran- 
di 9 1825/ 1901 , escrito sin duda para conmemorar un 
nuevo aniversario de la celebre batalla Sólo que en 
el artículo, como es lógico, Acevedo Díaz omite toda 
referencia a la novela, ya publicada, y se apropia hte- 
raímente de lo que Luis María Berón había pensado 
El procedimiento no es ilícito aunque es curioso* Pero 
se invoca aquí porque resulta ilustrativo del carácter 
de portavoz de las ideas del autor que tiene el prota- 
gonista de Nativa y Grito de Gloria 

Pero Luís María Beron cumple este papel no sólo 
con respecto a la realidad histórica de la que es testi- 
go inmediato y actor sacrificado También contempla 
la marcha de un proceso que resultara inevitable En 
Nativa ya se ve la figura de Oribe a través de los 
ojos del protagonista, ojos muy favorables a este per- 
sonaje que tendrá influencia decisiva en nuestra histo- 
ria posterior También se muestra a los otros caudillos 
(Lavalleja, Rivera) a través de la mirada, ahora más 
severa, de Luis María, En Grito de Gloria el pro- 
tagonista advertirá antes que nadie las maniobras se- 
paratistas de Rivera, descubrirá la duplicidad de este 
fascinante personaje, reconocerá la fisura en la uni- 
dad patriótica, deletreará la -inscripción trazada por 
mano invisible sobre los muros de la patria Lo que 
allí contempla el protagonista es lo que habrá de 
ocurrir en Lanza y Sable Pero como Berón muere 
al final de Grito de Gloria, Acevedo Díaz utiliza 
el doble cuerpo central del tríptico para establecer, 
antes del estallido de la guerra civil, el diseño del fu- 



XXXVII 



PROLOGO 



turo Incluso la muerte de Berón, que ciñe de paños 
fúnebres el final de la novela» resulta también simbó- 
lica Porque el trato de estar por encima de los parti- 
dos que )a se esbozaban > se sacrificó al servicio 
exclusivo de la patria de todos Pero Beron muere, 
le sobrevive en cambio el indio Cuaró, el primero en 
alzar la lanza fratricida 

Hasta la muerte de Luis Mana acentúa el carácter 
de portavoz del autor, de alter ego simbólico, que tie- 
ne este personaje Porque también Acevedo Díaz, sin 
renunciar al compromiso, a la definición política, a la 
lucha con las armas en la mano cuando fue necesario, 
trató de estar v estuvo muchas veces por encuna de 
la agitación fratricida Pero su intento resulto al fin 
v al cabo imposible AI oponerse a las directivas de 
Aparicio Saravia en las elecciones de 1903, Acevedo 
Díaz se jugó su destino político Lo hizo por seguir 
sus convicciones políticas mas profundas, por estar a 
favor de un concepto muy elevado de la patria, pero 
su gesto equivalió a un suicidio El también (como 
Luis María Berón) quiso estar por encima de la con- 
tienda y fue sacrificado 

Grito de Gloria, que se abre con el desembarco 
en la Agraciada, en que aparecen unidos todos los 
orientales, concluye con el encuentro cainita entre 
Cuaró y Ladislao y con la muerte de Luis María Be- 
rón Se cierra así una parte del ciclo histórico para 
abrirse otra, la ultima Con Lanza y Sable, la novela 
histórica se convierte en novela política La metamor- 
fosis era inevitable aunque algunos críticos (como 
Alberto Zum Felde) haya creído oportuno censurár- 
selo Era inevitable porque el proceso que estaba re- 
construyendo Acevedo Díaz en su ciclo había adquiri- 
do precisamente entonces ese tinte político El nove- 



XXX VIH 



PROLOGO 



lista no podía, sin traicionar a la realidad, tomar otro 
rumbo El que lo hava reconocido así, el que se haya 
atrevido a encararlo, jugándose ahora también su des- 
tino de novelista, el que haya podido llevar a cabo su 
vasta obra y hacerla culminar con Lanza y Sable 
(tal vez su obra mas compleja y madura), demuestra 
una \ez más de qué temple estaba hecho este creador 

Emir Rodríguez Monegal 



XXXIX 



EDUARDO ÁCEVEDO DIAZ 



Nació en la Villa de la Union el 20 de abril de 1851 
Hombre de energía y destacadas dotes intelectuales, participó 
en actividades muy distintas, como novelista, periodista, poli 
tico, diplomático y militar Interrumpió sus estudios de Abo 
gacu para dedicarse, a la vida político militar de la República 
de«*de las filas del Partido Nacional Esto lo obligo a expa 
triarse vanas vece*, residiendo en la República Argentina 
donde se ca«o y nacieron sus hijos Participó en la re\olución 
blanca de 18701872 y en la Revolución Tricolor Í1875) En 
1897 volvió a tomar las armas cuando el movimiento revolucio 
nano de Aparicio Saravia del cual fue uno de los gestores 

Desde muy joven actuó en el periodismo nacional, pu- 
blicando sus primeros ensayos historíeos en la revista "El 
Club Universitario ' y colaborando en los diarios de la época 
"La República" (1872), 'La Democracia" (1873 74) de la 
que fue director fugazmente del 9 al 13 de ago&to de 1876, 
'La Razón" (1880) > sobre todo "El Nacional", cma direc 
cion ncupo a partir del año 1895 hasti la fecha de su expa 
tnacion definitiva en 1903 

Es elegido senador de la República por el Departamento 
de Maldonado en el año 1899 El año anterior había sido 
nombrado miembro del Consejo de Estado La sucesión pre 
sidencial de 1903 provoco su separación de la vida política 
activa dpi país Junto con varins legisladores di. su fracción, 
desoven do las directivas partidarias, voto por D José Batlle y 
Ordoñez, asegurando de este modo su elección como presi 
dente A consecuencia de este acto fue expulsado del partido, 
renunciando el 23 de abril de 1903 a la dirección de "El 
Nacional" y alejándose definitivamente del país 

El H de setiembre de 1903 es nombrado Enviado Ex 
traordmariu > Ministro Plenipotenciario tn Estados Unidos 
México y Cuba Dedicado a la carrera diplomática representara 
al país en la Argentina, Brasil, Italia y Sui7a, Austria Hungría, 
radicándose definitivamente en Buenos Aires donde murió el 
18 de jumo de 1921 

Sus obras son las siguientes Brenda, Buenos Aire, 1884, 
Ideales de la poesía americana, Buenos Aires, 1881, Ismael, 
Buenos Aires, 1888, ftativa, Montevideo, 1890, Grito de glo 
na, La Plata, 1893, Soledad, Montevideo, 1894, irroyo Bian 
co, Montevideo, 1898, Carta política, Montevideo, 1903, Canal 
Zabala, Montevideo, 1903, Mines, Buenos Aires, 1907, Epocas 
múitares de los países del Plata, Buenos Aires, 1911, Lanza 
y sable, Montevideo, 1914, El mito del Plata, Buenos Aires, 
1916 



XL 



CRITERIO DE LA EDICION 

Grito de gloria se publica por quinta vez, siendo las edicio 
nes anteriores las siguientes primera, La Plata, E Richelet, 
1893, segunda, Montevideo, A Barreiro y Ramos, 1894, ter 
cera, Montevideo, C García y Cía, 1938 (Biblioteca "Rodo" 
de Literatura e Historia, v N oa 30 31), cuarta, Buenos Aires, 
Sociedad editora Latinoamericana, [1954] 

La presente edición sigue fielmente el texto de la segunda 
de Barreiro y Ramos ya mencionada, introduciendo tan solo 
en la acentuación las modificaciones presenptas por las nuevas 
normas de la Academia Española 

J P B y B N 



XLI 



GRITO DE GLORIA 



I 



DESPUES DE CATALAN 

Las campañas antes tan hermosas, rebosantes de 
vida, estaban ahora mustias, llenas de desolación pro- 
funda Creeríase que un ciclón inmenso las hubiese 
devastado de norte a sur y del este al occidente, se- 
pultando hasta el último rebaño bajo las ruinas del 
desastre 

Soplaba como un viento asolador sobre los campos, 
la grande propiedad parecía aniquilada No se veían 
ya numerosos los ganados agrupados en los valles o 
en las faldas de las sierras. 

En su mayor parte las viviendas estaban sin mora- 
dores, saqueadas, en escombros, y en estas "taperas" 
crecía la yerba salvaje hasta ocultar los picachos de 
lodo seco ¿Para que hombres y perros pastores 9 En 
la tierra conquistada había concluido la labor libre 
y muerto toda industria Sus hijos, ya exánimes los 
unos, los otros errantes, habían agotado en lucha tenaz 
todo el caudal de su esfuerzo bravio 

El desaliento cundía a modo de vaho asfixiante de 
uno a otro confín, no se elevaban cabezas altivas, ni 
brazos poderosos, ni gritos terribles de combate, allí 
donde durante nueve años se habían chocado múltiples 
ejércitos y consagradose a hierro y fuego la aspira- 
ción constante de hbertad 

Los nuevos dueños del país allanaban las propie- 
dades y se repartían los frutos Acompañábales la sed 
insaciable de riquezas que se apodera de los fuertes 



[3] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



en pos de fáciles victorias y extendían la garra con la 
brutalidad de la bestia cebada Ninguna barreia po- 
día detenerlos Dineros, bienes, honras, vidas, todo era 
barrido por la ola de la conquista 

En los primeros días, a través de las cuchillas, a 
lo largo de los caminos, en lo hondo de los valles, un 
ruido pa\oioso cada vez en aumento, un mugido ex 
tenso, continuo, emiestro, formado por infinitos ecos 
llenaba de aflicción los pagos 

Las pocas mujeres que habían quedado en sus mo- 
radas salían inquietas a las puertas o se lanzaban an 
gustiadas a las vecinas lomas, atraídas por aquellos 
ruidos de tronada, conjunto de balidos y clamores, 
de relinchos v carreras 

Entre enormes polvaredas, cuyas nubes se extendían 
al ras del suelo como humazos de combate en un día 
sereno, se corrían hacia la frontera como impulsadas 
por un viento tempestuoso considerables tropas de 
ganado 

El arreo era completo 

Sinnúmero de astas en tumulto apiñadas, chocándose, 
formando una verdadera selva de pitones agudos, so- 
brenadaban en el nubarrón de tierra doradas por el 
sol, y se escurrían veloces a lo largo de las carreteras 
Entre aquel turbión de volutas de polvo, de cornamen- 
tas y de pezuñas en perpetuo movimiento, distinguíanse 
las cabezas de los jinetes, que agitaban aun mas el 
torbellino con las banderolas de sus rejones, prolon 
gados silbos y voces atronadoras 

Eran soldados Tiograndenses y pauhstas 

Alguna vez, el clarín acompañaba a los voceros con 
notas roncas y estridentes 

La torada se atropellaba entre bufidos, Helándose 
por delante novillos y becerros y embistiendo a los 



[4] 



GRITO DE GLORIA 



f lanqueadores , y entonces el ganado arisco, casi ci- 
marrón, se deslizaba rápido hacia los montes, en los 
que en gran parte se guarecía aplastando ramas y ma- 
lezas 

Los soldados hacían cerco al resto y proseguían su 
camino con gritos lúbricos, bebiendo y jurando, des- 
truyendo los míseros huertos y plantíos con los cascos 
de sus caballos y los mil pies de las manadas que em- 
pujaban como un torrente sobre aquellos, con gran 
alborozo de la turba 

Hacia otros rumbos, el cuadro revestía los mismos 
colores, la misma violencia impune, igual desborde 
de instintos insaciables 

Allá, era un ganado yeguar arreado al galope, en 
cuya masa confusa iban mezclados los caballos mansos 
y los potros, corriendo desatinados entre sones de cen- 
cerros, >a agrupándose en deforme montón de crines 
y cabezas, ya dispersándose en parte entre corvetas y 
hocicadas de fiera embravecida, para perderse en los 
desfiladeros y anfractuosidades de las sierras, lanzando 
Tehnchos que repercutían en los cerros lejanos como 
ecos de una bocina poderosa 

Acullá, eran las bestias dóciles, los bueyes arran 
cados a las carretas y al rejón que labra el surco, con- 
fundidos con los carneros y porcinos, los que rodaban 
por el camino impelidos por la horda, estrujándose, 
atropellándose al ruido del esquilón, en medio de 
tremendos ludimientos de cuadriles \ de guampas, y 
que, ora se detenían de súbito azorados al escuchar 
a lo lejos loa bramidos del ganado vacuno semejantes 
a notas sonoras de mil trompetas colosales ora reco- 
menzaban su marcha en violentos remolinos sembrando 
la carretera con los cuerpos del rebaño menor aplas- 
tados por la pezuña del enjambre 



[5] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Más lejos, sobre la loma llena de verdigay y de cla- 
ridades ardientes, otros grupos, otros hacinamientos 
dudosos, otras aglomeraciones de hombres y de bestias 
como envueltas en una humareda de incendio, se pre- 
cipitaban presas de un vértigo hasta hundirse en los 
llanos apartados en fragorosa balumba 

Sobre el dorso de las "cuchillas" destellando vivos 
reflejos, altas, amenazantes, en haz siniestro, alcanzá 
banse a ver las moharras de los astiles y el bronceado 
de los morriones de la caballería mvasora 

En todos los contornos se alzaba sordo e imponente 
un rumor de agonía, y no pudiendo aterronarse para 
escapar a la saña de aquellos rapaces vencedores, las 
familias enteras abandonaban sus casas llevándose lo 
mas necesario, lo que hallaban a mano en medio de 
sus angustias, y se ocultaban en los lugares selváticos, 
únicos campos de asilo en su infortunio, donde tam 
bien habían buscado refugio los hombres que salvaron 
de la persecución implacable o de la ruda pelea 

Desde sus ladroneras de pahua o de guayabo, cuando 
no del ombu gigante de una isleta, observaban anhe- 
losas cómo la avalancha crecía y rodaba con estruendo, 
a la manera que se desprenden, chocan y precipitan 
los peñascos de la cumbre de los cerros poniendo en 
fuga a las piaras bravias, cómo cruzaban a escape los 
destacamentos arrollando las puntas del ganado que 
había huido del rodeo, o alguna masa compacta de fie- 
ros novillos que en rapidísimo arranque se azotaba al 
arro> o en brincos tremendos sin hollar el ribazo, para 
hundirse en los "rincones" del bosque en cuyos senos 
oscuros se esparcía como una ola bramadora 

Miraban también rodar entre montones de arenisca 
y guijarros en las faldas de la sierra, a las yeguadas 
indómitas, y lanzarse en mole a las aguas sus pujantes 



[6] 



GRITO DE GLORIA 



"baguales" sacudiendo los crinudos pescuezos para 
ganar por el mismo instinto los escondidos potriles 
donde tan solo las sutiles flechas del sol v el ágil "ma- 
trero", — la luz y la audacia, — violaban el secreto 
de la salvaje guarida 

Cuando no eran las corridas, las matanzas o las 
"boleadas" del ganado con frenético desenfreno en las 
colinas y en los llanos las que animaban los pagos 
desiertos, eran los escuadrones escalonados, las parti- 
das sueltas exploradoras o los destacamentos en comi- 
sión los que desfilaban a períodos, en una sene inter- 
minable de jinetes y "reyunos", cuvo transito sobre 
ciertos terrenos de canteras en el silencio de las tardes 
producía como un temblor prolongado oído con im- 
potente cólera por los asilados en los bosques 

A veces, algún incendio iluminaba en la noche con 
sus rojizos resplandores serranías y valles Era que, 
como quien espanta alimañas, la tropa ponía fuego a 
un juncal espeso o a un grupo de "talas" y "sombra 
de toro" para obligar a la fuga a los "matreros" o a 
la vacada cimarrona Fuertes crepitaciones llenaban 
el espacio en vasta comarca, envuelta en inmensas co 
lumnas de humo negro, remedando aquellas los es- 
tampidos de un fuego ensordecedor de fusilería en los 
estribaderos de una sierra 

Horas después, el sol alumbraba cuerpos carboni- 
zados y montones de cenizas ardientes 

No pocos de aquellos soldados de uniformes verdes 
con vivos amarillos echaban pie a tierra delante de 
alguna morada solitaria, hacían saltar con las puntas 
de los sables los débiles cerrojos o con los cuentos de 
sus lanzones los \entamllos sin cruz de hierro, y pe- 
netrando al interior en tropel poníanse a destruir el 
miserable ajuar y a escudriñar los techos, debajo de 

[71 

4 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



la cumbrera, de las costaneras, de loa aleros, en busca 
de onzas de oro o alhajas ocultas derribándolo todo 
entre cínicas algazaras, hasta las pobres estampas de 
imágenes religiosas que adornaban las negras paredes 

Salían luego cargando con las prendas de mas valía, 
que echaban sobre el u recado" o metían en las male- 
tas, y continuaban su marcha devastadora, señalando 
cada etapa con un exceso 

A ocasiones, encontraban a los dueños en sus vivien- 
das en preparativos de irse a los montes, o a otros 
que arreaban presurosos sus bestias de confianza a lo 
largo de las laderas para buscar refugio en la espesura, 
en fraternal intimidad con los tignnos v capivaras 
Iban mujeres, niños y viejos, cuando no inválidos de 
la sangrienta guerra* a veces gente moza y varonil 
muv osada y aguerrida 

Entonces los episodios eran terribles 

La soldadesca desbordada acometía la caravana dis- 
persaba sus miembros y se distribuía los despojos, si 
>a no era que, reunidos los mocetones uno contra diez, 
cargaban ciegos a daga y trabuco rompiendo filas, en 
tanto los débiles corrían a ampararse en las malezas 

En estos encuentros ignorados > dramas lúgubres 
*oha suceder también que en medio del botín y del 
desorden, "matrero^ 5 bravos, en montón, saliendo si- 
gilosos del vecino monte caían de súbito sobre la tropa 
dispersa con el estrépito de una manada en días de 
corrida, y la diezmaban sin perdón ultimando en el 
suelo hasta el último \encido 

Mas bien luego aparecían nuevas fuerzas en las pró- 
ximas "cuchillas" repitiéndose las tétricas escenas en 
toda la zona hostil, hasta que ya los campos talados no 
ofrecían alicientes, ni de los bosques taciturnos bro« 
taban voces agresivas 



C8] 



GRITO DE GLORIA 



De este modo, decirse puede que no hubo un pago, 
un río, un arroyo, una sierra, un llano, una loma donde 
no corriese sangre 

Los cuerpos sin vida quedaban desnudos al sol y a 
la lluvia, lejos de ojos piadosos, como los de animales 
montaraces allí donde les sorprendió la muerte 

Raro era quien por amoroso afecto ataba un cadá 
\er a un madero y lo subía a las ramas de un ceibo, 
para que así escondido en bó\eda ramosa entretejida 
de enredaderas* eahase al diente del felino, >a que no 
al pico del cuervo 

Se había peleado sin tregua durante años en todas 
partes, con viril arrojo, sin aguardar auxilio alguno 
de nadie, se había luchado en la angustiosa desigual- 
dad de diez hombres contra escuadrón, como en los 
cantos inmortales de los poetas de la gloria, por largo 
tiempo se había debatido en soberbia cólera el valor 
nativo contra huestes organizadas, siempre socorridas 
por esfuerzos que en hileras interminables trasponían 
las fronteras, pero, al fin, las vidas potentes se fueron 
extinguiendo, las supremas energías se desgastaron en 
el choque permanente lo mismo que las rocas al embate 
de la oleada, causóse el músculo del peso del acero, y 
cayeron de las manos como inútiles instrumentos las 
armas ya melladas, chorreando sangre todavía 

Por suerte, el exterminio solo alcanzo a una parte 
de la indomable generación de la época 

Reinstalado en Montevideo el general vencedor, lo» 
nativos, en considerable número, salvaron los confines, 
asilándose entre sus hermanos los argentinos Reno- 
vóse el éxodo del otro lustro y a orillas del Uruguay 
miróse con dolor lo que quedaba detrás, ¿ todo lo mas 
querido 1 Arrasadas campiñas, tumbas gloriosas, sin 
una luz consoladora de esperanza bajo el cielo de la 
tierra triste 



[9] 



I 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



La riqueza pecuaria había desaparecido, salvo aque 
líos ganados que, internados en los montes, sirvieron 
al proceso prodigioso de "orejanos", el comercio y las 
nacientes industrias habían sido cegadas en sus fuen- 
tes, cerradose todo horizonte al trabajo libre, a la 
\ida sin zozobras, a la autonomía del pago, con todo 
llevaban consigo la tradición latente, la pasión madura 
de la tierra, la conciencia del esfuerzo que ya ha con- 
sagrado un derecho y que perdura en la desgracia 
como alimento de las almas, cualquiera fuese su 
destino 

Esa emigración fue rápida, tumultuosa, con todas 
las confusas lineas del tropel de la derrota Se bus- 
caba un sosiego relativo, que en algo devolviese la 
entereza de ánimo por los que escapaban del circulo 
de fuego, vencidos por su propia impotencia 

El eco terrible de los gritos de triunfo los aturdía, 
golpeándoles por detrás como una fusta implacable, y 
precipitándolos a la otra banda envueltos en el pánico 

¡Era como un estrépito de puertas que se cerra 
ba para siempre 1 

Algunos devoraban lágrimas en silencio, otros mal- 
decían de sus caudillos, sin excluir a Artigas, los más 
alejaban sin protestas ni lamentos mirando hacia 
delante cual si examinasen la naturaleza del nuevo 
terreno a que se debían adaptar tantas energías apa- 
rentemente domadas 

Los desechos de una ribera buscaban su cohesión 
v adherencia en la otra, sin preocuparse de la activi- 
dad perdida, lo mismo que moléculas segregadas que 
una fuerza impulsiva vuelve a un cuerpo que han 
integrado 

El tiempo, que debía correr largo, devolvería su au 
dacia ai espíritu Los organismos, ahora fatigados, 
llegarían a cansarse de su misma quietud 



[10] 



GRITO DE GLORIA 



¿Cómo esperar otra cosa cuando a la vista estaba 
la inmensa loma verde formando horizonte del otro 
lado del rio e invitando a volver y a luchar con toda 
la magia de una ilusión de gloria 9 

Los mismos que en su ofuscamiento levantaban ai- 
rados el puño, sentían que un llanto de fuego se agol- 
paba a sus ojos, estrangulándoles un grito de innoble 
desahogo en la garganta 

Aquellos restos se diseminaron en las provincias lito- 
rales, confundiéndose en la población nacional sin mas 
perturbación ni mido, que el que puede producir en 
una pla\a honda la bullente franja de una grande ola 
vagabunda 

Existían amistades y simpatías, que se reanudaron 

Después, sobrevino la calma y empezaron a cica- 
trizarse crueles heridas 

En el transcurso de los días y de los meses la laxitud 
de animo siguióse a la antigua fiebre de pelea cesaron 
los relatos de trágico colorido las historias de palpi- 
tante realidad dramática y detalles conmovedores, los 
reproches amargos, los comentarios ardorosos 

Como un soplo helado, pasó sobre los recuerdos el 
trabajo honesto utilizo los brazos cuando no la faena 
a monte, y los mismos hombres con talla de caudillos, 
se resignaron a la vida oscura 

Sobre estas consecuencias naturales del desastre, 
el tiempo puso el sello de su influjo, acallando poco 
a poco las voces sordas de la protesta en la orilla hos 
pitalana, y en el país dominado, los lamentos del pa- 
triotismo 

¿Pesaban demasiado las cadenas, para agotar las 
últimas fuerzas en estériles clamores r 



[U] 



II 



DOS CAUDILLOS 

Si en estas comarcas se había cesado de combatir, 
en otras de América la batalla continuaba encarnizada 
V terrible, en la prueba del postrer esfuerzo por la 
redención del continente 

Con el oído atento a ecos que llegaban de muy le- 
janas reglones, súpose un día que la victoria había 
coronado en A> acucho la grandiosa obra , y esta nueva, 
estremeciendo de júbilo a hombres y pueblos, repercu- 
tió en el corazón de los emigrados orientales remo- 
liendo todas sus fibras como un toque de clarín que 
convocase a la pelea 

Allá habían luchado a razón de uno contra tres 
después de duros sufrimientos, descolgándose de los 
Andes con desesperado esfuerzo para concluir con un 
choque formidable una labor que contaba dos largos 
lustros de combates y en ese choque se había que 
brado para siempre el poder de la metrópoli y rendí- 
dose con honra sus ilustres generales Se relataban y 
discutían con entusiasmo los episodios la pericia de 
Sucre la carga heroica de Córdova, el denuedo de la 
caballería americana tanto más resaltante cuanto que 
el triunfo había sido obtenido sobre capitanes de 
alientos como el virrey La Serna, el caballeresco Can- 
terac el bizarro Monet y el intrépido Valdez En mental 
panorama, reproducíanse las escenas del drama militar 
en sus menores detalles la muda v elocuente proclama 
de Córdova al dar muerte a su caballo de guerra como 



[12] 



GRITO DE GLORIA 



un adiós soberbio a la wda en caso de derrota, el 
avance de sus batallones contra las infanterías de Ge- 
rona hasta cruzar bayonetas a un paso de la fatal 
hondonada la matanza implacable junto a aquella fosa, 
las cargas de los regimientos que destrozaron a los 
dragones de Torata y Moquehua, la briosa tenacidad 
de Valdez contra la oleada de los independientes, que 
acabaron por hacerle saltar en pedazos su acero to- 
ledano, y por fin, la rendición entre aclamaciones so 
lemnes y dianas, que el entusiasmo creía percibir cla- 
ras y sonoras como notas finales de la batalla gloriosa 
Este suceso enardeciendo los espíritus que se pre- 
ocupaban de la suerte de America como de una causa 
común y solidaria retemplo el ánimo de los orientales 
exaltando su9 ideas e impulsándolos a una obra que 
no habían abandonado por completo, con nuevo vigor 
y empeño | El ejemplo era edificante T El aura de la 
lejana victoria acarició todas las frentes, estimulando 
a las proezas del valor, los que tenían títulos para diri- 
gir los trabajos de un movimiento armado, viéronse 
i «unidos de improviso por los ímpetus del mismo an 
helo, acaso creyendo en su impaciencia que se hacía 
tarde ya para justificar cumplidamente una prolongada 
inacción 

Con sigilo, en las sombras, bajo la atmósfera de en 
tusiasmos despertados por la fausta noticia, algunos 
emigrados se pusieron al habla y dieron principio a 
una maniobra complicada ) difícil, tan ardua, cuanto 
parecía de irrealizable El problema no podía resol- 
verse sino por la espada Pero, ¿cómo hacer frente 
a la adversidad sin riesgo de hundir la causa en el 
mismo abismo, malograda la empresa temeraria 9 
- Cierto día, en el último mes de verano-, algunos 
hombres se encontraron reunidos en una habitación 



[13] 



! 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



del saladero de Pascual Costa Eran emigrados orienta- 
les Antes que presas de agitación indiscreta parecían 
fríos y reflexivos, gravemente absortos en un tema de 
trascendencia 

Dos de ellos sostenían el dialogo Los demás escu- 
chaban en profundo silencio sólo interrumpido por 
una que otra observación juiciosa y concisa, como de 
subalternos que entienden su deber 

Era el uno, hombre joven de eleiada talla, fuerte 
i bien constituido Su bizarra presencia la energía 
de la mirada y del gesto, su acción desenvuelta \ el 
tono que empleaba en el debate, denunciaban un tem- 
peramento brioso* suavizado en sus arranques por las 
frases correctas y modales cultos El semblante denun- 
ciaba despejo y atrevimiento, reflejándose en los ojos 
esa expresión de voluntad dominante que distingue a 
los que han adquirido el hábito del mando Caíale el 
bigote negro sobre el labio formando fronda al infe- 
rior, algo grueso y saliente, la cabeza bien cubierta 
de cabello, se afirmaba en el cuello robusto, derecha 
y altiva, como cabeza de soldado a quien arrulla la 
ambición Mo\ía con dignidad el brazo musculoso, ter- 
minado en una mano fina y larga, > acaso por la cos- 
tumbre de usar la voz imperativa, formábasele sin es- 
fuerzo una arruga profunda en el entrecejo que le 
daba un aspecto adusto, casi de dureza Sus palabras 
eran medidas, concreto su pensamiento* sus opiniones 
firmes Cuando hablaba, había que oírle, aunque se 
discrepase de una manera radical 

E<*te sujeto vestía una casaquilla militar de caballe- 
ría, sin presillas, pantalón azul-marino v botas altas 
de piel de lobo 

El otro personaje, era un hombre de estatura baja, 
cabeza grande y cuello de coloso a plomo sobre un 



[14] 



I 



GRITO DE GLORIA 



tronco cuadrado y fornido, macizo del cráneo al pie 
como una escultura de piedra, ágil, diestro y osado 
a juzgar por sus movimientos vivos e impetuosos, > 
el cual al primer golpe de vista, presentaba en su fi- 
gura los caracteres típicos del sableador, del domador 
y del caudillo 

Su rostro amplio y lleno, de frente despejada, nan- 
ces carnudas, cejas abundantes en remolino, ojos de 
mirar fuerte, barba un tanto recogida, orejas de pa 
bellón ceñido revelando audacia > grandes alientos, 
dábanle en conjunto un aspecto de fiereza que acaso 
en el fondo bien pudiera ser una gran suma de bon- 
dad, de abnegación y de sencillez 

Hablaban con mesura, como hacen los que han me- 
ditado mucho un plan cualquiera Las cabezas, como 
instintivamente atraídas, habían formado núcleo v 
casi se rozaban 

Aunque planteado \a al parecer el problema, se 
inculcaba sobre sus términos principales en sentido de 
la solución Mucho, sin duda, se habría espigado en 
el vasto campo de las presunciones y de los cálculos 
mas o menos certeros, pero, se persistía en parte ar- 
dua, con la tenacidad de los que tantean la senda entre 
los riscos de una montaña 

— El caso es el siguiente, — decía el de elevada ta 
Ha — nuestra tierra en poder de los brasileños desde 
hace años, es considerada por estos como una de sus 
provincias, en mérito del acta de incorporación arran- 
cada a un cabildo débil 

Los argentinos por su parte, sostienen que ella les 
pertenece de derecho, aun cuando Artigas la separase 
de hecho del antiguo virreinato, y sin duda se reservan 
reincorporársela en la ocasión propicia 



[15] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Nos encontramos, pues, entre estos dos fuegos, y si 
entramos a la acción menospreciando a uno u otro 
de los dos poderes fuertes, nos acribillan 

— |Eso, lo veríamos' — exclamó su interlocutor 
dando una gran voz 

— i No hay que verlo f — arguyo un tercero — El 
comandante esta en lo cierto Son tres pretensiones 
las que se persiguen pero de las tres, la realmente dé- 
bil es la nuestra Si osamos obrar por cuenta propia, 
nos trituran Tengamos en cuenta que vivimos vigi- 
lados aunque gocemos de simpatías, que el gobierno 
interesa en no romper hoy por hoy con su rival 
^ que sin el auxilio de otros, solos en la empresa, au/n 
cuando alcanzáramos algún resultado en la lucha, este 
bien sena pasajero Pronto seríamos anonadados, por 
mutuas conveniencias 

— Y fuera de considerársenos temerarios verían en 
nosotros unos aventureros peligrosos que, sin elemen- 
tos para esa lucha, ni medios suficientes para formar 
nación aparte, habríamos venido a perturbar el equi- 
librio de las cosas y a comprometer la paz, sin pro 
vecho para ninguno de los dos rivales 

El hombre de cuello de atleta se írguió, diciendo 
con aplomo 

—Nación independiente podemos *er Los paisanos 
no quieren ser mas que orientales 

— También nosotros Pero, hay que pensar mucho 
estas cosas graves No seremos lo que deseamos, sin 
algún apoyo fuerte 

— Eso digo yo, y me viene mortificando hace tiem- 
po, — observó otro de los circunstantes, con acento de 
convencido 

El que primero había hablado, dijo entonces, como 
recogiéndose en sí mismo 



[10] 



GRITO DE GLORIA 



—Siempre he creído que nuestra hermosa tierra 
separada de ésta y de otras por grandes ríos y por el 
océano, está destinada a encerrarse dentro de sus na- 
turales límites \ a vivir de sí misma, con sólo el amor 
de sus hijos Pero, todavía no hemos salido de los 
primeros pasos, y ante todo, es preciso redimirla 

¿Podemos hacerlo nosotros, exclusivamente, contra 
todos los poderes conjurados? 

4 Qué conseguiríamos con irnos a estrellar contra 
las murallas 7 Sentar plaza de hombres irreflexivos, 
de soldados de aventura, acaso, de falsos patriotas 

— Sí, pero los argentinos nos acompañarán 

— Si nos acompañan, será a condición de que vol 
vamos a la antigua forma Entretanto, su gobierno nos 
resiste y nos persigue 

Siguióse un breve silencio a estas palabras Todos 
se miraban como inquiriendo una idea 

Al fin, el que había vido calificado de "comandante" 
lo lompió añadiendo 

— Habría un medio de zanjar las dificultades y de 
dar base a la empresa, si sabemos dominar los ím 
pulsos 

El de planta de caudillo y mandíbula recia, que se 
movía nervioso en su asiento, preguntó con brus 
quedad 

— ¿Cual sería? 

— En la posición en que nos encontramos, y persua- 
didos de que solos no haremos patria, convendría que 
prometiésemos reconstruir la familia De este modo el 
gobierno quedaría obligado, y los generosos senti- 
mientos de nuestros hermanos lo impulsarían a prote 
gernos abiertamente O brasileños, o argentinos Esco- 
jan compañeros 1 



[171 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



— Pasaremos solos, — prorrumpió el otro con vio- 
lencia — Los paisanos leales vendrán con nosotros 91 
les decimos que va a volver la libertad a los pagos, y 
no lo harán si se les antoja que nos hemos aporteñado 

— Pronto verán que no En último caso han de pre- 
ferir esto, a hablar portugués y tener un amo 

Alguna fuerza hizo este razonamiento en el ánimo 
del caudillo que se quedó con la mirada pensativa, 
balbuceando bajo, entre sorda irritación 

— No quieren mestura ni tienen miedo a nadie 

— Yo bien sé de lo que son capaces 

— Cargan de frente sin contar el número 

— Asi es Con todo, es necesario fortalecer nuestro 
propósito con una segundad cualquiera de que en lo 
más critico no seremos abandonados a nuestra suerte 

— Entonces, ¿qué es lo que nos conviene hacer 7 — 
interrogó una \oz bronca, de militar impaciente 

— Lo que nos convendría, sería difundir la especie 
de la reincorporación una vez que invadiéramos, ins- 
pirar confianza con nuestros propios actos al gobierno 
argentino y manifestar públicamente el propósito en 
todas partes siempre que la suerte nos favorezca de 
algún modo en la empresa 

En la primer proclama debería expresarse con cía 
ndad que perseguimos un fin práctico, y que detras 
de nosotros hay un poder pronto a socorrernos De 
otro modo, el provecto queda abocado al fracaso se- 
íía pretender un imposible 

P01 otra parte, en Montevideo, los trabajos sobre el 
espíritu de la misma tropa siguen con éxito Algún 
concurso importante nos vendrá de allí, a pesar de la 
\igilancia de Lecor, pues consta a ustedes que conta- 
mos con amigos decididos hasta entre las mismas mu- 
jeres 



ri8] 



GRITO DE GLORIA 



Sé bien que se habla de los hechos y episodios pa 
sados como de una razón de resistencia en los paisa- 
nos« a una nueva guerra , pero, toda campaña militar 
en cualquiera época no siembra sino sinsabores por 
sagrada que sea la causa Después, sólo algunos re 
sistirían a esta empresa, y ya sabemos quienes son 
Poco debe importarnos, desde que los mas nos secun- 
den , como estoy seguro sucederá, si llevamos al frente 
de la invasión al comandante Lavalleja 

El aludido» que era el hombre bajo y vehemente, y 
el encargado del saladero, arqueó las cejas, replicando 

— Ya he dicho que acepto el honor, y vuelvo a de- 
claiar que antes de retroceder dejaré la vida 1 

Pero, creo que es conveniente aclarar estos puntos 
El primero ¿ están ustedes conformes en que procla- 
memos la anexión, como cosa necesaria, dejando al 
tiempo que confirme o no este acto tan grave ? 

Reinó un momento de silencio Moviéronse las ca- 
bezas en actitud de vacilación, luego, todo* fueron 
asintiendo sin discrepar en detalles Uno, arguyo 

— 4 Sí 1 Después los sucesos dirán 

— ;Pues que hablen los sucesos 1 — exclamo el cau- 
dillo con violencia — Lo que yo quiero es que pase- 
mos cuanto antes; que pongamos mano a la obra con 
la a\uda de quien buenamente la preste sea a con- 
dición de eso que ustedes dicen necesidad, sea para 
nuestra libertad completa El sable que tengo ahí col- 
gado se salta de la vaina Acordemos los medios 
poca política, que ésta todo lo embrolla 1 ¿Qué piensa 
usted, comandante Oribe ? 

El así nombrado vol\ió a hacer uso de la palabra, 
diciendo con una mesura que no excluía la firmeza 

— Cuando el cabildo de Montevideo, contra la opi 
món de los de Canelones y Maldonado que estaban 



[19] 



EDUARDO ACEVEDO PIAZ 



cohibidos por los imperiales, sostenía la idea de la 
independencia absoluta, todos nosotros la defendimos 
con las armas, aunque infructuosamente Creo que 
ahora estaríamos dispuestos a lo mismo, si alguien 
nos apoyase, como entonces lo hizo el general Alvaro 
da Costa Pero, ¿quién ha de venir en nuestro auxilio 
en las presentes circunstancias 9 Los gobiernos nos hos- 
tilizan Por eso ha sido mi insistencia que procuremos 
atraernos al de Buenos Aires, nuestro aliado natural 
No se si lo conseguiremos habrá que tomarse mucho 
empeño en ello si ha de darse solidez al movimiento 
Luego, es preciso explorar el ánimo de los paisanos 
prestigiosos 

— Ese era mi segundo punto la madre del borre- 
go Se nombraran tres de los compañeros en comisión 
En seguida de esto, queda el rabo por desollar 
i Frutos' 

Y el caudillo apretó nervioso los dos puños 

Los demás quedaron en suspenso 

— i Frutos 1 — prorrumpió al fin Oribe — Al briga- 
dier, si se puede, se le utiliza, Quedaremos en la al- 
ternativa de hacerle plena justicia si reacciona, o de 
eliminarlo si se obstina Dada la posición que ocupa, 
lo primero sería de gran eficacia v lo segundo de 
gran efecto 

— ¿ El gazapo es pura maña 1 — murmuró Lavalleja 
con la vista en el suelo, como si mentalmente esbozase 
ante ella la figura de au antiguo y astuto compañero de 
temerosas aventuras. 

Como se ve, la lucha a emprenderse presentaba para 
estos hombres todas las perspectivas angustiosas con 
que la desconfianza y la duda rodean siempre a las 
tentativas arduas De euyo heroica, ésta exigiría un 
temple nada común en sus actores, una decieión a toda 



[20] 



GRITO t>B GLORIA 



prueba y una voluntad inquebrantable en el propósito 
que pusiera de relieve bu grandeza y le atrajese el 
concurso de las energías populares Rivera tenía pres- 
tigio real en campaña 

Comprendiéndolo asi, esmerábanse en conciliar los 
medios de ejecución con la enormidad del obstáculo 

Sobre este tema inculcaron, prolongándose gran 
parte de la tarde en el animado diálogo Tuvieron en 
cuenta los elementos propios las nutridas filas ene 
migas, las grandes dificultades de los primeros mo 
mentos, la porción de suerte que entra siempre como 
fuerza coad\uvante en la acción desesperada las con- 
secuencias que aparejaría una posesión completa de 
la campaña, las eventualidades posibles en lo inter- 
nacional > político dada la situación respectrvi de las 
dos naciones males, > por último, bordaron con mano 
caprichosa en tela tan vas+a las ilusiones mas se- 
ductoras 

lJesignooe como avanzada exploradora a Manuel La- 
wlleja, Manuel Freiré > Atanasio Sierra Estos patrio- 
tas debían de recorrer la zona meridional del país, 
donde residían los principales hombres de prestigio, a 
fin de consultarlos v zUseüos al pensamiento Tam- 
bién les estaría encomendada la misión de ir hasta 
Montevideo para ponerse al habla con ciertos \ecinos 
de representación > \alimiento 

Tratóse de la bandera 

— Mantendremos la única que ha flameado en nues- 
tras guerras, — dijo Oribe 

— Sí Ninguna otra La bandera de Artiias Es la 
que conocen como propia los paisanos, la que seguirán 
con íesolucAÓn, aunque les recuerde los tristes desas- 
tres No hay trueque con otra, ni se cambian ca- 
ballos en la mitad del río r Este es mi modo de 



[211 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



pensar Si viene otra derrota, sera la última, porque 
caeremos envueltos en esa bandera 

— jDe acuerdo r — exclamaron diversas voces que 
en lo excitadas revelaron hervor en las pasiones 

Ll recuerdo había herido íibias sensibles La ense- 
ña del heroísmo infortunado aparecía simpática y atrá- 
cente ante los ojos de los que la habían visto ondear 
en los campos de la derrota, en los postreros días de 
la pelea implacable con sus tres fajas de colores sal- 
tantes sencilla, sm moharra de plata ni corbata de 
fiecos de oro, en un astil de coronilla, con su tela re- 
joneada por el acero y cubierta de manchas de sangre 
en testimonio mudo del esfuerzo y del sacrificio 



[22] 



III 



EXCURSION A LOS PAGOS 

Dog días después de esta reunión, dióse principio 
a ciertas maniobras que apenas trascendieron en Bue- 
nos Aires, pero que, en la Banda Oriental tuvieron su 
prolongación y eco entre determinadas personas ave- 
cindadas en el litoral Empe?o a decirse que "la semi- 
lla cuajaba", que "pronto sonaría la hora"* 

Hablábase de otros asuntos no menos graves El 
gobierno argentino había prohibido decididamente 
todo trabajo tendiente a romper las relaciones de amis- 
tad que existían entre la república y el imperio a con 
secuencia del ultimo tratado Se vigilaba con el mayor 
celo los pasos de los emigrados, por manera que sus 
planes tenían que ser sofocados en embrión Y aun- 
que así no fuera, aunque lograsen llevar la iniciativa 
al terreno, ¿de qué medios se valdrían para cohonestar 
las hostilidades de los dos grandes adversarios entre 
los cuales colocaba su misera suerte a los patriotas 9 

Cuando el general Lecor, hombre astuto y político se 
posesiono de Montevideo, había convocado el cabildo, 
y apercibido del incremento de la emigración, así como 
de los peligros que ésta incubaría, apresuróse a invitar 
al regreso a vanos de los vecinos influyentes que se 
encontraban en Buenos Aires, entre ellos al alcalde 
de primer \oto y al regidor defensor de menores 
Pedia a esos ciudadanos que siguiesen sirviendo sus 
empleos, asegurándoles en nombre del emperador "un 
completo olvido y respeto sumo", si acataban su auto- 
ridad ¡Su majestad estaba lleno de clemencias 1 Inter- 

[23] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



pietábalas complacido el general \pnccdor, cabiendo 
que aquellos personajes habían ido comisionado* para 
pedir auxilios al gobierno argentino 

Como se \eia esa actitud de Lecor y la de lo^ hom- 
bres públicos de Buenos Aires coincidían en el sentido 
de atemperar las pasiones \ de cerrir toda puerta a la 
esperanza Algunos expatriados volvieron El mavor 
numcio quedo, sin olvidar sus viejos laies \fiadía¿,e 
que, en \ez de dailo todo por concluid o, los proceras 
se empeñaban con gran celo en atraerse iecuiso& y 
ganar voluntades, recurriendo a las personalidades des- 
collantes por su poder e influencia Con este motivo, 
dábase como un hecho que el general Estanislao Ló- 
pez, gobernador de Santa Fe > caudillo prepotente del 
litoral, habíase comprometido a sororrer con muni- 
ciones a los hombres que meditaban proyectos tan ex- 
traordinarios como los cuentos heroicos de los "pava 
dores" 

A pesar de tales rumores* los \ecmos reflexivos se 
resistían al convencimiento atnbuverdo la propa- 
ganda que se hacia al deseo constante y \ enemente de 
sacudir una opresión que les imponía íenegar de su 
idioma, cambiar los hábitos políticos y aun las cos- 
tumbres sociales en nombre del derecho de conquista 

Algo vino no obstante bien pronto, a difundir nueva 
alarma en el país 

En ciertos pagos empezó a esparcirse como en se- 
creto la versión de que los hombres emigrados se pro- 
ponían cosas muv senas respecto a la situación impe 
rante Una junta o centro directivo había enviado al 
país varios sujetos, bien vinculados a sus propósitos 
por solemne juramento, para que explorasen los dis 
tritos y consultaran la opinión de los patriotas acerca 
de una tentativa revolucionaria a realizarse 



[241 



GRITO DE GLORIA 



Estos emisarios habían penetrado al territorio de 
una manera misteriosa, pues nadie Ies vio poner pld 
en las playas del río Internáronse sin ser sentidos 
Cruzaron las campañas de incógnito, levantando a lu 
paso murmullos de asombro, de esperanza, de alegría 
entre aquellos que eran dignos de conocer sus secretos, 
y siempre marchando audaces a tra>és de guardias ene- 
migas, ibanse deteniendo aquí y acullá, en poblaciones 
aisladas, para continuar en la noche su camino, a modo 
de sombras fugaces Hablaban a puertas cerradas, co- 
mían del "asador" poco y a prisa, tomaban "mate" 
amargo con el pie en el estribo o de a caballo, decían 
j adiós 1 con un acento extraño, de forasteros furtivos, 
y luego desaparecían sin dejar rastro Se aseguraba 
por unos que traían a los paisanos "memorias del viejo 
Artigas", otros sostenían que el viento, como indicio 
"de un pampero fuerte", soplaba de Buenos Aires 

El hecho era que estos personajes de "agüero" iban 
recorriendo ciertas zonas en donde vivían gozando de 
prestigio algunos caudillos, — aunque esa su vida era 
comparable con la de las alimañas a monte, acechados 
por un cordón de soldados que vivaqueaban en todas 
direcciones 

Los emisarios avanzaban, sin embargo, eludiendo 
peligros Habían estado en Pando De allí se habían 
dividido sin tropiezo alguno, después de conversar con 
antiguos servidores del vencedor de las Piedras, uno3 
para el centro de la campaña, otros para Montevideo, 
como si fuera fácil atravesar sus murallas defendidas 
por cien cañones, sin inspirar recelos 

De pronto habían sido sentidos, a pesar de andarse 
con tantos disfraces, v a una, todos los destacamentos 
desparramados por los campos a modo de "perros ti- 
greros" se lanzaron sobre ellos, siguiéronles la huella 

t25J 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



con tesón, los acosaron de cerca y consideraron segu- 
ras las presas, antes que los hombres misteriosos lle- 
garan a la ribera del gran río 

Interés como pocos, había en apoderarse de ellos 
Y así se creía sucedería, dados los exiguos medios de 
fuga de que podían echar mano en un país conquis- 
tado, con todo, confirmando la sospecha de las gentes 
sencillas que los habían visto cruzar taciturnos por de- 
lante de sus ranchos, de que no debían ser más que 
''ánimas de valientes" caídos en otros años borrascosos 
en los charcos de Corumbe y de Aguape) que regresa- 
ban a sus hogares convertidos en "taperas", evaporá- 
ronse al final del rastreo a modo de duendes, v los 
perseguidores encontrando la soledad siempre por de- 
lante, arroyos sin manadas en sus ribazos y montes de 
aspecto siniestro de cuyo seno parecían salir resuellos 
de fieras que descansan, se decidieron al fin a \orver 
riendas, persuadidos de que una cosa es descubrir al 
''matrero" por la humaza del fogón encendido en su 
guarida de bóvedas flotantes, y otra cogerlo a lo largo 
del boquete, o sentado en una rama 

Se había sabido después, aunque sin certidumbre, 
que aquellos hombres desconocidos habían atravesado 
el ancho no en medio de peligros idénticos a los que 
acababan de conjurar, a causa de las embarcaciones 
armadas que hacían la vigilancia de costas, que la 
corriente les fue tan propicia como la suerte en tierra, 
y que el capitán de una cañonera brasileña aseguraba 
no haber visto bote m chalupa alguna en el carnal, sino 
un ^camalote" en el que iban dormitando \ arios tigres 
que arrastraban hacia abajo las aguas torrentosas 

Mas se susurraba en los pagos del oeste, > era que, 
según los informes de un patrón de cabotaje llegado 
con su balandra a Mercedes, poco después del suceso, 



[26] 



GRITO DE GLORIA 



unos hombres desconocidos que parecían venir de 
ribera oriental habían desembarcado en un punto des- 
amparado de Las Conchas con trajes muy descom- 
puestos, botas enlodadas hasta las rodillas > un aspecto 
sospechoso de gente aviesa o contrabandista El los 
había vi^to casualmente al regresar a la costa de una 
corta excursión al interior, } cuando se metían en los 
grandes pajonales del bañado, sin duda huvendo de 
toda pesquisa Llevaban "recados" al hombro, por lo 
que debía presumirse que habían cabalgado o que ten 
taban hacerlo 

Estos vagos siniestros tenían unas figuras imponen- 
tes, cabezas desgreñadas cubiertas con chambergos ne- 
gros y unos ponchos cruzados por el pecho Iban mi- 
rando a todos lados, como quienes acechan Cuando 
la autoridad salió a perseguirlos, ya se habían perdido 
entre las altas maciegas, sin que nadie hubiera acer- 
tado a dar con ellos ni con el rumbo que llevaban 

La verdad es que estos rumores y coméntanos te 
nían en inquietud los pagos del litoral 

¿De que se trataba 9 

Si era de nuevas peleas para emancipar la tierra, los 
emigrados vivían en sueños, pues el enemigo que de 
ella se había enseñoreado disponía de tanto poder que 
sólo pensar en redimirla era demencia El yugo dema- 
siado recio y resistente, con coyundas de hierro, no 
podía romperse con una sacudida de toro Se había 
fabricado a propósito para bajar la cerviz a un coloso, 
y obligarlo a mirar siempre al suelo por mas briosa 
pujanza que sintiese en su cabeza 

Luego estaba allí bien cerca el dilatado imperio, 
semillero de hombres, fuente poderosa de riqueza, dis- 
puesto a renovar sus legiones en caso de suerte adversa, 
y a cambiar la índole genial y las costumbre! del ele 



[27] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



mentó nativo como había cambiado el mapa geográ 
fico político Estaba allí, a un paso, el foco temible de 
fuerzas hostiles, el emporio de recursos inagotables en 
donde reponer las pérdidas, con un tesoro de millones, 
millares de combatientes y numerosos buques de guerra 
mandados por hábiles marinos 

En estas condiciones el adversario, ¿ quiénes eran los 
que pensaban agredirlo ? Se ignoraba Pero fueren ellos 
quienes fuesen corrían el nesgo de ser sacrificados 
apenas asomaran en campo raso 

Con las tropas que guarnecían el país podíase librar 
batalla a un fuerte ejército, — al menos de la organi- 
zación y contextura de los que entonces se formaban 
En haz las unidades de combate de la conquista cons- 
tituían una mole incontrastable con refuerzos inme- 
diatos y generales expertos Algunos de estos habían 
tenido por escuela militar practica las guerras de la 
península contra los ejércitos de Bonaparte, \ por el 
hecho, sus aptitudes para la táctica \ la estrategia su 
peraban al nivel del médium, aunque este les reser 
vara con la sorpresa de lo imprevisto el guerrear ín 
esperado 

La plaza fuerte de Montevideo rodeada de muros y 
baterías, contenía tropas escogidas de las tres armas 

El general Lecor habíalas distribuido en todo el cin 
turón de granito, alcanzando a sumar tres mil soldados 
con la caballería desmontada Esta guarní* ion podría 
duplicarse en breve tiempo con nuevos batallones de 
línea Una escuadra anclada en el puerto, compuesta 
de los mejores buques, resguardaba la plaza de todo 
peligro del lado de la costa Las casernas rebosaban 
de repuestos de armas, p oh ora v balas, ^ran número 
de cañones de bronce habían reemplazado las piezas 
de hierro vacilantes en sus afustes, y fusiles de nueva 



[28] 



GRITO DE GLORIA 



fábrica, los \iejos depósitos corroídos por la herrum- 
bre Una mano \igorosa e inteligente parecía haber 
dado lustre al corselete del brvalvo, trabajado por el 
verdín y la broza desde el tiempo de la colonia todo 
relucía en los instrumentos de guerra > en los hom- 
bres de armas No había más que cerrar filas > morder 
caituchos De aquel recinto fortificado, podíase, como 
en otros años, lanzarse columnas abrumadoras, sin 
perjudicar la defensiva de bastiones y explanadas Era 
siempre como un antro de energías concentradas, las 
que al salvar el foso se resolvían en borbollón de pe- 
nachos v de aceros 

En la campaña, este poder tendría en pocos días su 
complemento Las extremidades participarían de la ro 
bustez del tronco Una dmsión entre el Negro y el 
Urugua>, suficiente para rechazar cualquier avance 
aun de tropas numerosas, los jinetes del mariscal 
Abreu y del general Barreto formando diez escuadro- 
nes en las proximidades de Mercedes, la nudad histó- 
rica de las primeras legendas en la Colonia, como 
Montewdeo, destinada a encerrarse tras de sus grandes 
portones la infantería \ caballería de Rodríguez, un 
regimiento en el rincón de Haedo custodiando las mas 
hermosas "caballadas 5 ' arrebatadas a lo» distritos del 
norte, otro en Sonano A estas fuerzas considerables 
debían agregar«e mas adelante las de Braz Jardim y 
de Bentos Gongalves en numero de mil quinientos sol- 
dados Reuníanse a un paso de la frontera, y podían 
entrar inmediatamente en acción si así lo exigieran 
las circunstancias a la par de otros contingentes po- 
derosos, como los cuerpos de inf antena y buques de 
guerra que se en\iaran en auxilio de Lecor desde Río 
de Janeiro 



[29] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Todo esto, y la actitud misma del brigadier Fruc- 
tuoso Rivera, comandante general de campaña, co- 
mentado por los patriotas a cu\os oídos habían llegado 
las voces de nuevos planes revolucionarios, daba base 
consistente a su creencia de que los emisarios perse- 
guidos no debían haber sido portadores de un santo 
y seña de guerra a muerte 

i Fácil era que se hubiese exagerado 1 



[»•] 



IV 



LA CRUZADA 

No transcurrieron muchos díag después de esas sor- 
das inquietudes sin que una nueva emoción de sor- 
presa, casi de estupor, viniese a apoderarse de los 
ánimos en los miamos distritos de la costa De esta vez, 
el hecho no podía ser más grave ni más terribles las 
consecuencias Era aquello de que se trataba una aven- 
tura sin ejemplo, a pesar de ofrecerlos muy notables 
aunque de otra índole, la historia de las guerras de 
Articas 

Súpose por distintos conductos, a propósito utili- 
zados, que la empresa hasta entonces considerada im- 
posible por exigir un esfuerzo gigantesco había dado 
comienzo 

¿De qué manera? 

Los antecedentes y detalles que se relataban eran 
motivo de asombro, a partir de que el gobierno argen- 
tino negaba todo apoyo moral y material al movi- 
miento No obstante eso, se habja producido De ello 
se tuvo bien pronto la certidumbre 

En los primeros días de ese mes, abril del año XXV, 
los emigrados prepararon dos gánguiles, barcas de 
popa y proa iguales y cuyo aparejo consistía en un 
solo palo con vela latina en el centro 

Estos gánguiles o "chalanas", como las designaba 
en su lenguaje la gente marinera, estaban a cargo de 
excelentes patrones cu\os ^verdaderos nombres aún no 
ha constatado la historia por mas que ge supongan de 
fimfcvanwnt» conocidos 



[31] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



En uno de estos ganguilc? anudóles más de una vez 
en su 3 faenas Andrés Eche\Ptt o Che\este por c< irrup- 
ción vasco animoso, tan "baqueano" en los ríos como 
en la zona terrestre comprendida entre uno y otro 
arenal 

Esta circunstancia hizo que los promotores del mo- 
vimiento escogiesen la ''chalana" en que Che\este ha- 
bía trabajado, para la primera exposición, pues que el 
guía era inmejorable, v designado éste por "ba- 
queano", cargaron sigilosamente el gánguil con algu 
ñas carabinas, sables y pólvora 

En él se embarcaion doce hombres, dus oficiales y 
diez de tropa 

Se citaban sus nombres con admiración, como de 
gente que estaban destinadas a morir dentro de bre- 
\es horas 

Llamábanse los primeros Manuel Lavalleja y Ataña 
siu Sierra lus últimos Juan y Ramón Ortiz, Santiago 
Nievas, Ignacio Nuñez, Francisco \ Luciano Romero, 
Tiburcio Gómez, Carmelo Colman, Juan Rosas y Juan 
Acosta 

El vasco francés que los guiaba en el no > que debía 
acompañarlos en tierra firme, incorporado por el he- 
cho a la empresa, constituía el número trece de la lista 
de expedicionarios 

Hinchada la pobre lona por brisas propicias, zarpó 
la "chalana" del puerto de Buenos, Aires el día 5 , cruzó 
el no sin llamar la atención más que una gaviota 
errabunda > arubando a una playita solitaria que na 
die \isitaba, la de una ískta semiane%adiza, apostadero 
de tigres* llamada Brazolargo por su angostura, des- 
embarcó «u contingente 

Esta isbtu próxima a la ribera suspirada, facilitó 
el acceso d los c < pedir onanos a la estancia del pa- 



[32] 



GRITO DE GLORIA 



tnota Tomás Gómez, con quien habíanse convenido los 
medios de movilidad que traía prontos, esperando U 
llegada del último refuerzo con los jefes 

Pero los días pasaron dos semdnas corrieron dentro 
del bosque siniestro, sobre un suelo de ciénaga hollado 
por alimañas > como éstas escondiéndose los hombres 
y procurándose el alimento a saltos en la espesura o 
arrastrando la res hasta la pla\a en tierra firme, en 
medio de las sombras derrengados, hoscosos, fieros en 
su misma debilidad La prupba no podía ser mas ruda 

Los compañeros que debieron seguirlos sin demora, 
habían sufrido contrariedades senas, las que trae apa 
rejadas todo plan que rompe con la monotonía de lo 
normal, desafia los vientos y las olas o descubre alguna 
malla de su tejido 

Notado el mo\imiento por las autoridades argenti- 
nas, celosas de su neutralidad, \ieronse forzados los 
que quedaban a buscar puntos aislados en la costa que 
les sirviesen de salida en persecución de sus intentos 
temerarios En ese afán constante, sin desfallecimien 
tos, se agitaron durante once días llenos de fiebre Al 
fin lograron reunirse en grupos en sitios desiertos, 
de la orilla El tiempo se mostraba adverso, como 
los hombres Un viento recio sacudía las aguas 
revolviéndolas en escarceos espumantes Tenían el pe- 
ligro detras, al frente, mas alia, por todas partes los 
amagos del desastre ¿Qué importaba 9 La resolución 
estaba hecha, el sacrificio ofrecido en aras de una pa- 
sión ferviente v quedaba d consuelo de morir, el pos- 
trer rí curso de los fuertes cuando nadie los comprende 
ni los ampara en sus decisiones supremas 

Embarcáronse \ *e entregaron a las ondas El abis- 
mo que éstas guardaban no era ma\or que aquel que 
los atraía con fuerza misteriosa > al que habían jurado 



133] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



caer sin queja cuando se hubiese extinguido la última 
esperanza 

Un norte dominante, que los antiguos habrían lla- 
mado aciago, de augurio funesto, azotó las pequeñas 
velas al extremo de ser arriadas mas de una vez para 
voher al casco su equilibrio 

Fue así como después de rudas vicisitudes en todo 
lo ancho del río, los expedicionarios «se reunieron a 
los que aguardaban en la isleta 

Este encuentro tan deseado, entonando la fibra, 
afianzó en aquellos varones el pacto de su arrojo con 
la suerte 

Los que llegaban y habían sido el tema de hondas 
ansiedades, eran Juan Antonio Lavalleja jefe de la 
invasión, Manuel Oribe, segundo en el mando, Pablo 
Zufriategui, Santiago Gadea, Manuel Freiré, Basilio 
Araujo, Jacinto Trapani, Simón del Pino, Manuel Me 
Iendez, Gregorio Sanabria, Pantaleón Artigas, oficia- 
les, Andrés Spikermann, cadete, Juan Spikermann 
Andrés Areguatí, sargentos, Celedonio Rojas, cabo 
primero, soldados Joaquín Artigas, Tose Leguizamón, 
A\ehno Miranda, Dionisio Oribe y Felipe Carapé 

Los compañeros los condujeron al sitio oculto en 
que ardían dos fogones rodeados de asadores impro- 
visados con ramas gruesas, y donde circulaba el mate 
como una infusión necesaria al temple de la fibra 

El lugar era aparente, circuido de vegetación arbórea 
por todos lados, de manera que hubiera sido difícil 
descubrir desde el no resplandor alguno 

Cheveste y dos más de los forzados isleños, en la 
noche anterior habían cruzado el no en una canoa, y 
cerneado en la costa una vaca, que trasportaron a su 

[34] 



GRITO DE GLORIA 



De esa %aca se alimentaron, y de ella seguían co- 
miendo, en el momento de la reunión de los demás ex- 
pedicionarios 

Estos traían fatiga y hambre, y la cena fue de her- 
manos Se cantaron décimas glosadas, se dio suelta al 
buen humor, y risas homéricas hicieron olvidar las 
amarguras pasadas a bordo del gánguil 

En aquel lugar desierto, rodeado por las aguas, con 
su verde cortinaje de arbustos y malezas a todos rum- 
bos, raro era el aspecto que presentaba el grupo de 
hombres audaces 

Los había entre ellos de todas razas, de distintos 
colores como el "quillango" indígena, blancos, co- 
brizos, negros, piel de "yaguareté" terminada en col- 
millos y garras, el militar de escuela junto al "mon- 
tonero*', el ideal culto en connubio con el instinto bra- 
\ío, el ciudadano libre en fraternidad con el liberto 

Algunas figuras resaltaban por sus formas de alci- 
des cabelludos, mucho músculo, pocas palabras, duro 
el gesto, el mirar sombrío Las vestimentas añadían 
rasgos singulares al conjunto Casacas de húsares, cal- 
zado de granadero, pantalones amplios, chambergos de 
ala floja, chmpaes de tejido crudo, botas de cuero de 
potro, ponchos de grandes haldas, nazarenas trinado- 
ras, complementado todo por el arreo ofensivo de lar- 
gas dagas, trabucos de hierro, carabinas de cazoleta, 
pistolas de cinto y sables corvos 

La diversidad de tipos guardaba así armonía con 
la de las armas Prueba de que había sido una espon- 
taneidad impetuosa la que había producido aquel acer- 
camiento } aquella unión, que debía aumentar su 
fuerza a medida que se fueran abriendo las válvulas 
a los instintos propulsores en el mismo médium nativo 
El aroma de la tierra, que había adobado las fibras, 



[35] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



debía ponerlas en vibración De allí se percibía ya el 
ambiente que incendiaba la sangre, y todo dolor pa- 
sado era espuela punzadora 

Para muchos de ellos ¿qué concepción podía ser la 
de la patria 9 ¿Difícil explicarlo 1 Al mirar hacia la 
ribera oriental parecía que algo entreveían en las som 
bras con los ojos del alma Acaso el pago, el pago 
era la patria La patria en pequeño con su terrón co 
nocido, con su fragmento de cielo, con sus horizontes 
visibles con su arroyo fecundante, con sus lomas pin- 
torescas, con sus bosques solitarios Algunas viviendas 
primitivas construidas con el tronco, el lodo v la ma- 
siega, dispersas como asilos de una hora de razas va- 
gabundas, el potro recorriendo el llano con la crin 
revuelta et "ñandú" con el alón tendido en la ladera, 
el "carancho' 7 junto a la blanca osamenta, el jinete 
errante hiriendo el aire con el ruido de las espuelas 
o con los ecos de una trova de "enramada'' ese era 
el pago 

( Bien podían ellos estarlo contemplando como un 
miraje esbozado en sus cerebros' 

Los espíritus elevados, que eran los menos, iban más 
allá de esos horizontes 

Por eso, en la hora de que hablamos, aquellos hom 
bres, los que mandaban y obedecían, formaban una 
sola familia sin más afectos que un ideal común , todos 
aspiraban al mismo fin, las necesidades, los apetitos, 
los groseros sensualismos de la existencia ordinaria, si 
asomaban como efervescencias del grupo, entidad com- 
pleja de heroísmos, no era más que para dar mayor 
encanto a la idea del sacrificio 

Limpiaron las armas con cariño, hasta verlas relu- 
cir, prepararon los cartuchos de carabina en paquetes 
que envolvieron en pañuelos, e hicieron líos con el 

[36] 



GRITO DE GLORIA 



resto para cargarlos a modo de mochilas con los abrí 
gos y "recados" 

Con reses transportadas hasta allí desde la costa, 
ocultos en la espesura, celebraron su última cena, con 
dimentada con la salsa de su denuedo, y se dispusieron 
a marchar 

En esa noche brillaban pocas estrellas, había mur 
murió en las playas y un ligero liento zumbaba entre 
los sauces En la orilla oriental ardía una hoguera 

Al comentarse después estos detalles, a la luz de los 
vivacs en tierra natrva, no falto entonces quien dijese 
que en este punto las cosas, del fondo de la ísleta, 
acaso de algún "camalote" detenido en los recodos de 
la costa, había llegado de pronto el bramido de tigre 
hambriento que tai vez alumbraba con sus fosfóricas 
pupilas el rastro de la presa , a cuy o bramido respondió 
uno riendo 

— jYa vamos 1 

Y como si esta hubiese sido una voz de mando, to- 
dos empezaron a moverse en las sombras con el menor 
ruido posible 

Minutos después bajaban en grupo a la pequeña 
playa, siempre en silencio, apenas interrumpido por el 
roce de los sables, los acentos bajos de prevención y los 
ludimientos secos de culatas 

Las "chalanas" se encontraban en el centro de una 
como herradura formada por la vegetación de las on 
lias casi Tozando con sus fondos la arena 

Cada uno de los expedicionarios llevaba consigo 
arreo doble El embarque se hizo rápidamente, entrán- 
dose los hombres al agua hasta media pierna, sin des- 
orden, dividiéndose el grupo en partes iguales 

Las "chalanas" largaron El viento favorable em 
pezó a empujarlas con fuerza 



[37] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Al frente, en el enorme cauce, no se veía luz alguna, 
a no aer una que otra plateada arista, reflejo del pálido 
fulgor de las alturas, las riberas aparecían como gran- 
des manchas negras formadas por el hueco de los ba- 
rrancos y una cresta de arboles hirsutos que servían de 
agreste festón a sus bordes enhiestos tajados a pique 

Allá muy lejos, un resplandor, quizás el del incendio 
de maleza en algún islote anegadizo, dibujaba en el 
horizonte una luna color sangre que pareciera surgir 
recién abriéndose paso entre doseles de crespón 

Del suelo nativo no llegaba ningún eco 

Pero cerca de la plaja, la hoguera seguía ardiendo 
Era un fuego de escasas proporciones, aunque muy 
Msible que de vez en cuando mostraba sus lengüetas 
por encima de su disco de brasas, semejante a la dis- 
tancia a una enorme "alúa" posada en lo hondo de la 
selva 

En el grupo que navegaba delante, vanos hombres 
hablaban en voz muv baja 

— Será una guardia — decía uno extendiendo la 
mano hacia la fogata — ¿Vamos a estrenarnos pronto T 

— A la fija nos esperan con la tercerola al brazo — 
agregaba otra voz ronca y enérgica — Han cenado de 
lo ajeno y quieren enlucernarnos antes que pisemos 
tierra 

— La "fariña" habrá andado en los bocados — mur- 
muró un tercero — Estos tinosos se cuidan bien por 
miedo de hacer cueros de epidemia 
0>ose cerca una nueva \oz, que decía 
—No, compañeros Esa fogata que parece luminaria 
de brujas la ha encendido un amigo Los hermanos 
Ruiz viven ahí, junto a la costa Anoche estuvieron 
con ellos el comandante Oribe y el capitán Manuel, 



[38] 



GRITO DE GLORIA 



viendo que Gómez no contestaba las señale», ni podía 
haberlas contestado porque ha días lo corrieron, ha- 
ciéndolo pasar a Entre Ríos La cruzada debió ser el 7, 
V hoy estamos a 19 Los Ruiz quedaron en que harían 
fogón como a\iso Vamos derecho a desmontar de este 
redomón bufador 

— i Ahora caigo, canejo Bien haiga el bicho de luz 1 
— ¡A ver si se callan 1 — dijo alguien con tono de 
mando 

Los murmullos cesaron de súbito 

También se iba extinguiendo la llamarada y amen- 
guándose el foco rojizo, como si una mano apartase 
sus ascuas o las íecubriera de aiena Destacábase en 
las tinieblas una gran mancha más negra, en plano 
bajo, que era el monte enmarañado, difuso, torciéndose 
en espiral o ensanchándose en el llano con todo el 
vigor de la savia comprimida Este cancel inmenso 
llegó a ocultar por completo la hoguera, se navegaba 
en la zona tenebrosa, casi razando la base del barranco, 
) como el \ íento soplaba le\e en esos momentos, se 
hacía uso del remo 

Los murmullos recomenzaron 

— Alia en el largo veo una lucesita que se me hace 
de farol — susurró uno al oído de otro, señalando ha 
cía delante 

— No le des a la "sin hueso" — dijo el compa- 
ñero — Parece que andan muchas lanchas en el río 
jugando a la que menos ha de topar, tomo los becerros 
en el bajo cuando hay un toro cerca Por atrás se co 
lumbra otra parejita a un ojo de lechuza 

El que primero había hablado volvió la cabeza, y 
alcanzó a percibir en realidad en el fondo del cauce 
fija y siniestra una luz amarillosa 

[39] 

f 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Era de temer una andanada de cafion de crujía 
— A la cuenta es otra barca cargada de "inamelu 

eos" Lindo sena aguaitarla aquí al reparo de los u ba 

randies" 

En ese instante los remos dejaron de hundirse en el 
agua mansa, y las "chalanas" siguieron su marcha 
lenta, empujadas apenas por ráfagas tardías 

Las claridades lejana* pero sospechosas que se dis- 
tinguían a proa > a popa, concluyeron por desaparecer 
entre el laberinto ramoso de las costas cu\as entradas 
y recodos sin duda se inspeccionaban A mten alo^ \ ol« 
vían a relucir, distantes, a modo de luciérnagas sin 
rumbo abatiéndose sobre el haz de las aguas dormidas 

Eran altas horas cuando las proas surcando la ca 
nal enderezaron hacia una ensenada que hacia mas 
tenebroso el bosque de "talas" y de "molles", desple 
gado en su fondo como una gruesa columna en batalla 

Esa ensenada a cuyo flanco desliza su hilo de agua 
un humilde tributario, forma una cur\ a sensible rema 
tada en dos ligeros recodos } da acceso hasta la orilla 
solo a embarcaciones pequeñas La corriente deriva 
hacia esa costa, cuyos -veriles ha ahondado en su base 
empujando los residuos a una pía) a hermosa cubierta 
de den c as arenas, donde la planta se hunde y asoma 
su enriscada "roseta' la espina de la cruz 

En este sitio del Arenal Grande airiaron vela las 
"chalanas" y tomaron tierra los nrvajores 

Apartadas aquellas de la ribera por el pebgro de 
tumbarse o varar en las dunas, el desembarco fue pe- 
noso con el agua a la cintura, en cuva diligencia los 
marineros > los mismos patrones con sus cuerpos se- 
mihundidos en el río sirvieron de jalones por largo 
rato al tránsito de las armas y monturas 



[40] 



GRITO DE GLORIA 



Diseñábanse en el cielo detrás de las altas colinas 
verdes que rodean en anfiteatro el cumulo de arena9, 
los primeros albores del día 19 

Sábese ya que no debió ser éste el del desembarco, 
sino el 7 del mismo mes El patriota Tomas Gómez, de 
acuerdo con sus amigos de causa, y comprometido a 
tener dispuestos los elementos de movilidad necesa- 
rios para montar el contingente en la fecha indicada, 
cumplió esperando a aquel con un número determinado 
de caballos que mantuvo ocultos en Ls islas Pero, el 
tiempo pasó en angustiosa incertidumbre Los brasi- 
leños, ya inquietos ante ciertos movimientos inusitados, 
hicieron recaer sus sospechas sobre Gómez y ordena- 
ron perseguirle El patriota wose entonces obligado 
a abandonarlo todo, y atravesando el Uruguay, buscó 
refugio en la Argentina 

De esta manera al pisar el suelo nativo, los invasores 
se hallaron condenados a una inacción que podía ser- 
les fatal Ninguno, a pesar de tan grande contrariedad, 
manifestó su disgusto Y bien debió esperarse que 
murmuraran, pues que llevaban largos días de priva* 
ciones y sufrimientos Los cuerpos estaban postrados, 
esfuerzos sin descanso, noches de insomnio, alimenta- 
ción deficiente, vigilancia continua por una parte, y 
por otra la sucesión de emociones violentas que en lo 
moral coincidían con la faena sin tregua del músculo, 
eran causas sobradas para predisponer los espíritus al 
desaliento No sucedió así En el grupo taciturno algún 
vinculo de tracción aferraba las voluntades, porque to- 
dos se movían de consuno y obedecían sin réplica 
Toda\ía en las tinieblas, amontonados, con la ame- 
naza allí de donde venían, con el peligro inminente en 
el terreno que pisaban, desmontados en tierra de cen- 
tauros, solos en su pasión ardiente, parecía sin em- 



[41] 



r 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



bargo, circular entre ellos como un aura de entusiasmo 
viril que ahogaría en sus gargantas el descontento Se 
habría dicho con razón que la madre tierra devolvíales 
las fuerzas como al titán de la ficción helénica 

Subíanse en color las rosas del oriente orladas de 
escarlata v; difundíase una suave claridad en el llano 
arenoso, cuando se alzo una voz enérgica mandando 
formar 

Había premura en apartarse de allí, y poneT la selva 
por medio Después se atendería a los medios de mo- 
vilidad 

Un pequeño grupo de vecinos del pago presenciaba 
la escena desde el pie de la colma, dominando con sus 
miradas el aienal por un abra extensa del bosque 

Estrechóse fila en el acto, terciadas las carabinas y 
desnudo* los aceros 

Pasóse lista con rapidez 

Eran treinta > tres hombres de jefe a soldado 
Lavalleja recomo la fila con el sable en la diestra, 
y en la izquierda desplegada una bandera que tenia 
en su centro una inscripción de grandes caracteres 
¿Qué lema era aquel 9 

En el escudo primitivo de campo blanco con un sol 
arriba y debajo un brazo robusto sosteniendo una ba 
lanza, símbolo de la justicia, se leía este mote con 
libertad, ni ofendo m temo 

En la bandera de tres fajas, blanca, azul y roja, em- 
blema esta última de la sangre vertida la inscripción 
consagraba el mote o leyenda del escudo era la su- 
prema aspiración de Artigas, allí estampada con sig- 
nos perdurables 

Bajo el sol brillante que bañara de intensa vida el 
desierto v al soplo del "pampero" que henchía la sole- 
dad de rumores, en otro tiempo habían germinado y 



[42] 



GRITO DE GLORIA 



crecido los instintos al igual de los cardos espinosos, 
el amor de la tierra enroscó sus raices absorbentes en 
el corazón bravio, la pasión del valor endureció el 
nervio en las crudezas de la vida semisalvaje, y la 
voluntad del mas fuerte, el carácter mas tenaz y vigo- 
roso fue el prestigio de todas las voluntades fue el Upo 
de todos los caracteres dominando con su acción y el 
encanto del éxito aquel conjunto de instintos y de pa- 
siones capaces de impulsar los ideales de la clase culta 
hacia el triunfo de señalados destinos, una vez que se 
expidieran soberbios en la vasta escena del drama re 
volucionano 

Con esos amores locales — tan necesarios a los hom- 
bres? de los campos como el aire y la luz — con esos 
fanatismos de pago llenos de indómita fiereza, había 
Artigas formado las huestes que en obstinada lucha 
arrastrados por la impulsión inicial de un movimiento 
poderoso a la vez que por la violencia de sus propias 
propensiones concurrieran eficazmente a derribar con 
el edificio de la colonia el imperio de la costumbre 

En aquel período turbulento, el esfuerzo, aunque 
tenaz y heroico, no revistió foimas definidas, ni trazo 
planea luminosos, pero abrió nuevos rumbos 

Era el esfuerzo anónimo, a veces ciego, que se obs 
tina en la tendencia evolucionaría, y en el secreto va 
tejiendo las nacionalidades hasta exornarlas de atri- 
butos propios y carácter típico 

En aquella bandera desplegada por Lavalleja esta- 
ba el símbolo de esc esfuerzo, y a su vista los bra- 
zos se levantaron v todos los instintos rugieron 

Lavalleja sacudió el paño con firme mano, y seña 
landolo con la punta de bu acero resumió une corta 
arenga en este grito de pujante brío 

— ¡Libertad o muerte f 



[43] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Treinta y dos voces lo repitieron, tendidos loa sables 
deshecha la fila por una conmoción profunda, puesta 
por algunos en tierra la rodilla y sellado por otros el 
suelo con el labio, y por un momento el eco formidable 
al devolver ufano el juramento pareció ruido de cade 
ñas que se trozaban con estrepito 

No pudo echarse diana, pero la diana de redención 
se escuchaba en todos los espíritus 

El sol nacía, y resurgía la vida en el bosque estre- 
mecido por el marcial rumor, cual si en su espesura 
alentara la autonomía de los pagos y se agitasen las 
almas de aquellos fieros caudillos que todo lo sacrifi- 
caron a sus adustos y terribles amores 1 



[44] 



V 



AL VIENTO LA BANDERA 

La cifra, pues, de los invasores, no era para ins 
pirar temor a un poder incontestable Que llegara a 
aumentarse, era todavía un problema Aunque melenu- 
dos, carecían de la legadura de los gigantes bíblicos 
que con la honda o la quijada nivelaban en un mo 
nien'o las condiciones de la lucha 

Como hemos dicho, el guarismo de los dominadores 
teniendo sólo en cuenta las tropas de la guarnición 
en el país incluidas las auxiliares de Rivera y las que 
podían maniobrar en el acto desde la \ieja línea divi 
sona en donde \rvaqueaban con sus armas en pabe- 
llón sumaba cinco mil hombres próximamente Este 
ejército compuesto en su mayor parte de infantería y 
caballería de linea, estaba apoyado por una artillería 
de plaza y de camparía que contaba con ciento cin 
cuenta cañones Segundábalo en las \ías Aúnales una 
armada de siete buques, perfectamente equipados v 
prontos para la ación 

Proporcionalmente, correspondían desde luego a ca 
da invasor más de ciento cincuenta soldados con cua- 
tro piezas de artillería La proporción no podía ser 
más aterradora, del lado de la tierra nativa Después 
estaba el hondo canal del río* suíiciente a absorberse 
millares de hombres en la fuga desesperada , y del 
linde opuesto, las autoridades hostiles listas para apo- 
derarse de los vencidos en desagravio drl \encedor 



[45] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Aquellos hombres que dominaban taleg perspecti- 
vas sin pueriles ofuscamientos, creían de buena fe que 
ellos se convertirían en dorados horizontes de una 
mañana de gloria El caso era hacer pie firme en el 
terreno 

En las primeras horas buscaron refugio en el bos 
que — la guarida del patriotismo en aquellos tiempos 
crueles de donde el patriotismo salía como hambrienta 
fiera para poner pavor a los campos 

En el bosque aguardaron que Etchevest y los her- 
manos Ortiz trajeran caballos de los alrededores 

Ellos los buscaron por los mas escondidos lugares 

El matalote de un leñador en que los hermanos se 
montaron, uno sobre la cruz, otro sobie las ancas sir- 
vió de vehículo para la pesquisa Ftchevest caminaba 
al frente fiado al vigor de sus piernas escudriñando 
con ojos de baqueano la espesura a lo largo de la 
costa De la tropilla que Gómez se hibía visto obli- 
gado a dispersar días antes dieron a altas horas con 
diez caballos, más tarde encontraron otros 

El número completaba el de las exigencias, y se 
volvieron cuando asomaba el alba al escondrijo de 
sus compañeros 

Ese día lo pasaron entre el ramaje esperando que 
el sol cayera 

Ya avanzada la tarde los in\ acores aderezaron sus 
caballos, pusieron a grupas lo que sobraba del arma- 
mento y municiones de guerra, y emprendieron la 
marcha con esta consigna de Lavalleja 

— Por razón alguna nadie se separe de las filas 
Dirigíanse a la estancia de Beli», a inmediaciones 
de San Salvador, donde rustía una guardia en«ruga 
Había que empezar por batir las guardias 
Esta, sin embargo, alcanzaba a cien hombres 



[4«] 



GRITO DE GLORIA 



Algunos montaraces de largas greñas, hoscos y ca- 
llados se incorporaron al grupo, que hacía su trayec- 
to a trechos por el interior del bosque 

Mandaba el destacamento de dragones a sorprender 
el comandante Julián Laguna, al servicio del imperio 
Advertido, formó en ala sobre la loma El jefe de los 
invasores se detuvo, e invitó a conferenciar a su ene- 
migo Vino éste, y hablaron Sin duda alguna las re- 
sistencias del invitado se hicieron pertinaces, porque 
el caudillo de la empresa, perdiendo la paciencia, llegó 
a exclamar de un modo brusco 

— No entiendo de conseja Ríndase, o lo cargo 

— i Cargue, que hay hombre 1 

Lavalleja revolvió el caballo hacia sus filas, y car- 
gó, bandera al viento La it,f riega fue breve Un 
avance a media rienda, \ arios sablazos de gente en 
celada, alguna sangre vertida, confusión sin entrevero, 
media vuelta y desbande 

No pocos de aqutllo% soldados batidos que habían 
desnudado sus aceros murmurando, los volvieron a la 
vaina, e ingresaron al grupo vencedor 

Dos horas después, cuando se aprestaban los inva- 
sores para continuar su obra de viento de borrasca 
depurador v bravio, una partida de patriotas trayendo 
varios pnsioneos, se les incorporó 

Esta junción produjo entusiasmo en las filas Los 
recién venidos eran casi todos antiguos soldados de 
Lavalleja u Oribe 

Juntos habían vivido en los montes durante largos 
meses, hostdizando al enemigo desde la madriguera 
sin ceder nada de sus od.os nativos, ahora se presen 
toban sin tacha, soberbios, encelados, arrastrando un 
grupo de vencidos en prueba de ardor varonil y de 
fibra guerrera 



[47] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Acompañábalos un clarín que no cegaba de echar 
diana con un hrío que denunciaba la robustez de sus 
pulmones En las filas abrazábanles entre aclamacio- 
nes ruidosas, llamándolos por sus nombres v pidién 
doles detalles del encuentro en que habían salido \ic- 
torjosos 

Uno de los nuevos campeones era el capitán Ismael 
Velarde soldado de las primeras guerras, a quien La 
\?11eja conocía bien 

Joven esbelto, de semblante de muier v mirar duro, 
lle\aba la lanza con aire de soberbia aciso con el 
m^mo que lo estimúlala a emnuñarla en ,u primera 
mocedad El era el que enterado del pasaje de los 
treinta y tres patriotas había reunido algunos com- 
pañuos en las \ertientes de Santa Lucia v arroján- 
dole sobre un destacamento de caballería de línea bra- 
sileña apostado en los campos de Robledo rr atándole 
vanos soldados } apoderándose del rp c to La refriega 
había sido aún más fructifeia Kl évfto d« olvió a la 
causa de los patriotas un buen numero de natrvos que 
se encontiaban asediados en el monte, \ otros prisio 
ñeros en las "casas* 1 los cuales rescatados, figuraban 
ahora en el grupo como números distinguidos El te 
mente Cuaró, veterano de Latorre, de atezada piel, 
miembros fornidos \ pescuezo de toro, entraba en la 
cifra, también Ladislao Luna antiguo alférez de Ri- 
vera en sus aventuras heroicas del año XVII Seguían 
lupgo algunos "tapes" de Soriano y moretones anscos 
de la cuchilla de Marrincho, que hibím creado en 
el torbellino de la lucha y en él debían desaparecer 
como "tucos** en noche de tormenta 

Pero, entre todos, un voluntario atrajo las miradas 
por su aspecto > compostura 



r48] 



GRITO DE GLORIA 



Era éste un joven blanco v rubio de ojos azulea, 
cabellera blonda y rizada, alto, gallardo, de manos y 
pies pequeños, que llevaba la espada como un oficial 
correcto, el sombrero como un trovador y la espuela 
como un caballero 

A pesar de la tostadura del sol \ el viento, y del 
deterioro extremo de las ropas, Oribe lo reconoció 
apenas fijó en él la vista Se llamaba Luis María Be- 
rón En su mirada triste v su frente soñadora parecía 
reflejarse algo como las nostalgias de la tierra y en 
el gesto altivo > adusto presentirse el librar de la fi- 
bra a impulsos de una sangre rica y generosa 

Seguía a Berón como su sombra, un negro liberto 
con todos los aires de una buena mama, mozo, ro- 
busto, bien plantado y gran jinete, el chambergo so- 
bre la oreja bota a media pierna, una haba del aire 
en el ojal de la blusa y el trabuco cru?ado a los rí- 
ñones 

Por último un \iejo sobresalía en el grupo Era 
este hombre muy tieso y muy espigado» de mirada 
viva y ceñuda, propia de ojos hundidos en las cuen- 
cas y rodeados de un matorral de cejas gruesas en 
forma de penachos de "ñacuiutú" Tenía la nariz gan- 
chuda y prominente en el vómer, el pelo que había 
sido crespo y del que apenas quedaban algunos lar- 
gos mechones caía sobre I03 hombros a modo de ca- 
pullos invertidos de cortadera la barba enmarañada 
y recia, teñida en parte por el humo del tabaco, mos- 
traba su punta retorcida hacia un costado por el uso 
del barboquejo 

Lle\aba sombrero de panza de burro, chapona de 
paño azul, chiripá de tela gruesa listada a bandas ro- 
jas, botas flamantes de cuero crudo y espuelas de 



[49] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



hierro, cuyas ruedecillas hacían música gruñona con 
el freno y las coscojas 

La daga que traía a la cintura formábale por de- 
trás un embuchado en la chapona El poncho en rollo 
a las grupas, y una gran lanza con cuatro medias lu- 
nas y banderola tricolor que blandía en la diestra, 
daban a este nuestro antiguo conorido don Anacleto 
todo el aire de un caudillo de pago que aun goza de 
la plenitud de su prestigio 

Su caballo overo de cula recogida > crines retacea- 
das a cuchillo, en buenas carnes > regulares bríos 
solía pararse para golpear con el casco el sucio, en 
cu\a s>azon, el \iejo capataz le acercaba la espuela con 
cuidado y apretando las rodillas como si *c tratase 
de un "redomón'* de más manís que un '"matrero" 

Pasada la efusiva expansión de los primeros mo- 
mentos, el \alioso contingente entra a formar en el 
escuadrón de Oribe, quien nombra a I«mael Vtlarde 
capitán de la primera mitad con Cuaió de segundo, 
y a Lui<* María su anudante secretario 

Ladislao, con su grado de alférez, queda ^ubordi 
nado a aquél, haciendo revistar en filas a los "tapes'* 
y mocetones montaraces 

Adquirido asi mayor nervio con gente de resolu- 
ción a empresa, maciza en la marcha y en extremo 
hábil para manejarse en el terreno, la reducida fuerza 
re\olucionaria siente que se aumentan sus alientos y 
que crece en ella el espíritu de cuerpo que ha de lle- 
varla unida y vigorosa de escaramuza en refriega y 
de combate en batalla, en una serie no interrumpida 
de brillantes jornadas 

Se alza la bandera, y se grita jtodo por la patria 1 
¡la tierra pertenece a los valientes 1 Los jinetes se agi- 
tan fiero*, rompen los clarines en marcial fanfarria 



[50] 



GRITO DE GT ORIA 



que estremece el suelo del camino al paso de aquella 
caballería temeraria en duelo con la suerte, que va a 
quebrar lanzas contra el dragón forrado en hierro de 
la conquista 

La pequeña legión a\anza, entra en Soriano, — la 
\ieja villa taciturna del sistema hispano colonial — > 
V da el grito de independencia con asombro de sus 
solitarios moradores Algunos antiguos ser\idores de 
Artigas que allí dormitaban sobre el gran estero os- 
curo como soldados que han caído rendidos por el 
cansancio, oyeron el grito, v escucharon la lectuia de 
una proclama en que se hablaba en nombre de la 
unión argentina, de la autonomía dt la provincia co- 
mo parte integrante de la República limítrofe y del 
auxilio que de ella \endna, toda vez que los orientales 
íespondieran al llamado del patriotismo La proclama 
nada decía de las primeras luchas, y mucho de una 
vida nueva No preocupó la formula a aquellos an- 
tiguos servidores Era sin duda una proclama como 
cualquiera otra, "que a>udasen no mas los de la otra 
banda'*, después el tiempo diría lo que del crecimiento 
y el choque de las pasiones y de los intereses resul- 
lase Tras de ese encogimiento de hombros del estoi- 
cismo, los hombres se limitaron a este criterio con- 
cn to "ante todo es preciso sacudirse el peso del yugo, 
\ \enga el socorro para ello de quien pueda más que 
Artigas" 

Y descolgaron sus sables mohosos, acudiendo al ru- 
mor de la batalla La legión subió a cien , y estos cien 
marcharon hacia el arrojo del Perdido 

En el travecto, cae prisionero un baqueano enemigo 
de nombre Juan Baez, que llevaba instrucciones es- 
critas de Rivera para el ma>or Calderón, jefe de dra- 
gones En la nota urgíale que se le incorporase sin 



[51] 



EDUARDO ACEVEDO pfAZ 



demora para abnr operaciones sobre Lavalleja Sol 
dado de este en las guerras anteriores Baez acata a 
su viejo jefe ofrécesele para mdueir a engaño al bri- 
gadier y le informa que algunas par lulas merodean 
por alh cerca Añade que ha> tropa acampada en los 
ribazos del Monzón, uno de los manantiales del arro\o 
Grande, y que con ella está el comandante general de 
campaña 

j Al encuentro, a paso de trote 1 

El baqueano \uehe sobre sus pasos \ con él la pe- 
queña columna, que abandonó por el hecho el rumbo 
que le hubieia conducido hasta el campamento de 
Calderón, situado a la orilla de otro canalizo secun- 
dario de aquel arroyo 

Bruscamente, las partidas contrarias aparecen tras 
lomando a la carrera la pióxima "cuchilla" como im- 
pelidas por un instinto irresistible, \ a la vista de la 
hueste, blanden las lanzas como un saludo marcial, y 
en vez de acometer se incorporan a las filas Orense 
gritos vehementes* v algunos de aquellos hombres se 
abiazan juntando sus cabezas sin deteaerse 

La columna asi robustecida, sigue andando en bus- 
ca de la av entura temerosa como asistida de una vir- 
tud aquihana El humilde Baez la guía, es este oscuro 
soldado el que ha de llevarla al terreno de uno de 
sus mejores triunfos, el que debía asegurar el éxito 
de la empresa Baez aunque al sei vicio de los domi- 
nadores hasta pocas horas antes, ya no es un prisio- 
nero, porque he ha identificado con los que acompaña, 
ni se considera a sí mismo un traidor, pues que su 
conciencia no le acusa y su corazón le arrastra Es una 
unidad del esfuerzo anónimo, que cae en cuenta* el 
baqueano de la aventura que, casualmente atravesado 
en su camino, se apasiona de la audacia, v se resuelve 



[52] 



GRITO DE GLORIA 



a separar aquella de su marcha ciega guiándola a 
favor de su arte por senderos desconocidos hasta pre 
cipitarla armada v potente sobie el enemigo mas te 
mible — por «er aquel que podía detenerla en sus 
alances > rompe i el nervio de su acción 

Baez se adelanta en prosecución del plan acordado 
con Lavalleja, a favor de las asperezas del terreno, y 
dejando oculta la columna sigue solo hasta encon- 
garse con la guardia que mandaba el biavo oficial 
Leonardo Olivera 

Juan Baez dice a e^te 

— El mavor Caldeióu con el escuadrón de diago 
nes esta en el bajo, ac;uarddndo órdenes Yo sigo hasta 
el rampo del comandante genual a darle parte 

Olivera no se surprende de la nueva, y pide su ca 
bailo contestando tranquilamente 

— Voy ha^ta el bajo Anuncie el caso al jefe 

En seguida monta* toma el galope trasloma "v cae 
al llano sin recelo Allí es íodeado y se le intima ren 
dicion 

Apercibido de esto, exclama con entereza 

— Rendirse , a quien 9 Todos somos hermanos j Pido 
lugar en las filas, para mi y mis compañeros T 

En esos momentos un pequeño grupo, apartado del 
grueso que había estado inmóvil al pie del declive, a 
las órdenes del comandante Oribe, movióse brusca 
mente tendiéndose en ala en la ladeia 

Sentíase a la parte opuesta el galope de vanos ca- 
ballos 

Fijáronse allí las miradas 

Pronto escalo la colina un jinete de figura apuesta, 
cabello negro v semblante tostado, joven, en la pleni- 
tud de su vigor, quien, bien sentado en los lomos, 
cubierto por un poncho de tela color ante, cuya halda 



[53] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



derecha había arrollado sobre el hombro, \enía se- 
guido por otros dos a guisa de escolta 

Sujetó el caballo al trasponer la "cuchilla", y em- 
pezó a descendería al trote, algo sorprendido del cua- 
dio que se extendía a su vista 

—Ese es Frutos — dijo Ladislao con cierta fruí 
fion íntima j Véanlo si se mueve arrogante 1 

Ismael lo miro de sosia) o, por debajo del ala del 
sombrero, murmurando 

— i Veras que se duebla T 

Otra voz dejó caer con pausada entonación estas 
palabras 

— i Ahora, para qué T Ya cavó el "matrero" 

Alguien añadió con risa irónira 

— E«tá lustroso, a íuerza de buen vivir ¡ Naide 
rompa esa cuña por ser del mesmo palo' 

El comandante Oribe hizo una seña 

El pequeño grupo emprendió el galope, formando 
media luna a retaguardia de los recién \emdos, y 
el mismo jefe, abandonando con Luis María su pues- 
to, picó espuelas > se puso en un instante junto al 
brigadier 

Al sentir el tropel, Ruera volvió el rostro y saludó 
llevando la mano al sombrero La estratagema le que- 
daba de manifiesto, su saludo, suplantando a la pro 
testa, era un principio de llamado a la clemencia 

Oribe lo alcanzó cuando >a estaba próximo a La- 
valleja 

El brigadier se detuvo sin objetar nada sabiendo 
que era temible el adversario que tenía a su lado, 
por lo que, dirigiendo un tanto inquieto la palabra a 
Lavalleja exclamó 

— Perdóneme la vida, compañero Ordene que se 
respete mi persona 



[54] 



GRITO DE GLORIA 



El caudillo invasor lo miró severamente, respon- 
diendo en el acto 

— ¡No lo han de matar 1 En cuanto a lo demás, no 
pensó usted lo mismo respecto a mí, no hace mucho 
tiempo, cuando por orden de Lecor entró a acosarme 
en los campos de Zamora 

Rivera, aunque bastante impresionado ya por los 
rumores de voces airadas que llegaban hasta él echó 
mano al fondo inagotable de sus recursos de astucia, 
apresurándose a decir con el tono de la major sin- 
ceridad 

—¡Oh 1 nunca fue mi intento el perseguirlo a 
muerte Le aseguro que lo buscaba para proponer 
le un plan de independencia, pero las cosas vinieron 
mal 

— ¡Buen modo de buscar' Obligar a un hombre 
a huir en pelos, \ con solo los calzoncillos No le 
hace, paisano, nunca es tarde para eso 

En un grupo del flanco se murmuraba de una ma- 
nera sorda Los reproches de Lavalleja incrementaban 
la excitación Aquellos como rezongos de cimarrones 
aumentaron por grados la alarma de Rivera, acaso 
porque sabía él medir la importancia de su persona, 
y por parte de sus adversarios, la imperiosa necesi- 
dad de eliminarla o de hacerla servir a sus fines Sa- 
gaz en la combinación de sus planes, como despierto 
en el peligro, aquellos murmullos amenazadores le in- 
dicaron el medio de prevenir la explosión del des- 
contento Entonces dijo sin vacilar, con el acento de 
aquel que no puede creer se dude de su lealtad 

— Estoy dispuesto a entregar la fuerza de mi mando, 
y si usted lo quiere, en el acto mismo imparto órde- 
nes Aseguro que no habrá resistencia alguna, por 
cuanto los muchachos están siempre cismando con la 



[55] 



I 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



libertad de la tierra y a una voz mía seguirán el 
movimiento 

— Falta hace que se les caliente la sangre, — re- 
puso Lavalleja, echando un terno redondo Mande lo 
preciso a preparar la entrega 

Mientras Frutos — como le llamaban los criollos — 
daba instrucciones a Olivera para que hiciera largar 
los caballos a su tropa, y difundiese en el campamento 
la especie de que eran los dragones de la provincia 
los que estaban en el bajo, la pequeña columna des- 
montó, a la espera del resultado Al primer impulso 
rencoroso, habíase sucedido cierta satisfacción bulli- 
ciosa Si el caudillo obraba de buena fe, la empresa 
iría adelante de un modo irresistible 

Unos minutos después se ordenó montar 

Lavalleja dijo al cadete Spíkermann 

1 — j Cuando estemos en medio del campamento, há- 
gala flamear alto para que la saluden todos ' 

El cadete llevaba en la diestra un astil con funda 
de hule negro, y ocupaba el centro de los escalones 
Estos avanzaron al trote Al encumbrarse en la colina, 
divisaron los fogones y a la fuerza que vivaqueaba 
confiada casi encima del ribazo 

Los invasores penetraron en el campamento en for- 
mación, y una vez en el centro, el porta desplegó la 
bandera al grito de "i libertad o muerte f " Esta gran 
voz, porque fue briosa y sonora, salió de labios de 
Luis Mana Antes que el estupor visible en todos los 
semblantes, se hubiese desvanecido, el capitán del pri- 
mer escalón de Oribe puso espuelas a un redomón tos- 
tado y entrándose en las filas rivenstas con gesto ce- 
ñudo, dijo imperioso* 

— ¿Dos pasos al frente, todo el que no sea oriental 1 



[56] 



GRITO DE GLORIA 



Los brasileños que revistaban en la fuerza obede- 
cieron sin dilación, y depusieron las armas 

Los demás fueron alistados en la tropa invasora 
El clarín echo diana 

Ahora se sentía en el núcleo un aliento poderoso 
de fe y de audacia que levantaba los corazones ante 
las realidades del éxito 

— ^A este paso comandante, el ensueño sera pronto 
un hecho' — dijo Berón, fijando en Oribe su mirada 
llena de luz y de pasión patriótica 

— Tal vez — respondióle su jefe, con aire adusto 
La obra empieza cuando concluya, sabe Dios si será 
completa 

Demarcaremos con la espada la frontera Y así que 
hayamos triunfado, serán nuestra defensiva la elección 
y el ejemplo 

— De la frontera Norte, no dudo, ayudante, que 
quedará señalada con nuestra sangre, si necesario fue 
re Pero jhay otra frontera que la fatalidad de 
las cosas borrara acaso, aunque la forme un río an- 
cho como mar 1 

Luis María se puso más adusto que su jefe, y mi- 
rando la bandera que flameaba altiva, repuso con 
acento amargo 

— Y entonces eso ¿nada significa 9 

El comandante se sonrió 

— Si — dijo — Recuerda muchos años de pelea, la 
lucha ciega contra todos los que han querido arreba- 
tarnos nuestro derecho 

— Y ahí está — murmuró Berón, como hablando a 
solas |Es la misma protesta, la protesta de siempre 1 

Callóse, triste Parecióle que sentía esa protesta zum 
bando en el aire, eco lejano de combates desespera- 
dos, — al sacudir el viento la bandera Si no era el 
símbolo de redención, de independencia absoluta, de 



[57] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



historia propia, si en manog de Artigas fue pendón 
de caudillo, emblema de crudezas y de ambición hosca 
y fiera, ¿por qué se agitaba como lábaro de un nuevo 
ideal entre los que por ella habían dado su sangre? 
Aparte de aquella independencia absoluta, ese sím- 
bolo no se armonizaba con el esfuerzo Se componía 
de tres franjas paralelas La roja no la cruzaba ya en 
diagonal, como en los primeros tiempos Su prestigio 
se fundaba en su origen histórico ¿Por que renegarlo, 
en la hora de las grandes reivindicaciones 9 Allí es- 
taba en medio de las filas con sus colores vivos, osado, 
altanero, como la pasión indómita de otros años, es- 
parciendo en derredor los recuerdos de cóleras fu- 
riosas de agravios infinitos, de cruentos infortunios 
¿Hablaba a la memoria hiriendo en el instinto de la 
venganza o en la fibra de un patriotismo formado en 
la lucha constante, en la aspiración permanente a la 
existencia sin ligaduras ni reatos 9 Con su tela se ha- 
bía empezado a tejer la nacionalidad, y ciertas nacio- 
nalidades se tejen ai principio con crudezas de semi- 
barbane, que son las que más resisten a la decaden- 
cia que corrompe y disuelve Esa bandera se paseó 
en combates heroicos sin que la deshonrara la misma 
derrota, ungiéronla con sangre a raudales en terribles 
entrévelos, consagráronla como signo de guerra a la 
absorción y a la hegemonía todas las soberbias de 
pago encarnadas en los hombres de valor, y todas las 
energías locales se habían crecido y encelado bajo sus 
flotantes pliegues, formando con sus rabias v enco- 
nos, sus sacrificios y ejemplos como durísimas mallas 
en que debía embotarse el golpe de muerte al ideal 
de independencia En prueba de esto estaba allí ♦ 
¿Conocía otra bandera el paisanaje belicoso 9 Esa era 
la que a pesar de asoladoras guerras, hablaba a sus 



[58] 



GRITO DE GLORIA 



pasiones con la elocuencia de una arenga momentos 
antes de la carga, de un premio a sus afanes después 
de la \ ictona Al pensar que no fuera ahora em- 
blema de un poder propio velábase el encanto de su 
prestigio, ¿simbolizaría el sacrificio de los débiles en 
obsequio a la grandeza ajena, a la eterna tutela del 
mas fuerte, al \il precio de la necesidad, como se de- 
cía en la época del embrión evolucionarlo 9 

¿De qué modo entenderían esto los hombres de cor- 
teza rústica, de pensamiento de niño y corazón de 
león? 

En medio de este hondo soliloquio, > alejado Oribe, 
Luis María vio detenerse cerca a Cuaró, quien se puso 
a contemplar impasible la escena que se desenvolvía 
a su frente 

Una vez fijó sus ojos negros y relucientes en la 
bandera, dilatándosele las alas de la nariz cual si ol- 
fatease humo de pólvora, o se le agitara algún ins- 
tinto adormecido en el fondo de la entraña 

Berón, que lo observaba atentamente, di j ole 

— ¿Te estas acordando compañero 9 

El teniente parpadeó con fuerza hasta dar a sus 
pupilas un brillo luminoso, y alzando el brazo semi- 
desnudo señaló la tricolor con un gesto de orgullo 

— En Catalán estuvo asma, — contestó — , hasta tar- 
decita, cuando Latorre mandó que vo cargase con la 
escolta La querían tomar, yo la defendí y me mata- 
ron la gente, a mí mesmo me curtieron a lanza, pero 
desde que no morí, la bandera no cayó Veras her- 
mano que la salvamos mejor en esta pelea k Va a 
durar más que \os y que yo 1 

— jSi eso fuera cierto, si sobreviviese lo que ella 
en el fondo simboliza 1 exclamo con emoción el 
joven ¿Qué importaría lo demás 9 

[59] 



VI 



PENSAMIENTO, VALOR Y AUDACIA 

Concluido el desarme de los brasileños, y hecho el 
alistamiento de los orientales, el jefe de la invasión y 
el comandante general de campaña se reunieron en 
un rancho de las inmediaciones para hablar de asun- 
tos relativos al hecho consumado 

Se decía en el campamento que de esa conferencia 
solicitada por el prisionero, debía resultar algo im- 
portante y decisivo 

Bajo tan excelentes auspicios, y agigantadas las es- 
peranzas del grupo con las adhesiones que se iban su- 
cediendo, fue esa tarde cada vivac un concierto de 
\oces de jubilo, cuya nota dominante la de la patria 
libre, hacia palpitar de entusiasmo los pechos varo- 
niles Los tañidos de guitarras de trecho en trecho 
en los fogones, acompañaban a cánticos llenos de un- 
ción profetica A las décimas del trovador de pago se 
unían las risas sonoras las voces estruendosas, los 
gritos pujantes de barbudos colosos, y en medio de 
este torbellino de ecos y palabras de cantos y tañidos 
revueltos en una atmósfera placida, radiante de luz, 
se alzaba el relincho poderoso de los redomones con 
tagiados de la fiebre de la pelea, a modo de bocina de 
aquella música de centauros Esto duró mas de dos 
horas 

Bien luego un rumor lisonjero recorrió los vivacs 
La entrevista había terminado Rivera adhería al 
movimiento compartiendo el mando con Lavalleja 



[60] 



GRITO DE GLORIA 



Agregóse que Oribe ponía sello a este acuerdo renun- 
ciando por su parte al derecho que pudiera asistirle 
por razón de iniciativa, y subordinándose como antes 
a las decisiones del segundo 

Momentos después de esta primera impresión, la 
noticia se confirma en la orden del día, y el regocijo 
se colma Habíase cumplido una de las bases del pac- 
to de los buenos, la del "perdón de los hermanos ex- 
traviados" 

Cuando Lavalleja recorría al paso de su caballo el 
campamento, disponiendo lo necesario para la mar- 
cha, Luis Mana le oyó decir con sencilla expansión, 
dirigiéndose a Oribe que caminaba a su lado 

— Convenía a la causa un << bngadeiro , \ 

A Berón le intrigo la frase 

— En rigor, tenemos ahora tres jefes, — se dijo 
Uno que se impone por el mando, un segundo que 
aspira a lo mismo por el prestigio, otro que en reali 
dad impera por la superioridad moral 

Los examino en el pensamiento , hizo análisis de an- 
tecedentes y aptitudes, escarbó en el terreno del pa- 
sado, en busca de elementos de juicio, exhibióselos a 
sí mismo tales cuales eran, para ratificar su criterio 
al respecto 

¿ Cómo surgieron en el agitado escenario, cuáles eran 
sus méritos relativos — a dónde iban arrastrados por 
el impulso inicial de la aventura? 

Voluntario consciente, resuelto, bien definido en sus 
convicciones y tendencias, el estaba obligado a refle 
xionar sobre todas estas cosas, y a la observación pro- 
lija de los actos de los que mandaban El amor a su 
causa inducíalo a escudriñar propensiones y fines Se 
rebelaba ante la idea de servir a otros que a aquellos 
que constituían sus ardientes ideales de juventud» 



[61] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Bien veía él que los directores de la empresa no 
se identificaban por el carácter, por las luces de in- 
teligencia y por la pericia militar, pero creía de bue- 
na fe que coincidían en la pasión por la tierra, en la 
alteza del sentimiento patriótico y en la enérgica vo- 
luntad de redimir al país del yugo extranjero En lo 
moral, como en lo físico, esas personalidades ya cul- 
minantes habían sido fundidas en moldes muy distin- 
tos aunque únicos tal vez, por el \igor de la fibra, 
la tenacidad en el propósito v la grandeza del es- 
fuerzo 

Una ligera observación le había sido bastante para 
persuadirse de que el espíritu de Lavalleja no había 
recibido luces vivas sino nociones de vida práctica, 
que estaba nutrido de sentimientos nobles, de ideas 
de niño y genialidades de \ aliente En ciertos rasgos 
aislados peisonahsimos, pudo el notar cómo la vo 
¡untad primaba v ponía de reheve al varón temible 
para quien empresa alguna fuera difícil, ni el mayor 
peligro razón de miedo Coiazon de grandes alientos, 
cerebro tardo en concerní, criterio ad\erso al racio- 
cinio frío y calculado 

Lo que el joven voluntario sabía de él y de los 
otros lo autoi izaba a comparar y distinguir El tea- 
tro era reducido, los actores mu) limitados A veces 
en desnivel, por la calidad 

En igualdad de condiciones y aptitudes militares, 
sm escuela teórica ni ma>or cultura, aunque con ese 
fondo moral en que se refundían la simplicidad y la 
rudeza con las virtudes del tipo héroe, Lavalleja ha- 
bía asomado como Rivera en la época de Artigas a 
la >ida turbulenta En su viril mocedad no había te- 
nido al igual de aquél como escuela del valor y de 



[62] 



GRITO DE GLORIA 



emulaciones dianas, la intimidad y la ejemplandad 
de los "matreros" avezados a la pelea sin cuartel 

Honesto y trabajador, en cuanto se podía serlo en 
tiempos tan atrasados, la industria de transportes ha- 
bía sido su ocupación preferente Guió carretas tira- 
das por bueyes en sus mejores años, y en el manejo 
de la "picana'' no llegó a desmerecer ciertamente como 
hombre de bríos del paralelo con aquellos antiguos 
paladines que labraban la tierra o cuidaban rebaños 
o se ejercitaban desde niños en las pruebas de fuerza 
muscular, alimentándose con salsa negra 

Con antecedentes tan humildes > tan sano corazón, 
guardaba así en su rica naturaleza de hombre entero 
las cualidades necesarias para imponerse en la lucha 
por el denuedo, aunque en esa lucha se tratara de 
uno contra diez, y de ahí que su brazo fuera desde 
el primer momento temido, y su \oz la nota más vi- 
brante en los entreveros gloriosos 

Proezas admirables habían sido sus primeros pasos 
en la lucha y desde que alcanzara el grado de capitán, 
hablase crecido en amor propio y chocado con su 
igual el capitán Rivera 

Fue esta una contienda entre la valentía del león 
y la astucia del zorro, que Artigas mismo no pudo 
nunca dar por concluida a pesar de sus buenos es- 
fuerzos, y que debía prolongarse con idénticos carac- 
teres de acritud y de violencia en el espacio > en el 
tiempo 

En cierto modo, el uno complementaba al otro, sin 
que jamás pudieran avenirse ¡La diferencia estaba 
en el fondo moral' 

Al contrario de Lavalleja, y también de Rivera, Ma 
miel Oribe era un hombre de instrucción y prepara- 
ción habituado al roce con otros de reconocida cul- 



[63] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



tura y elevada categoría, del doble punto de vista so- 
cial y político 

Aparte de lo que traía desde la cuna, de sus ante- 
cedentes de familia y de las nociones recogidas en 
buena escuela, alcanzó en la vida práctica, todavía 
muy joven, a formar su carácter y dar sello propio a 
su personalidad como número distinguido en la ge- 
neración militante de aquellas épocas tumultuosas 

Como Laialleja, era un varón de ímpetus, de arrojo 
imponderable, de celos embravecidos, pero, no tenía 
su prestigio en las masas, ese prestigio que se forma 
en las intimidades de los instintos y de las fierezas, 
en las proezas del músculo contra hombres y alimañas 
-y en la tolerancia de ciertos hechos licenciosos que 
aumentaban la pasión por el caudillo, y lo hacían 
dueño de voluntades y de >idas 

La\alleja era caudillo desde los tiempos de Artigas 

Oribe había sido uno de los oficiales de infantería 
más reputados del primer campeón de nuestras luchas, 
empero, no uno de los mas consecuentes 

De aquí esa su falta de prestigio en el médium na- 
tivo 

La organización misma y disciplina de su arma, 
aunque para las tres era apto, estaban en pugna con 
la irregularidad manifiesta de las milicias de a caba- 
llo Mandaba soldados sometidos al rigor de la regla, 
Lavalleja encabezaba grupos audaces que no conocían 
la represión se\era Identificado con la hueste, este 
ultimo había seguido al archi-caudillo cuando Oribe 
lo abandonó había peleado bravamente y aumentado 
su renombre hasta que, prisionero, fue a padecer por 
su causa en una de las fortalezas de Rio de Janeiro El 
rey Juan VI había tenido para el frases de admiración 



[64] 



GRITO DE GLORIA 



En cambio de la influencia sobre la hueste, así ad- 
quirida, Manuel Oribe era un soldado organizador, 
activo, dominante, mamobrista de aplomo en el te- 
rreno, versado en la estrategia, que había estudiado 
en los libros y cuando era preciso, por la desigualdad 
en el número y la calidad de los combatientes, acome- 
tedor e intrépido 

Tenía sobre La\alleja y sobre Rivera, además de 
la noción clara de la milicia y de la aplicación opor- 
tuna de las reglas, la ventaja del valor disciplinado 
Sus pruebas, desde que entro a la vida de la acción, 
fueron siempre brillantes 

Lavalleja, organismo de acero y gran jinete, lo li- 
braba todo al choque heroico, y al cargar ceñudo con 
el sable bajo, más fácil le era destrozar regimientos 
enteros con una oleada de audacia homérica, que ba- 
tir por plan metódico y fijo Con la carga improvisaba 
la victoria Rivera lo aventajaba en astucia y en ar- 
teria, más no en decisión 

Oribe combinaba, y aprovechaba de los detalles so- 
bre el terreno, en cuanto lo permitía la pericia de la 
tropa a su mando 

De esta superioridad, sin embargo, no hacía él uso, 
como se ve en la tremenda a\ entura que se incubó en 
el saladero de Costa, la pasión patriótica que lo alen- 
taba le había impuesto el deber de declinar ese dere- 
cho, para honor de si mismo y de la cruzada 

Hombre de acción adaptable perfectamente al mé- 
dium, si se había de tener en cuenta la índole propia 
y las propensiones ingénitas de la clase campesina, 
Juan Antonio Lavalleja era la entidad llamada a re- 
emplazar al archi caudillo en la escena política, por 
su prestigio y por la fuerza misma de la tradición 
reciente 



[65] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



La masa popular de las campañas lo había formado 
V nutrido a su manera genial, como a otros caudillos, 
dándole con sus arrebatos y vehemencias la terquedad 
del pago y el rigor de sus instintos Era un fruto le- 
gítimo bien maduro del clima y de las energías indó- 
mitas, que encarnaba decirse puede, las pasiones loca- 
les en toda su intensidad bravia El suelo privilegiado, 
que encierran > al que forman marro gigantescos ríos 
> el océano, de modo que lo oreen las poderosas alas 
del pampero que a el llega rugiente y entre su a límites 
acaba, podía enorgullecerse de su hechura Excedíase 
del nrvel común lo suficiente para el mando Sus ac 
titudes mentales no eran superiores a las del médium, 
pero sí su poder de iniciativa v su osadía romancesca 
para la aventura belicosa, como que era en medio del 
peligro v del conflicto que este hombre sentía ensan- 
chársele la \ida, sin ser por ello sanguinario, cruel o 
implacable Había adobado su personalidad con sus 
virtudes, su soberbia, si alguna tenía, nacía de la con- 
ciencia de ser hijo de sus obras Miraba sin enojo 
que otros lucieran sus talentos, pero no toleraba que 
se dijese de alguien que podía igualarle en valor 

No dudaba de los intrépidos, mas confiaba en sí 
mismo como en una lanza aquihana Innata en él la 
bravura, no precisaba haberse nutrido con médula de 
fieras, su corazón fuerte se hubiese asfixiado bajo 
de una coraza Esa bravura contagiaba todas las filas 
cuando daba cara al plomo y al hierro, arrastraba 
con imperio y destruía con ímpetu, rebasando el obs- 
táculo como una onda arrolladora 

Acaso, por sus hechos anteriores v por su influen- 
cia sobre ciertos pagos. Fructuoso Rivera hubiera po- 
dido ser el caudillo de la empresa, pero había ser- 
vido al dominador y recibido de él grados y empleos 



[66] 



GRITO DE GLORIA 



Por otra parte, ¿tal pensamiento hubiera salido del 
fondo moral de Rivera, tan apegado al terruño, y tan 
reacio al proyecto de una patria libre v altiva? Ha- 
bía tenido razón de dudar Audaz y emprendedor, as- 
tuto v artero, de acción rápida, oportuno y hábil como 
caudillo de división volante, Rivera había descollado 
en las primeras guerras \ enciendo las mas de las vtces 
sucesivamente en combates parciales contra los espa- 
ñoles, argentinos v portugueses Su conocimiento com- 
pleto del terreno v la confianza que sabia inspirar a 
sus hombres, preparáronle siempre el éxito, aunque 
de el no aprovéchala nunca sino en favor de su pri- 
macía personal, fuera cual fuese la situación que los 
sucesos le crearan Dúctil y maleable como pocob cau- 
dillos, de sus mismos reveses había sacado provecho 
Lo mismo había sabido asegurar su supervrv encía en 
- la victoria que en la derrota, a partir de que su ob- 
jetivo dominante era perdurar en la escena, lo mismo 
influía sobre ella como "montonero" que como "bri- 
gadero", bien persuadido de que su prestigio en las 
huestes dependía de su presencia y de su acción cons- 
tante sobre ellas, de modo que no dudasen de su amor 
a la tierra y de su identificación absoluta con las pa- 
siones locales 

Por otra parte, — pensaba Luis María — ¿cómo 
afianzar su lealtad, tantas veces descalabrada en la 
prueba? Cuando La\alle]a y Oribe, aceptando el apo- 
yo del general Alvaro de Costa, que procuraba reti- 
rarse con sus voluntarios reales a Europa, sostenían 
las pretensiones del cabildo "a una independencia ab- 
soluta", Rivera se alistaba en las filas dtl imperio, 
bajo las órdenes de Lecor, aceptaba honores y resis- 
tía activamente con «su valimiento y prestigio a una 



[67] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



tendencia nacional acentuada, que era un anhelo vivo, 
constante en los hombres de corazón 

Ahora, la fatalidad de Jos sucesos ensolvíalo en un 
movimiento análogo que él no había preparado, que 
lo arrastraba en sus remolinos violentos, y que debía 
conducirlo más lejos de lo que él mismo hubiera pre- 
visto, enredándolo en sus propias mañas y amoldán- 
dolo por fuerza a un modo de ser y temperamento que 
pugnaban con su sistema de caudillaje exclusivo y sus 
miras hacia el futuro de supervivencia prepotente 

De todos modos, en el desarrollo de los sucesos que 
tan extraños y fuera de lo común se presentaban, ten- 
dría él oportunidad de descubrir sus afinidades si 
había doblez en su actitud del momento j Acaso fue 
sincero 1 ¿Quién podía leer con claridad en aquel 
rostro movible, lleno de reflejos vivaces o de sombras 
según las circunstancias, ni adrvinar la intención en 
las frases cortadas o ingeniosas que solían escaparse 
de sus labios gruesos, como muestras de espíritu tra- 
vieso y perfectamente adaptable a todos los caprichos 
de la suerte 9 

Por otra parte, él había asegurado una posición que 
debía mantener sin mella su prestigio 

Beron experimentó cierta sacudida nerviosa, cuan- 
do le vio llegar departiendo con Lavalleja 

Ya no era el mismo de horas antes Traía el sem- 
blante encendido, sonriente, y accionaba con aire de 
hombre que ha recuperado su dominio Hacía como 
que escuchaba con gran atención a su interlocutor in- 
clinada Ja cabeza, y el mirar de soslayo con cierta 
expresión socarrona para asumir luego un aspecto 
grave de mesura que transformaba su gesto en una 
mueca de mascara Parecióle al joven que en aque- 
llos párpados semi-caídos y en la mirada de flanco, 



[66] 



GRITO DE GLORIA 



casi dormida, había algo del "aguara" que explora y 
husmea Calcaba sus palabras en las de Lavalleja, en 
perfecto acuerdo, y acompañábale en la risa con otra 
retozona y contagiosa que daba inflexión a sus meji- 
llas, de un moreno coloreado por sangre robusta So 
encogía con frecuencia de hombros y enarcaba las ce- 
jas negras, echándose sobre el cuello del caballo, cuya 
crin poníase a peinar con los dedos Esta caricia de 
"matrero" solía venir aparejada con su risa zumbona, 
llena de malicia, y alguna ocurrencia picante 

¿De qué hablaban 9 Sin duda del plan estratégico 
a observarse con respecto al enemigo, ignorante de 
lo que pasaba Lavalleja se expedía con vehemencia 
Su voz recia, amontonando roncas exclamaciones, se- 
mejaba un redoble 

Luis María llego a oír esto, que decía Rivera 
— La "armada" es grande, pero no ha de escapar 
ninguno Todo esta en marchar sin detenerse, en 
lo oscuro y gambeteando 



[69] 



VII 

EL CUERPO DE PAULISTAS 

Empezaba a anochecer cuando la columna asi en- 
grosada al igual de esas que un \iento de tempestad 
improvisa y hace rodar con major ímpetu a medida 
que se crece en su carrera, abandonó su campo, deri- 
vando entre asperezas hacia San José de Mayo 

En esta villa se hallaba destacado un regimiento 
brasileño compuesto de paulistas Su jefe, el coronel 
Borba, soldado violento y vanidoso que tenía en poca 
monta a los nativos, no sólo como hombres de guerra, 
sino también como elementos de sociabilidad estima- 
bles, no tema noticia alguna de lo que había ocurrido 
en Monzón Por completo descuidado entre los hala- 
gos de la vida urbana, recibió una tarde una nota del 
comandante general de campaña, en la que se le or- 
denaba que sin pérdida de tiempo buscase con su re- 
gimiento la incorporación a las demás fuerzas en el 
paso del Rey 

El coronel Borba se apresuró a disponer la marcha, 
confiado en que, a poco de operar con el experto ba- 
queano y caudillo Frutos, no quedaría por aquella zo- 
na ni rastro de rebeldes 

Estos se encontraron en el paso en las primeras ho- 
ras del día, deteniéndose la fuerza de combate como 
a doscientos metros al frente, en formación Los pri 
sioneros, que eran casi tantos como los combatientes, 
fueron relegados al flanco izquierdo con sus custodias, 
a la derecha, guardando distancia prudencial del vado, 



[70] 



GRITO DE GLORIA 



se colocaron vanos jefes y oficiales con algunos or- 
denanzas 

Gomo en otrog puntos, ardía allí un buen fogón El 
liberto Juca, asistente del brigadier, reparaba un gran- 
de asado de costillar ensartado en una baqueta, a la 
vez que el café en una regular caldera 

Antes de caer la tarde había llegado al campo, ti- 
rada por robustos bueyes, una carreta llena de vitua- 
llas, seguida de un destacamento de caballería, pasando 
vehículo y hombres, sin la menor brega, a poder de 
los afortunados invasores 

Cuaró y el liberto Esteban, que se hallaban con sus 
ropas en girones, echaron mano de dos vestuarios La- 
dislao se apoderó de un capote Aunque con su vesti- 
menta también en guiñapos, Ismael miró con desden 
los uniformes de tropa "portuga", pero en cambio se 
hizo dueño de una trompa de bronce que traía la ca- 
rreta colgando del timón, la que cmó a los "tientos" 
de la cabezada de su lomillo 

En esta operación le sorprendió Luis Mana quien 
le dijo sonriendo 

— ¿También suele usted soplar, capitán 9 

— A ocasiones, — contestó Ismael, — cuando quedo 
solo 

Esta es compañera que defiende junto con lo que 
grita Un toque apnendi y es el que más asusta 
— ,Ah, >a' 

Cuaró parecía malhumorado, pues se le había dicho 
que no habría pelea, sino una sorpresa sin peligro 

Acercóse a ellos Ladislao, echándose el capote a las 
espaldas, y con la vista hacia arriba, exclamó, 

— Agua mansa viene, y a lo gallo hemos de que- 
dar ♦ , La trampa que se arma va a apretar ai "fin- 

[71] 

8 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



chado" en lo escuro, si es que el guapo no ventea de 
aquel costao y se alza con un bufido 

— La armada se achicó, — repuso Ismael — Cuando 
meta el bazo no hay mas que tirar del "pial" 

La atmósfera en >erdad, estaba cubierta por gruesos 
vapores, y empezaba a caer una lluvia fina, de esas 
que perduran largas horas y vienen acompañadas de 
un aire fresco y sutil La tarde declinaba rápidamente 
Al reparo del monte denso Uamareaban los \ivacs en- 
tre humaredas y emanaciones de carne flor, dorada al 
rescoldo de los troncos no secos, cuyos gases escapa- 
ban por los extremos entre espumas en borbollón Los 
soldados circuían los fuegos, tomaban "mate ,> o co- 
mían, pero con sus armas ceñidas y sus caballos ensi- 
llados La orden era de tenerlos del cabestro 

Cuando el regimiento de paulistas llegó al vado, 
cerraba una noche lluviosa, de profundas tinieblas 

A poco de haberse detenido allí, Borba atra\esó el 
río, por orden superior, y fue a acampar al flanco iz- 
quierdo de los patriotas, en la falda de un mamelón 

El comandante Oribe con vanos hombres, siguió en 
las sombras paso a paso el movimiento, y deteniéndose 
al fin en el paraje preciso frente a la cabeza de la tropa 
brasileña, dijo a Luis Mana que marchaba a su lado 

— Ordene usted al coronel Borba que forme pabe- 
llones, y desfile por su derecha, en nombre del coman- 
dante general 

Luis María se acerco al jefe pauhsta, en instantes 
que otro ayudante le invitaba a pasar con todos sus 
oficiales al vivac de Rivera, así que terminara de co- 
locar su fuerza 

Berón, a su \ez, trasmitió la orden que llevaba 



[72] 



GRITO DE GLORIA 



Practicóse en el acto la maniobra, en la forma pres- 
crita, v en seguida Borba y sus oficiales se dirigieron 
al fogón del brigadier 

Apenas se hubo él separado y perdídose en las ti 
nieblas, un jinete grande y fornido se abalanzo sobre 
la retaguardia de la tropa que desfilaba, lo mismo que 
si ae tratase de golpear con los encuentros a un vacuno 
que se aparta del "rodeo" Las filas se deshicieron 
bruscamente al sentir el empuje impre\isto, y todos los 
hombres se agruparon en montón deforme, precipi 
tandose en medio de estrujones y caídas hacia el llano 
en que se encontraban los prisioneros El jinete, enor- 
me en la oscuridad, los atropellaba a diestra y sinies- 
tra > dábales con el cuento de su lanzón para que no 
se rezagasen, profiriendo voces roncas 

Alto y negro, en un caballo que bufaba a cada em- 
bestida herido por la espuela, aquel fantasma arremo- 
linaba la grey lo mismo que un ganado sobre un suelo 
pastoso cubierto del agua de la lluvia, y al brillo de 
algún relámpago que lo tiñó de luz verdosa, los sol- 
dados sin tino, azorados, concluyeron por correr hasta 
refundirse en el núcleo acampado entre custodias La 
guardia les abrió camino, repartió algunos golpes aquí 
y acullá con las culatas de las carabinas, rodeó de 
nuevo aquella masa confusa de hombres hacinados, y 
el silencio volvió a reinar en la densa niebla 

El jinete se había \ueIto hacia los pabellones, que 
en ese momento eran recogidos por soldados del es 
cuadrón de Oribe 

— ¿Desfilaron 9 interrogó una \oz 

— jYa 1 — respondió el jinete — El "rodeo" quedó 
grande, ) el charco chico 

— jOh 1 { e\ teniente Cuaro 1 gritó uno No perdona 
la ocasión de arrimarse al bulto 



[73] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



El aludido, pues Cuaró era en efecto, repuso con 
calma 

— Los refregué por descargar la rabia, y no per- 
der la costumbre La lanza estaba ganosa, y lo mesmo 
se quedó 

Un acento suave y tranquilo, que enfrió algo el ar- 
dor del teniente — pues que él sabía de qué boca bro- 
taba — se alzó a su lado, diciendo 

— Más vale así, compañero, matar por lujo no es 
del valiente 

Cuaro guardó silencio, y Luis Mana, que era el 
que había hablado, volvió su caballo hacia el fogón 
de Rrvera, donde se agitaban bultos y se alzaban vo- 
ces, como si allí ocurriera un conflicto seno 

Cuaro enderezó al sitio, refunfuñando, acaso sin- 
tiéndose arrastrado por la influencia extraña que el 
joven voluntario ejercía sobre él en otros casos tan 
duro y seh ático 

Borba había llegado con sus oficiales al \ivac del 
brigadier, un tanto perplejo por los rumores que llegó 
a sentir a su retaguardia, — allí donde formara pa 
bellones 

— Mal tiempo lo acompaña, coronel — dijole Rivera 
alegremente al estrecharle la mano — El viento sopla 
crudo, pero aquí hay café listo, un buen fogón y re- 
gular compañía 

i Allegúense ustedes 1 — añadió dirigiéndose a los 
oficiales, siempre placentero No ha de decirse que falte 
el agasajo > la buena intención en noche como ésta que 
parece de brujos Juca, dále el jar rito al coronel, 
que esté caliente y espumoso ¡ Noite do diavo f 

■ — Muito friolenta, siú Frutos, noite de constipado 
mais para abrigo que para peleja 



[74] 



GRITO DE GLORIA 



— Otros que andan por ahí a salto de monte no han 
de pensar de ese modo, y a la íija que no duermen por 
ganarle largas al tiempo y, a o inimigo* La\alleja 
es como gato montes 

El comandante general se reía de muy buena gatia 
y restregábase las manos, para concluir formando un 
circulo con los índices y pulgares a modo de "lazada", 
le\antando aquéllos a la altura del pecho 

En rededor de los recién venidos se había hecho 
como una herradura Las cabezas aparecían pálidas y 
atentas algo siniestras en la taciturnidad al resplandor 
rojizo del vivac Los oficiales de Borba se miraban 
con inquietud, sin pronunciar palabra 

El coronel secundó en su risa a Rrvera, y exten- 
diendo las dos manos hacia la llama para secarse la 
humedad de la llu\ia, pregunto con tono de ruda 
ironía 

— ¿Onde ficaron os patrias revoltosos? O ator- 
doado Lavalleja nao e que um volta costas 

— De temer es que se nos aparezca como un convi- 
dado al fogón, coronel, porque le gusta mucho hacer 
las del ñandú, confiado el hombre en la noche y la 
gambeta 

— t Ficana morto ? E una brmcadeira, senhor 
brigadeiro Aínda nao \i mnguem leopardo pelas flo- 
restas 

— Ya hay algunos aquí en el llano — le interrum- 
pió con la mayor naturalidad el brigadier — No po- 
dremos tallar báciga esta noche, y lo peor del cuento 
es que ni tiempo han dejado para poner mano a la 
espingarda ni saltar en pelos Vienen triunfando con 
la "ronca"» 

Esto diciendo, diose vuelta, lleno de aquella nsa 
que semejaba zumbido» de abejón 



[75] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Borba y sus oficiales miraron sorprendidos para 
atrás, en instantes que Lavalleja dirigiéndose al pri- 
mero pronunciaba estas palabras 

— j Ríndase a las armas de la patria, o paga con la 
vida la menor resistencia 1 

Borba atónito, fijó sus ojos en todos los semblan- 
tes airados, y wo que en ej círculo las manos nervio- 
sas se posaban en las empuñaduras de los sables o en 
las culatas de las pistolas Oyó también que alguno, 
hirviendo en cólera decía 

— j Me escuece la gana de meterle en los sesos la 
carga del trabuco 1 

Dirigiólos entonces a Rivera, con un gesto de hom- 
bre a quien abandonan las fuerzas, y como solo ob- 
servase en las sombras, al lado opuesto del fogón, un 
bulto negro, inmóvil, silencioso que le daba las es- 
paldas, desprendióse con un molimiento rápido la 
espada que tendió al jefe invasor 

Este dióse suelta a su vez, y en lugar de la suya, 
una mano retinta cogió el arma Era la de un negro 
liberto, quien lleno de un aire de dignidad propio de 
ordenanza de jefe superior, señaló con la empuñadura 
el rumbo al prisionero 

Borba marchó, bastante aturdido, y tras de él sus 
oficiales, que habían sido desarmados con una cele- 
ridad asombrosa por los hombres del grupo 

Andando bajo la lluvia mansa en la profunda oscu- 
ridad, Cuaró, que llevaba a un capitán cogido del codo 
y cuyo paso se hacía inseguro en el terreno desigual, 
se detuvo y dijole con \oz calmosa 

— Mejor es que tires de las espuelas, y andás más 
lindo en el pantano 

El capitán obedeció en el acto, y descalzóse sus ro- 
dajas de horcadura de bronce 



[76] 



GRITO DE GLORIA 



Cu aró se apresuró a cogerlas, calzándoselas a su 
vez muy despacio y sesudamente en sus botas de cuero 
de tigre 

Cuando se reincorporo y siguió la marcha con su 
prisionero, sintióse tentado de llevarlo a un "totoral" 
que hacia el flanco había sirviendo de guirnalda a una 
laguna, pero una sombra, la de un hombre que a 
paso lento \enía detrás y que a el le pareció el ayu- 
dante Berón, le hizo desistir del intento, y continuó en 
pos de los otros, gruñendo, casi colérico 



[77] 



VIII 



CALDERON 

Muy temprano, junto al denso bosque entre cuyas 
orlas corría el rio y cuando sonaba la diana vibrante 
y alegre, se hizo formar a los prisioneros, que suma- 
ban centenares entre oficiales y soldados 

A la claridad pálida de una aurora cenicienta, apa- 
recían mojados con los uniformes llenos de lodo y los 
rostros marchitos Algunos los tenían verdinegros, en- 
jutos y salpicados de barro seco como si los hubiesen 
recostado en el charco improvisado por la lluvia 

— Cómo anda la lombriz de tierra' — ocurnósele 
decir a Ladislao De esta hecha \ an a ser más que las 
langostas 

Cuaró que los miraba con ojos torcidos, apoyado 
en su lanza enorme como "picana" de carreta, hizo 
una mueca expresiva, y extendiendo la mano libre ha- 
cia la falda de la colina que dominaba el lado opuesto 
del paso del Rey, exclamó 

— iMirá* ahí viene otra gente media avispa que anda 
maliciando En cuanto olfatee, va a disparar 

Ladislao vio en realidad un destacamento que se 
aproximaba a pasos cautelosos, escoltando vanos ve- 
hículos de campaña, sin duda cargados con los útiles 
de tropa Venia a su frente un oficial quien a poco 
de haber avanzado en su camino, mando hacer alto, 
y dirigiéndose solo a la loma púsose a mirar con aten- 
ción la extraña escena que se desenvolvía allende el 
vado 



[76] 



GRITO DE GLORIA 



Rivera le enderezó su anteojo por el abra que for- 
maba el paso y cambió algunas palabras con Lavalleja 
Como Ladislao viese que un ayudante venia al galope 
hacia su escuadrón, dijo 

— i Mandan cargar 1 

Cuaró se irguió de súbito, pasó la palma de la dies- 
tra por la boca, frotóla en el astil del lanzón, y repuso 
con viveza 

— A esta mitad ha de ser, amigo i Capitán Mael 1 
¡Dicen cargar 1 

Ismael estaba impasible con un pie en el estribo y 
los brazos sobre el "recado", cuando aproximándose 
el comandante Oribe, dijole 

— Cruce el paso capitán, con &u mitad, y cargue 
esa fuerza que se encuentra quieta en la ladera, pero 
procure apoderarse de todos o de lancearlos en la 
fuga ¡Conviene que ninguno escape 1 

Cuaró dio un pequeño gruñido y apretó los dientes 
Velarde se sentó de un salto en los lomos, echando 
mano a su lanza, y dio una voz 

— ^Paso de trote 1 

La mitad marchó en desfile^ entró al agua, atravesó 
el vado, perdiéndose un momento en el cortinado del 
bosque, y reapareció bien pronto tendida en ala en la 
ladera opuesta 

Sin aguardar un minuto, cargó en dispersión 

El enemigo dio la espalda a toda rienda después de 
disparar algunos tiros de carabina, y en el desbande 
los mas siguieron corriendo a lo largo de la linea del 
monte, mientras que un grupo pequeño se lanzó a la 
loma en la esperanza de ganar el llano 

Un jinete que blandía una lanza con moharra en 
forma de culebra retorcida salióles al encuentro de 
flanco, dando un bramido Fue como un avance de 



[79] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



fiera A uno de los soldados lo alcanzó el bote, pe- 
ñerándole la moharra por el costado izquierdo 

La punta apareció por debajo de la tetilla, cimbróse 
el astil hastd crujir, > el jinete arrancado de loa lomos, 
dio en el suelo de cabeza, que se doblo como una es- 
piga bajo el peso del cuerpo con el sordo desplome 
de una res La sangre manaba a borbotones 

Viola Cuaró humear, dilatando las fosas nasales 
como para recibir aquel vapor tibio, su pupila llegó 
a adquirir la fijeza del ojo felino, recogiéndosele las 
túnicas hasta descubrir toda la órbita, gritó furibundo 
clavando las dos espuelas al redomón, y precipitóse 
sobre otro de los fugitivos, sin darle mas tiempo que 
para arrojar la carabina y desnudar el sable 

A la \ista del corvo en manos que temblaban al 
amagar un mandoble, subió de pronto la cólera del te- 
niente En vago el primer golpe, su lanza en el segundo 
buscó el blanco tan firme y certero que rompiendo 
las dos manos que oprimían el sable, entró en el pecho, 
arrojando de un en\ión a su enemigo El revuno de 
éste asustado, dióle un par de coces en el suelo, y 
arrancó a escape 

Cuaró se revolvió rugiente tirando al pasar una 
nueva lanzada al caído, empujándolo un trecho entre 
contorsiones y crepitante crujir de huesos, y ponién- 
dose a los alcances del último que quedaba, y que ya 
había descendido veloz al llano, le gritó en su idioma 

— jVolta cara, "mameluco" 1 , 

El soldado sujetó de golpe su caballo, y volvió en 
efecto su rostro anguloso de color lívido, de nam chata 
V ojos saltados de las órbitas Temblábale sin duda todo 
el cuerpo, porque sus espuelas hacían música de trému- 
los Asimismo se echó a la cara con ambas manos la 
carabina e hizo fuego 



GRITO DE GLORIA 



El teniente se había tendido sobre el cuello de su 
redomón, pero este ardid estuvo de mas, pues si bien 
chispeó el pedernal, el tiro falló 

Guaro llevóle el ataque con un alarido, Y el soldado 
cayo al suelo con la lanza clavada en los ríñones Se 
estremeció un momento con los brazos en cruz ? y que- 
dóle inmóvil boca abajo 

Cuaro se puso a mirar en derredor, haciendo bailar 
a su potro sobre los remos traseros, en busca de otro 
adversario 

No había ya ninguno Por delante, el llano estaba 
solitario Sobre la linea del monte, Ismael regresaba 
al trote al vado con el destacamento paulista prisio- 
nero 

Entonces enderezó al rumbo despacio Su redomón 
tema las nances muy rojas > abiertas, el ojo despavo- 
rido bajo su copetr de crin Temblábale la piel lus- 
trosa tomo si lo hubiesen azotado con un látigo de 
acero 

Su jinete parecía haberse calmado de súbito 

A la agitación terrible que lo había sacudido mi- 
nutos antes llegó a sucederá cierto sosiego, un aire de 
indiferencia v una expresión vaga en la mirada ya 
con sus parpados semicaídos Arrastraba el lanzón 
sobre los pastos y llevaba la cabeza baja, sin preocu- 
parse de limpiar la sangre que le cubría la mano de- 
recha Al pasar junto a los caídos, se cercioró si esta- 
ban bien muertos, ddndoles un golpe con el cuento 
del arma Movió la cabeza con un gesto grave, y 
siguió su camino 

Una vez en el campamento, dirigióse a su fogón, 
clavó en tierra la lanza y se apeó, diciendo a Esteban 
con una risilla alegre 

— Empréstame el chifle para remojar un poco» 



[81] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Por delante del vivac empezaron a pasar a grupos 
los compañeros, y por turno se iban deteniendo a 
observar de cerca aquel rejón cubierto de sangre fresca 
y cuya banderola aparecía pegada al astil por los 
coágulos como si hubiese entrado por repetidas veces 
en el cogote de un toro 

— ¡Lanza brava T — dijo un viejo — ¡No parece 
sino que juese el rabo de mandinga por lo retorcida 
y culebreante 1 

Cuaró se había acostado y sacudía en el ane una 
de las robustas piernas para hacer saltar algo como 
pulpa líquida, que le teñía de rojo la bota de cuero 
de tigre 

Una de aquellas gotas espesas salpicó lejos, adhi- 
riéndose a la larga y curva nariz del viejo, que se 
había inclinado sobre un estribo para mirar mejor 

Todos rompieron a reír estrepitosamente 

El paisano, enderezándose con rapidez, limpióse la 
nariz con mucha parsimonia, y dijo, uniendo su risa 
a la algazara 

— ¡Jueguen no más con sangre, que a la guelta de 
pocos años en ella nos hemos de ahogar a juerza de 
estarla oliendo ! 

— ¡Lindo el lunar, don Cleto 1 

— ¡Una berruga portuguesa' 

— ¡A ver si en la primera hunta esa chuza, dra 
gonazo f 

El llamado don Cleto, arremolinó la que tenia en la 
mano por encima de la cabeza, blandióla de costado 
con cierta habilidad, tendióla hacia su retaguardia ve- 
lozmente amagó adelante, enristrándola como para 
acometer a un fiero enemigo, hizo un saludo, la hun- 
dió en tierra y se cuadró en los lomos, arrogante 



[82] 



GBITO DE GLORIA 



Y como todos aplaudiesen su destreza entre broncas 
carcajadas, él impuso silencio con un ademán, cla- 
mando en voz estentórea 

— ¡ Un freno coscogero y unas boleadoras de retobo 
de lagarto a quien clave primero la suya a tiro de 
trabuco de la muralla' 

— A Ya está 1 

— iTire el pelo al aire 1 

— Por esta cruz, que me parta un rayo 

Entre estas y otras voces altisonantes, las manos se 
alzaban, poniendo en conmoción los fogones cercanos 

Cuando la algarabía iba en aumento y amenazaba 
degenerar en broma de mal carácter, uno gritó desde 
la altura en que se encontraba a caballo 

— ^ Ahí viene gente 1 

Se callaron, apartándose algunos del \ivac para ob- 
servar mejor Solo Cuaró siguió tendido sobre la 
hierba, fumando tranquilamente 

Estaba ya avanzada la mañana El sol cortaba la 
linea del monte asomando su disco sobre las copas más 
enhiestas que exhibían grandes ranuras en el follaje 
e infinitas ramas en laberinto formando en lo alto 
de la bóveda como un inmenso pabellón de bayonetas 
pavonadas La atmósfera sin celajes, pura, transpa- 
rente, permitía distinguir de muy lejos los menores 
objetos Desde la próxima loma dominábase por enci- 
ma del bosque, que serpenteaba en un plano hendido, 
el panorama extenso y luminoso de la opuesta ribera 
sembrado aquí > alia de puntos negros que resaltaban 
en el verde sin fin de las praderas, y que eran otros 
tantos "ranchos" de "totora" y tierra dispersos en la 
gran zona desierta como jalones del esfuerzo en la 
lucha por la vida Ningún pastor ni gaucho errante se 
veía mover en el fondo de esa zona El ganado mismo 



[83] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



parecía haberse alejado de los contornos Solamente 
algunos "chimangos" trazaban circuios sobre la colina 
del centro, en el sitio donde dejara Cuaró tendidos tres 
adversarios En cambio hacia la izquierda del vado, 
venia marchando en columna un escuadrón en parte 
armado a carabina y a lanza sus últimas mitades 

Al frente trotaba el jefe con el clarín de órdenes un 
poco a retaguardia La tropa venia sin guiones, ni es- 
tandarte Aunque bastante numerosa, su porte \ su 
avance no indicaban intenciones hostiles 

El escuadrón se detuvo en el paso al habla con la 
guardia avanzada, y poco después, obedeciendo a 
orden trasmitida por un ayudante del brigadier Ri- 
vera, lo traspuso, y se adelantó en el radio del campa- 
mento a trote largo 

Todos observaban con atención, preocupados al pa- 
recer con la frase que un soldado había murmurado 
irónicamente en medio de un gran silencio 

— iSon los dragones de la provincia con su jefe 
cordobés que vienen al llamado de Frutos ' 

Calderón seguía algunos pasos al frente, de bota a 
la rodilla y un poncho ligero de paño negro en banda 
sobre el pecho, columpiándose en la montura cabiz- 
bajo y desconfiado 

Apenas lo vio llegar y examinó su figura, chocóle 
a Luis María este nuevo personaje que con luido de 
"chapeado", y espuelas entraba al campo como con- 
tingente de importancia 

Aparte de su aire de vanidad sin disimulos y del 
corte de sus facciones indefinidas, miraba con taimonia 
y encelamiento No era oriundo de la tierra, sino de 
una provincia mediterránea argentina, ni su apellido 
era el que ostentaba Todo él constituía una falsa en- 
tidad, en medio de aquel hervidero de pasiones locales 



[84] 



GRITO DE GLORIA 



Berón observó en el rostro cetrino del jefe de dra- 
gones cierto gesto burlón al contemplar la bandera, 
y entonces dijo a Oribe 

— Mi comandante ese hosco soldado \a a dar que 
hacer 

Oribe fijo sus ojos inteligentes en Calderón por 
breve rato, y luego contestó 

— Si es capaz de volido, le cortaremos a su tiempo 
las alas, avudante Estov poi creer que en efecto, es f e 
es de los "retobados** 

Calderón desfilo con c us dragones por la izquierda, 
> acampó paralelamente al monte 

Poco tiempo después. Luí* Mana lo vio conversando 
animadamente con Rivera algo apartados de la gente 
Paseábase el poco distante, a la espera del toque de 
atención, pues se iba a levantar campamento de un 
momento a otro 

Por mas que observó de nue\o al jefe de dragones, 
no hallo detalle alguno porque rectificar su anterior 
juicio La vulgar figura del personaje solo denunciaba 
la acción burda y el instinto avieso En cambio el 
rostro del caudillo en este instante expresivo, atrajo 
su mirada, sin el quererlo, parecióle que aquellos ojos 
oscuros de cejas y pestañas pobladas, habituados a mi- 
rar en el desierto, a percibir de un golpe todo lo que 
se agitaba en la soledad inundada de luz y oreada por 
el "pampero", cual si para ellos fuera el ambiente un 
inmenso espejo reflector, tenían con el alcance del ojo 
del buitre el poder virtual de los que leen en la inten- 
ción Ya era mucho que de mu) lejos descubnesen un 
vado o una "picada" o distinguieran entre diez mo- 
rros de una sierra aquel que señalaba como un guía 
gigante la curva del camino, pero algo mas era que 



[85] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



revelasen con atrevimiento la posesión del secreto 
ajeno 

— Le adrvino el plan, — decía Rivera — Pero no se 
precipite La ocasión puede presentarse, esta gente 
anda sin rumbo 

Luis Mana se alejó de alh 



[8«] 



IX 



JUNTO A LOS FOGONES 

Media hora habría transcurrido, cuando la columna 
emprendió marcha a San José con su considerable 
masa de prisioneros 

Tomóse allí una guardia brasileña, y se acampó 
junto al monte 

Algunos grupos de hombres cerriles, jinetes en re- 
domones con "bocados'', taciturnos, envelados en sus 
cabelleras, se incorporaron a las fuerzas Con ellos ve- 
nían dos o tres mujeres de chiripa y chambergo, y 
más de un perro de hocico negro y piel rojiza 

En los fogones, al caer la tarde, circularon noticias 
halagadoras Decíase que en la villa de San Pedro, 
hasta entonces guarnecida por milicias del país, se 
había producido un movimiento uniforme en fa\or de 
los invasores Las comunicaciones de Lavalleja infor- 
mando sobre la captura del comandante general de 
campaña, habían apresurado la explosión rompiéndose 
sin escrúpulos todo lazo de obediencia, y relegándose 
a ultimo término al jefe inmediato que lo era el bra- 
sileño Ferrada Toda la milicia aclamaba a los liber- 
tadores, en el centro de aquella región no existían }a 
enemigos A otros rumbos se iban sucediendo los al- 
zamientos de una manera sorda, siniestra, los contin 
gentes aparecían de improviso en la llanura, sin saber 
de donde brotaban, enconados > resueltos 

Afirmaban algunos que éstos salían de los bosques 
al rumor de libertad, así como "puntas" de ganado 



[87] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



alzado cuando la gram.lla escasea en los potnles v 
el sol re\erbeia en el "plaW con un calor que llega 
a la sangre del "matrero* 5 Tin hermoso miraje de nue- 
va vida, sin duda, encantaba los campos 

jLa decima del tnimío en idioma nativo, recorría 
lomas, nos y selvas como un grito de gloria ' 

En la noche, muv claia v fuá, los fogones ardían a 
lo largo del campamento reflejando sus vivas Damas 
en el fondo negro del monte Desde el linde de la 
villa los giupos de hombres y caballos aparecían enor- 
mes al resplandor de esas llama* envueltas en humaza 
densa, y la s>ne de fogones, como fantásticas lumina- 
rias de ciudad construida en un \alle profundo 

Junto al vivac de Ismael se alternaba el canto con 
el cuento, tañíase al descuido una guitaria o se comen- 
taban las noticias recihidas 

El aroma de carne de novillo ensartada en el asador, 
unido al muv acie de los troncos ^cmiverdes? llenaba 
la atmósfera del *itio, sin molestia visjhle para los 
que aspiraban su ambiente Un "'mate" de tres berru- 
gones \ asa en forma de cuerno andaba de mano en 
mano Los cigarrillos de tabaco en íoilo no caían de 
las boca*, como sepultada* entre el boscaje de barbas 
nunca rasuradas Eran, según la expresión de don 
Cleto, "parejitas sus brasas con los bichos de luz en 
el ortigal escuro" 

Con este motivo, uno había dicho 

— Roncheador como cardo, el viejo 

— Déjalo que voracee —agregó otro — Ya no le 
va quedando mas que esa nariz de k carancho'* des- 
plumao 

— Es mi orgullo — repuso don Cleto, con mucha 
seriedad — El hombre ha de ser narigudo para dejar 



[88] 



GRITO DE GLORIA 



algo a la adevinación, lo mesmo que el "flete" por el 
pelo y el pajaro por el pico 

Pusiéronse a reír estruendosamente 

— jNo sé nada 1 — siguió diciendo el capataz de 
Robledo — Con risas no se aturde a la experiencia, 
y dejando de chiflar por puro gusto, más valiera pedir 
una cosa de sustancia ¿A pedirla \oy por Cristo 1 

Reinó el silencio Las miradas se fijaron en el \iejo, 
con aire de curiosidad 

■ — Sin despreciar a naide — aíndió don Cleto — 
no hay aquí más que un cantor el que tiene la 
guiLarra i Lindo juera se negara cuando pide la 
nunión 1 

Un aplauso ruidoso acogió estas palabras^ como si 
en realidad ellas hubieran interpretado los deseos del 
grupo Algunos estrecharon la mano a don Cleto, y 
no faltó quien lo abrazase con entusiasmo 

El que tenia la guitarra era Ismael 

Un poco apartado del fogón, casi hundido en la 
sombra, de modo que la llama solo alumbraba su ros- 
tro delgado y pálido, estaba como de costumbre taci 
turno, acaso indiferente a lo que a su lado ocurría 

Caíale sobre sus ojos un rizo castaño de una suavi- 
dad > brillo que envidiaría una mujer, y la barba cor- 
tada sedosa, ornando el óvalo correcto, daba a su 
semblante una belleza extraña de alcinoo huraño y 
triste 

Apo> abalo sobre el codo izquierdo Con su mano de- 
recha rasgueaba la guitarra, tendida delante sobre la 
hierba 

— jQué cante el capitán 1 — exclamaron algunos a 
la vez 



[89] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



— I Sí, que cante f Linda la tro\a ha de ser 
— i Por el amor o la tierra 1 
— ^Como quiera la calandria trina con primor ' 
— ferrar el pico chimangos 1 

Ismael se había sentado, y tañía el instrumento 
Ya no habló ninguno El capitán tosió, e hizo ge 
mir la prima 

A poco alzóse su voz de timbre claro y -vibrante, tan 
pura > fresca que parecía disputar a las cuerdas el en- 
canto de sus ecos Y canto de esta manera 

Cayó un día en mi guitarra — un r amito de ce- 
drón, — y el latido de la entraña — en las cuerdas 
trémulo 

Vino el ramo de una moza — toda, puro corazón 1 

— y en la noche de ese día — otra flor ella me dio T 
Jué un godo mal querido — sabidor de mi ventura, 

— y entre sombras como fieras, — nos trenzamos a 
facón 

Ca\o el godo mal herido — envasado en el riñon, 

— el sarnoso tu\o cura, — más la moza se murió 1 
En un cajón la acostaron — sobre piedras la pu 

sieron, — el cuervo bajo gritando — por sus ojos de 
lucero 

Sin rumbeo por los campos — naides supo mi do- 
lor, — el monte me dio su abrigo — como a un perro 
cimarrón 

Perdíanse en el bosque los sones plañideros, y todos 
permanecían en suspenso Tal vez el trino de algún 
a\e insomne contesto el lamento, pero las bocas que* 
daion mudas en torno del \ivac 

\ en tanto el silencio se hacía cada vez mas pro- 
fundo, y las cabezas caían melancólicas sobre los pe- 



[90]' 



GRITO DE GLORIA 



choa, la voz adolorida modulando en dulce concento, 
repetía su queja* 

En un cajón la acostaron 
Sobre piedras la pusieron, 
El cuervo bajo gritando 
Por sus ojos de lucero 
Sin rumbeo por los campos, 
Naides supo mi dolor' 
El monte me dio su abrigo 
Como a un perro cimarrón 

Luego, la guitarra ca\ó en tierra gimiendo Ismael 
estaba lívido, con un brillo de fiebre en las pupilas, 
el labio temblante, tono el ceño Cuando encendió el 
cigarro, su mano estremecida sembró el suelo con las 
chispas del tizón 

Después dijo como abstraído sin duda aludiendo al 
recuerdo 

— Parece mordedura de un gusano \enenoso 

Don Cleto, que había escuchado casi en cuclillas con 
la larga barba enroscada en la mano a manera de ma- 
nija de chicote y el codo firme en la rotula, exclamó 

— En oyendo canturria de esa lava, hay que mo- 
quear a la juerza ¡Después vengan alardeando que 
es mas gustosa una clannata del alba 1 

Uno se amostazó, murmurando con enojo 

— ¡Nunca falta un guey trompeta 1 

— ¿Qué 9 ¡Vení a ponerme el vugo 1 No soy de 
rumiar, ni cabestrear como otros que van de la soga 
— replico el viejo encorvándose de súbito, como si 
la frase le hubiese dado en la chilladera 



[91] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



— ¿Y a que santo ese "mangrullo" 7 — preguntó 
mas hosco su interlocutor, que no era otro que La- 
diJao 

— jA San Frutos 1 — dijo don Cleto temblandole 
el "barbijo" al viento de la colera — Muchas \eces 
\ ide al zorro desatar un mancarrón de la estaca y tirar 
de la guasca hasta arrollarla toda en la cueva y en 
cuanto hocicó el animal trozarla a diente fino deján- 
dole tan solo el bozalejo, pero nunca he visto que el 
coludo haga hocicar al "matrero 1 ' por el gusto de en- 
redarlo en su mesmo maneador 

Ladislao se levantó de un salto iracundo, volviendo 
el mango de hierro forrado en cuero de su 6 r< benque" 

— ¿Yo no soy de loa que \an al fogón del briga- 
dier — siguió desahogándose el antiguo capataz, todo 
encogido y nervioso, con el chambergo en la nuca y 
los dos biazos en continuo movimiento — Para fogón 
tengo bastante con el de mi jefe, cuando gu^tt? v quie- 
ra Allí no si juega plata del Brasil m se tira la 
taba por ganao ajeno ni se manda carnear con cuero 
por engordar de cuaresma [Sino, \em v chíflame 1 
romo si no tuviese vo conoscencia del truje v maneje 
para un enriedo — - flor por retrucólo a Oribe y ca- 
lentarle las macetas al más comadrero 

— |A la fija te lonjeo 1 — prorrumpió Ladislao arro- 
jándose con ímpetu sobre don Cleto con el ' íebenque" 
alzado 

El capataz de Robledo callo de pionto v se hizo 
un arco 

Pero cuando su contendiente iba a descargar con 
furia el golpe, un brazo vigoroso sujetó su mano, obli- 
gólo a girai sobre sus talones cual una peonza j como 
efecto del empuje, apartólo temblequeando algunas 
varas 



[92] 



GRITO DE GLORIA 



Al mismo tiempo, este tercero interventor, que era 
Cuaro, dijo con su aire calmoso 

— Déjalo al viejo, que es guen amigo 

Ismael se había tendido sobre una carona y cerraba 
los ojos Parecía dormir 

Ladislao \ino a sentarse todo encrespado en su 
"lomillo" 

Fulgurábanle las grandes pupilas \erdes y tenía 
trémula su mejilla, de una palidez de muerto Al sen- 
tarse lanzó al teniente, que a su vez se había echado 
boca abajo en los pastor, una mirada oblicua, infle- 
xible y dura 

Cu aró dio una especie de gruñido «oído 
Luego, silencioso denudó una cuchilla semejante 
a cortadera de colmenero, v se puso con ella a picar 
tabaco 

Allá lejos del fogón, hundido en la sombra, de pie 
y con los brazo* cruzados sobre el pecho, Luis María 
había observado la escena 

Acercóse sin pri^a y se sentó en los pastos 
Alcanzáronle el "mate'* que sorbió con lentitud, mi- 
rando a todos los semblantes con un aire tranquilo y 
severo 

Don Cleto se fue retirando del sitio poco a poco 
Ladislao se levanto al rato, paseóse un momento por 
allí cerca, como quien \igila los caballos atados a la 
"estaca 1 ', y luego se perdió en las tinieblas, sin decir 
palabra 

Cuaro cogió un tronquillo ardiend} encendió el ci- 
garro y se puso a fumar, casi inmóvil somnoliento 
Ismael se sacudió un inflan Le, puso la mano bajo la 
mejilla, y siguió en su *ueño al rescoldo del vivac 

El clarín hizo oír el toque de silencio 



[93] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Luis María se envolvió bien en su poncho, tendién- 
dose de costado 

Cuando poco después se aproximo el liberto Esteban, 
lo halló dormido 

Reinaba en el campamento una calma completa 

Los fogones se iban convirtiendo en cenizas, lu- 
ciendo apenas uno que otro punto rojizo de brasas 
agonizantes Algo de rumoroso como una respiración 
enorme y confusa se sentía en el aire, en concierto 
con el triscar y el resoplido de las bestias 



[94] 



X 

SOBRE LA PISTA 

Muy temprano, Luis Mana estiró sus miembros, 
arreglóse las ropas y fuese a la orilla del no 

Había entrado por un sendero estrecho, que al for- 
mar con otro parecido las pinzas de un cangrejo, 
monte por medio, unía al de éste su extremo junto al 
borde del no El sitio era oscuro y ramoso, cubierto 
de breñas y enredaderas silvestres al punto de colgar 
sobre las aguas todo un cortinado espeso de hojas 
y de lianas de un -verde deslucido y ajado por los 
primeros hielos Los pálidos rayos del sol naciente 
abriéndose paso con dificultad a través de aquel tejido 
enmarañado sembraban la línea opuesta del cauce de 
pequeñas placas de oro como si cruzasen por una 
inmensa sombnlla de filigrana La9 plantas acuáticas 
unidas en gruesa trenza de una a otra ribera, descen- 
dían por grados — como un pie cauteloso — el redu- 
cido pero escarpado barranco, hundíanse poco a poco 
en el no hasta esconderse en su seno, y siguiendo 
las inflexiones del álv^o iban trazando arcadas de 
esmeralda para perderse al fin en lo turbio, y reapa- 
recer luego en la otra orilla, cuyo tajo a pique esca- 
laban audaces con profusión de hojas y de guías 

El lugar en que se encontraba Luis María era una 
especie de plano inclinado v sin duda el abrevadero 
de las bestias montaraces, a juzgar por las múltiples 
huellas de pies en la tierra, ahora blanda y húmeda 
Allí habían recogido agua en sus caldenllog o en sus 



[95] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



u chifles" los soldados a primera hora, pues podían 
observarse rastros recientes de planta humana Tam- 
bién ciertos arboles aparecían chapodados por el cu- 
chillo en lo que fueron sus brazos secos y los altos 
^e^bales que crecían a su sombra estaban estrujados 
por el rastreo en busca de troncos caídos 

A un costado, el boscaje formaba nutrida tapia ho 
josa y era como el cancel de un "potrerillo" que se 
extendía hacia el fondo del monte Algunas aves sal 
va] es aleteaban, lanzando notas de alboroto en el 
fondo de la bóveda sombría 

Barón rocióse el rostro, inclinado sobre la superfi* 
cíe, después de lasarse las manos, frotándolas con 
arena fina Se enjugó con un pañuelo de geda que 
llevaba al cuello, y que luego puso a orear sobre las 
matas 

En esta diligencia estaba, cuando voces para él co- 
nocidas se hicieron oír muy cerca, detrás del cortinado 
del boscaje 

Se hablaba alh con animación, informándose pronto 
Luis Mana de lo que se discutía, pues las voces lle- 
garon a intervalos claras y precisas hasta él 

Puso atención Conversaban Rivera y el jefe de 
dragones Un tercero, en quien ere) ó reconocer a La- 
dislao por el acento, s>oha intervenir en el dialogo 

— Yo no sigo con estos pelados — decía Calderón 
tosiendo bronco y con tono de desprecio Si he ve- 
nido es a su llamado, y creyendo que le sería útil para 
hacerlos entrar en \ereda Bastaba con un amago de 
carga, a toque de clarín Pero veo que usted se 
encuentra atado por su promesa de correr la cara- 
vana, v por lo de Borba Asimismo pienso que no hay 
ra?ón j Usted ha cedido a la fuerza' 



GRITO DE GLORIA 



— La pura verdad, compañero Fue un retruco de 
sorpresa, y me pialaron ¿Qué haría usted si viniendo 
por el camino muy confiado, se encuentra en una 
vuelta con gente que \a arreando todo por delante ? 
Hacerse el manso y seguir en lo revuelto, lo mismo que 
si usted fuese de la lava De no jni para hacer el 
cuento r Hay que mangonear y resignarse* hasta 
que aclare Eso no ha de tardar mucho a mi parecer 
Si loa porteños ayudan, la cosa puede pintar, y en- 
tonces deje a la bieva que madure, siempre con el 
ojo alerta si no auxilian la piedra acabará de hacer 
patitos, y después jal fondo 1 En este caso cada uno 
sabrá cómo fajarse y poner cara de hombre sin pe- 
cado 

— Esa conducta trae peligro, comandante Lecor no 
ha de ver en nosotios mas que traidores, sin que val- 
gan excusas Lo bueno sena acometerlos desde ahora, 
atar a los principales, concluir con todo de un golpe 
esto afirmaría la reputación ) vendría en provecho se- 
guro Mi tropa esta h^ti Los prisioneros son muchos 
y se armarían sin trabajo con las mismas lanzas y 
caiabmas que les quitaron 

Otio de los de allí reunidos, y en cuyo eco Berón 
reconoció a Ladislao, observo con aplomo 

—Para mas segundad el golpe ha de darse entrada 
la noche Yo rondare junto al fogón del jefe hasta 
que duerma 

—No estoy conforme — replicó Rivera Lavalleja 
trae hombres duros que no han de dejarse así no mas 
sujetar con "lazo" Ha\ algunos como toros Después 
de eso lo más acertado es lo que digo bovar en la 
corriente hasta vei la onlla, en bien de la tierra 
i Quién- sabe ! Tal vez sea lo mejor de todo en me- 
dio de esta escundad de cosas y de esta diferencia 



L 97 1 



I 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



de opiniones que lo sacan a uno del rumbo Los jefes 
dicen que vienen por la unión a los porteños, y los 
demás afirman que no quieren sino libertad comple- 
ta país independiente Agárreme esa avispa por la 
cola |E1 diablo que los entienda 1 Pero vuelvo a 
decir que el asunto es de no exponerse a que lo lle- 
ven a uno con los encuentros, y dejar que el tiempo 
pase, que el ha de establecer si la lengua para en 
tendernos todos como hermanos ha de ser el portu- 
gués o la castilla, y si el gobierno lo han de formar 
o no los paisanos El guevo quiere calor, y recién co- 
mienza a sentirse 

A esto, respondió algo el jefe de dragones bajando 
el tono 

Fue lo que dijo ininteligible para Luis María El 
murmullo de voces siguió un rato largo, sobresaliendo 
a \eces alguna frase o palabra enérgica, y al fin se 
fue alejando con el ruido de pasos, hasta extinguirse 
en lo intrincado del monte 

Beron se pu^o a andar pensativo por el tortuoso 
sendero de la "picada" Sentía una opresión penosa 
en el pecho y triste/a en el ánimo 

El había oído bien, no podía haberse equivocado 
Primaba en ciertos espíritus la anarquía, el habito de 
la licencia, la lógica del calculo mezquino que suele 
ocupar en el cerebro el sitio destinado a las convic- 
ciones profundas y al ideal patriótico 

Rivera se había mostrado irresoluto, luego razo- 
nador acaso por astucia o por sistema, pero, jaquel 
Calderón * Bien lo había él conocido desde el pri- 
mer momento que pisó el campo, era un matón con 
ínfulas de cortesano, adorador de los fuertes { Habría 
que cuidarse de su rote en los fogones 1 

[98] 



GRITO DE GLORIA 



Lo que confundía más a Luis María era la inmix- 
tión de Ladislao en estos manejos, aunque ya estaba 
él prevenido desde el incidente con el viejo Anacleto 
y con Cuaró. que había presenciado a la distancia 
Sin duda alguna, la antigua relación del "matrero" 
con Frutos, como él lo llamaba familiarmente, se ha- 
bía reanudado en esos días de un modo estrecho 

Recordaba ahora ciertas salidas furtivas de aquél 
en el campamento hacia los vivacs del brigadier, y 
algunas conversaciones misteriosas con milicianos del 
escuadrón a las que no había dado el importancia, y 
que después de lo que acababa de oír, creaban forma 
a sus sospechas descubriendo ante sus ojos las hondas 
disidencias que se incubaban en el campo por acción 
corrumpente y serio peligro de la moral de la tropa 

Imponíase la necesidad de seguir los pasos de es- 
tos hombres Respecto a Rivera, el cuidado debía ser 
menos Estaba el caudillo vinculado al movimiento por 
actos graves cuya responsabilidad no le sena fácil 
declinar ante un consejo militar, y de otro punto de 
vista parecía, por su actitud y sus palabras, confor- 
marse al nuevo ambiente con esa ductilidad de espi 
ritu y carácter maleable que lo singularizaba entre los 
de su clase En la marcha cautelosa del zorro y en 
los zig zag del ñandú él había tomado norma de ex- 
periencia Sabía como hacer camino y adaptarse a 
las inflexiones del terreno, sin despertar desconfian- 
zas ni caer en sus propias celadas Por otra parte des- 
empeñaba un cargo prominente en la medida de su 
prestigio, que colmaba su amor propio poniéndolo en 
condiciones de avanzar y de elegir partido cuando el 
"buthva" cávese de maduro 

En todo esto pensando, a paso lento por el sendero, 
interrumpido a trechos por retorcidos gajos de <( mo- 



[99] 



EDUARDO ACEVKDO DIAZ 



lies" v "blanquillos ' que apartaba ron la vaina de la 
espada firme en la diestra y apoyada en el hombro, 
llego el joven a la zona limpia, dirigiéndose a su 
\ivac 

En el que le seguía se encontraba >a Ladislao ha- 
blando de pie con un soldado del escuadrón 

Notó el joven que el dialogo fue breve En seguida 
se separaron 

Cuando Ladislao se volvió encontróse con la mira- 
da fija v penetrante de Luis Mana, clavada en su 
rostro ron una insistencia desusada 

El "matrero" no se inmutó saludólo con la mano 
V se apartó de allí silbando un 1 cielito" 

El joven siguió con la vista al miliciano con quien 
había conversado Ladislao 

Aquél atravesó toda la linea de fogones recostóse 
al monte, montó a caballo y se marcho al trote en 
dirección al paso 

Entonces Luis Mana miro en ^u rededor y divi- 
sando cerca a don Anacleto que alisara las crines de 
su overo marchó hacia el v le dijo 

— ¿Ve usted aquel hombre que va oullando el mon- 
te, rumbo al paso? 

— Sí señor 

— Pues va usted a seguirlo hasta cerciorarse a don 
de se dirige, o por lo menos, si *e aleja mas de dos 
cuadras del campamento |Y boca cerrada 1 

— Muy bien mi teniente Pero en c-os campos soy 
poco baqueano y pido permiso para ^acar algún ve 
ciño regalón como gato de tura, de los ranchos del 
lao allá de la "cuchilla" Aquel mélico tiene fi- 
gura de aparecido ¿No es un hombre chico que pa- 
rece damajuana con nariz de "chifle"? 



[ 100] 



GRITO DE GLORIA 



— No, es alto y rubio Buaquese usted el baquea- 
no que dice 

— Ansma lo bombeo mejor mi teniente, al reparo 
del otro, sin que el hombre ventee que lo van ojeando 

Y esto diciendo don Anacleto se puso sobie los lo- 
mos, estiróse el halda del chiripá, y tomó un galopito 
comadrero, arrastrando la punta del "maneador" 

Iba muy grave, orgulloso de la confianza en él de- 
positada, sujeta la lanza en el estribo y cruzado el 
trabuco en la cintura 

Como viese que a la salida del campamento, su hom 
bre tomara el paso y siguiera su camino sin volver la 
cabeza en actitud de gran despreocupación e indife- 
rencia, lo mismo que si se dirigiera a prov eer las ma- 
letas a alguna casa de negocios, él a su vez sujetó el 
overo, continuando al tranco, y bajo la lanza 

El miliciano mantuvo el paso hasta trasponer la 
primera loma Después recomenzó el trote largo 

Don Anacleto hizo una \uelta extensa para e\itar 
sospechas, y llegó a marchar en línea paralela apar- 
tado unas tres o cuatro cuadras de aquél Esta mar- 
cha monótona duró algunos minutos, procurando en 
ella el seguidor desaparecer a trechos en las ondula- 
ciones del terreno a fin de desorientar al miliciano 

De pronto este emprendió el galope firme 

El viejo arrimó espuelas sin des\iarse, murmurando 

— i Es al ñudo 1 ♦ En cuanto llegues, >o ya estoy 
de guelta 

El galope simultaneo fue sostenido En media hora 
cruzaron muchos llanos y "cuchillas", un airoyo y 
variad "cañadas" fangosas 

Se habían puesto lejos del campamento 
Recién entonces llegó a apercibirse don Anacleto 
que él iba pisando un pago que no conocía, y que 



[101] 



EDUABDO ACEVEDO DIAZ 



su hombre lo llevaba más alia de lo prudente, — aca- 
so a una embo<*< ada muy peligrosa 

Reflexionó El seguido debía ser un "re^ertor", si 
es que no era un enemigo disfrazado que iba a dar 
cuenta a los otros de lo que había \isto Esto pasaba 
de grave, y el teniente había tenido razón en hacerlo 
"bichear" hasta descubrirle la "gueva" Habían pa 
sado cerca de una "pulpería", y el hombre ni siquiera 
hizo ademán de pararse apurando por el contrario su 
galope, habían encontrado algunos "ranchos" en el 
transito, y se había apartado de ellos cuidadoso, al 
punto de aproximársele a él más de lo conveniente, 
lo que en tantas otras ocasiones lo puso en el caso 
de volver riendas al overo, obligándolo en la última 
a detenerse junto a un palenque 

Entonces el perseguido se apeó para apretar la 
cincha 

— ¿ Si estuviese aquí el teniente Cuaró 1 — di- 
jese entre dientes el viejo 

En ese momento el miliciano puso en el los ojos, 
mirándolo con mal ceño 

Don Anacleto resolvió en el acto entrarse al "ran- 
cho", que estaba allí a unos pasos, y haciendo sonar 
junto a la puerta el sable, dijo ahuecando la voz 

— ¿A ver un hombre que sirva de baqueano en el 
pago 1 ¿ Y listo, porque tengo orden de afusilar al 
que se retobe ' 

Apareció en la entrada así evocado, un sujeto ya 
viejo muy barbudo, larga cabellera y aire bonachón, 
cubierto con un poncho verde-botella en extremo usa- 
do, un chambergo incoloro de alas tendidas y flotan- 
tes sobre la melena entrecana, y llevando en vez de 
botas unas ojotas grandes o sean abarcas de cuero 
peludo atadas con "tientos" por encima del empeine, 



[102] 



GRITO DE GLORIA 



con relleno de bayeta, las que daban a sus pies la 
forma de muñones propios para apisonar la huanera 
de los corrales 

— l Buenos días — dijo con acento manso Ahora 
mismo iba a montar para ir hasta el bajo a repuntar 
la tropillita porque me han dicho que anda todo re- 
vuelto Si es de su gusto, pase Aquí está toda 
mi gente afligidísima Mis dos mozos mayores se han 
ido desde a>er de tardecita 

— Gracias por la oferta — contesto don Anacleto 
Pero no puedo echarme a sobonear en la hora en que 
estamos, porque el caso es de pronta íesoK encía 
Monte y venga a priesa 

Rascóse el hombre la nuca, y aunque vacilante, 
montó en su cebruno 

Ya el miliciano había desparecido del vallecico en 
que se apeara para aTreglaT su u apero*' 



10 



E103J 



I 



XI 

EL HOMBRE DE LAS OJOTAS 

Don Anacleto mostróse colérico si bien su rostro 
rebelaba cierta íntima tranquilidad Monto ágilmente, 
diciendo con el entrecejo fruncido 

—Vamos a apurar hasta el "duraznillo" aquel que 
se columbra en la loma, porque el \enao se me pone 
lejos del tiro 

Los dos pusiéronse al galope corto 

Para mas tampoco daba el cebruno del baqueano, 
cuyo arreo guardaba armonía con las prendas del 
dueño Consistid en un "recado" que había prestado 
largos scr\ icios, a juzgar por las ranuras de la ca* 
roña > las grietas de la cincha, así como por los es- 
casos vellones que le quedaban a una piel de carnero 
que le sei\ía de cojinillo, el rendal era oobno de 
adornos con solo dos botones casi deshechos } otios 
tantos pasadoies de bronce, el sobrepuesto de cuero 
de "carpincho" agujereado en vano* sitios y el ''lazo" 
de "torzal" o s>ea de tiras ajustadas en serpentina, 
arrollado al anca 

— ¿En qué page* estamos ? — interrogó don Ana- 
cleto con tono de imperio 

— Estos son campos de Núñez, ^eñor — respondió 
el guia sua\e y bondadoso Están cuasi encima del 
distrilo de Canelones, aquella población que se ve allá 
al costado del durazmllar es lo de Morcira, a este otro 
rumbo, como a media legua, va el camino a Gua- 
dalupe Si usted luese servido de no llevarme le- 



[104] 



GRITO DE GLORIA 



jo^ había \o de agradecérselo con el alma Tengo a 
la mujer un poco apestada y un chico con el carbun 
cío 

—De llevarlo o no lejos, a sigún — repuso don 
Anacleto Siento que el ' daño" ande en su casa Pero 
preciso que me mdilguen en pstas alturas que parecen 
lomo de lunanco, hasta que \o no mire turbio Si 
ju«sc en hs cuchilla* de Navarro y de Marrmcho, 
naide me ganaba a lisLo 

Los campos por delante apaienan solitarios rega 
dos por una luz esplendorosa, con sus pactos de un 
verdor íutei.so En la loma no se percibía ni una som- 
bia, ni una manifestación de \ida 

Don Anacleto fue desarrugando el ceño, e invitó a 
su guia a picar tabaco alcanzándole un trozo en rollo 

Para e^to, púsose al paso, \ entablo conversación 
muy unido al compañero riéndole de los temores de 
éste, lleno de un aire de protección y valentía que 
inspiraba respeto 

Su vo¿ bronca formaba contraste con la muy ati- 
plada del guía y no menos sus carcajadas ruidosas 
con la risa comprimida de aquel, propia de paisano 
franco y retozón Don An^rieto hablaba de sus cosas 
juveniles 

Hicieron alto para dar fuego a un )esquero y en* 
cender los cigarros 

En tanto don Anacleto acercaba la >esca a una cola 
que se había sacado de atrás de la oreja, añadió a lo 
dicho, gravemente 

— Como le iba rilacionando, nunca tuve \ertud para 
el casorio Siempre jui sólito como ómbú en despo- 
blao Y no es que mozas muy garridas no quisieran 
arrocinarme, sino que era grande la armada ^De 



[105] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



balde paisano ! a saltltos Ies hacía la cruz 4 Para otros 
ese qurveve 1 

Y dígame por su vida ¿cómo cuántos hijos tiene 9 
El baqueano atizó el cigarro con la uña del pulgar, 
) atragantándose con el humo, dijo 
— Doce v la pava echada 

— jPor Cristo qué avestruz padre 1 La docena del 
flaire 

— ¿Le parece mucho 9 Para eso andamos en el 
mundo amigo viejo, aunque ya medio lisiados 

— ¡Hum 1 no es, mala chuza la que usted maneja 
paisano ¿A la cuenta todos son machos 9 

— Y hembras también, que Dios los cria juntos 

— t Ya se \e' ¿Y cómo se llaman esos pedazos del 
corazón ? 

— Anicasia, Canuta, Jesusa y Nicanora para ser- 
virle 

— l Gracias' Han de ser bien formadas y de linda 
pinta ¿Y cómo se maneja la "doña" para vestir a 
tanto perjeño? Porque la cosa es de asustar a un 
santo que juese 

Pao^e el hombre de las "ojotas" observando 
—Deberían los hijo& nacer con plumas como los 
pollos 

— ¡Para que se larguen al primer volido a la cuen- 
ta 1 — exclamó don Anacleto retobándole el buen hu- 
mor por todo el cuerpo 

Llegaban en este instante a la cresta de la "cuchi- 
lia" Desde esa altura la vista dominaba un vasto pai- 
saje, bajo una atmosfera purísima Los horizontes 
clareados por el sol permitían distinguir al ojo del 
campero los bultos que se movían a la distancia, y 
clasificarlos sm error 



[106] 



GHITO DE GLORIA 



A la derecha, sobre la carretera que conducía a 
Guadalupe elevábase una nubecilla de polvo disten- 
dida y paralela al horizonte a semejanza de una hu 
maza en el ambiente sereno 

Un jinete, que se percibía reducido como un mu 
ñeco de plomo, se dirigía hacia ese punto, del que no 
debía dictar mucho, pues trepaba la aspereza del de- 
clive próximo al camino 

Los dos hombres se quedaron atentos, en silencio 

Aquello era novedoso Don Anacleto ahueco la ma 
no sobre la frente, a moda de visera y dijo 

— Aquel que se va encimando es el mélico que yo 
seguía No hay mas que el flojonazo me saca el 
bulto 

El baqueano que a su vez observaba sm parpadear, 
exclamó en tono de quien está bien seguro de lo que 
afirma 

— Aquella es gente armada la que se ve por el ca- 
mino Arrean caballos a los costados v van al 
trotón firme 

— jMi gente no puede ser' La dejé acampada — ar- 
guyo don Anacleto con alguna alarma 

— Es tropa de Lecor, a la fija la misma que pasó 
ayer al clarear por junto aquel "totoral'' del playo 
donde hizo la carneada 

Una lmea negra efectivamente se dibujaba en la 
loma, por debajo de la cerrazón gris formada por el 
polvo del camino Era como una serie de puntos co- 
rriéndose hacia el Sur con una velocidad no interrum- 
pida de marcha forzada 

— ¿No será esa la división de Pintos 9 — preguntó 
don Anacleto 

— No señor El regimiento de Pintos está de firme 
en Guadalupe, y de moverse lo ha de hacer para Mon- 



[107] 



EDUARDO ACJ5VEDO DIAZ 



tevideo El hombie sabe que el ciento malo \iene de 
aquí atrás en donde todo parece que se ha puerto al 
revés, y crea que antes de darle cara, se ha de mirar 
mucho Esa tropa que vemos hd calido de la plaza, 
> al tocar alguna cosa que no ha de haber sido es- 
puma de "chajá", se viene reculando como alacrán 
con la cola entre los cuernos Un toque a degüello 
cerquita los poma en desbande 

— ¿Usted ha sido mehtar? — interrogó con gran 
seriedad don Anacleto 

— Serví algún tiempo paisano Después de Corumbé 
me recogí a cmdar de mi familia 

— [Ya mahcirba \o que abajo de esa mansedumbre 
había entraña de dragón, canejo 1 Y pues que ha olido 
pólvora lo convido para allegarse conmigo al totoral 
aquel, a mirar de más cerca a esos mandrias que se 
van a brincos de "quirquincho" derecho a la cueva 

—i No se fie, paisano* Mire que esos hombres acos 
tumbran ir arreando cuanto animal caballar encuen- 
tran a los flancos, y no <=ería difícil que hubiesen des- 
prendido algunas partidas ligeras a esta parte del 
campo donde saben que ha\ \eguada alzada 

— ¡Nunca supe que era miedo T — exclamó el viejo 
exaltado ¡Vamos hasta las totoras sin mirar para 
atrás 1 

— ¡Como quiera 1 — repuso el baqueano 

Don Anacleto remolineó la lanza, y los dos arran- 
caron castigando 

En mitad de la carrera, el guia en voz que denun- 
ciaba absoluta calma, prorrumpió señalando con su 
diestra el nexo de dos colinas 

— Por ahí viene a toda rienda una paitida echando 
por delante mis >eguas t Ponga la oreja y oirá el 
batir del cencerro 7 



[108] 



GRITO DE GLORIA 



Don Anacleto miró, sujetando 

Cinco o seis jinetes bajaban ya la ladera azuzando 
con las culatas de las carabinas y aun con los sables, 
una "punta de yeguares'* Daban gritos aturdidores, 
v venían desplegados en arco para mantener los ani 
males en núcleo * 

— Son portugos Sino fíjese en e*os trajes co- 
lor de garzamora que traen y en los embudos de hule 
metidos en la cabeza 

— ¿Y adonde se enderezan 9 — preguntó bastante 
demudado don Anacleto Son muchos esos águilas para 
aguaitarlos 

—Es así Lo mejor seria corrernos por este playito 
rumbo al talar de aquel arrobo j Si alcanzamos, ni el 
polvo 1 Pero a usted lo condena esa lanza con ban- 
derola, y nos van a cargar 

— -j Rumbeemos * — gritó don Anacleto procurando 
ocultar su rejón, v haciendo entre los dedos un gui- 
ñapo de la insignia 

Silbaron dos balas por el flanco de improviso como 
una ratificación del dicho del baqueano 

Luego otra, que picó delante haciendo saltar algu 
ñas bnsnas 

Apuraron el galope 

Pero un nuevo proyectil acertó en los cuartos tra- 
peros del overo, que se puso a corcovear dando con 
don Anacleto en tierra 

El baqueano se detuvo, alargo el brazo v cogió el 
rejón que escapado de la mano de su dueño en la 
caída, se había hundido por el cuento en plano obh- 
cuo y derivaba ya hacia el suelo por el peso de la 
moharra 

El semblante del guía se había puesto violáceo cual 
si un aluvión de sangre inyectara la penfene, y de 



[ 109] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



sus ojos oscuros brotaba un brillo extraño Su cham- 
bergo incoloro flotaba sobre el dorso y la melena 
suelta se alborotaba sobre las dos mejillas, crispada 
y ondulante, dándole un aspecto imponente que aterró 
a don Anacleto descoyuntado e inmóvil en los pastos 

No dijo palabra Escupióse en las manos nervioso, 
empuñó el ástil y re\ol\ió su cebruno ya sobresaltado 
por el ruido de los disparos 

La yegua madrina de su "tropilla", manca de los 
encuentios, con el vientre casi ai ras> de las hierbas, 
jadeante y sudoiosa pasó pesada, sin fuerzas, a su 
lado, batiendo el esquilón 

Miróla de soslayo en las ancas, donde Helaba dos 
o tres surcos sangrientos hechos por los sables y llegó 
a arrojar un grito ronco retenido hasta ese momento 
poi el arrebato en su garganta, semejante a la nota 
de un a\e de rapiña a raíz de una pedrada en la 
cabeza 

Gruñó otra bala redonda desgarrando a su caballo 
la piel del cuello, lo que acabó de ponerlo ágil y sal 
tarín al punto de tascar el freno despavorido 

El lo cuadró con mano experta, y sin perder los 
estribos, en los que apenas encajaban las puntas de 
sus "ojotas", acometió echado sobre el pescuezo al 
igual del toro que busca romper el cerco 

La lanza trazó un semicírculo dividiendo al grupo, 
luego una recta inclinada que terminó en la garganta 
de un soldado, derribándolo por grupas, después un 
molinete veloz que remató en un golpe de flanco 
abriendo a un segundo el vientre, y por ultimo, blan 
dida con furia en un alti-bajo para ensartar a un ji- 
nete de frente v despedirlo lejos de la montura, el 
hierro marró el bote y el astil se hizo trizas en el ar- 
zón sembrando el aire de astillas 



[HOJ 



GRITO DE GLORIA 



Sonaron dos o tres detonaciones El hombre de las 
"ojotas" cavó de boca sobre las crines del cebruno, 
bamboleóse un instante v en seguida se deslizo a las 
hierbas con un ruido de mole que rueda en un ba- 
rranco 

En medio de su pavura, don Anacleto lo mo caer 
con dos agujeros negros en el rostro a ambos lados 
de la nariz, producidos por la doble descarga de una 
pistola de dos cañones a quema ropa 

A uno de los soldados, tendido boca arnba, brotá- 
bale como un surtidor la sangre del cuello Aún así 
seguía retorciéndose El otio estaba inmóvil, con el 
vientre desgarrado 



[1111 



XII 



EN MARCHA AL CERRITO 

Avanzaba la tarde llena de celajes, destemplada pre- 
sagiando noche de hielo El sol descendía, y >a sobre 
el horizonte sus rayos mortecinos abriéndose paso en 
tre festones de un matiz de perlas, teñían los cirrus 
de la opuesta zona de un rosa vivo tan puro e intenso, 
que éstos semejaban alas de enormes flamencos sur- 
cando de través los aires en apiñada banda Una es- 
pecie de bruma sutil extensa v colorante, que no era 
más que menudo polvo difundido en la atmósfeia a 
lo largo de la carretera, denunciaba desde lejos a los 
vecinos inquietos la marcha de una gruesa columna 
de caballería 

En realidad venía hacia Guadalupe gran tropel de 
escuadrones a bandera desplegada Oíanse a interva- 
los toques cortos de clarín 

Era la fuerza patriota que avanzaba en dos colum- 
nas precedida por una gran guardia de tiradores y 
lanceros, y cubierta por una doble linea de flanquea 
dores que iban a regular distancia del núcleo, guar- 
dando entre ellos los trechos de ordenanza 

Aquella masa se movía en orden, con rapidez, de- 
teniéndose de vez en cuando breves momentos para 
rectificar líneas y dar resuello a los caballos Nume- 
rosas "tropillas" de relevo y reserva se aglomeraban 
a retaguardia fuera del camino leal, trotando en las 
praderas colindantes en densas agrupaciones 



[112] 



GRITO t>E GLORIA 



La hueste revolucionaria te dirigía a Guadalupe en 
donde se hallaba el coronel brasileño Pintos, con el 
segundo cuerpo de paulistas 

En la columna de la derecha y ni frente del primer 
escuadrón, marchaban juntos Luis Mana e Ismael 

Cuaro iba en el ángulo de la mitad algo separado 
de la tropa, con la vista fija en el extremo de la co- 
lumna de Id izquierda Componían esta columna los 
dragones de Rivera 

Luis María iba preocupado por la falta del mili- 
ciano que había hecho seguir, en su salida del cam 
pamento, y mucho mas con la del mdrviduo de ti opa 
que enviara en pos de él E^tos detalle* nimios para 
otro tenían a sus ojos una importancia sena a partir 
de los hechos alarmantes de que estaba en posesión 
¿Qué habría ocurrido, que no aparecía sin más de- 
mora don Anacleto'' 

No dejaba de» causarle inquietud un incidente que 
acababa de producirse y que se ligaba de un modo 
estrecho a sus alarmas 

Ladislao había cambiado de filas, yéndose sin pase 
ni consulta siquiera a las del brigadier, con quien iba 
a esa hora conversando muv animadamente 

Al irse, había cruzado silencioso delante de sus com- 
pañeros de fogón Cuaro le había mirado con encono 

Como al pasar lo hiciera encogido al punto de si 
mular corcova en las espaldas el teniente mal preve- 
nido le había dicho en voz alta y airada 

— Ponele un puntal al rancho L Mira que se te 
va a caer! 

Luego, Cuaro se puso fulo Su cortezuda piel apa- 
reció más negra que de costumbre Las alas de la na- 
ris se le estremecieron \anas veces, como si trataran 
de desplegarse con el venteo de un animal de presa 



[1131 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Luis María llamó la atención de Ismael sobre la 
actitud del teniente 

Cuando Velarde lo obsenó, Cuaró ojeaba taciturno 
a Ladislao 

— Recuerda lo del fogón — dijo 

— Asi ha de ser Por lo menos adivina lo que pasa 

— No quiere a Fiutos Dice que es un "aguara 1 
rabón 

bonnóse el joven ayudante y murmuró bajo 

— Ladislao asegura por su lado, que nuestro jefe 
quiere que todos marchen < on el ma)or orde±i, cuando 
lo justo seria que sólo en la pelea los hombres obede- 
cí! sen Mientras que esto no sucediera los paisanos 
podrían andar de rancho en ranchu, disputar c>on los 
jefes, jugar a la "taba'* \ hasta dormir fuera del cam- 
pamento si sentían deseos de cama blanda 

Ibmael guiñó un ojo, alargando el labio, gesticu- 
lación habitual en el cuando ciertas ocurrencias le 
parecían despropósitos 

Después, resumiendo en una frase lacónica de estilo 
pintoresco su opinión sobre el individuo, dijo seco y 
bre\e 

— Cnao a monte 

— Mal ejemplo, compañero, si cunde El respeto y 
la obediencia son tan necesarios al soldado como el 
valor, para ir a la batalla Por eso admiro al bravo 
que solo lo es delante del enemigo Ese triunfa o 
muere en su ley 

Ismael, aunque casi insociable, cerril, tema el es- 
píritu vivo y perspicaz, algunos años de roce con cier- 
tos hombres lo habían hecho un tanto accesible Las 
palabras de Cerón si bien no muy claras para él, ha- 
lagaban su oído como una música extraña A veces 
lo dejaban en suspenso Luego miraba al rostro del 



[114] 



GRITO DE GLORIA 



joven con un aire de admiración y de tristeza que es- 
parcía en el suyo como un resplandor del instinto in- 
teligente, ansioso de encontrar para manifestarse notas 
como aquellas de un idioma sonoro 

Así lo miró ahora melancólico y huraño 

Después murmuró 

—Por eso, antes no vencimos Los hombres se jun- 
taban como yeguares cuando el campo se quema, y 
coceaban al fuego Ansina morían rabiosos pero sin 
miedo 

— Nuestras derrotas gloriosas no han sido mas que 
lujos de heroismo > — - dijo Luis Mana Se peleo sin 
organización sin disciplina, sin ideal militar En la 
hora de la prueba cada uno daba de si toda la médula 
de su coraje, con su sangre o con su vida pero antes 
de ese momento supremo ninguno pensó que un co 
barde hábil podía mas que cien valientes imprevisores 
Se creía en la pujanza del brazo como e,n el golpe de 
una centella, los briosos paisanos hacían la cruz a 
los fusiles en son de burla, y se Teían de los cañones 
hasta el punto de enlazarlos de las ruedas Sin em- 
bargo, esos fusiles y esas piezas que ellos comparaban 
a las arañas negras cuando se arrastran por el camino,, 
fueron los que inutilizaron su esfuerzo y su denue- 
do ¡Acuérdese usted, capitán 1 usted, que puede en- 
señarme el camino del sacrificio y hasta reprenderme 
si me muestro débil en el día del combate, acuérdese 
y diga si pso es verdad 

— jComo que aura es noche' — contestó Ismael ín 
genua > suavemente 

Luis Mana se quedó pensativo, } miró de soslayo 
la columna de la izquierda Ismael siguió aquella mi- 
rada y se amorró 

Continuaron marchando en silencio 



[115] 



EDUARDO ACEVTCDO DIAZ 



Comenzaba una noche muy despejada, con su pol- 
vareda de estrellas y su aire frío como vaho pene- 
trante de ocultos abismos Los soldados se habían en 
\uelto en su* ponchos Las dos lineas de bultos negros 
siguiendo paralelas guardaban un promedio de cin- 
cuenta pasos al trote firme Entre los prisioneros na 
die alzaba la \Q7 

En la columna de la izquieida cierto bullicio sordo 
como de enjambre se extendía de la cabeza al otro 
exLremo los milicianos conversaban, reían, canturrea- 
ban, lanzábanle pullas como flechas o entreteníanse 
en levantar en las puntas de las lanzas algún residuo 
visible al paso, que luego despedían sobre el escalón 
¿flautero a modo de bola perdida Con este motrvo, 
a \cces algún íedomón enarcaba el cuello al sentirse 
rozado en los corvejones y sacudiendo los lomos he- 
ría el aire con los cascos introduciendo el desorden 
en las filas Si el jinete lo domeñaba, el elogio circu- 
laba de boca en boca, si medía el terreno, el ruido 
del desplome producía una explosión de risas que po 
día resumirse en una sola y colosal carcajada 

En mas de una ocasión se impuso silencio 

En la derecha la actitud era distmta La consigna 
había sido de observar la mayor compostura, y a 
causa de no cumplirla varios hombres fueron remiti- 
dos a la guardia de prevención En caso de reinciden- 
cia, debían marchar a pie con el caballo del cabestro 

El comandante Oribe que era el que había dado la 
orden, decía que el voluntario estaba obligado por su 
misma abnegación a excederse al soldado de linea, 
sin lo cual su desprendimiento sería un acto \amdoao 
> su \irtud guerrera un pueril alarde El que ofrecía 
lo más que era el contingente de su sangre, y aun 
de su vida, debía lo menos, que eran el respeto y la 



[116] 



GRITO DE GLORIA 



obediencia La victoria dependía de mil voluntades uni- 
das como eslabones, sin perjuicio de la libertad indi- 
vidual relativa que no hacía sino afianzar la unidad 
del esfuerzo Otra línea de conducta sólo engendraba 
un espíritu de insubordinación y de licencia, que al 
estimular los resabios concluiría por torcer los planea 
mejor combinados y por erigir la prepotencia perso- 
nal en úmea autoridad respetable El soldado se debía 
a la disciplina, como el ciudadano a la le) 

Todo esto había dicho a sus subalternos horas an 
tes, con firmeza v desenvoltura militar, recurriendo a 
paso lento las filas 

Sus palabras habían hallado eco 

De ahí que en el escuadrón reinase el orden Solo 
uno se había retirado descompuesto y arisco, que era 
Ladislao Luna 

El dialogo de Luis María y de Ismael, no había 
sido más que un comentario a aquella arenga en fa- 
vor del buen servicio 

Sobre este tema se seguía hablando a la cabeza de 
la columna, cuando se mandó un alto de descanso 

Todos echaron pie a tierra deseosos de desperezarse 
fuera de los estribos con entero desembarazo, y las 
bestias resoplaron de contento, sacudiendo frenos y 
monturas 

Uno de los oficiales, el capitán Melendez, se acercó 
al grupo formado por Berón, Ismael y Cuaró, diciendo 

— Parece que ha habido hoy un pequeño choque 
de partidas sueltas a este lado del camino, pues l«s 
exploradores han \isto tres muertos en el bajo 

— ¿Enemigos 9 

— Dos de ellos El otro, no se sabe si pertenecía a 
los nuestros Aseguran que no debía ser de la milicia, 



tU7] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



no se encontró arma alguna a su lado, ni siquiera un 
cuchillo 

— ¿Viejo o joven, ese muerto 9 preguntó Luis María 
— Hombre maduro de pelo entrecano, que llevaba 
"ojota&" Le habían acertado dos balazos en la cara, 
lo que de lejos hacía creer que tenía cuatro ojos Los 
otros muertos eran de caballería de linea Por el uni- 
forme debían de pertenecer a la que esta de guarni- 
ción en Montevideo Uno estaba ca&i degollado, y al 
otro le habían revuelto en el vientre una lanza con 
cuatro medias luna3 de modo que no le quedase en- 
traña que no luciera al sol 
— iQué cornada fiera 1 

— Lo particular del caso es que junto al de las 
"ojota*" se vio un astil hecho añicos, pero sin rastro 
de moharra Se supone que los vencedores se llevaron 
el hierro para que no sirviese a otro que tuviere un 
brazo parecido 

Luis María se acordó de don Anacleto, que iba ar- 
mado de una lanza con cuatro medias lunas Los da- 
tos, sin embargo, no arrojaban bastante luz Aun en 
la hipótesis contraria, resultaría de ello que él no 
había perecido 

Con todo apresuróse a relatar el incidente que mo 
tivó la salida del viejo en seguimiento del miliciano 
sospechoso, desde San José 

Sus compañeros escucharon muy atentos, y Cuaró 
dijo 

— Mira, el viejo no era baqueano y sacó un vecino 
Al vecino le hicieron estirar el garrón, y arrearon con 
el viejo El que lanceó no jué él, sino el vecino, que 
había de ser hombre duro 

— jPor qué teniente T 



[118] 



GRITO DE GLORIA 



— El viejo es blando como cera de "camoatí". . 
No ruempe lanza ni en un tronco, porque el brazo se 
le hace junco 

Ismael se sonrió > Luis Mana se sintió más tran- 
quilo Cuaró había resumido en una frase toda una 
observación sico fisiológica sobre la personalidad de 
don Anacleto, y a partir del aserto, las probabilida- 
des de haber salvado la vida estaban a su favor A 
buen seguro que él se habría dado maña para 1 librar 
la piel con la menor lesión posible* 

La orden de seguir la marcha interrumpió la con- 
versación 

A poco andar, súpose que no había enemigos en la 
villa Cruzóse el Santa Lucía por el paso del Soldado 

Siguió la fuerza avanzando a gran trote En sus 
desviaciones frecuentes corto un trecho largo de campo 
y pasó con el agua al pecho el arroyo Canelón Grande 

A altas horas percibiéronse delante grandes sombras 
de arbolados v casas Era la villa de Guadalupe con 
sus chacras, quintas y edificios de "quinchado" o teja 
en medio de tinieblas, que contribuían a aumentar en 
las calles las paredes sin blanqueo, el solado de tieira 
y la falta de reverberos 

La fuerza revolucionaria formando una sola colum 
na atravesó la villa como por en medio de una doble 
fila de sepulcros, tal era el aspecto de las viviendas, 
la soledad y el silencio que dominaban por doquiera 

El segundo cuerpo de pauhstas se había retirado 
hacía muchas horas abandonando algunos despojos, y 
siguiendo el camino de otra columna que había con- 
tramarchado del interior a marchas forzadas para gua- 
recerse en Montevideo 

Según se supo, el coronel Pintos había tenido no- 
ticia de todo lo ocurrido el día anterior por conducto 

[1191 

U 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



fidedigno Las nuevas se les trasmitieron por "chas- 
que" expreso que llegó aplastando caballos, y que le 
sorprendió en la ignorancia rnás completa Al prin- 
cipio todo fue vacilación y zozobra apremio y desor- 
den Después resolvióse el repliegue sin demora, a 
paso precipitado sin esperar instrucciones de la ca- 
pital Emprendida la retirada bruscamente se arrastró 
lo que sej pudo, llevóse por delante las guardias des- 
tacadas envolviéndolas en el tumulto, cortáronse los 
tiros a los vehículos de andar torpe dejándolos en el 
medio o a los costados de la carretera a modo de es- 
tafermos que señalaban en la densa oscuridad el rum- 
bo de la fuga; v como hicieran sin duda demasiado 
peso algunas armas blancas y de fuego, fueron con 
ellas sembrando el terreno hasta muy cerca del anti- 
guo Real de San Felipe, según los partes de la gran 
guardia que iba barriendo el camino como la primera 
ráfaga del viento de tempestad que debía rugir contra 
los muros ciclópeos 

Se agregaba que bajo la impresión recibida, la tropa 
se había hecho un hacinamiento, al punto de ordenar- 
se muy tarde en escalones La voz de los jefes y ofi- 
ciales tuvo que ser acompañada de la amenaza y de 
la espada para dar alguna corrección a las filas y 
mantener el paso uniforme en campo abierto El co- 
ronel Pintos en un arrebato, había hablado de fusilar 
Entonces la insubordinación y más que eso el pánico 
que iba tomando creces, fue dominado en parte a 
pesar de la hora, el aislamiento y el peligro cercano 
El regimiento se alejó a tropezones, ocultando en las 
tinieblas el rubor de su desmoralización 

Venían las primeras luces del alba, cuando la divi- 
sión revolucionaria acampaba a orillas del Canelón 



[120] 



GRITO DE GLORIA 



Se habían adoptado resoluciones importantes Los 
dos jefes principales con la masa de prisioneros de- 
bían contramarchar al interior y para distintos pun- 
tos otros subalternos que gozaban de prestigio en sus 
respectivos distritos La villa de San Pedro fue de 
signada como punto céntrico de reuniones parciales 
que debía presidir el brigadier Rivera, y las nacientes 
del Santa Lucia como sitios a propósito para el cuar- 
tel general de Lavalleja De este modo la fuerza a la 
ofensiva quedaba reducida a cien hombres, escogién 
dose al efecto cincuenta voluntarios al mando de Oribe 
y otros tantos de los ex dragones de la provincia Eran 
sus armas la carabina, la lanza y el sable distribuidas 
convenientemente 

Acordóse que una \ez frente a las murallas, Calde- 
rón dirigiría en jefe quedando el comandante Oribe 
de segundo 

Se extraño esta resolución No se quería en las fi- 
las al ex jefe de dragones PeTO se dijo que había 
sido adoptada a sugestión del mismo Oribe, y este 
detalle, acentuando la personalidad del que hasta ese 
momento venia posponiendo las satisfacciones vanido- 
sas y los egoísmos irritantes al bien de su causa y del 
país, selló todos los labios Debía aquello ser hábil y 
acertado desde que el así lo quena Nadie quiso en- 
tonces investigar el móvil determinante del hecho, dán- 
dose así adaptación práctica a la regla de obediencia 
que debía en adelante ser la base de subordinación y 
de respeto a las órdenes superiores 

Al expirar el día esos cien hombres eran los únicos 
que formaban campamento a los ribazos del Canelón 

Con las primeras sombras, se mandó ensillar 

— ¿Vamos adonde la madriguera 9 — preguntó 
Cuaró 



[121] 



I 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



— Así es — respondióle Luis María, que impartía 
la orden de fogón en fogón — Cuando asome la au- 
rora veremos a Montevideo f 

Al pronunciar estas palabras parecía nervioso y fe- 
bril Embarazábale una emoción violenta de alegría 
mal reprimida, el desborde de un goce mucho tiempo 
ansiado, acaso el goce mayor a que pudo aspirar en 
sus largos días de aventura y de peligro j Montevi- 
deo r j Allí estaba todo lo que con el ideal de la 
patria gloriosa y libre amaba más en la vida r 

Al \erlo excitado, Ismael ceñudo y triste, que había 
empezado a quererlo con el afecto que crea la comu- 
nidad de sacrificio dijole 

— Esta contento porque va a su pago donde está 
la novia 

Beron se encendió como una mujer, y cogiéndole 
entre las suvas la mano se la estrechó con vehemencia 

El capitán Velar de acercólo torvo la cabeza, que 
oprimió con la de el en una caricia de amigo adusto 
V silvestre, como de quien nunca había conocido otro 
halago que el del sol del desierto 

Luis María se conmovió La caricia de aquel valiente 
parecióle como el resuello de una herida dolorosa que 
nadie había restañado, mal curada en la soledad de 
los bosques como la de un toro bravio 

Después cuando se emprendía la marcha a la sor- 
dina, caída la noche, los dos iban juntos y callados 
mirándose a veces con extrañeza cual si recién hubie- 
ren hallado el secreto de una recíproca simpatía 

La marcha fue dura Como no se llevaban prisione- 
ros ni convoy, y el número de hombres era muy limi- 
tado, se caminó a trote largo sin otras treguas que las 
necesarias para dar un descanso a las cabalgaduras 
o paia recoger los restos abandonados por el enemigo 



[122] 



GRITO DE GLORIA 



en su retirada Algunos de estos despojos por su ca- 
lidad, demostraban que aquél iba pávidamente impre- 
sionado Encontráronse carros de provisiones de gue- 
rra y de boca, espadas, clarines, uniformes de oficiales, 
pistoleras, monturas, y en ciertos sitios a las orillas 
de la carretera, desertores y rezagados con todo su 
arreo encima Los vecinos del transito decían que los 
pauhstas a su paso como fantasmas de media noche, 
iban alarmando uno por uno los apostaderos del tra- 
yecto, a punto de no dar tiempo a cargar con lo más 
indispensable a las guardias, sintiéndose en el silen- 
cio profundo de las altas horas gritos y galopes des- 
enfrenados en todas direcciones, rodar de carros y 
estridor de armas, todo lo que dejó de oírse a los po- 
cos minutos como un ciclón que pasa de súbito y se 
pierde a lo lejos 

Entonces Oribe dijo a sus oficiales y soldados 
— Mañana enarbolaremos la bandera en el Cernto, 
sitio de tantas glorias, y cambiaremos balas con los 
opresores de nuestra tierra 

La pequeña legión acogió estas frases llena de ar- 
dimiento, movióse al unisono venciendo al sueño, ene- 
migo el mas terrible del soldado, atravesó campos, 
arroyos, cañadas, valles y asperezas, dio lugar en sus 
filas a nuevos contingentes de hombres resueltos, y se 
puso en los lindes del distrito antes que despuntase 
la alborada 

Al pasar por Las Piedras, Ismael extendió el brazo 
hacia la zona del Nordeste, y dijo a Luis María 

— Ahí vencimos a los godos con el viejo Artigas . 
Enlazamos los cañones, les quitamos todo 1 

Nenguno escapó, ni el mesmo Almagro 

— ¿Quién era Almagro? — preguntó Berón 



[123] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Ismael guardó silencio un rato Después dijo 
— jOtra vez he de contar 1 

Comprendió el joven que en esta frase iba envuelto 
el desenlace de una historia dramática que resumía 
quizas toda la vida de aquel hombre 

Por eso a pesar de su interés, no quiso insistir Esas 
cosas no debían ser escudriñadas 

Con todo, ¿cuan grato le había sido oír las palabras 
de su compañero al felicitarle a su modo por la vuelta 
"al pago", y al hablarle de una novia que él debía 
tener allí que le esperaba ansiosa tras una larga au- 
sencia 1 

Sin intención de sondear en lo intimo, Ismael había 
acertado rozándole con suavidad un sentimiento oculto, 
que no se amenguó nunca en la existencia aventurera, 
sino que tomó creces como una necesidad imperiosa 
de su espíritu 

En realidad él tenía una novia, cuya imagen venía 
reproduciendo de mucho tiempo atrás en su cerebro, 
imagen más hermosa cada vez, a medida que el deseo 
enardecía su mente y se agolpaban a su memoria los 
gratos episodios del pasado 

Rubia, de ojos garzos, piel de ro9a, esbelta, más 
expresiva en el dulce ceño que en la frase, retraída, 
resignada, erguíase su interesante figura a cada paso, 
como llamándole cerca con un ademán de suave 
ruego 

La conoció en la hacienda de Robledo en momentos 
para él amargos, cuando huía de los dominadores de 
monte en monte Pudo hablarla en horas de pasajero 
reposo Después cultivó su amistad cuando herido en 
una refriega oscura, ella y su hermana Dora lo aten- 
dieron en la casa de su buen padre don Luciano, dueño 
del campo , Esta amistad fue lejos, pasó a ardiente 



[124] 



GRITO DE GLORIA 



simpatía Aún no estaba restablecido el día en que se 
aparecieron en el campo los brasileños, que se llevaron 
a Robledo y a su hija Natalia, aquella Nata que había 
puesto vendas a sus heridas, velado su sueño, oído 
sus delirios, atenuado sus dolores y héchole pensar en 
los deliquios de la ventura 

Se acordaba él bien Con su padre preso, acaso por 
su culpa fue la hija También la negra Guadalupe El 
teniente Souza había usado de una conducta correcta 
con todos, a pesar de los antecedentes que de él lo ha- 
bían separado en la paz y en la guerra Cumplió sus 
deberes de soldado con modales corteses, atento, sin 
rigor, y esto le hacía halagar la esperanza de que el 
viaje de la estancia a Montevideo se hubiese hecho sin 
tropiezos ni sobresaltos 

Desde aquel día nada había sabido 

Ahora que marchaban en ese rumbo, el de las man- 
chas del sur, que tanto conocía, avivábanse sus memo- 
rias v latía con fuerza el corazón Iba hacia donde 
estaban su hogar, sus padres > su amada, a los luga- 
res de su niñez y ju\entud primera con sus caseríos de 
teja roja, sus calles de laberintos, sus plazuelas som- 
brías, su puerto sembrado de >clas y de mástiles y su 
cmturón de granito Heno de almenas y cañones Y pen- 
sando que era mucho su gozo por solo volver del inte- 
rior de la tierra después de tantas contrariedades, ima- 
ginábase que sería acaso mavor el de otros que habían 
luchado más que el y que llegaban de otro país, sin 
recordar en esta hora de sacrificio las comodidades 
que dejaban en la opuesta orilla 

Asi cavilando entre las excitaciones nerviosas de la 
marcha nocturna, alzábase ante su vista a pocos pasos 
el bulto de su jefe que trotaba firme silencioso, en 
vuelto en las tinieblas como insensible a la fatiga y al 



[125] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



sueño Este era uno de los que había traspuesto el 
rio y despedido las naves al volver a pisar el suelo 
nativo 

Venían de lejos en busca de la tierra, del agua y del 
fuego sin cálculos ni miedos, ellos que fueron siempre 
los v alientes en la derrota y en la victoria, porque 
siempre pelearon uno contra veinte sin pedir tregua ni 
perdón Dignos de mandar y de ser obedecidos ¿qué 
eran los sacrificios de los jóvenes a la sombra de su 
heroísmo, consagrado por la tradición oral y el amor 
de la raza oprimida ? 

Apenas un eco débil en el grande esfuerzo anó- 
nimo 

Y al observar a su jefe erguido avanzando en línea 
recta, como si fuese acaudillando innumerable hueste, 
rumbo a la plaza formidable que encerraba millares 
de hombres y un centenar de cañones dentro de sus 
muros, con la intención de retarla a duelo, su cabeza 
ya debilitada por el insomnio empezó por creer que 
detras venia en realidad toda una legión invencible en 
vez de un grupo de cien jinetes bamboleantes en los 
estribos 

El trote pesado de las cabalgaduras somnohentas 
parecióle extraño galope de hipogrifos, el ruido sordo 
de los cascos en el suelo el rodar de artillería de sitio , 
una que otra voz ronca en las filas algún son de trom 
peta precursora de ataque, y cuando vino el alba sin 
nubes a descubrir los horizontes lejanos, y vio a un 
flanco enhiesto en la ribera al cerro a modo de gi- 
gante taciturno con manto de hiedra y corona de gra- 
nito, v allá en anfiteatro reclinada en las arenas la 
plaza fuerte con sus altas murallas negras, llegó a 
apercibirse que estaban en la cima de un montículo 
cubierto de cardizales y "taperas** Un escalofrío re- 



[126] 



1 



GRITO DE GLORIA. 



corrió todo su cuerpo, y se le escapó un grito inde- 
finible 

Como se restregase con ambas manos el rostro, 
Cuaro dijo 

— Espanta el sueño ♦ Mandan formar 
El corto escuadrón despkgose al galope por reta- 
guardia de la cabeza en batalla, contestando al unisono 
a una arenga bre\e de su jefe, en tanto el porta elevaba 
la bandera en la cumbre del pequeño calvario, sitio 
de históricas leyendas 



[127] 



XIII 



DENTRO DE MURALLAS 

El general Lecor, gobernador Je la Cisplatina, que 
creía saber bastante de ciencia militar, y que en punto 
a planes de tacticógrafo no reconocía por entonces an- 
tagonista entre los capitanes más expertos del ejército 
a que servía, no dio importancia a la invasión de un 
pequeño grupo Supuso que por mas que este grupo 
se aumentase pasando sucesivamente de "montonera" 
a escuadrón, a regimiento, a división en el caso de 
que no fuese batido v disuelto desde el primer instante 
por las tropas regulares que se hallaban destacados 
en puntos estratégicos, la guerra sería de caballería 
contra caballería, no debiéndose dudar del éxito favo 
rabie dada la cantidad v calidad de las fuerzas impe- 
riales 

Aquellos centros estratégicos o ganglios del sistema 
militar ofensivo y defensivo de la época, aparte de 
Montevideo, plaza fuerte de primer orden y cuartel 
general de ejerciLo, eran la ciudad de la Colonia pro- 
vista de murallas y baterías > de una guarnición rela- 
tiva de las tres armas, centinela vigilante de los ríos, 
con embarcaciones de guerra en la rada, el pueblo 
de Mercedes también guarnecido, con lanchas airaada» 
en el puerto que exploraban sin cesar el curso del Ur Li- 
gua v en su confluencia con el Negro, la villa de San 
Pedro del Durazno situada en el centro del país, sobre 
el Yí, donde tenía su asiento el comandante general 
de campaña, y los pueblos de San José y Canelones 



L 128] 



GRITO DE CLOBIA 



escalonados en el trayecto a Montevideo, con sus cuer- 
pos de paulistas en disponibilidad para acudir a cual- 
quier zona amenazada» 

Al norte, la misma antigua linea divisoria era una 
defensa por sí sola incontrastable, dado que allende 
ella estaban los refuerzos que en sene continua debe- 
nan desfilar en caso necesario basta cubrir la pro- 
\incia de hombres, armas y caballos* 

En tales condiciones de defensa, el barón de la La- 
guna que escudaba bien el derecho de la conquista 
dentro de fortalezas inexpugnables, descansaba con- 
fiado en la habilidad especial del brigadier Rivera 
p/ira deshacer en un solo encuentro a los "gauchos" 
sin verse él en la necesidad de apelar a movimientos 
estratégicos que desdeñaba usar en absoluto con ene- 
migos de esa estofa Para precipitarlos al Uruguay y 
sepultarlos en su cauce con lanzas, sables y potros, bas- 
taría una carga en dispersión del "bngadeiro 53 con los 
dragones de la provincia Lavaüeja era un "patria'* 
que entendía más de picar bueyes que de organizar 
milicia, Oribe no pasaba de un conspirador oscuro, 
los demás invasores venían al amor del botín y del 
saqueo Para gente de esta madera el comandante de 
campaña se sobraba ¡La cuña no podía ser mejor 1 Y 
esta ocurrencia, hacía feliz al vencedor de India 
Muerta. 

Sobre la conducta del brigadier no debía abrigar 
sospecha alguna, pues el le había reiterado con las 
protestas de su lealtad inconmovible, su patriotismo de 
brasileño. 

Pero, cuando supo que Rivera había caído en poder 
de Lavaüeja, y más tarde, que se había plegado al mo- 
vimiento declarándose abiertamente rebelde, dio en- 



[ 1*9] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



tonces al suceso unas proporciones que no había pre- 
visto y consideró perdida su acción en la campaña 

La prisión de Borba acabó por hacerle creer que 
un refuerzo de algunos millares de hombres se impo- 
nía para volver a la obediencia la asendereada Cis- 
platma 

Acudió al emperador. 

Capaz de un plan militar aceptable y hasta decisrvo 
en sus consecuencias matemáticas, habituado como lo 
estaba a combinarlos sobre planos exactos de un terri- 
torio reducido, lo mismo que sobre un damero movía 
hábil las piezas de ajedrez, llegó sin embargo a pen- 
sar que no le sería fácil la solución del problema, hasta 
tanto al menos no llegasen por el puerto dos mil in- 
fantes y por la frontera tres mil jinetes 

Las cosas se habían puesto muy turbias Oí patrias 
revoltosos aparecían ya maniobrando en campo raso 
y consiguiendo rápidas victorias, todo, sin mancharse 
con la sangre de los vencidos, ni asaltar las propieda- 
des Luego estos "gauchos" tenían también su política, 
sus procederes correctos, sus cálculos de proyección 
al futuro como si hubiesen cursado estudios teórico- 
prácticos en el destierro 

En esta forma y por estos medios, la acción de los 
"insurgentes" se hacía temible 

Era probable la influencia del gobierno argentino 
en esos sucesos, cuja marcha > desarrollo indicaban 
un derrotero fijo ¿Cómo creer que los nativos solos 
se atreviesen a todo el poder del imperio? Esto no era 
posible en concepto de Lecor y de sus hombres 

Lo que ocurría era un principio de nueva tentativa 
de absorción y predominio por parte de Buenos Aires 
cuestión de fondo o banda oriental o provincia cia- 



[130] 



GRITO DE GLORIA 



platina, según la bandera que flamease triunfante en 
la ciudadela del antiguo real 

¿Pretenderían acaso los nativos erigir su tierra en 
nación independiente 9 ¿Eso era ilusorio 1 

No faltaban sin embargo, quienes sostenían que esa 
era la tendencia inflexible, aun cuando existiera una 
desproporción notoria entre la aspiración y los medios 

Los españoles viejos, que después de la jornada de 
Ayacucho habían perdido la fe en la restauración del 
régimen secular, afirmaban que la tierra uruguaya 
tenía en el mapa geográfico los fundamentos de su 
personalidad autonómica, aparte de las razones histó- 
ricas que siempre la mantuvieron alejada de Buenos 
Aires Los espíritus parecían apasionarse a este res- 
pecto 

Distinguíase entre esos españoles — núcleo de la 
verdadera clase conservadora del país — el antiguo 
vecino don Carlos Berón, persona de fortuna 

Había sido este sujeto grande amigo de Elio y Vigo- 
det y resuelto partidario, como es de suponerse, de 
la causa real Odió en la misma medida a los argen- 
tinos, a Artigas, a los portugueses y a los brasileños, 
así como había odiado a los ingleses contra quienes 
combatió en los días de la defensa encabezada por 
Huidobro, pero este aborrecimiento sin reservas ha- 
bía sufrido en los últimos meses transcurridos una 
modificación tan sustancial como violenta respecto a 
los nativos 

Sus mismos íntimos lo extrañaban, aunque se sen- 
tían inclinados en definitiva a seguirle en su cambio 
de ideas 

El señor Berón daba sus razones, muy convencido 
de ser lógico con el mismo radicalismo hispano-colo- 
nial de principios del siglo 



[131] 



t 



EDUARDO ACOTKDO DIAZ 



Mientras España fue posible — decía en su diléctica 
ecpecial, — sostuve aquí sus fueros Desde que no logró 
el intento, he sostenido y sostendré que esta tierra co 
rresponde de exclusivo derecho a sus descendientes le- 
gítimos — vale decir a los que en ella han nacido 
De éstog es la patria, que tiene por limites al Piratiní, 
el Uruguay, el Plata y el Atlántico a los cuatro vientos, 
para conservarla han peleado contra los ingleses, los 
españolea, los argentinos, los portugueses y los: brasi- 
leños durante todo un cuarto de siglo { Y siguen pe- 
leando 1 No hay derecho contra derecho La indepen- 
dencia es del que la basca sin descanso, la abona con 
su sangre y la conquista con su valor ¿Por que dispu 
térsela? jEa' no porque sean pocos los que luchan 
la justicia ha de abandonarlos j Mejor 1 j Quedaran 
sin brazos o sin piernas, pero con el alma entera y 
bravia, por Santiago' ¿Por ventura no es sangre es- 
pañola la que corre por sus venas, y sus hechos no 
son dignos de la raza 9 Ya quisieran estos "San Sebas- 
tianes" valer cada uno lo que aquel dragonazo de Ar- 
tigas que en nueve años no se bajó del caballo y tuvo 
a mal traer generales y ejércitos como si fuesen de 
poca monta, > Es verdad que lo vencieron, pero 
¿quién no triunfa echando legiones sobre un puñado 9 
¿Vaya un mérito ' Aquel centauro que se andaba el te- 
rritorio a escape haciéndose sentir aquí, alia y en todas 
partes, de día y de noche, como si no comiese ni dur- 
miera, siempre tieso en los lomos, a través de inviernos 
y veranos, lo mismo bajo la helada que bajo el sol 
rajan te* nunca al abrigo, perseverante, duro, mas so 
berbio en la derrota que en el triunfo, no se ha muerto 
por eso, se ha perpetuado en otros, dejando una cría 
que ha de costar extinguirla al mismo demonio Es 
la cría de los indomables que tienen el brazo de ñan* 



[132] 



GRITO DE GLORIA 



dubay y las nalgas de hierro t Qué vayan éstos con 
sus reyunos y sabrán otra vez lo que es amasijo' 
i No 1 ya se ha derramado mucha, demasiada sangre 
para bautismo, y estos pobres criollos merecen que los 
aplaudan, que los estimulen, ser dueños de sua fértiles 
reglones, arbitros de su suerte, va que su suerte los 
condena a una batalla continua en la que todos cejan 
al fin, menos ellos, lo mismo que si se reprodujeran 
en los osarios que han ido amontonando las guerras 
implacables 

El asombro que estos o análogos desahogos causaba 
en el ánimo de sus familiares y contertulianos por la 
sinceridad y la vehemencia con que eran vertidos, te 
nían su atenuación en el hecho de encontrarse su hijo 
único Luis Mana en las filas "insurgentes" 

Por lo menos, todos se daban esa explicación del 
cambio operado en sus sentimientos e ideas 

Su esposa particularmente, se sentía muy compla- 
cida de oírle expresarse en tales términos, aun cuando 
antes del alejamiento de su hijo ella nunca se había 
preocupado de asuntos de esta naturaleza Ahora pen- 
saba y sentía como él, seguíale atentamente en sus di- 
sertaciones sobre las cosas del día quedándose pendien- 
te de sus labios callada y ansiosa, como si fuesen las 
más gratas a su corazón 

Por otra parte, tenía una compañera joven, hermosa, 
que dividía con ella sus impresiones ayudándola a su- 
frir laa zozobras de la ausencia, cuyo vacío no le era 
dado llenar sino con su pensamiento constantemente 
entristecido No la vinculaba a esa joven lazo alguno 
de sangre, pero era ella hija de un amigo de su esposo, 
que estaba preso, y la que había atendido a su Luis, 
herido en una refriega alia en los campos desiertos el 



[133] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



día que fue llevado casi moribundo a la estancia de 
su padre. 

Este doble titulo a su aprecio fue razón de simpatía, 
que aumentó cada hora, al punto de no querer des- 
prenderse de Natalia Esta debía estar siempre a su 
lado hasta que su padre recobrase la libertad ¿Como 
dejarla sola 9 La pobre joven había perdido a su her- 
mana en la última estadía de campo, a causa de lo que 
ella llamaba la "gota coral", su reciente duelo recia 
maba cariños y debía sentirse bien allí, en el hogar de 
Luis María, que éste había abandonado "siguiendo un 
ensueño" — según la frase melancólica de la madre 

La casa en que vivían era muy hermosa, en la calle 
de San Fernando Muchas habitaciones con paredes 
macizas, patios grandes, jardín, huerta, y en el fondo 
un estanque Tenía \ islas a la plaza principal y a una 
iglesia de ladrillo desnudo, que era la Matriz 

Desde un pequeño mirador del fondo se divisaba 
la ciudadela con sus dos cúpulas chatas, la muralla 
del norte, la puerta de San Pedro y más alia el campo, 
las colinas ondulantes y el montículo de la Victoria 

A la izquierda, por encima de las techumbres roji- 
zas y de las casernas de piedra con sus medias naranjas 
cubiertas de verdín, las aguas en anfiteatro modelando 
la penín&ula, nuevas lomas airosas y el cerro con sus 
faldas sembradas de viviendas dispersas como oscuros 
abejones en verde dosel 

Los buques de la armada asomaban sus cofas por 
arriba de la isleta de la bahía, a modo de lianas con- 
fundidas entre árboles sin hojas 

Don Carlos Berón tenía por costumbre en las tardes 
ir al mirador, en donde permanecía un rato obser- 
vando con un anteojo las naves que entraban o salían 
A veces, el campo era su panorama predilecto» Espa- 



[134] 



GRITO DE GLORIA 



ciaba la visual en la vasta zona que se descubría de 
lante largos momentos, atento a las menores noveda 
des del horizonte Cuando descendía, daba sus noticias 
con aire sesudo Una fragata venia a toda vela del Ja- 
neiro, o un bergantín verileaba por la punta del este, 
rumbo a Maldonado, si ya no era que el vigía de se- 
ñales indicaba buque a la vista, o unas nubes de occi- 
dente impelidas con fuerza, presagiaban la llegada del 
"pampero" 

A ocasiones, reinando la borrasca, con un gorro de 
piel de mono y envuelto en una capa subía a su ob- 
servatorio, a fin de persuadirse si el viento y las olas 
habían hecho garrear los barcos de pescadores o las 
lanchas de guerra Cuando era muy recia la "suestada 1 * 
veía en la playa del norte como una resaca de gángui- 
les, botes y balandras, unas de borda en las arenas, 
otras de quilla para arriba En las costas del levante 
solía distinguir contra las piedras pequeñas embarca- 
ciones hundidas que solo enseñaban la mitad de los 
mástiles Hacia el sur, naves dispersas empeñadas en 
ganar de bolina el puerto, o una goleta juguete de las 
olas con el timón roto, o una barca sin velamen ni 
masteleros que se ocultaba o resurgía entre crestas es 
pumosas, para sepultarse al fin en el abismo 

Entonces cuando bajaba, traía nuevas de sensación 
a su esposa y huésped reunidas con otras personas en 
el comedor, al amor de la lumbre 

Condolíanse todos de los sufrimientos ajenos en lar 
gos y animados comentarios pero al fin caían en los 
propios, sin apercibirse de ello, como corolarios for- 
zados de todas las conversaciones o íntimas confi 
dencias 

Aquellas idas de don Carlos al mirador eran fre- 
cuentes, aun en días crudos, siendo así que antes sólo 

[135] 

12 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



lo hacia por pasatiempo, como un ejercicio higiénico, 
evitando en lo posible el contacto del aire frío Su es 
posa había llegado a notarlo, y acaso adivinando la 
causa, sin trasmitirse impresiones, le miraba fijamente 
al rostro cada vez que volvía como *i quisiera leer en 
el alguna nueva extraordinaria 

El viejo soldado de Ruiz Huidobro nada decía que 
no fuese relato de algún accidente del puerto o apre- 
ciación del estado de la atmosfera Aparte de eso su 
gran casa de comercio absorbíale casi todo el día No 
se llevaban sin embargo los libros a su gusto, ) esto 
a pesar de dirigir él mismo la contabilidad con aquel 
esmero y pulcritud que tanto distinguían a los hom 
bres probos de la época Algo creía el \iejo Berón que 
faltaba allí, que el no se explicaba claro, por lo cual 
siempre se exhibía a sus dependientes de mal ceño, 
rígido, al punto de ser temida su presencia detras de 
mostradores 

Y como viese que nunca dejaba de tener una razón 
de disgusto preguntóle una tarde a su esposa si ella 
no notaba lo que a él le parecía gran deficiencia en su 
despacho 

— Sí, — había contestado la señora con un gesto de 
tristeza infinita — Falta el tenedor de libros 

Don Carlos había tosido sin replicar e idose al mi 
rador a paso firme, muy metido en su capa 

Esa tarde bajo casi de noche, diciendo que en el 
puerto y en todo el largo de la rambla del sur anda- 
ban vanos barcos voltijeando sin tino y desgarrada la 
vela, buscando algún peñasco en donde abrirse o algún 
aterrado en donde enclavarse Se habían izado señales 
5 disparadose cañonazos de socoiro, pero la mai esca- 
ba muv gruesa, del sur venían como montañas de aguas 
\erdinegras y espumas y el cielo oscuro prometía lluvia 



[136] 



GRITO DE GLORIA 



torrencial Las goletas y patachos sacudidos en sus an- 
claderos lo mismo que grandes corchos, habíanse afir 
mado con cabos y maromas a los postes cercanos a los 
muelles, bien arreado el velamen ¿Qué sumaca había 
de atreverse a verilear por la restinga de punta Bra\a 
para prestar auxilio sin caer en los bajíos pedregosos 9 

La tormenta iba tomando el giro del huracán 

Como una confirmación de estos datos, llegaba un 
sordo estruendo de atrás de las murallas del sur mezcla 
de los bramidos del viento con los furores del oleaje 

— I Pobres los pescadores ) marineros T — dijo la 
señora — Pero ¿de la parte del campo nada vistes 9 

— I Nada ! — ¡prorrumpía con violencia don Car- 
los — Está desolado > monótono, con sus eternas lo- 
madas sin alma \rviente en parte alguna como si todo 
lo hubiese arrasado una peste maldita' 

En estos sus enojos de todos los días con un fan- 
tasma, pues a nadie nombraba, concluía siempre por 
irse a su habitación 

Su esposa y Nata quedábanse meditabundas, con 
una gran sombra de pesar en las frentes 

De este estado solía sacarlas la avispada Guadalupe 
entrando de improviso y trayendo alguna noticia oída 
entre los grupos de la calle o del café de la esquina in- 
mediata, cuando no la había recogido de labios de los 
esclavos de confianza o de los negros pasteleros que 
pululaban en las aceras de la plaza con sus canastas 
de empanadas rellenas 

No siempre sus informes eran verídicos o halaga 
dores, pero por lo menos reavivaban las impresiones 
y deseos, engendrando nuevas dudas o esperanzas sobre 
la suerte de los "insurgentes" 

Las medidas que se habían dictado contra los jefes 
del movimiento eran tan inflexibles que hacían pensar 



[137] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



cosas lúgubres acerca del fin que pudiera caberles a 
los que con ellos servían Se habían ofrecido premios 
de sumas cuantiosas por ciertas cabezas, y era de te- 
merse que este aliciente empujara a la perfidia y a la 
traición pues que todos los medios se consideraban 
lícitos para restablecer el orden 

Las nuevas de Guadalupe se referían día a día a 
estas resoluciones, y a las seguridades que se daban de 
ser presentados pronto al gobernador los cráneos de 
los caudillos audaces 

Otras veces eran rumores vagos pero alarmantes so- 
bre hechos ocurridos en el interior de la ciud adela y 
otros cuarteles Se hablaba de extrañas maquinaciones, 
de síntomas inquietantes en la infantería pernambu- 
cana, y hasta llegó a difundirse con misterio la especie 
de haberse aplicado crueles castigos en las casernas a 
varios soldados 

Los principales hombres natrvos, avecindados en el 
recinto de la plaza, habían sido apresados y conducidos 
entre guardias a bordo de una corbeta de guerra, la 
misma en que se encontraban don Luciano Robledo y 
otros patriotas purgando imaginarios delitos 

La mano militar se hacía sentir a plomo Ultima 
mente no se toleraban reuniones, y al toque de queda 
todos debían recogerse en sus moradas bajo la ame- 
naza de una represión segura 

El mismo afán de inquirir datos, para mistificarlos 
en beneficio de la situación, como recurso de adhesión 
pasrva, iba desapareciendo Se conversaba con miedo, 
a medias palabras, sin afirmar nada concreto, de ahí 
que no \iniese de la calle otro ruido que el de los ins- 
trumentos militares y el del paso precipitado de las 
tropas que relevaban los puestos 



[138] 



GRITO DE GLORIA 



No era solamente Guadalupe quien sorprendía a 
sus amas en medio de las preocupaciones de cada día 

Otra persona, a quien ellas y el mismo señor Berón 
recibían con deferencia por razones bien explicables, 
venía de vez en cuando a ofrecerles sus respetos de un 
modo tan cortés v afectuoso, que venciendo naturales 
escrúpulos veíanse en el caso de retribuirlos con aga- 
sajo aun en medio de las tribulaciones de ánimo 

Era esa persona el teniente Pedro de Souza de la 
caballería imperial, gallardo mozo de modales cultos 
que llevaba el uniforme con bastante bizarría y no 
arrastraba por el suelo la contera del sable como otros 
de su arma 

Medido y circunspecto, sus frases nunca rozaban las 
cosas del día sino por incidencia, en cuanto eran ellas 
estrictamente precisas Asuntos familiares eran sus 
temas, a veces delicados comentarios sobre la necesi- 
dad de la paz, el don precioso para los países jóvenes 
y ricos 

Jugaba al ajedrez o al dominó con don Carlos, quien 
rara vez perdía, por lo cual el visitante tenía para él 
sus méritos incuestionables En ciertas noches se hacía 
tertulia a la malilla por breve rato Las visitas no eran 
largas, mucho menos en el tiempo de que hablamos, 
porque el serv icio exigía múltiples atenciones v se com- 
binaban los medios de abrir campaña de un momento 
a otro 

Alguna vez la señora de Berón se permitía aventurar 
alguna expresión en sentido de investigar la verdad de 
lo que estaba pasando 

El teniente notaba entonces cuán fijos en su rostro 
se ponían los lindos ojos de Natalia, muy abiertos, 
cual si a ellos se agolpase de súbito todo lo que con- 



[ 139] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



centraba en el fondo del cerebro Emoción extraña le 
causaban aquellas pupilas llenas de luz serena 1 

Contestaba solicito diciendo que los informes no 
eran nunca seguros, pero lo cierto parecía que la in- 
surrección había alcanzado algunas ventajas Nada 
más agregaba Era necesario resignarse 

Natalia había sido siempre con él atenta, pero re- 
servada, casi prevenida Algo de aspereza acompañaba 
a sus palabras o de forzado a sus sonrisas 

Aquella joven blanda y bella sentía mal sus nervios 
en presencia del oficial extranjero Causas concurrían 
para ello, aunque no fuesen de odio o antipatía pro- 
funda Las vicisitudes de su familia y los pegares pro- 
pios, inclinando su espíritu al aislamiento, la habían 
hechu mdif érente a todo anhelo que no naciese de lo 
qut ella había amado o quisiera aún, como suprema 
aspiración de su vida solitaria 

Era una juventud llena de primores, pero adusta 
Algo de altivez > de dureza se descubría en su ceño 
a pesar de la expresión suave de sus pupilas sombrea- 
das por doradas pestañas Sus actitudes imponían a 
Souza que ahogaba siempre en sus labios alguna frase 
insinuante, si es que a medias no la emitía como fórmu- 
la de un pesar oculto o de un sentimiento amable Sin 
duda ella había comprendido que el teniente reprimía 
deseos vehementes de expansión, ansias quizá de revé 
larse por entero, y ponía delante su frialdad como va- 
lla insuperable Con todo, cuan bien dispuesta se ha- 
llaba en el fondo de estrechar mas aquella relación, 
de hacerla más comunicativa y familiar, siquiera fuese 
para \encer las reservas discretas de Souza respecto 
a lo que ella tanto anhelaba conocer en sus menores 
detalles ' 



[140] 



XIV 



LAS NUEVAS DE LUPA 

Una mañana muy temprano, Guadalupe dirigióse 
presurosa a la pescadería del norte en busca de pes- 
cadillaa de re>, bocado predilecto de don Carlos que 
ella era mu) hábil en preparar, y que a indicación de 
Natalia tenia dispuesto a lo menos dos veces en la 
semana Iba la negra con su canasto al brazo luciendo 
un vestido nue\ o a listas moradas y un pañuelo de co 
lores vivos cruzado por el pecho, echando miradas 
por encima del hombro a los pernambucanos del trán- 
sito, cuando al llegar a la calle de San Pedro viose 
en el caso de detenerse, pues estaba obstruida por un 
regimiento de caballería 

Ella miró con atención Sabía distinguir los cuerpos 
del ejército por sus números, aun por sus Uniformes, 
y conocía a sus jefes por haberlos visto muchas veces 
en revistas > paradas 

— |Hem T — dijo en \oz alta con cierta ironía > no 
poca desenvoltura — ¿De donde vendrán estos 7 
¿El segundo de paulistas del coronel Pintos entreve- 
rado con el que salió el domingo? Ha de calentar 
la cosa en el campo 

Y observaba con atrevida curiosidad, llevando sus 
miradas de la cabeza a la cola de la columna, que 
aún no había traspuesto la puerta de la muralla 

Las cabalgaduras parecían transidas, cubiertas de 
lodo, escuálidas, con las cabezas gachas y los vientres 
lastimados por la espuela 



[141] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Los jinetes todavía somnohentos, muy pálidos enco- 
gidos en las monturas, con las carabinas a la espalda, 
los abrigos a medio cuerpo, denunciaban con sus bos- 
tezos que la marcha había sido de todo la noche Al 
gunos traían sólo la mitad de sus prendas de vestido 
o de "recado", como si los hubiesen dejado caer en el 
camino u olvidado en los vrvacs Otros estaban sobre 
los lomos limpios de jamelgos que los tenían como sie- 
rras Estos se apoyaban en una pierna, con un tronco 
colgante al lado opuesto, doloridos, malhumorados, 
exhaustos de fuerzas No faltaban quienes murmurasen 
pasándose las manos por las cabezas poh orientas Los 
oficiales estaban silenciosos, inclinados sobre el pes- 
cuezo de los caballos, que a su vez, al tascar los frenos 
con las nances a una línea del lodo, parecían abru 
mados por el cansancio, el hambre* la sed v el sueño 
Un clarín se había apeado, y dormitaba recostado en 
la montura El porta con el estandarte en su funda 
puesto en la cuja, estaba cogido de el a dos manos 
con los ojos cerrados y un pie fuera del estribo El 
coronel Pintos recorría al paso ]as filas, deteniéndose 
para cambiar palabras con los capitanes 

— i No digo yo r Estos han llevado una azotaina — 
murmuró Guadalupe alargando su labio pulposo y 
mostrando los dientes 

Y recogiendo el vestido, pasó zarandeándose por 
entre dos mitades con un gesto desdeñoso 

Los soldados rezongaron, dirigiéndole algunas pu 
lias medio dormidos Fue como un murmullo de msec 
tos gruñones, zumbándole en los oídos 

Aunque ninguna de las frases llegó a entender claro, 
la negra volvió de lado la cabeza con el hombro enco- 
gido, torció la boca y dijo sin pararse 



[142] 



GRITO DE GLORIA 



— ¿A mí monos 9 4 Ya se quisieran 1 Lindo les 
fue en el baile 1 

Y siguió, riéndose, con un contento que le retozaba 
por todo el cuerpo entre visajes y contorsiones 

La pescadería estaba allí cerca, de modo que en 
pocos momentos hizo su compra, pero no de pesca- 
dillas esta vez, pues no las había, sino de brotólas ex- 
traídas en la noche por las redes de jorro en la costa 
del Este 

De todos modos ella había hecho otra pesca de im- 
portancia que se sentía ansiosa de comunicar a su ama , 
por lo cual se solvió casi corriendo por el mismo ca 
mino para no perder ni un minuto 

El regimiento marchaba a lo largo de la calle de 
San Fernando al trote, ) sus últimas mitades enfren- 
taban con la de San Carlos, que iba en línea recta a 
la ciudadela 

Guadalupe llegó jadeante a la casa de Berón 

Era la hora precisamente en que todos debían en- 
contrarse ya de pie Natalia se levantaba con el sol 
por habito invariable Concluido su atavío en el cual 
ponía pulcro esmero, recorría el jardín y la huerta, 
reuníase a la madre de Luis María, y se ocupaba con 
ella de dirigir las cosas domésticas alternándose en la 
labor, hasta que todo quedaba en orden 

Después, como atraídas por el mismo pensamiento, 
a veces sin comunicárselo, hallábanse juntas de nuevo 
al pie de la escalera del mirador o en el mirador mis- 
mo, con el anteojo en la mano para observar el campo, 
que de allí se dominaba sin obstáculo alguno al frente 

Guadalupe las encontró en camino del observatorio, 
cuando el señor Berón dirigiéndose también allí, no- 
tando la agitación de» la esclava, acercóse preguntando 



[143] 



EDUARDO A CE VEDO DIAZ 



— ¿Qué ocurre, muchacha 9 ¿Qué has \i¡=to en la 
calle 9 jAnda lista 1 

— jQué ha de ser, señor 1 — dijo Guadalupe sofo- 
cada Los paulistas han vuelto acabo de verlos, han 
pasado por aquí todos corridos y cansados 

— ¿Cuales 9 ¿Los de Borba o los de Pintos 9 

—Los de Pintos, señor, los conozco bien Vienen 
que da miedo, mugrientos, sin ánimo, con los caba 
líos que se caen de aplastados El coronel parecía 
un fantasma, con la cara de difunto, todo metido en 
el capote hecho una espiga 

— j Aguarda muchacha, aguarda' — repuso don 
Carlos con el aire grave de quien calcula echándose 
el gorro a la nuca y el índice en la frente Pintos es- 
taba en Canelones y Borba en San José, pues que 
Pintos ha trasnochado al galope, según tus datos, Bor 
ba ha caído en poder de los invasores* > éste ha bus 
cado la salvación en la fuga j Golpe de mano atre- 
vido 1 No hay duda Una marcha forzada a la 
buena de Dios hecha por esos guapos, una sorpresa 
de tente tieso y no te muevas, y zas todo el regi- 
miento en la trampa 1N0 puede ser de otro modo 1 
Luego se han venido ganando largas al sueño derecho 
a Guadalupe para caer sobre el segundo cuerpo, el 
que, por una fatalidad del diablo que siempre se atra 
viesa, sintió el avance, y matando caballos ha endere- 
zado a la guarida atrás del cascarón a donde no al- 
canza el plomo ^um 1 Esto marcha 

Las mujeres oían sin desplegar los labios En sus 
rostros sin embargo, transparentábase una emoción 
de intensa alegría 

— Los otros que salieron el domingo — se atrevió 
a decir la negra, interrumpiendo al señor Berón, — 
venían también revueltos . 



[144] 



si *** 4 

GRITO DE GLORIA 



— ¿Venían? ¿No te equivocas negrilla 9 — exclamó 
el viejo chispeandole los ojos, en un arrebato de en- 
tusiasmo concentrado 

— i Digo que sí señor 1 A algunos de esos los 
traen enancados, con las casacas rotas llenas de barro 

Don Carlos levantó el puño con un \isaje que le 
formo diez arrugas en el semblante, restregóse las 
manos con indecible goce, y corrió a la escalera del 
mirador repitiendo con acento ronco 

— ¡Esto marcha mujer 1 ^sí, marcha por San 
bago 1 

Natalia cogió entre las suyas la mano de la señora, 
y mirando a su negra, dijo toda estremecida 

— iQué noticias buenas traes Lupa 1 ¿Si supie* 
ras cuanto bien nos hacen 1 Mucho tarda don Car 
los en decir si allá en el campo se divisa algo ¿No 
quiere usted que subamos, señora? 

—¿Para qué hija 9 Ya nos dará el noticias Tu Ba- 
bes que cogiendo el anteojo no hay medio de quitár- 
selo, es como un capitán de buque que se empeña 
en descubrir la costa aunque esté a cien millas 

Y la señora se sonreía con el rostro encendido por 
la impresión, atrayendo a la joven en un dulce mo- 
vimiento de simpatía. 

— jAh, no ! — murmuraba Guadalupe, tan pronto 
no han de llegar niña 4 Ni que tuvieran alas 1 Y si 
llegan han de ser tantos que hemos de sentir el ruido 
de lejos 

— jYo no sé, pero creo que llegarán pronto 1 
— A Si viera, niña, los pauhstas sucios que da mie- 
do 1 Los otros no han de venir más limpios, pero 
para esos tendremos ropa planchada y ponchos nue- 
vos Los pobrecitos han de estar muy necesitados con 



[145] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



tanto andar a todos rumbos durmiendo al raso y pa- 
sando miserias 

—Calíate, Lupa ¿qué sabes tú 9 

— Yo no sé, niña, pero adivino ¿Y qué importa 9 
Ellos a donde quiera que lleguen han de encontrar 
almas buenas que les hagan el gusto No son como 
estos indrviduos que apestan de lejos y andan como 
maletas en los reyunos 

En esto oyóse la voz de don Carlos, que bajaba 
tramo a tramo, diciendo 

— Aun el lente no dibuja nada que se parezca a 
hombre, allá en el Cerrillo. Por aquí cerca pulu- 
lan soldados de la plaza en partidas que andan 'ven- 
teando las afueras j Maldito campo taciturno f Ni un 
pajaro vuela espantado* 

El español apareció en la puerta con su cabeza rí- 
gida y las manos debajo de la capa, castañeteando 
los dedos con impaciencia 

— |Nada T — continuó violento No hay mas que 
quieren desesperarlo a uno en esta incertidumbre en 
que se \ive Acaso esta negrilla ha confundido can 
grejos con caracoles, porque yo no me explico como 
detras de los ciervos no han aparecido los cazado- 
res Siquiera el cuerno ha debido oírse a lo lejos 
denunciando que se \iene sobre la pista de la re* 
cansada 

Al sentir la voz del amo, Guadalupe con un pretexto 
se había vuelto a la calle 

— No seas impaciente, — dijo la esposa, al fin han 
de asomar 

— ¿No crees lo mismo 9 — agregó abrazando a Na- 
talia 



f 146] 



GRITO DE GLORIA 



— I Sí, sí r — contesto ésta con ingenua alegna Lle- 
garan y quedarán cerca de nosotros siquiera sabre- 
mos que están ahí 

Don Carlos movió la cabeza y se fue a su escrito- 
rio No podía conformarse con tanta credulidad Lo 
lógico era que las tropas brasileñas hubiesen llegado 
con las lanzas de los "insurgentes"' en los Tiñones 
"para el efecto moral" 

Apenas él las dejó, las dos mujeres subieron al mi 
rador Una en pos de la otra usaban del anteojo, gra- 
duándolo de distintas maneras en el afán de distin- 
guir alguna cosa sospechosa en los apartados hori- 
zontes 

La región del norte estaba desierta, con sus loma- 
das y valles \estidos de esmeralda inundados de luz 
Algunos animales se destacaban como puntos negros 
en los declives o junto a los hilos de agua que doraba 
el sol con vivos reflejos A trechos algunos ombúes 
despojados de follaje en las copas, peí o anchos y ra 
mosos en su medio, se elevaban a grande altura en 
parejas solitarias, como mudos centinelas indígenas 
enchivados al frente de las \iejas almenas 

— t Cierto 1 — dijo Natalia Todo está solo 

— Uno que se presentase ahí, bastaría a animarlo, 
hija, pero no desespero en verlo llegar Yo lo conozco 
bien, es capaz de venir 1 

La joven bajó el anteojo, y miró a aquella madre 
amante con tal aire de ardorosa confianza que tsta 
no pudo menos de tenderle los brazos y estrecharla 
contra su seno Después volvieron a mirarse las dos 
con los ojos húmedos, como si alguna lágrima los hu- 
biese bañado, pero sonrientes* conmovidas por la mis- 
ma emoción, abrigando quizá idéntica fe a pesar de 
la ignorancia en que vivían 



[M7] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



— Bajemos — dijo la señora El goce queda para 
la tarde 

— |No r — murmuro Natalia con cierta entonación 
grave — , para el sol de mañana Verá usted f 

La madre de Luis se puso a reír, y ella la acompaño 
como una aturdida, mientras bajaban 

Ponían el pie en el patio, cuando Guadalupe se 
acercó corriendo 

Regresaba la negrilla mucho mas agitada que la 
otra vez, temblando, llena de aspavientos 

Sus amas se quedaron sorprendidas 

— { Lupa * — exclamó la joven, >a me parece que 
de todo haces una montaña ¿Que pasa 9 

Guadalupe se cuadró como un soldado, puso sus 
dos manos en el pecho, los ojos en blanco y alargó 
el labio inferior 

— No se figura, niña — contestó muy autera, no 
adivinaría su mercé lo que acabo de ver, ahí en la 
bocacalle de San Carlos con estos ojos que no son ni 
pizca de tuertos (Oh, si asombra, niña' La gente 
de a caballo que iba para el hueco de la Cruz, no 
hace un ratito, se paró a dar paso a un carretón qae 
cruzaba con enfermos En eso yo llegaba a la esquina , 
> estando a la curiosidad sm hacer mal a nadie, un 
soldado del escuadrón flaco y viejo me guiñó el ojo, 
y dijo como para que ninguno lo oyese "retinta, de- 
cile al patrón que me han pialao en un entrevero" 
El quiso seguir hablando, pero la gente marchó > 
>a no pudo jMe quedé tiesa, niña r 
— ¿Quién era 9 

— ¿No adivinó su mercé 9 ¿El capataz ' jDon Cielo 
en persona con su pelo de carnero y su nariz de mo- 
jinete, muy señor en una muía reyuna y con lanza 1 



[148] 



GRITO DE GLORIA 



— iQué estás diciendo Lupa 1 ¿Don Anacleto aquí? 
— Tan verdad es como esta cruz, niña 
Y la negra cruzó el pulgar sobre el índice besan- 
dolo 

— Pues que lo juras, así sera Lo habrán tomado 
prisionero Es preciso que de algún modo le hables > 
averigües todo Tendía el mucho que decir 

Cuando trajeron a mi padre de la estancia dos días 
después de la muerte de Dora, él se quedo alh con 
nosotros haciendo compañía a su hijo de usted que 
entraba en con\alescencia de sus herida* Souza no 
les hizo ningún daño También quedaba Esteban que 
tanto quiere a su amo y que era el que más lo asís 
tía a toda hora con un cuidado que daba gusto 

— |Oh, el pobre negru T — murmaro la madre ¡Es 
muy fiel 1 

I Después, quién sabe lo que habrá sucedido 1 Han 
pasado muchos días y todas estas cosas que nos tie- 
nen en zozobra sin sombra de concluir pronto 

— El me escribió al poco tiempo — dijo la señora 
¿No te acuerdas que te enseñé la caria, que tanto 
consuelo nos trajo 9 

— jOii, sí 1 - — repuso Nata, encendiéndosele la me 
jilla al dulce recuerdo tal \ez de lo que el jo\en ha 
bía puesto en la carta para ella, — jcóno he de ol- 
vidar 1 Pero }o me refería a lo de mas adelante, 
al tiempo que va IIe\amos sm noticias Mi padre me 
las pedia a>er en la carta que recibí > que mandó 
Souza Ahora podría decirle algo, poi lo que Gua 
dalupe nos informa |Que gusto tendría el en comer 
sar con don Anacleto ! 

— Yo tratare de \erlo niña Si su meice me da 
permiso \oy hasta el hueco de la Cruz, adonde ha de 
estar acampada la gente 



[140] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



— ¿Y si no consienten que te acerques, Lupa 9 
— Dejeme su mercé a mí sola que yo he de bus- 
carle la vuelta mas si están de guardia los pernam- 
bucanos, que me dicen siempre trompuda porque no 
les hago caso 

No pudieron sus amas reprimir una sonrisa ante 
la ocurrencia de la esclava, quien sin esperar órde- 
nes, acostumbrada como estaba a insubordinarse cuan- 
do asi convenía a la casa, emprendió veloz el camino 
de la calle 

Dejáronla ir en silencio, sin voluntad para dete- 
nerla 



[150] 



XV 



AL HABLA CON DON CLETO 

El hueco de la Cruz hacia el mediodía, era un sitio 
despejado a cuyos flancos culebreaban tortuosas ca- 
llejuelas orilladas de edificios bajos, chatos, de teja y 
ventanillos de verjas salientes, especie de plaza alum- 
brada a candil por la noche, v de día centro escogido 
de los vehículos de carga, por manera que desde la 
carreta al carromato y del carretón al carretoncillo, y 
desde el carricoche al ultimo carrocín la industria de 
transportes vivía allí, y en el hueco hacían parada sus 
conductores al habla el "picador" con el carrocero 
sobre todos los asuntos del día, los militares en pri- 
mera linea, como si fuesen temas de su exclusiva com- 
petencia y ellos constituyeran algo como una demo- 
cracia del agora Acudían también al hueco las negras 
con sus pasteles y los pescadores con sus palancas, 
cuando ya no quedaban sino rezagos de la factura o 
de la pesca, para hacer su último despacho por me- 
dias "patacas" o por "cuartillos" 

Ese día sin embargo, no se veían ni carretillas ni 
canomateros en aquel patio de los milagros o plazo- 
leta de murciélagos Solo uno que otro vehículo de 
comercio ambulante, con el pértigo en tierra y la cu- 
lata levantada, eran objeto de asedio por parte de la 
gente de la milicia allí apostada, la que a prisa se pro- 
r veía de artículos de que había carecido algún tiempo 
Guadalupe llegó a este sitio en pocos momentos 

1 151] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Un centinela la hizo retroceder a pesar de sus pro- 
testas, cuando muy sena y alcotana iba a entrarse en 
el hueco 

Con todo, no se afligió ella por esto 

En la esquina cercana se hallaban varios oficiales 
de caballería de linea, a caballo todos menos uno, que 
la miro con cierta curiosidad mezclada de sorpresa 

Guadalupe lo conoció al instante Era el teniente 
Souza con la casaquilla abrochada hasta el collarín 
y un capote echado sobre los hombros 

Espero a que los otros se apartaran, lo que demoró 
bastante rato 

Asi que hallo propicio el momento, y antes que el 
teniente se fuese al próximo cuerpo de guardia, frente 
a cuva entrada tema del cabestro un soldado su mon- 
tura, dirigióse a el rápida y atre\ida 

El centinela que era un pernambucano de cabeza 
aplanada, nariz de carpincho y labios como esponjas, 
incomodóse al verla pasar sin mirarlo, y dando un 
golpe en la caja del fusil que llevaba al tercio, dijo 
brusco 

— jNao se pode pasar, revoltosa 1 

— Calíate hocicudo — respondió la negra, y siguió 
con mucho aire su camino 

Como la \iese llegar presurosa, el teniente Souza 
se detuvo La conocía de tiempo atrás Ella acompa- 
ñaba a don Luciano Robledo y a Natalia cuando él 
conducía preso al primero, después de una refriega 
habida en su campo entre una banda de "matreros" 
y un destacamento portugués En cada posta o para 
da, la negra le servia con solicitud a la par de sus 
amos El cariño que parecía profesarle y el esmero 
extremoso en atenderlos, redoblando en cada etapa su 
actividad y celo, atrajéronle la simpatía del oficial, 
que miró en ella un modelo de criada fiel y sumisa 



[152] 



GRITO DE GLORIA 



Recordando estas impresiones del viaje obligado de 
la familia Robledo, esperó que Guadalupe se aproxi- 
mase, v asi que la tuvo cerca, le preguntó en buen 
castellano 

— jQué buscas tan apurada' 

— Soy Guadalupe, para ser\ir a su mercé 

— Ya se Dime qué deseas, v en qué puedo serte 
útil 

— j Sí, señor' Vea su mercé ahí en el hueco está 
acampada una gente que creo que es de Minas, toda 
bozalona v entruza, que ni sabe las calles Entre esa 
gente esta el capataz de la estancia de mi amo que 
ha de traerme noticias de una hermana mía que tengo 
en Santa Lucia arriba, por las puntas, pero sucede 
que no me dejan conversar con el, ni siquiera acer- 
carme unos pasos 

El oficial, que se estaba sonriendo, la interrumpió 
interrogado 

— ¿Ese capataz es aquel hombre viejo que yo conocí 
en Tres Ombues 9 

— El mismo en cuerpo y alma, señor un vejesto- 
rio de nariz de loro, con una barba de chivo y ojos 
que reverberan, pero tan manso que no es capaz de 
hacer mal a ninguno, como que lleva escapulario y 
es de\oto de la virgen purísima Si su mercé se 
acerca lo ha de columbrar de aquí junto a alguna ca- 
rreta por no perder la costumbre de echarse a la 
sombrita con los bueves 

— ¿Tanto interés tienes en hablarlo 9 dijo Souza, 
sin dejar de reír 

— Ya lo ve su mercé aunque mas no fuese aquí 
al lado de ese centinela como un favor 

— ¿Cómo se llama 9 

— Anacieto Lascano 



[153] 



I 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Quedóse el teniente un instante pensativo En se- 
guida llamó con una seña a un sargento y diole ór- 
denes en voz baja 

El sargento dirigióse a la plaza, y no tardó en re- 
gresar con un hombre avanzado en años, de mirada 
avizora, pobladas cejas y barbas, y una nariz gan- 
chuda 

En cuanto lo divisó Souza, sonrióse de nuevo, pre- 
guntando a Guadalupe 
— ¿Ese es ? 

— En carne y hueso, señor 

— Bueno — agregó el oficial dirigiéndose al viejo, 
puede usted hablar con esta mujer libremente pero 
sin apartarse de aquí, porque las órdenes son rigu- 
rosas 

Esto diciendo hizo un gesto al sargento y se alejó 
hacia el cuerpo de guardia sin esperar los agrade- 
cimientos de Guadalupe 

Don Anacleto bastante sorprendido, aunque firme 
sobre sus talones, observaba todo callado 

Cuando la negrilla lo estimuló a hablar, costóle a 
él persuadirse, recordando sus anteriores diferencias 
caseras que ella no pretendía mofarse de su precaria 
situación presente 

Y un tanto caviloso le dijo 

— ¿Como te va yendo Lupa 9 Mucho hace que 
no te vía después de tantos ennedos que se vienen 
añudando lo mesmo que tira de torzal Siempre guapa 
y pintona como breva' ¿Y la niña 9 Reventando 
estov por verla a juerza de suspirarla en la ausencia y 
en las penas grandes que he pasao desde que me ba- 
learon el overo 

— i Caliese 1 — lo interrumpió Guadalupe ponién- 
dose un dedo sobre los labios con aire de suma gra- 



[154] 



GRITO DE GLORIA 



vedad Necesitado ha de estar de ropa, por esos an- 
drajos que trae colgando como lana de barriga 

— i Lastimoso vengo, Lupita f — dijo el viejo Pero 
la culpa tiene esta vida mehtar que lo vuelve a uno 
cola en que todos los abrojos se agarran Te asi- 
guro que caí por un evento en la embestida, v me 
enancaron cuasi sin conoscencia Cuando acordé me 
vidc entre trescientos babuinos que me hacían guiña- 
das, todos montados en reyunos 

— ¡A ver si cierra esa boca don Cleto r No parece 
sino que es un tigre escapado de la jaula 

— Tigre nací negra amorosa, y tigre he de morir 
porque en la sangre está el pecao v en la edad la pe- 
nitencia 

Pero este no es mi pago, y mejor es no chiflar 

— Por fin dijo una cosa de fundamento |Vea f 
ropas ha de tener luego y plata también si precisa, 
que los amos se lo han de mandar todo sin mezqui- 
narle Ahora es el ca«o de que me de noticias del se- 
ñor Luis María, porque es mucha la aflicción que hay 
en la casa y no se sabe de él nada hace tiempo ¿Dón- 
de lo dejó don Anacleto? ¿quedo bueno v 

El viejo giró la cabeza con lentitud a todas partes, 
miró al sargento que estaba parado a algunas varas 
de distancia, dándoles la espalda, y al centinela que 
se paseaba muy amoscado con los ojos siempre vuel- 
tos a ellos, y en seguida contestó con aire seno 

— Mi teniente esta sano v fuerte como un "yatay" 
Lo dejé en el paso del Rey con toda la tropa del ge 
neral Lavalleja que se viene zumbando aquí derechito, 
como si juese una bala de cañón 

— ¿Esta seguro que el señor Luis María quedaba 
bien, don Cleto? — volvió a preguntar la negra im- 
paciente* 

[135] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



— Tan gueno, que a causa de una orden que me 
dio de seguir a un bombero, antes que la gente se 
moviese del campo, me mataron el overo después de 
un encuentro bra\o con una partida de mamelucos 
El mancarrón me aprieto y ansina mtsmo les puse 
cara fea peleándolos de uno a uno 

— Pero ¿> el señor Beron, don Cleto 9 

— Mi teniente guapo, ya digo Esteban no lo de|a 
A poco de venir el patrón preso, mejoró del todo 
Después se apareció en el campo el capitán Warde 
con un grupo de patriotas, tomó a la guardia de golpe 
V zumbido, matando a unos y haciendo "majada" con 
los otros Entonces marchamos a juntarnos con La\a- 
lleja, > ¿entrarnos en el escuadrón de Oribe Mirá, 
Lupa, no pueden tardar en >enir Decile a tu ama que 
están al caer, sobre lo caliente no más r 

■ — Voy ja, ya Y en la estancia ¿quién quedó 
cuidando 9 

— Calderón y lo* otros viejos Querían irse al olor 
de la pólvora con las masetas hirviendo, pero >o no 
consentí Había que atender el campo, y mi "terne- 
raje'* flor que tengo metido en un potrero del monte 
i Si me falta uno, a la guelta de la guerra los achuro 1 

— ¿Eso es r ¿por sus terneros 1 ¿Y los invasores 
son muchos don Cleto? 

— Como una nube ¿Hay más de mil prisioneros 
pero nos están mirando mucho, Lupita' 

— Mejor es que lo deje — dijo la negra enterada 
ya de lo bastante Si le dan licencia alguna vez, vaya 
por casa 

— Lo he de hacer, aunque mas fácil juese que rum- 
biase ajuera ¿Y el patrón 9 

— j Recién pregunta 1 Preso desde que Uegó 



[150] 



GRITO DE GLORIA 



— No dejes de vérme, Lupa Hasta luego Acor- 
date de la ropa y de unas cuantas "patacas" 

Sin hablar mas palabra la esclava se dio vuelta y 
se marchó veloZj desapareciendo tras de la próxima 
esquina 

Iba satisfecha, pues había averiguado cuanto le in- 
teresaba saber, venciendo la ojeriza que tenía al ca- 
pataz La idea de que su joven ama se sentiría feliz 
al verla la llenaba de un goce indecible, pero no de- 
jaba de contribuir a esa fruición el detalle de que Es 
teban venia' siempre al lado de su amo Esto la com- 
placía en extremo, sin que ella se diese cuenta del 
motivo acaso pensaba mucho más de lo que quisiera 
en la sombra negra que iba en pos del señor Luis 
María 

Y como si temiese que alguien le descubriese el pen- 
samiento un tanto egoísta que la preocupaba, enco 
gíase de hombros andando y decía a media voz 

— i Algún gusto le ha de llegar a una también 1 

Creía de buena fe que todos los deseos quedarían 
llenados con la presentación de aquella hueste "como 
nube", en las cercanías de Montevideo 

¿Qué importaba el enorme cinturón de murallas 
unido por aquel grueso broche que se llamaba cmda- 
dela? ¿Qué los cañones que asomaban sus bocas so- 
bre la escarpa y el foso a modo de fieras hambrientas 9 
¿Ni qué los batallones y regimientos bien armados y 
vestidos que se movían dentro del recinto como una 
gran serpiente que desenrosca sus anillos y luce sus 
escamas en los muros de su jaula buscando salida 
para desperezarse 9 

Todo eso no tenía importancia Llegando aquéllos, 
se pondría pronto al habla Ella era capaz de salir a 
wloe y de volver a entrar con muchas novedades, ra 



[1W] 



EDUAHDO ACEVEDO DIAZ 



que las guardias se b privasen Ahora se sentía con un 
\alor que nunca hubiera sospechado Que la sangre de 
su raza era briosa, lo probahan Esteban y tantos otros 
compañeros que venían en las filas ^insurgentes" 
j Verdad que eran nativos y se habían criado entre 
señores* 

Entre estas y otras reflexiones semejantes Guada- 
lupe llegó a la casa, entrándose casi corriendo hasta 
el jardín 

La estaban aguardando con ansiedad visible Por 
lo que a modo de borbollón empezó a hablar trasmi- 
tiendo todos los informes recibidos entre demostracio- 
nes de júbilo 

Sus amas llegaron hasta cogerla de las manos en su 
alegría haciéndose repetir uno por uno los detalles 
que oían con un placer cada \ez creciente 

|Oh, entonces él venía también, sano y bueno T 
Siquiera ya no había duda sobre lo ocurrido, aunque 
empezaban nuevas zozobras para el mañana 

Pero ellas sabrían mas pronto lo que pasase allí 
cerca, inventarían algún medio de comunicación, aun- 
que se echaran los cerrojos a los portones al toque 
de queda, y se formase un coidón inmenso de centi- 
nelas de este lado del foso 

No era un muro de granito el que había de evitar 
que las frases de cariño llegasen a la zona en que ellos 
debían detenerse Esos como gritos del sentimiento y de 
la pasión volarían por encima de los baluartes y bate- 
rías sin que fuesen escuchados por otros oídos que 
por aquellos a quienes serían dulces y gratos 

Don Carlos Berón \mo a compartir con las señoras 
el regocijo Enterado de todo no oculto su impresión 
de alegría, ordenando en el acto qje en su nombre y 



[158] 



GRITO DE GLORIA 



en el de Robledo se llevasen ropas a don Anacleto, 
con una buena cantidad de "patacas" para sus vicios 
jYa eia mucho lo que el capataz les había comu- 
nicado después de tantos días de incertidumbres y 
pesares' 

NaLa estaba sonriente, fresca como una losa, agi- 
tándose sin cesar Brillábale en los ojos una fruición 
íntima que la estremecía toda, como si la tomase de 
soi presa aquella emoción que hacia mucho tiempo no 
experimentaba de una manera tan intensa La madre 
del ausente la seguía en todas sus manifestaciones con 
mirada cariñosa 

Estas dos mujeres habían llegado a quererse Una 
y otra se sentían vinculadas por el lazo de un hondo 
afecto, el que cada una a su modo profesaba al joven 
voluntario Día a día a veces horas enteras, lo habían 
recordado con afán haciendo votos por su ventura 
En esas confidencias llegaron a creer que serian oídas 
y se Lisonjeaban de que sus esperanzas y vaticinios 
se cumplirían contra todas las eventualidades de la 
suerte 

Sin embargo, cuantas congojas las asaltaron y aún 
las asaltarían' jEra tan voluble la fortjna, tan capri- 
choso el éxito en las luchas crueles 1 La muerte ace- 
chaba a cada paso, a cada minuto, a los que se batían 

¿Caerían otra ve? en la taciturnidad preñada de 
tristezas 9 ¡ Quién sabe cuántas nuevas impresiones les 
reservaba el porvenir, allí, en medio de enemigos, 
donde se cuidaba no decirse nada de favorable a los 
"insurgentes" aunque un grande malestar reinante, 
una ráfaga fría de odios y venganzas llegase hasta el 
fondo de los hogares 1 



[159] 



XVI 

DESDE EL MIRADOR 

Al día siguiente temprano Natalia fuese mirador 

Era éste un cuarto muy pequeño con techo de teja 
y dos ventanillos, uno que miraba al norte y el otro 
al este No tenía rejas, por manera que el anteojo 
tenia que ser apoyado en el alféizar cuando se que 
ría mirar al campo para ma>or comodidad, ponién- 
dose el observador de rodillas sobre una banqueta 
acolchida / colocada allí con ese objeto 

Natalia se hinco limpiando con esmero el lente hasta 
dejailo sin una mancha, para lo cual había separado 
el di*co del tubo No contenta con esto, lo empañó 
\anas veces con el aliento, para repasarlo y rompía* 
cerse luego en la limpidez y transparencia del cristal 

Arreglado comemen temen te el catalejo, que ella 
miraba con cariño como a un compañero que le seña- 
laba el secreto de las soledades, lo apovó en el alféi- 
zar, > dando un suspiro cerro uno de sus bellos ojos 
acercando el otro al ndrio 

Todo fue una nube color de agua al principio, una 
usión del vacío, con sus estrías misteriosas y su cía 
ridad difusa 

i Aquel plano inclinado era muy defectuoso, o era 
que ella por habito miraba demasiado arriba, al azul 
celeste r 

Mouó con suavidad el instrumento, procurándole 
una po^icicn más adecuada entre susurros íncompien- 
sible* cua] ai eetuviete íegañando a un ser querido 



[160] 



GRITO DE GLORIA 



Enderezólo bien hacia el Cernto 
Después, volvió a acercar la pupila húmeda y bri- 
llante 

Tuvo algunos instantes la vista fija era una mirada 
ansiosa profunda 

De pronto el párpado vibró, la? manos cogidas al 
catalejo se estremecieron toda ella experimento una 
conmoción 

Bajó el tubo temblando, volvió a rontemplarlo con 
cariño, y pasóse la mano por los ojos como si algo 
los nublase 

Cuando de ellos la retiró, una sombra estaba de 
lante, sombra inmóvil, silenciosa 

Natalia se levantó de súbito, v abrió los brazos sin 
abandonar el catalejo 

— ¿Oh r — exclamo con un acento inexpresable 
¡Están ahí madre T 

La señora de Berón, pues era ella la que acababa 
de presentarse en el observatorio obligado, ávida de 
nuevas, cogió el catalejo besando a la joven sin decir 
palabra 

Luego puso una rodilla en el almohadón acostando 
el tubo en su apoyo del marco y observó a su vez 

La vidual recomo primero parte de la bahía de 
aguas semi-azules y serenas sembrada en su centro 
de queches inmóviles, de goletas sin gavias rasas y 
finas, de polacras con las latinas velas recogidas, de 
veloces falúas de carroza a popa v de lanchas de atoa- 
je gobernadas con espadilla y remos páreles, que re- 
molcaban lentamente hacia fuera dos barcas cargadas 
de frutos 

Rozó de paso la ísleta pedregosa que en la primera 
guerra tomo Quesada por asalto con un destacamento 



I 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



de dragones que llevaban los sables entre los dientes, 
\ que ahora en vez de la bandera ibérica y portu- 
guesa enseñaba la brasileña en lo alto de un asta 
enorme 

Dettrvobe en la ribera circular, como un esquife que 
embica empujado por el vientu allí donde se derra 
man tributarios humildes el Pantanoso > el Miguelete, 
y alzándose ansioso, púsose al nivel del pequeño mo- 
rro que esos dos hilos de agua flanquean y casi cir- 
cundan nutriendo la gorda tierra de sus decir* es 

Entonces alcanzó a \er lo que había conmovido a 
Natalia 

Un reducido escuadrón tendido en linea sobre la 
cumbre destacábase correcto, quieto, muy visible en 
medio de la atmósfera sin celajes 

Aparecían los jinetes de un tamaño diminuto, las 
lanzas como agujas verticales, la bandera de colores 
vrvos enarbolada en la cima como un guión de com 
pañia Tres de estofe jinetes recorrían la fila sencilla 
En manos de uno brillaba de \ez en cuando un objeto 
herido por el sol, acaso un clarm, cu>os ecos ahogaba 
la distancia 

En el fondo del diorama luminoso no se veía más 
que el cortinado azul del cielo, y una que otra nube- 
cilla como capullo blanco sobre la linea del horizonte 
Ni un convoy asomaba en las colinas, ni una pieza 
de artillería se erguía en sus afustes a modo de lu- 
ciente escarabajo, ni una carreta forrada en piel de 
toro subía las cuestas con su pesadez de piedra i Ah r 
jPero ellos estaban allí 1 

La distancia era grande, no se podía determinar 
personas Apenas se percibían mavores que el puño 

¿Qué importaba esto 9 Lo esencial era que ya ha- 
bían clavado en la cumbre su bandera 



[162] 



GRITO DE GLORIA 



La madre apartó la vista del lente para mirar a 
Natalia Expresaban sus ojos la alegiía y la ternura 

— Ya no cabe duda — dijo dulcemente ¡ Están allí ' 

En ese momento un paso conocido se hizo oír en 
la escalera, v no tardó en aparecer don Carlos ceji- 
junto, con la mirada desconfiada, un tanto nervioso, 
caído el gorro de piel de mono sobre la oreja derecha 

— jMire usted, señor' — murmuró Natalia estre- 
mecida, |inire usted r 

Y le señaló el Cerrito con un aire tal de pasión y 
acento tan candoroso, que el \iejo se metió el gorro 
hasta las cejas sin atinar en lo que hacia, y luego la 
cogió de las dos manos como tomado de improviso 
clavando en ella sus pupilas oscuras, fijas, inquisidoras 

— Sí, — dijo, como adivinando — si Deben es- 
tar, hija Es forzoso que estén Habrán llegado en 
el alba de hoy sin duda alguna, porque asi les con- 
venía ¿Qué te parece mujer 9 Dame el anteojo 
iHem^ Siempre sostuve en que tenían que llegar 
esos bizarros descendientes de españoles 

Y mientras se apoderaba del catalejo y lo arreglaba 
a su gusto, pálido, trémulo, proseguía aparentando 
dominio sobre sí mismo 

— L Descendientes en linea recta 1 Eso de "tupama- 
ros", no fue mas que una pequeñez rencorosa Sí, se- 
ñor En linea recta La sangre es la misma en los 
más, bravia, castellana Si desconocemos aquí la se- 
milla ¿a que queda reducido el honor de España 9 
! Tontería f Estos valientes son dignos del romancero 
^ya lo creo que son 1 Sin lisonja banal de que soy 
enemigo 

Veamos Sí 1 Sobre el airoso montículo observo 
bien claro el grupo y los movimientos, la bandera, los 
jefes que andan de uno a otro lado, un clarín que va 



[163] 



I 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 

detrás, banderolas en las lanzas, carabinas al tercio, 
buenas figurillas de soldados a fe mia T El escuadrón 
maniobra con la dureza de una regla y el aplomo del 
cuadro veterano 

Y esto diciendo, el señor Berón sacudiendo la ca- 
beza, apartó el ojo del lente, para acercarlo sin ma- 
yor dilación, agregando 

— Le\antan la bandera que de aquí no es más gran 
de que una cofia, y la elevan muy arriba l Bien 
hecho r |Es una bandera tan digna como la má* pre- 
tenciosa, por Santiago 1 La llevan hombres que saben 
combatir, que a nadie tienen miedo desde que vienen 
a la boca del peligro como quien va a caza de "muli- 
tas" j Cosa singular señoras mías, que la causa 
que ella simboliza ha\a sido siempre agobiada por el 
numero y que nunca haya sido sm embargo venci- 
da' Eso me entusiasma de veras No me vengan 
con que son pocos, que nada valen, que nada pueden, 
que nadie los respeta, que todos los estrujan, porque 
puede y vale el que se impone al fin de la jornada, y 
a eso van pese a la fuerza y a los poderosos estos po- 
biecitos perdidos en un rincón del mundo 

Verdad que ese rincón vale más que un Potosí Así 
se explica que se \engan a las manos de esta manera 
descomunal, nunca vista, sin fijarse en el cuantum m 
en la especie, a pecho descubierto y \isera levantada, 
ni más ni menos que el héroe de Cervantes frente a 
los molinos de \iento jPor Cristo, digo y juro r Esto 
no es racional ni hacedero, o yo soy un calvatrueno 
sin sentido común 

Don Carlos asi hablando, le\antó crispado un puño 

\ sm separar la vista del instrumento, impuso con 
el índice un silencio que nadie pensaba interrumpir, 
añadiendo 



[164] 



GRITO DE GLORIA 



— jA no ser que ésta no pase de una gran guardia 1 
Tal \ez el grueso esté detras de las lomas un tanto 
agazapado, como gente que lo entiende No hay que 
fiaise cuando la maña acompaña al valor, pues ningún 
matrimonio de esta clase fue nunca desgraciado 

— i Cuántas co*as estás diciendo 1 — interrumpióle 
la señora en tono dulce y reposado Mira bien, por 
si más fehz que nosotras descubres a Luis Mana 

— ^Hum 1 Lso mismo procuro desde el principio 
¡Pero mujer, si son como soldaditos de plomo 1 Ya no 
me da el ojo Bien distinto era unos diez v nue\e años 
atrás cuando yo revistaba también en fila* ¿ Donde 
ponía ese ojo poma la bala* Quisiera distinguir a 
algún gallardo oficial de morrión azul con plumas 
blancas de cisne, de uniforme bien ceñido, montado en 
bridón fogoso de pelo alazán, para comunicarte algo 
de agradable A pesar de mi empeño no diviso nids de 
lo que digo, muñequitos que se agitan allá en la co- 
marca >erde 

Ahora veo que se dividen en tres grupos y que mar- 
chan por distintas direcciones, uno rumbo al cerro, 
otro hacia el Buceo, el último queda firme No ya 
se mueve también en escalones muy bien alineados y 
viene hacia acá como para formar una parada de día 
de fiesta 

^ Diablos 1 ¿Qué dirá esta gente ? Debe estar muy 
azorada, tras de la corrida de los "mamelucos" un 
avance en son de ataque 

Ya van desapareciendo entre los pliegues del te- 
rreno El primer grupo no se ve El segundo se 
alcanza a divisar por encima de las lomadas a medio 
cuerpo, trotando largo El del centro ugue adelan- 
tando, se detiene ahora un momento se desvia, la 
emprende al galope por el camino travieso a bandera 



[165] 



I 



EDUARDO A CE VED O DIAZ 



desplegada, rumbo al Cardal, allí donde tan duro nos 
refiegamos con los ingleses el año siete Segura- 
mente e9ta avanzada viene a ocupar el medio de la 
línea, en cruz con la que parte de la ciudadela por la 
carretera que va al interior 

Don Carlos callo de pronto sin dejar de mirar 
Su esposa estaba de pie a un paso con los brazos 
cruzados sobre el pecho, atenta a sus palabras v gest03 
También Natalia muy quieta, caídos los brazos y en- 
trelazadas las manos, pero tan cerca de él que el viejo 
podía sentir el calor de su boca 5 los latidos de su 
pecho 

El señor Berón seguía cogido al instrumento, encar- 
nizado, dando a su cuerpo todo genero de inflexiones 
y al tubo un movimiento de altibajo y de diestra a si- 
mestia, cual si persiguiese el volido lejano de una 
bandada de a\es extrañas, o si buscase en los huecos 
de las quebradas la cabeza de una columna formida- 
ble como en su deseo la quería para poner a prueba 
las tropas del recinto 

Esta visión o este miraje no se produjo 

Sin embargo, al abandonar el anteojo su rostro res- 
piraba satisfacción 

En seguida bajó la escalerilla con mas apuro que 
otras \eces 

Se iba murmurando 

i Sitio largo 1 Tan largo que me parece sera como 
el de Rondeau en tiempo de Eho Pero esto marcha 
|Si señor, marcha 1 

En su gran tienda había bastante concurrencia Los 
dependientes desplegaban extrema actividad para aten- 
der a una demanda excesiva Desdoblaban, tendían y 
volvían a subir objetos en silencio 



[166] 



GRITO DE GLORIA 



Se hacia compra de lienzos fuertes, ponchos y jergas 
En la ferretería se pedían utensilios de cocina, en 

la sección de suelas caronas, "lomillos* 1 , rendajes y 

estriberas 

Cruzábanse las voces rápidas, recogíanse los efec- 
tos, deslizábase el dinero de una a otra mano en cobre 
o en plata Veíanse confundidos junto al mostrador 
soldados de infantería \ ''mamelucos'' como se llamaba 
a los pauhstas, los cuales parecían empeñados en vivos 
diálogos sobre algún suceso de jnterts palpitante De 
vez en cuando miraban hoscos a los encargados del 
despacho, diciéndose entre ellos fiases cortadas de m 
tención aviesa Los despachantes, todos españoles, son- 
reían 

— I Gruñen 1 —murmuro don Carlos de entrada no 
más, y observando de reojo a los brasileños 

Restregóse las manos y se entro a su escritorio, 
oculto tras un cancel 

— Pueden gruñir a su gusto, como los pécaris cuan- 
do se aglomeran ^Ya les dirán de misas 1 

Y puso el oído muy atento 

Al parecer hablaban de la llegada de los invasores 
y de medidas enérgicas que se habían dictado con 
este motivo Ll murmullo de palabras y de toses con 
otros incidentes de detalle, no permitía recoger ni se 
guir con claridad lo que se decía 

No obstante él pudo entender que se habían hecho 
prisiones en personas notables, ) que de la plaza ha- 
bían salido muchas por distintas brechas de la mu 
ralla para incorporarse a los "insurgentes". 

Uno de sus amigos íntimos, penetrando de priesa 
en el escritorio, confirmóle estas noticias muy agitado 

[167] 

14 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



El señor Berón lo escucho con calma, > luego díjole 

— ¿Todo eso prueba que la cosa camina, eh? 
jEsta listo el pandero para una jota de ordago' ¿Y 
las tropas se aprestan a salir? 

— Nada se afuma al respecto Lo que hav de verdad 
es que un gran sobresalto reina en los que mandan 
Lecor se muestra mu) inquieto } ha pedido refuerzos 
a la corte desde hace dos días Tudo esta en confu- 
sión Los cuerpos de linea hacen preparativos de de- 
fensa, o de marcha en sus cuarteles 

— Aquí mismo se encuentran \anos soldados en 
compras de arreos necesarios He \isto que un cabo 
acompaña a los pernambucanos, > un sargento a los 
"mamelucos" sin duda desconfían 

— La gente esiá descontenta Dicen que se han apli- 
cado castigos ho) a algunos del primer cuerpo por 
haber dejado pasar a un grupo poi la muralla del 
sur, cuv o grupo se alejó a pie por la costa en direc- 
ción al Buceo y se perdió de \ista sin ser perseguido 
Se agrega también que en ese punto y en el de Carreta 
se han desembarcado hombres y armas, por cu>o mo 
ti Tr o ha habido una diferencia entre el gobernador \ 
el jefe de la escuadra 

— i Ya es mucho, >a T — dijo don Carlos todo oídos 
y el gesto gra\e ,No e*> asunto de reír a fe mía T Si 
de Buenos Aires llegan contingeules y del recinto se 
\an, pronto lus "insurgentes" serán beligerantes 
L Desmentidme si podéis, señor mío' 

— Por el contrario, estoy en ello Con todo conviene 
mucho no ser liberal en opiniones de este jaez, amigo 
nejo, poique a la hora presente los sabuesos andan 
en molimiento, y nada de extrañar sena que fuésemos 
a una prisión flotante 



[168] 



GRITO BE GLORIA 



— i Echaríamos el aparejo a los bagres 1 — exclamó 
don Carlos alegremente — Buen estreno en la nueva 
wda de sacrificios por esta tierra que ya nos tiene 
cogidos como a los troncos por la raíz Pero no ha 
de suceder esto tan sencillamente somos hombres 
mansos a condición de que no nos manoseen pues en 
llegándose a la injuria de hecho todavía hay nervio, 
por Santiago 1 

Y don Carlos sulfurándose de súbito, levanto el 
puño 

Su interlocutor como él viejo y oriundo del antiguo 
reino de León, con muchos años de residencia en el 
país, era un hombre de mediana estatura, de faz ate- 
zada mordida por la viruela, \oz ronca y locuacidad 
extrema 

Vrvía de allí a dos cuadras en la calle de San Fran- 
cisco, en donde tenia su negocio, un depósito de vinos, 
tabaco de la Habana y de Bahía v cafe, del que se 
hacia muy regular consumo en la ciudad, especialmente 
por los jefes y oficiales de la guarnición 

Don Pascual Camaño — que este era su nombre — 
ante la expansión de don Carlos tomó un aspecto serio 
y repuso 

—Si Pero vamos a cuentas ¿A qué vienen los 
revolucionarios? A redimir el país, esta bien Pero 
¿quien los apo\a quien se esconde detrás? Este es 
el punto importante Usted ve, los tiempos se ponen 
malos y hay que mirar por los intereses, precisar muv 
claro en cosas tan arduas y turbias Si creemos que esta 
es camisa \ no jubón que nos ha de llegar ma& cerca 
del cuerpo, por lo que nos atañe y nos conviene, usted 
por su hijo, yo por mi sobrino y otros por sus ente 
nados, ante todo descubrir la filiación del movimiento 
para tomar nuestras medidas con segundad y con- 



[ 169 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



ciencia Ahora, la demanda aumenta \ la oferta 
afloja, se vende hasta por ocio, la mercancía sale a 
buen precio, y antes que se rompa el pelo aprovechar 
es de hombres de talento Por eso ¿que conducta mejor 
que la de navegar de bolina 9 La tormenta arrecia y 
mal piloto el que larga toda la \ela encima del escollo 
Para mí tengo que se \a a repetir la fórmula de ane 
xión que se juró al Brasil por los cabildos y pueblos, 
en favor de las provincias unidas Será poner la ca 
miseta al re\es 

— i El cuento del gallego* — prorrumpió don Car 
los — Y aunque asi fuese ¿ quema eso decir que los 
nativos no anhelan ser en absoluto independientes 9 
|No, señor de Camaño va usted en error lastimoso 1 
Consulte usted uno por uno a los de esta banda, reúna 
los a todos si puede en mitad del campo allí donde 
ninguna influencia extraña llegue y donde nadie hable 
del rigor de la necesidad que los obligue a aceptar el 
concurso ajeno, aunque fuera el de los colombianos 
que están en la tercera esquina del mundo, reúnalos 
usted, por mi madre, y pregúnteles si ellos pelean y se 
hacen matar por la causa de otros o por su propio 
bienestar Dirían a usted a grito herido que se exponen 
el pellejo por su felicidad particular, por su terruño 
encantado, por sus familias y sus bienes que \alen 
Lanto como los del emperador del Brasil jQué otra 
cosa le habían de contestar, hombre de Dios* Aho- 
ra, que usted me diga que sintiéndose débiles entre dos 
piedras de molino, notando que van a ser machucados 
se resuelvan a la incorporación a las otras provincias, 
de acuerdo, si señor, de completo acuerdo ¿No inten- 
taron lo mismo cuando Artigas, como medio de sal- 
varse ? ¿No hicieron igual cosa con don Juan VI, para 
salir de la boca del lobo ? ¿No reincidieron en idén- 



[170] 



GRITO DE GLORIA 



tica pellejería con don Pedro I, por la fatalidad de 
los hechos 9 j Mil demonios 1 ¡Lo que todo esto sig- 
nifica es que tienen instinto de conservación propia 
en medio de sus mismas aventuras temerarias 1 

Y don Carlos se tiró para abajo las orejas de su 
montera en un arrebato nervioso, poniéndose a pasear 
de uno a otro extremo del escritorio 

— iNo entro en eso 1 — dijo con cierta solemnidad 
don Pascual, — no me gustan las honduras, m pesco 
mas que en aguas conocidas |Y )0 sé lo que me 
pesco 1 Mire usted, antes de hacerse buen vino la 
uva se mostea o se remosta ^abe bien entonces el 
añejo 1 Opino que hay que conocer bien la materia 
antes de enredarse en cuestiones, como es preciso a 
veces el remosto antes de llegar al lagar De atrás del 
mostrador se observa muy claro porque la inteligencia 
se aguza. 

— |Si, se aguza el ingenio, canarios ! ya lo creo que 
se aguza y se llena la talega iQué señor de Ca- 
rnario* No es ese el caso y voy derecho a la cuestión 
Diga don Pascual ¿se encontraría usted dispuesto a 
abrir su gabela para ayudar a bien morir a los de la 
banda insurgente 9 

El señor Camaño abrió enormes los ojos diciendo 

< — ¿Por qué me lo pregunta usted 9 

— Por un tantico de compasión que me escuece en 
sentido de auxilio a los menesterosos Nunca vi sin 
irritarme que la injusticia abrume al débil, y usted 
que ha sido como yo soldado y que conmigo cayo en 
la banqueta de la muralla al Sur aquella noche maldita 
en que entraron los ingleses, ha de pensar lo mismo, 
que la sangre castellana nunca fue de pato ni de cerdo 
¡sino Santiago me confunda, canejo 1 



[171] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Don Pascual que lo miraba azorado se apresuró a 
balbucear ya con disposición de retirarse 

— Hay que meditarlo despacio no sería imposi- 
ble, amigo mío Por el momento el espíritu no esta 
muy sereno Y ahora se me cruza a mientes que 
tengo que recibir una carga de tabaco de Bahía en 
que \iene la hoja flor, la de aquellos cigarros que a 
usted le gustan y que tanta salida han hallado entre 
estos hombres fumadores que rodean al gobernador 
La carguita la trae el bergantín goleta "El CorcO\ ado' 1 , 
de los mas peleros que cruzan el Atlántico, j ha de es- 
tar \a en franquía Ha de disculparme usted hasta 
pronto, mi querido amigo 

Ya sabe usted un ojo en la política > cuatro en 
el negocio sin incluir las gafa* 

— Así es — repuso don Carlos ya mas calmado — 
Hasta pronto Lo invito a comer en casa el domingo 
si no tiene compromiso 

— j Procuraré venir, gracias * 

Y estrechando la mano de Berón, don Pascual salió 
a prisa 

El viejo tosió, lanzando un juramento Arreglóse 
el gurro solviendo a su lugar las, orejeras, aunque ha- 
cía frío, y encaminóse a paso lento al comedor 

Era hora de almorzar A pesar de eso las señoras 
no estaban allí, lo que hizo suponer a don Carlos que 
todavía permanecían en el observatorio improvisado 

No se engañaba Madre j joven seguían tenaces 
usando alternativamente del catalejo, y fue preciso 
que él fuese en busca de ellas para sustraerlas al en- 
canto de una esperanza que no consiguieron ver reali- 
zada hasta esa hora 

La tarde, la noche, pasaron entre sordas inquie 
tildes 



[172] 



GRITO DE GLORIA 



Oíanse en realidad toques de trompa y de tambores, 
marchas pesadas, rodar de trenes, toda una agitación 
anormal en las estrechas \ias del recinto amurallado 
Las voces, los galopes sobre las mismas aceras de pie- 
dras enriscadas, el estridor de espuelas arreos, vai- 
nas y cascos completaban aquel tumulto inusitado de 
tropas en son de combate 

La madre de Luis Mana y Natalia se asomaron por 
una \entana 

Vanos batallones estaban alineados a los costados 
de la plaza con sus armas en descanso y banderas al 
centro, luciendo al sol sus uniformes \ morriones 

En medio de la calle de San Carlos algunas piezas 
de un bronce bruñido enseñaban sus fauces \erdi-ne- 
gras semi atragantadas de escobillón 

Un montón de armones, avantrenes y cureñas obs 
truía con sus macizos rodados la bocacalle de San 
Pedro, con sus artilleros a los flancos montados en 
muías 

Cuatro escuadrones de caballería con las carabinas 
cruzadas a la espalda formaban columna a lo largo 
de la de San Carlos, y a retaguardia de la artillería 

Flotaban al aire los estandartes aun-verdes reso 
nando toda una fanfarria de trompetas 

Movíanse de uno a otro extremo al galope espada 
en mano, alféreces de rostro enjuto y tez de cacao con 
una charretera de bronce sin canelones sobre el hom 
bro y espolines de gallo en el tacón de las botas 

En las filas reinaba esa descompostura que precede 
al momento de la marcha Algunos soldados ponían 
colas de cigarros detrás de la oreja otros chupaban 
"masacote" o algún "ticholo" revenido Los semblantes 
expresaban cierta indiferencia o conformidad pasiva 
propia del oficio, demostrando alguna atención sola- 



[173] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



mente cuando las voces de mando recorrían la línea 
a modo de recios y bruscos chasquidos 

Entre los ayudantes que pasaban impartiendo órde- 
nes, uno llegó a detenerse un instante fíente a las ven- 
tanas de la casa de Berón, y saludó con la espada Era 
el teniente Souza 

A poco la charanga del batallón allí alineada rom- 
pió en una marcha alegre , el cuerpo formó en columna 
> se mo*ió 

El resto de las tropas siguió el movimiento arma el 
brazo ) paso de camino 

Don Carlos, que se había estado en la puerta de su 
casa mu) atento, entróse con rapidez en extremo ner- 
vioso 

— Estos salen con animo de combatir — dijo a su 
mujer — ¡Ya \ eremos' Vamos a almorzar 

La señora tenia un aire resignado 

— Ven — dijo a Natalia — jNo te aflijas* ¿Crees 
que éstos podrán más, aunque sean muchos ? 

— jNo creo madre r — contesto la joven sonriendo 
} estrechándola con su brazo de la cintura — Dios 
ha de estar con ellos* |Si yo estov tranquila 1 

Y la miraba de frente, encendida y palpitante 

Sin embargo, tenia los ojos llenos de lagrimas 

El señor Berón estaba cejijunto, callado De vez en 
cuando lanzaba frases ininteligibles, o reñía a alguna 
negrilla del servicio por cualquier pretexto 

Sentáronse El almueizo fue silencioso, observándose 
los rostros unos a otros, preocupados, inquietos Los 
ecos de las charangas que se alejaban y que ya sin duda 
habían salido de murallas, llegaban hasta ellos con 
un sonido hiriente, irónico, desalentador Parecían de 
esas músicas monótonas e insultantes que se oyen en 
la fiebre o en las horas de duelo 



) 



[174] 



GRITO DE GLORIA 



— 4 Qué soplar el trombón y mover el "chinchín" 1 
— exclamo la señora — Parece que quisieran ani- 
marse 

— ¿Ha visto usted, madre? —repuso Nata en un 
arranque de enojo que dejó sus labios trémulos — 
jQué gracia ir tantos contra un puñadito, qué \alor 
tan caballeresco * De ese modo podríamos ir las 
mujeres todas, vestidas de corazas 

— jAsi es hija r — barboto don Carlos dando salida 
a un ronquido que se le había atravesado en la gar- 
ganta, sordo, bionquial, colérico — Estos "mamelu- 
cos" no acostumbran acometer un tronco sino con 
veinte hachas, y asimismo cuando va a caer* se ponen 
a distancia por cautela 

En seguida de esta explosión, encerróse en absoluta 
reserv a 

El ruido de los charangas alejándose cada vez más, 
concluyó por extinguirse Apenas apercibíase casi apa- 
gado el redoble del tambor 

Una calma profunda reinaba en la ciudad, y este 
sosiego aparente llegaba hasta allí, embargando más 
el espíritu 

Natalia se inclinó de improviso murmurando suave 
al oído 
~iEl catalejo' 

— Si — dijo la señora — j Vamos al mirador* 



[H5] 



XVII 

LA PRIMERA REFRIEGA 

Una parte de las tropas había salido de la ciudadela, 
la otra paso por el portón de San Pedro, uniéndose 
en la carretera del centro 

Después de un alto breve, la columna siguió marcha 
hacia fuera camino recto 

Destacáronse dos escuadrones, uno con direcnón al 
arro\o Seco, el otro a vanguardia, en descubierta 

Nada de sospechoso se \eía en los contornob hasta 
tiro de cañón, el campo estaba desierto, los "potreros" 
sin los animales de pastoreo, los escasos edificios por 
allí dispersos cerrados, tristes como sepulcros 

Densos vapores se acumulaban en la atmófera inter- 
ceptando por completo la luz solar, \ empezaba a co- 
rrer de la costa un ciento frío con rumor de olaje 

La columna hizo una nueva estación a una milla 
de los muros, a los pocos minutos continuó el avance, 
en un trecho de ocho o diez cuadras, > se mandó armas 
a discreción 

El escuadion paulista que hacía de gran guardia, 
llegando en despliegue una guemlla, encontróse de 
súbito con tres hombres que, tendidos sobre el cuello 
de sus caballos detras de un cardizal, a distancia de 
cien varas, se incorporaron en sus monturas y echan 
dose las carabinas al rostro rompieron el fuego 

Un soldado se desplomó al suelo con el cráneo roto 
El alférez de la avanzada recibió una contusión en la 



[176] 



GRITO DE GLORIA 



mejilla que le hizo saltar hasta grupas y bambolearse 
como un ebrio en la silla 

El ataque era brusco y atrevido 

La guerrilla contesto el fuego con una gran descarga 

Los tres hombres se habían apartado entre sí, y sin 
retroceder un paso hacían funcionar sus baquetas 

Solo un caballo cavó herido en Id frente 

Los pauhstas reforzaron su guerrilla, adelantando 
impetuosos Los enemigos parecían pocos 

Detras del cardizal se alzaba una loma, al flanco 
izquierdo un "cañadón", cubierto de saúcos en sus 
bordes orillaba el declive, a la derecha el terreno plano 
y herboso no presentaba obstáculo alguno 

Vanos proyectiles silbando del lado del "cañadón", 
detuvieron a los pauhstas en su avance 

Otros tres hombres guardando distancia, habían 
aparecido de improviso 

Simultáneamente, cinco nuevos tiradores en desplie- 
gue surgieron por la derecha, saludando con otros tan 
tos disparos a la guerrilla 

El jefe del escuadrón viendo caer dos de sus solda- 
dos a retaguardia de la avanzada, picó espuelas y ama- 
gó una carga 

Entonces coronó en ala la loma una fuerza de veinte 
jinetes, los que a una voz de su jefe sujetaron en la 
falda quedando inmóviles, en linea .sencilla 

Los pauhstas se pararon un tanto sorprendidos 

Las balas se cruzaban más frecuentes, y uno que 
otro grito extraño, ronco, bravio solía mezclarse a 
sus silbos siniestros 

Por pausas calculadas la guerrilla "insurgente** se 
había ido engrosando hasta presentar quince tiradores 
en despliegue, con la protección de veinte que acaba- 
ban de colocarse en la falda de la loma 



[177] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



¿Podían ser éstos, todos 9 No era probable 
El jefe pauhsta con ojo experto, noto que aquella 
tropa no traía bandera, ni siquiera un clarín de orde- 
nes Debía ser una simple avanzada de caballería vo 
lante 

Pero estaba obligado a descubrir, y para ello tenía 
fuerza de sobra Antes de pasar un parte informal ai 
jefe superior de la columna, que permanecía quieta 
en las Tres Cruces, redobló las guerrillas, con el oído 
atento a detonaciones lejanas que venían de la zona 
del norte 

Sin duda había refriega por allá Las descargas se 
sucedían sin interrupción una especie de fuego gra- 
neado cuyos ruidos se asemejaban a crepitaciones de 
cañas devoradas por las llamas 

Al refuerzo de las guerrillas, con orden de ganar 
terreno hasta dominar la loma, siguióse el avance de 
la protección al paso 

Los "insurgentes" se mantuvieron en sus puestos en 
el primer momento, luego volvieron grupas retirándose 
con lentitud, y fue entonces cuando atravesándose por 
retaguardia un joven jinete de cabellera rubia que lle- 
vaba en la diestra el acero con marcial altivez, la tropa 
brasileña hizo una nueva descarga que cubrió el espa- 
cio intermedio de humaza blanca y tacos ardiendo 

Caballo y jinete rodaron por el declive, y así que 
el primero quedóse inmóvil con los remos en alto tras 
de algunas convulsiones, viose que el joven oficial 
estaba cogido por una pierna, tendido de costado, como 
muerto 

La avanzada pauhsta llegó al sitio, y aún mas allá, 
acompañando con voces ruidosas sus disparos, en tanto 
se apoderaban otros del caído y lo conducían a la re 
serva 



L 178] 



GRITO DE GLORIA 



Iba a coronarse la loma, pero antes era preciso car- 
gar las carabinas Esta función reclamaba vanos tiem- 
pos, y la guerrilla se detuvo 

Los "insurgentes" que ya habían mordido el car- 
tucho y atacado el canon, volvieron cara de nuevo re- 
apareciendo en la loma paso ante paso, en busca del 
blanco a sus carabinas 

Esta vez la descarga fue casi a quemarropa 

Los proyectiles gruñeron llegando hasta la reserva, 
la guerrilla paulista se doblo al volver riendas para 
fijar posiciones, hízose un ovillo entre choques y em- 
prendió el galope en pelotón 

La reserva "insurgente" apareció al trote largo des- 
puntando la "cañada' 5 fangosa, con las lanzas apoya- 
das en los estribos a falta de cujas 

La protección de la falda formada en dos escalo- 
nes, bajó al llano a media rienda, al grito de i carguen 1 

Al ruido del tropel > de loa gritos iracundos, la gue- 
rrilla doblada precipito su fuga echándose sobre su 
reserva, la que a su vez dio grupas, yéndose a estrellar 
contra el resto del escuadrón que procuraba ordenarse 
en batalla 

Pero el escuadrón todo fue envuelto, y arrastrado 
en desorden sobre el grueso de la columna 

A un lado de la carretera, detras de una cerca de 
arbustos espinosos y de agaves confundidos, se er- 
guía una '"troja" o armazón vestido con los tallos de 
hojas lanceoladas ya secos del maíz, y destinado a 
guardar las espigas de la cosecha Parecía un gran 
bonete amarillo con guias y cascabeles, cuyo ruido 
remedaban las hojuelas membranosas al ser batidas 
por el viento 

Uno de los "insurgentes" que antes de la carga se 
había separado del grupo, adelantándose solo por el 



[179] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



flanco al amparo de las cercas y a favor de la con- 
fusión, echo pie a tierra frente a la "troja", y sin aban 
donar su caballo que tenia del cabestro, entróse en 
el rustico deposito llegando en la diestra un clarín 

Trepóse de rodillas hundiéndose en el maíz allí 
acumulado, \ apartó la hojarasca del fondo de la 
troja" de modo que pudiese observar sin ser visto 

Aunque espeso el boscaje de la cerca que se exten- 
día paralela, algunos claros aquí y acullá permitían 
dominar grandes trechos de la carretera, hendida a un 
lado por las encajaduras de las carretas 

Hacia la izquierda, apenas a dos cuadras sobre el 
camino y asomando su cabeza en un recodo, estaba 
la columna brasileña 

Ll escuadrón que venía en desorden notando que 
otro se desprendía de la columna a protegerlo, recu 
pero su formación volviendo cara con nuevos bríos 

Tenia el choque que ser fatal a los nativos, cuyo 
empeño sin duda alguna era el rescatar a su compa- 
ñero el cual venía entre la soldadesca estrujado y 
oprimido 

La voz enérgica del jefe se oyó dos o tres veces en 
medio del tumulto incitando siempre a la carga 

El que estaba oculto en la "troja" asomo bien la 
cabeza —una cabeza pálida con una cabellera y una 
barba de Nazareno — \ miro ansioso a la derecha del 
camino 

Había reconocido la voz de su jefe Su tropa car- 
gaba a lanza y sable A pesar de las volutas de tierra 
removida bajo los cascos, percibió en los aires las 
banderolas tricolores sacudidas por el viento entre mo- 
harras \ medias lunas 

Aquel hombre saco entonces el clarín por el hueco, 
llevóse a los labios la embocadura y tocó a degüello 



[180] 



GHITO DE GLORIA 



Las notas partieron agudas, vibrantes, atropellán- 
dose como escalones en la carga a toda brida 

Los dos escuadrones sintieron el toque a retaguar- 
dia, y temiendo ser cortados, retrocedieron resueltos 
sobre la columna 

Pero el toque terrible los perseguía a lo largo de 
la carretera, lanzado de atrás de los árboles y de las 
breñas e introduciendo la pavura, \ cuando \a los 
"insurgentes'' estaban a punto de caer sobre ellos, el 
eco de aquel clarín fatídico oyóse mas cerca, casi 
ronco v en pos de su última nota un jinete o un hi- 
pogrito salvó por un portillo la zanja que circuía la 
"chacra" dando su caballo un brinco gigantesco 

Un grito unánime acogió al recién venido, quien 
puesto a la encabezada el clarín y sable en mano aco- 
metió la retaguardia enemiga, en cuyas filas se entró 
con la violencia del toro que se arroja a romper el 
cerco 

El prisionero, que iba montado en el caballo del 
pauhsta caído al pie de la loma, fue separado por la 
oleada contra la cerca 

En seguida se vio entre los suyos, que emprendían 
la retirada desplegando una guerrilla 

Junto al rescatado iba un jinete macizo de botas 
de piel de tigre, quien le dijo alegre 

— i Te cayo la china, hermano 1 Todos vinimos 
a la uña por salvarte, pero lo debes al capitán Mael 

— Ya se, teniente Cuaró, — respondió el jo\en lleno 
de emoción a todos les debo mi gratitud Al capi- 
tán Velarde un abrazo 

— Aquí está tu espada, que >o alcé de entre las 
matas 

Luis Mana tomó trémulo su acero, con un gesto 
de agradecimiento que conmovió al teniente 



[181] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



— i Ahí ]o fcenés al guapo T — exclamó este estrechan- 
do la mano que el joven le tendía 

Ismael llegaba al trote, todavía lívido v sudoroso, 
como si hubiese salido de la faena del "rodeo 1 ' Traía 
su caballo algunas pintas rojizas en la piel, allí donde 
habían pasado veloces las puntas de los sablea en el 
entrev ero 

Las balan seguían silbando Rehechos los ebcuadro- 
nes, disparaban de lejos 

La columna temiendo acaso un molimiento envol 
vente, contramarchaba hacia el recinto al son de las 
charangas v paso de camino 

Viendo llegar al capitán Velarde, el ex prisionero 
le tendió los brazos, y estrechados los dos siguieron el 
paso de su& cabalgaduras por un momento 

La tropa aclamó a su jefe^ a Velarde y a Berón, 
por tuvo rescate se había puesto a prueba el denuedo 
de todos 

— ¡Por siempre hemos de ser amigos r — dijo Luis 

Mana a Ismael 

— Aparcero hasta la muerte — respondió el capitán 
Beron le oprimió con fuerza la mano, añadiendo con 

entusiasmo 

—Bien me dijo usted allá en el paso del Rev, que 
ese clarín era un gran compañero, v de esta proeza 
nunca me he de olvidar Cuando usted lo hizo sonar 
yo mismo llegue a creer que un regimiento venía flan 
queando al enemigo, los paulistas se sorprendieron, 
ya no hubo voz de mando que se ovese Un sargento 
fue el primero en dar la espalda, los soldados siguie- 
ron su ejemplo sobrecogidos por el pánico, y al co- 
rrer me envolvieron en el torbellino Yo estaba atur- 
dido todavía y maltrecho con la caída alia en la falda, 
de modo que ni atmé a escapar en medio del desorden 
Gracias a usted 



[182] 



GRITO DE GLORIA 



Por el rostro de Ismael pasó un estremecimiento 
Luego se sonnó encogiéndose de hombros v dijo 
— Hoy churrasqueamos juntos para festejar esto ¿no 
le parece 9 

— t Si, con el mayor placer T Será el churrasco que 
con mas gusto haya probado en la campaña junto al 
valiente compañero 

En ese momento llegaban a la loma, pasando ceica 
del sitio del primer choque Allí estaba su caballo 
muerto, ron un grande agujero cerca de la oreja Los 
pauhstas no habían tenido tiempo de despojarlo dt 
su "apero" Al frente en el llano un hombre boca 
arriba, a pocas \aras otro acostado en el "albar- 
don" con la cabeza entre las manos como si durmiese 
Este, a más de una bala en la clavícula había recibido 
una lanzada en el vientre dada por un brazo terrible 

Una de las balas que todavía venían de lejos, rebotó 
en su cuerpo con un chasquido seco 

Cuaro que marchaba al paso un poco apartado de 
Luis Mana e Ismael, lanzó como flecha una escupida 
hacia atrás murmurando 

— El que tiró ésa ha de ser tuerto 

Delante de ellos replegábase al trote una pequeña 
fuerza 

Era la de reserva, que no llegó a entrar en la carga, 
al mando del comandante Calderón jefe de la línea 

Los patriotas que regresaban alegres a su campo 
sintieron a su \ista un enfriamiento, el efecto que 
produce la aparición de un ave negra después del 
combate 

Cuaró alzó la cara mirando con mucha fijeza al 
rumbo como mastín que olfatea, y refunfuño* 
— ¡ Carancho sarnoso r 

[183] 

18 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Formó la tropa sobre la loma a excepción de la que 
había quedado de avanzada en guerrilla, y de una 
pequeña protección 

Las descargas habían cesado 

Los escuadrones paulistas después de un alto cerca 
de un antiguo saladero, habían seguido el molimiento 
de la columna dejando partidas de observación casi 
a tiro de fortaleza 

Debía darse por terminada la faena del día, que 
ya declinaba sensiblemente 

El cielo se había cubierto de nubes por completo, 
el sudeste aumentaba en violencia y tendíase una llo- 
vizna fría sobre los campos a manera de ceniciento tul 

No existía bosque alguno por aquellas inmediacio- 
nes, salvo uno que otro grupo de arbustos ya en des- 
hoje, y dispersos "ombúes" de cabeza calva 

Se acampó en una "tapera" — restos de vieja po- 
blación incendiada en tiempos de Artigas por los por- 
tugueses, según informes de los v eemos, — y a la 
que habían dado sombra dos de aquellos gigantes de 
la flora indígena que junto a ella se elevaban, plan 
tados acaso por su primitivo dueño en loa comienzos 
del siglo 

A falta de otra recogióse "leña de vaca" para los 
fogones, aparte de algunos arbustos secos El "caña- 
don" corría por el bajo sobre un fondo de cantera, 
y de un agua tan pura como la del mejor manantial 

Sacióse allí la sed, y llenáronse las calderas de asa 
que debían recostarse al fuego para el "mate" de yerba 
misionera 

Con los juncos de un pequeño "estero" de allí poco 
distante, construyéronse sin demora los armazones de 
los "ranchos" de abrigo, asilos del largo de un hom- 
bre cubiertos por el poncho, en cuyo interior sobre 



[184] 



GRITO DE GLORIA 



una capa de ramitas verdes de saúco, tendiéronse las 
prendas del "recado" que servirían de lecho 

Recién en estas faenas la tropa, Luis María que 
acababa de recibir las felicitaciones de su jefe, aper- 
cibióse ya en el fogón de Ismael que Esteban no se 
encontraba en el campo 

Como hiciese notar en voz alta esta falta, un sol- 
dado se apresuró a decir 

— Ha de estar en la avanzada 

— No — repuso otro con acento de segundad — 
Para mi cayó prisionero en el camino 
— ¿Lo vio usted 9 

— iLo vide r Montaba un lobuno medio potro que 
rodo en el entrevero, en las encajaduras de carretas 
Pudo montar otra vez Pero los "mamelucos" hi- 
cieron rueda y al juir se lo llevaron en el borbollón 
como guasca lechera, cuando el teniente era apartao 
por el capitán Dejó el sombrero y aquí está r 

El soldado efectivamente, enseñaba a más del suyo 
otro que llevaba colgado sobre el dorso, cogido al 
cuello por el "barbijo" Era un chambergo negro 

— Es el mismo — • observó Luis Mana ¡ Pobre Es- 
teban f 

— Por saber lo que aquí pasa, lo han de llevar vivo 
— A mas el negro es de linda pinta — añadió un 
tercero 

Esta noticia contrarió bastante a Berón en los pri- 
meros momentos, pero la sociedad del fogón lo dis- 
trajo 

Ismael estuvo más comunicativo que otras veces con 
él, hizo una excursión al pasado en su estilo conciso, 
y después de esa expansión, como agnado por las mis- 
mas memorias, se recogió grave y huraño sumiéndose 
en un silencio profundo 



[1851 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Así que Luis Mana ge retiró, asaltóle de nuevo el 
recuerdo de Esteban Esta vez sin embargo no fue 
para aumentar *u aflicción 

Llegó a creer que aquella pasajera desgracia, por- 
que tal la consideraba, podía serle de utilidad siem 
pie que el negro se desempeñase con el ingenio de que 
había dado pruebas en muchas situaciones delicadas 
¿Quien mejor que él podía servirle de intermediano 
con su familia 9 Acaso lo volviesen a su antigua con- 
dición de esclavo, bajo otros amos Pero lo mas pro- 
bable eia que lo obligasen al semcio militar como a 
tantos libertos, dado que había revistado en filas y 
poseía aptitudes necesarias 

En estas y en otras cosas iba pensando, camino de 
su ' rancho", que le había sido hecho por un moldado 
de Ismael, próximo a la loma, cuando una sombra se 
interpuso \ oyó una voz conocida que lo interpelaba, 
— la 'voz de su jefe 

La noche había caído oscura, y proseguía mas den 
sa la llovizna acompañada del viento recio 

Luis Mana contestó 

— i El mismo, comandante' 

— Pues si no lo rinde el sueño — repuso Oribe — , 
vengare un rato a mi \ivac Hablaremos tranquilos 
no ha> novedad en el campo ♦ Los "mamelucos" se 
han ido lejos 

— Seguiré sus pasos, mi jefe 

— La claridad del fogón es buena guía j Vamos 
derecho por la falda 1 

Luis Mana marcho detras 

Por un instante sólo se sintió el ruido de sus espa- 
das en las vainas y el trinar de las espuelas Después 
todo quedó en silencio 



[186] 



XVIII 



SOLO Y LIBRE 

Ya en el vrvac, que estaba cerca del c anadón y de 
una ísleta de sauquillos, Luis Mana notó muchas som- 
bras que se monan por las inmediaciones > que ora 
se acercaban al fogón o se alejaban, como \igilando 
Cuaro andaba por allí a pasos lentos, taciturno Los 
"tapes" de Ismael en grupo atizaban el fuego, volvían 
un asador con medio cordero ensartado* y cebaban 
"mate" Jefe y ayudante pusiéronse al abrigo bajo un 
"ranche] o" bastante espacioso para los dos 

Oribe, que conocía bien a la familia del joven pa- 
triota, y tema de este una idea elevada, solía expla- 
yarse con el sobre lo que interesaba a la causa sin- 
tiéndose complacido ante los arranques de su entu- 
siasmo y de su fe Creía que aquel mozo era de un 
molde nada común por su carácter, la solidez de su 
criterio y la abnegación extrema que revelaba en las 
horas del peligro, v de este concepto partía para esti- 
marle de \eias v reposar tranquilo en su lealtad 

Explícase así la razón de aquella carga valerosa 
que en la tarde se llevó a los pauhstas cuando estos 
hicieron a Berón prisionero* 

Ahora el comandante sentía una gran satisfacción, 
) recordando el episodio decíale 

— Acaso hubiese usted deseado llegar al recinto aun 
que fuese en esa condición después de tanto tiempo 
que no ve a sus padres, pero nosotros no queríamos 
perder a tan excelente compañero 



[187] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



— ¿Gracias mi comandante ' ■ — contestó Luis Ma- 
ría Aquel anhelo por ardiente que sea nunca iguala- 
ría al que tengo de contribuir con todo lo que soy 
al triunfo de nuestra causa 

— jYa lo sé' Hemos de conseguirlo con la ayu- 
da de los que así sienten, y del tiempo Ya la obra 
va tomando forma Seguimos recibiendo elementos de 
guerra, nuestra venida no podía ser de más provecho 

Sm embargo, una parte del plan ha fracasado 

— ¿De qué se trataba, señor 9 

— De atraernos cierto contingente de tropa, en el 
que revistan algunos orientales La imprudencia de un 
sargento descubrió la trama, sospechada antes sm 
duda por Lecor, a juzgar por lo ocurrido hoy La sa- 
lida de esa columna, su alto en el saladero, sus vaci- 
laciones y su retirada en presencia de nuestro pequeño 
grupo indican la desconfianza de sus propias fuerzas 

A pesar del incidente desgraciado de que hablo, 
esta en nuestro interés el seguir fomentando la desmo- 
ralización en los cuerpos que defienden el recinto, 
siquiera sea para que el espíritu de nuestros amigos 
se levante, cuanto se relaje la disciplina del enemigo 
y podamos conservar la superioridad adquirida 

— ¿Y es posible hacer eso de un modo practico ? 

1 — Todo consiste en disponer de dinero Ya lo 
han dado en Buenos Aires, también algunos en Mon- 
tevideo, y no sé hasta que extremo nos sena licito lle- 
gar en exigencias de esta naturaleza Preciso es, no 
obstante sm el dinero no se mueven moles 

— Así es, — repuso Berón lentamente, como absor- 
bido por algún cálculo mercantil Dinero Es la 
fuerza motriz, el secreto de vencer las resistencias sór- 
didas 1 



[188] 



GRITO DE GLORIA 



— No ignora usted, — prosiguió el jeíe — que es* 
tamos rodeados de peligros En este mismo campo 
hay de qué sospechar 

— ¿Sí, comprendo ' 

— De ahí que redoblemos la vigilancia Nuestra cau- 
sa es como un buque entregado a vientos adversos 

Si el Brasil fuese vencido, habríamos alcanzado el 
puerto para embicar en seguida en la anexión 

— Verdad 

— ¿Y qué otro remedio 9 La misma fuerza de 
las cosas asi lo determina Ya se esta en las prehmina 
res de la formación de una junta de gobierno y de la 
reunión de una asamblea que declare la independen- 
cia de la provincia y su incorporación a las del an- 
Vguo \irreinato La autonomía completa sin reatos 
ni compromisos, el país solo y Ubre, tal como lo so- 
ñamos los que mantenemos la lucha, es una ilusión 
hermosa que se desvanece a poco de medir el alcance 
de nuestro esfuerzo 

— Cierto, también Pero quien sabe, comandante, 
si al fin de esta que parece muy larga jornada resulta 
que ninguno de los podeies rivales se quede con el 
cardo 

— Cardo es, y muy espinoso en efecto — replicó 
riéndose Oribe En este caso quedaríamos únicos due- 
ños del terrón ¿Quién podría negarnos ese derecho 
después de regarlo una \ez más con nuestra sangre 9 
Pero no podemos saber lo que ha de ocurrir en defi- 
nitiva Tenemos por delante un campo que ha de 
sembrarse primero de combatea, acaso de catástrofes, 
nadie puede adivinarlo' Por el momento nos preo- 
cupan las cosas pequeñas esas que acompañan siem- 
pre a las grandes y las traban, sin que lo evite el 
máa preyisor 



[189] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



— Piedras en el cáramo La mano militar puede 
disminuir sus efectos, comandante 

— Se ha de hacer sentir cada vez que sea oportuno 
La fuerza tiene su razón respetable cuando esta al ser 
\icio del derecho Estas cosas pequeñas a que me re 
fiero tendían su término 

— ¡Lo creo, señor 1 

Y luego, como luchando con una preocupación dura 
V tenaz de su espíritu Luis María siguió diciendo en 
voz suave, pero llena de unción 

— El país solo y libre 6 Quimera ? No hay 
duda que por ahora es un problema el de la indepen- 
dencia absoluta Somos pocos y pobies, esos pocos, 
desangrados ^Pero cuántos sacrificios 1 Bien \ alian 
ellos um autonomía completa 

El país pequeño, población reducida, rivales pode- 
rosos que se lo disputan, todo eso es cierlo bm em 
bargo, mañana Vea usted, mi comandante ¿No 
1it\ aquí grandes nquezas inexplotadas, aparte del 
pastoreo y de otras industrias que dauan envidia a 
los mas fuertes el día que salieran a la superficie 9 

¿No ha) pación por la tierra, lujo de valoi y de 
heroísmo no hav conciencia de lo que te anhela de 
un modo toncante? Yo he soñado alguna \ez que 
esas riquezas eran descubiertas, que el país se hen- 
rhía de \ida \ que venían de otros lejanos a «us puer- 
tos numerosas gentes, que se esparcían luego a la 011- 
lia de sus nos sin semejantes, sembrándola de ciuda- 
des orgullosas Y \eia en sus campos feraces lleno? 
de luz \ de verdor eterno, treinta millones de toros, 
en *u<* canales escuadras enteras con todrs la<3 bande 
ras del mundo, un mar de espigas } de \iñas en sus 
vegas, emporio de comercio en sus playas admirables, 
solidaridad nacional, loes justas, historia gloriosa, 



[190] 



GRITO DE GLORIA 



culto por los niai tires y los héroes Era mi sueño, 
no se ría usted, un sueño acaso de niño, la ilusión 
enardecida al calor de la sangre, exagerada por la fie* 
bre de los grandes y queridos amores ^Yo bien sé 
que es sueño 1 Me halaga, por eso vrve en mi memo- 
ria Cuando usted me habló de cosas pequeñas, de 
esas ambiciones personales que se agitan, de esas fe- 
lonías que se traman entre algunos que aceptan la 
lucha como un medio de primar, no pudiendo conju- 
rarla o deprimirla por completo he vuelto a la reali- 
dad y pensado en un porvenn de aventuras 

— i Si, todo lo que usted ha dicho es hermoso, pero 
nada mas 1 El encanto se desvanece con solo pensar 
en lo incierto de nuectro destino Y si del presente 
seguimos hablando, si concretamos hechos convendrá 
u^ted en que estamos muy lejos de ese ensueño pa 
tn ótico Parte de nuestros elementos responde a me 
días 

— Me consta, comandante El brigadier Rivera ha 
tomado a pecho el papel que le obligan a desempeñar, 
seguirá en el movimiento mientras abrigue la espe- 
ranza del predominio por la jerarquía y se saldrá de 
él cuando asi se lo aconseje su interés Esta eso en 
su índole y en sus hábitos sera héroe si así lo q diere, 
o ''matrero" taimado si se encona Calderón con c pira 
aquí en este mismo campo Sus dragones preparan 
cazoletas 

— No han de dar chispas las piedras — ícpuao 
Oribe con acento tranquilo Tenemos que espiar un 
poco, horas tal vez Pero j Estas son las cocas pe- 
queñas } Para fortalecer la acción se va a constituir 
un gobierno 

— Como se proyectó en tiempo de Artigas 



[191] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



— Se va a elegir una asamblea que designará dele- 
gados al congreso 

— La fórmula de Artigas, que fue repudiada 

— ¿Qué quiere usted significar con eso? 

— Que los medios son únicos y se repiten y que 
ahora se piensa como entonces por la ley de la nece 
sidad ¿Darán al presente mejores resultados ? Noso- 
tros los aceptaremos en nombre de la causa Otros, 
quizá no 

— Es posible Habrá entonces que imponerse para 
la suprema salvación' 

En tanto así hablaban, la noche hacía camino A 
altas horas la llovizna empezó a ceder y a aclararse 
un poco el cielo Lucían algunas estrellas 

Luis María se despidió de su jefe, diciéndole al 
irse 

— Voy a escribir a mi padre, apenas venga el día 
Aquel le oprimió en silencio la mano 
Berón se fue a su vivac 

Una vez a cubierto, descalzóse las espuelas y se 
acostó vestido echándose encima el "poncho" de paño 

No pudo dormir bien Tenía dolorida una parte 
del cuerpo, la que sufrió el peso del caballo en la 
caída en la loma Una especie de sopor invadió su 
cerebro durante largo rato, y aquello que no era \ela 
ni sueño reparó poco sus fuerzas 

Divagó horas enteras su mente sobre temas confu- 
sos, en los que se entremezclaban los recuerdos de 
familia el nombre de Natalia balbuceado varias veces 
por sus labios, la idea de la fortuna que él nunca ha- 
bía acariciado con ardor en sus tristezas, unido al 
amor de la causa, los mirajes extraños de un presente 
lleno de peligros y de un porvenir preñado de tor- 
mentas Sus pasiones cerebrales de consuno con el 



[192] 



GRITO DE GLORIA 



malestar físico le hicieron sufrir, al punto de obli- 
garle a abandonar el duro lecho antes del alba 

Arregló sus ropas ligeramente, fuese al cañadón, 
donde se lavó de un modo minucioso, y después de 
esto se sintió bien despejado, ágil, dispuesto a los 
fuertes ejercicios de costumbre 

VoKiose a su "rancho", y allí tendido boca abajo, 
se puso a escribir, cuando ya se anunciaba serena la 
mañana 

Una carta era para sus padres, otra para Nata 

En la primera tuvo el pulso firme, seguro, en la 
segunda trémulo Los afectos del hogar hablaron sin 
reservas, el amor, con miedo ¡Qué lenguaje, sin em- 
bargo lleno de sinceridad y de ternura' 

Releyó, enmendó, \olvió a escribir con una pluma 
oxidada que cogía a cada instante pelos, con una tinta 
revuelta en su frasquillo por el continuo vaivén del 
tubo de metal que lo encerraba, y en un papel tosco, 
moreno, como fabricado con corteza de "molle", y con 
tantas arrugas que parecía piel reseca de cabntillo 

Al fin concluyo, la encontró aceptable, doblóla con 
cuidado y le puso cubierta, encerrándola luego bajo 
la de la otra, y después en el bolsillo más oculto de 
su casaquilla 

Sentía un grande alivio Sus padres, Nata, sabrían 
de él Tenía derecho a una contestación más pronta 
que antes, ahora que las distancias se habían acortado 
y que la comunicación era más fácil con el empleo de 
medios ingeniosos 

l Cuánto anhelaba una respuesta 1 jOh 1 su madre, 
que era tan buena no podía haberlo olvidado, debía 
amarlo como en otro tiempo, cuando a la menor do- 
lencia acudía solícita y le curaba con sus besos mas 
que con las drogas haciéndole creer que eran así todos 
los amores — acendrados, profundos, perdurables» 



[ 1«] 



XIX 



DEL VIVAC A LAS CACHIMBAS 

Salía con ánimo de aproximarse al íogón ele Ismael, 
cuando el teniente Cuaro se pro- cuto a caballo, v sm 
apearse dijole 

—Te convido a venir conmigo a vi^itai las ^uar 
días Por allá tomaremos "mate" Puede ser que 
al pasito y a lo zorrino entreveraos con los ñanduces 
nos pongamos a tiro de pistola de los mu T os para bi- 
chear 6 No te gusta hermano? 

— Si, me agrada teniente Pero antes tengo que ir 
a íecilur ordenes del jefe 

— No tenes que hacerlo El acaba de montar, y no 
sé donde \a Me dijo que le convidase a vigilar las 
a\ anzadas 

— Entonces \amos 

Montó a caballo al momento y partieron 
x\i fueia de vrvacs pasaron lejos el cañadón en 
una de sus curvas hacia el este, traspusieron un pe- 
queño llano v una "cuchilla" v bajaron al trote a la 
planicie arenosa en donde brotan diversos manantía 
les que dan alimento a un estero lleno de cortaderas 
> toioias 

El sol se levantaba algunas lineas sobre el hori 
zonte bañándolos de frente con una luz sin ardor que 
arrancaba reflejos pálidos a las infinitas gotas de la 
llovizna de la noche, colgantes de los cardos v de las 
^chiícab" En el campo veíase dispersa una "caba- 
llada" de la tropa, mas lejos dos o tres carretones con 



[194] 



GRITO DE GLORIA 



sus pértigos en tierra, y junto a ellos otras tantas mu- 
jeres que atizaban fuegos hechos con troncos de un 
sauce, a la izquierda un "rancho" sobre una aspereza 
del terreno en plano inclinado como enorme terrón 
que parecía desplomarse al valle, al lado opuesto un 
corral de palos a pique unidos, detras de una sucesión 
de lomas la linea azulada del "mar dulce" donde bus 
ca su confluencia con el océano 

Los dos jinetes sin salir del trote, llegaron pronto 
hasta el sitio de los carretones 

Notando Luis Mana que uno era de ví\eTes, echó 
recién de menos su bolsica con monedas que los "ma 
melucos" le habían arrebatado en los cortos instantes 
que estuvo prisionero 

Pero Cuaró le dijo que no se diese cuidado por eso 

Una de aquellas mujeres >estia de "bombacha" gris 
y "poncho" de paño burdo, un sombrero de paja 
gruesa con barboquejo, bajo el cual se alcanzaba a 
\er un pañuelo a cuadros amarillos y rojos con que 
ceñía bien al casco la cabelleia Estaba descalza, > 
eran sus pies pequeños, regordetes y duros, poco sen- 
sibles a la escarcha y a las breñas, a jU2gar por la 
rapidez con que iba y \enía transportando leña 

Otra llevaba chiripá a listas perfectamente aliñado, 
medias de lana cruda y encima botas de piel de puma 
con su pelaje dorado Una blusa larga le resguardaba 
el tronco, plegada por un cmturón de soldado de cuero 
negro con hebilla de bronce, a mas de un vichará a 
bandas blanqui-negras cruzado por el hombro, y cu 
y os extremos ceñía un "tiento" sobre la cadera iz- 
quierda 

El cabello formábale fleco muy negro sobre la frente 
y sienes, aumentando su largo en gradación hasta la 
nuca, donde caía lacio, abundoso y brillante como el 



[195] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



de un mocetón cambujo Sin duda había sido cortado 
a cuchillo y sin ningún esmero, puea uno que otro 
mechón le caía largo ya eobre la mejilla redonda y 
carnuda, ya más abajo de la oreja chica y muy pie 
gada al cráneo Un sombrero de panza de burro col- 
gado a la espalda por el barboquejo puesto a modo 
de collar, y un pañuelo de algodón cruzado a la gar- 
ganta, completaban la vestimenta de esta bizarra moza 
que no cifraba en los veinticinco años 

Tenía los ojos color del pelo, las caderas amplias, 
las manos cortas, macizos los brazos, la boca de labios 
hmchados y encendidos, un lunar oscuro en la barba, 
el aire desenvuelto y atrevido 

Veiasele detrás de la oreja un medio cigarro de hoja 
de Bahía a manera de cañoncito en su cureña, y en 
el pliegue del pañuelo dos flores de junquillo de una 
fragancia sutil y capitosa 

Fue ella la primera en venir al encuentro de los ji- 
netes, acercándose al teniente con desenfado 

Cuaró se sonrió, y guiñó el ojo a Luis María En 
seguida dijo 

— Esta es una guena muchacha de apelativo Ja- 
cinta, muy amiga mía 

Ella miró de lado, algo torcida a Berón con gesto 
de curiosidad, y luego se cogió con una mano del 
"fiador" del caballo de Cuaró, diciendo con una voz 
ronquilla 

— Apéate, indio Hay mate y galleta 
— Al forastero se le brinda — repuso Cuaró Te 
presiento al ayudante María 

Berón no pudo menos de reír Nunca había logrado 
que su compañero le designase por su verdadero nom- 
bre de pila Cuaró se había aferrado al término me- 
dio» le llamaba simplemente María 



[106] 



GRITO DE GLORIA 



Jacinta se volvió siempre a medias hacia el joven, 
lanzóle de nuevo una ojeada vivaz, y contestó 

— Tanto gusto en conocerlo . ¿Por qué no se 
baja? 

Manee el tostao y alleguese, que para todos alcanza 

— Sí Vamos a bajar un ratito a despuntar el vicio 
— dijo Cuaró 

— Es que pueden merendar un poco el fuego 
esta lindo, la caldera cállenle Aura verán que les arre- 
glo una tortilla 

Mientras ellos se sentaban sobre dos cueros de car- 
nero al lado del fogón, Jacinta se fue y regresó pronto 
con un huevo de avestruz que venía horadando en el 
casquete cónico con el mango del cuchillo 

La otra mujer, de ojos verdosos y una nariz llena 
de pecas grises como si un montón de avispas la hu- 
biesen picado, seca, adusta, de muy pocas palabras, 
cebaba el "mate" pasándolo por turno a los visitantes 

Jacinta puso el huevo al rescoldo, echándole por la 
abertura algunos granos de sal gruesa y brisnas de 
una hierbilla verdi-negra que traía junto con el sa- 
quillo de la sal En tanto preparaba un palito para 
revolver la clara y la yema a fin de que con el calor 
no se hiciesen un engrudo, decía contenta 

— Desimulen que no les obsequee más que este 
guevo de ñandú, porque no han traído carne todavía 
Ya verán que sabe bien y es cuasi mejor que el de 
pato y el de ganso cocinao asma 

Y como empezara a crujir la cascara al ardor de 
la leña, se apuraba a agitar la varita como un molí 
nillo levantando la punta hacia arriba para dar lugar 
a la cocción lenta 



[197] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Después contemplando a Luis María con el rabillo 
del ojo destellante, y un aire picaresco, añadía frun- 
ciendo los rojos labios 

— Con que este mozo se llama María 4 Ya se ve 
que no ha sido cnao a monte por la estampa ¡De 
montre de brasas T Se quieren untar de guevo Pero 
se ha de asar al antojo, por lo mesrao Agapita j arrem 
pu,a ese tronco a aquel costao mujer, que no parece 
sino que te han metido una estaca en la boca 1 

— jHum 1 — replicó la aludida, agria y chucara 
¿Para que queres acoyararme? con tu labia basta 

Y desparramo las ramas con los dedos 

Luis Mana observaba atento la escena, los tipos de 
las dos mujeres, sus vestidos varoniles > especialmente 
aquellas botas de cuero de puma concolor que cubilan 
hasta la mitad las bien torneadas piernas de Jacinta 

Esta por su parte, soha mirar al joven cuando él 
se quedaba como absorbido en una preocupación, y 
luego a Guaro con los ojos muy abiertos Al aso com- 
paraba, tal \ez la llenaba de exüañeza aquella cabeza 
rubia de finos perfiles asentada con energía en un 
tronco de hombre fuerte en su albor de juventud Sin 
duda no era "cnao a monte" Por lo mismo podía ser 
de aquellos a quienes \oltea de un salto el caballo, 
cuando vuela de pronto una perdiz 

Calíate — murmuró Jacinta, contestando de pronto 
a Agapita, y muy empeñada en su obra Voy a servir 
a los hombres esta tortilla Pueden comerla sin 
recelo porque el gue\o es fresco, de una nidada que 
encontré ajer de tardecita junta al bañao Va) a, 
mozo 1 Ya tiene salmuera 

Y lo puso entre dos leño*, al alcance de Luis Ma- 
ría y de Cuaró 



[ 198] 



GRITO DE GLOBIA 



— Lindo está — dijo el teniente Acarreá galleta, 
Jacinta 

— Ya truje 

Y sacó dos de un bolsillo de la blusa, duras como 
piedras y ornadas de un ribete de verdín 

Ellos lai encontraron sin embargo muy sabrosas, 
al igual de la toi tilla confeccionada dentro dt la mis 
ma cascara 

Concluida la merienda, Luis María declaró que se 
habla desayunado como un canónigo y que Jacinta 
entendía bien las reglas del arte, — lo que dejo a 
oscuras a la moza, y en tinieblas se hubiese agitado 
un buen rato, si Cuaró no la habla con su calma in- 
alterable en estos términos 

— Alcanza el "chifle" china para remojar 

Jacinta se apresuró a extraer del seno, debajo del 
"vichará", un medio cuerno de buey lleno de anís, y 
provisto de un corcho en la embocadura 

Cogiólo el teniente y se lo puso destapado cerca 
de la boca a Luis Mana, quien sm escmpulos sorbió 
un trago 

En seguida él se lo empinó, trasegando sin ruido 
Limpióse los labios y devolvió a Jacinta el "chifle" 
con un visaje 

— No es tan juerte — dijo ella echándose un tra- 
guillo > pasando el cuerno a Agapita 

— Orejano ha de ser — repuso Cuaró 

— l Si es de tu marca, indio 1 

El teniente se echó a reír 

Levantóse desperezándose con los brazos en alto, 
dio un brinco con las piernas tiesas, y luego a pre 
texto de seguir desentumeciéndose, púsose de un sal 
tito junto a Jacinta y le hizo cosquillas en el seno 

Saca esos dedos — dijo la moza toda llena de risa 
nerviosa Parecen nudos de "tacuara" 

[199] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Cuaró pellizcó un instante concienzudamente, y re- 
vistiéndose de formalidad después, dirigióse a Ja- 
cinta en estos términos 

— Mirá amiga vas a tratar siempre muy a su gusto 
al ayudante porque es mi compañero, un mozo de 
alma que vale aunque yo le lave la cara asina a boca 
de jarro 

— ^La tiene bien limpia 1 — exclamó Jacinta, con- 
templando a Berón con un aire humilde He de ser- 
virlo en lo que mande 

Luis Mana que estaba serio, agradeció todo, y 
como se dispusiera a la marcha, saludó a Jacinta, di- 
ciéndole que no olvidaría su agasajo 

Agapita amorrada siguió junto al fogón tomando 
"niate aguachento'' hasta hacer sonar la "bombilla" 

Ya sobre los lomos, Cuaro saludóla asi, calmoso 

— I Adiosito "tambeyua" r 

Como si la hubiesen hincado en la nuca, Agapita 

se írguió colérica contestando 

— jMira el "quirquincho" 1 Andá, zafao 

El teniente picó espuelas riéndose, al punto de 

echarse una y dos veces sobre el cuello de su montura 
Era la suya una risa de niño tan espontanea e ín 

genua, que Berón no pudo menos que admirar aquel 

organismo poderoso tan imponente en la lucha, tan 

sencillo en los afectos 

Y acabando de reír dijo Cuaró 

Las dos muchachas son muy güeñas , 

Jacinta se le juyó a Frutos, y aura no más, no 

quiere cabrestearle a Calderón que al ñudo la anda 

requebrando Es muy de a caballo y guapa cuando 

pinta 

— |Ya me figuro' 



[ 200 J 



GRITO DE GLORIA 



Caminaban por una loma desierta, en dirección a 
la plaza 

A un flanco, como a media milla, cerca de un edi- 
ficio arrumado, distinguíase un grupo de hombres y 
caballos Los primeros estaban reunidos a un gran 
fuego que lanzaba vertical una larga humareda Va- 
rias lanzas con banderolas se veían clavadas en redor 
como enormes y derechos tallos de caña con sus pe- 
nachos de hojas puntiagudas en desfleco 

Guaro extendió el brazo hacia el grupo, murmu- 
rando casi entre dientes 

— La guardia del capitán Melendez y el alférez Pi- 
quemán 

— Spíkerman será, teniente — observó Luis María 
eonriéndose 

Cuaró encogió un hombro, replicando 
> — Lo mesmo es 

Al lado opuesto, pero más lejos, divisábase otro 
grupo próximo a un "ombú" que alzaba su redonda 
copa sobre las colinas dominando el campo a gran 
distancia 

— l Lindo bichadero' — exclamó el teniente A lo 
pájaro se columbran de arriba hasta los buques 

Es la guardia del capitán Sierra 

En la zona del frente, a más de una milla, movían- 
se algunos hombres a caballo Algo adelante lucían 
como fugaces relámpagos, y oíanse después detona- 
ciones aisladas, que eran disparos de carabinas 

— La avanzada del capitán Manuel — dijo Cuaró 
Y enderezó el caballo hacia la costa, guiando a su 
compañero 

Luego moderando el trote ante las rugosidades del 
terreno, volvió a tomar el rumbo del recinto fortifi- 
cado» 



[201] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Las lomas a la derecha reducían en extremo el cam- 
po de la visual a la izquierda se extendía la pla\a 
llena de rumore^ con su olaje de hieras espumas 

Sobre las aguas de un azul sombrío, \agaban las 
gaviotas de pico negro y pinzas rojas en desfilada 
mojando el extremo de sus alas 

A lo largo de la costa se sucedían f>n sene los gran- 
des peñascos con sus trechos de explanadas arenosas, 
> entre esos riscos v las colinas corría un sendero cu- 
lebnno escondiéndose tan pronto detrás de las piedras 
j malezas como enseñando en las alturas su huella 
angosta \ amarillenta 

Los dos jinetes piecipitaron la marcha por ahí avan- 
zando mucho terreno 

Lutgo repecharon una cuesta, deteniéndole en lo 
alto paia inspeccionar con una mirada atenta los con- 
tornos 

Habían dejado detrás las guerrillas, hacia el costado 
derecho 

Ceica de una milla delante descubríale el cmturón 
de graniNj que rodeaba a la plaza, con su gran bro 
che de baluartes a tenaza y ángulos flanqueados, lle- 
no* de cañones, el campanario de la iglesia matriz y 
su cruceta de hierro, uno que otro mirador disperso 
con sus tejados \erdi-negros a modo de palomares, y 
el casquete del cerro en el fondo como el morrión de 
un coloso 

A poca distancia de los jinetes en un vallecico muy 
\erde, veíanse diseminadas con sus bocas a flor de 
tierra varias "cachimba \" de aguas quietas en cu>os 
fondos se alcanzaban a percibir lo<* guijarros y las 
arenillas como a través de un vidrio color topacio 

En dos de esas "cachimbas", echadas de bruces, la- 
vaban ropa dos negras \iejas con sus cabezas bien 



t 202] 



GRITO DE GLORIA 



envueltas en pañuelos de algodón unidos por los ex 
tierno* en la mollera 

Sin perjuicio de restregar las ropas sobre una ta- 
bla que formaba como diámetro de aquellas bocas 
circulares, sorbían \ de\ol\ían por sus anchas fosas 
nabales el grueeo humo de unas pipas de >eso bien 
repletas de tabaco negro 

Las dos comersaban con mucho calor, cuando la 
aparición de los jinetas las dejó en suspenso 

Abandonaron por un momento la tarea, sentáronse 
sobre los talones, y miraron — retirando de los la- 
bios los "cachimbos". 

A poco de observar con gra\e atención a los recién 
\enidos, una de ella se persignó lentamente y uniendo 
luego las dos manos exclamó llena de asombro 

— ¿Ave Mana purísima ' 

— Sin pecao concebida — gruñó la otra 

- — Si me paiere el niño Luis que cstov mirando, 
jpor Dios Santo 1 

Beron contemplaba en ese instante a Montevideo, 
V de tal modo tenía allí puesto los ojos cual si bus- 
case por encima de los muros en las mas altas azoteas 
alguna sombra amada, que las voces del llano no lle- 
garon a su oído, ni llegado hubieran, si el teniente 
no le previene que una de aquellas lavandera» le hacía 
señas 

La negra empezó a hablar en voz tan alta ponién- 
dose de pie, que Luis María no tuvo que hacer grande 
esfuerzo para reconocerla 

Experimento una emoción de alegría que no puso 
empeño en dominar, bajando a gran trote la cuesta 

— jEI mismo soy, mama Nerea 1 — dijo con acento 
cariñoso, ^Qué suerte el encontrarla 1 Va a hacer- 
me usted un servicio cuando yo creía imposible el 



[203] 



I I 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



medio de salir del paso Vea usted 1 Aquí tengo dos 
cartas que ansio mucho lleguen a su destino, que son 
para personas queridas que acaso se acuerden de 
mí ¿Ha \isto usted a mis padres, Nerea? 

— Si, niño, están buenos { Virgen bendita* Mí- 
renlo como viene de quemao El servicio que quiera 
aunque me afusilen 1 El ama va a tener un gusto 
como nunca así que le cuente esto que me está pa- 
sando 

Así es Pero ahora Nerea, el tiempo e* corto, te 
nemos que regresar y pidole me escuche , Como va 
a llevar usted estas cartas 9 Yo temo mucho que se 
apoderen de ellas 

La negra se calló de súbito con gesto muy serio, y 
púsose a mirar a todos lados como si buscase un me- 
dio de solución 

Y poniéndose un dedo en la boca, dijo luego ba- 
jito 

— i Démelas, niño, yo sé T Todos los días entra- 
mos y salimos por un portillo en la muralla donde 
hay poca vigilancia Registran ahora, pero una na- 
dita A las negras viejas nos dejan pasar sin poner 
mucho el ojo, como que lavamos ropa de los oficia- 
les ^Ya verá, niño 1 ya verá, su mercé 

Esto diciendo, Nerea se desataba el pañuelo de al- 
godón que cenia su cabeza, — ■ un cráneo achatado en 
el frontal y saliente en el occipucio, cubierto en parte 
por "motas" blancas tan nutridas aún, que bien po- 
dían ocultarse dos cartas debajo del vellón 

Luis Mana comprendió, y haciendo con su corres- 
pondencia vanos dobleces hasta reducirla al mínimum 
del volumen posible, la introdujo entre las "motas", 
de manera que no se descubriera a simple vista el 
engaño 



[ 204] 



GRITO DE GLORIA 



— lAhi está' — exclamó la negra pasándose una y 
dos ocasiones la callosa mano por el cráneo, subdivi- 
dido en ísletas y ranuras Ahora se aprieta fuerte el 
pañuelo en muchas vueltas y se ata en el medio 
¿A que ningún "mameluco" encuentra la gueva, niño? 

— Así ha de ser, Nerea 

— Ya no hay mas que irse, si su mercé no tiene otra 
cosa que mandar Enjuago esa camisa que está ahí 
sobre el tablón, ato la ropa seca, guardo el jabón y 
el añil con todo lo demás, allí en ese "rancho" viejo 
de mi compadre Guma, me pongo el bulto en la ca- 
beza, y adiosito* ♦ En un ave mana estoy en el 
pueblo, niño, y en una señal de la cruz en casa del 
ama, junto que llegue la oración |Por la \irgen pu- 
rísima T i Qué cosas me están pasando bendito sea el 
Señor * 

Y la negra toda nerviosa, púsose a arrollar las ro- 
pas, dejando caer el "cachimbo", en tanto Cuaró, in- 
móvil en la loma, decía a su compañero 

— Es gueno volver hermano Ya comienzan a albo- 
rotarse los que están en el saladero de adelante, y 
nos van a cortar. 

— Cuando guste Adiós Nerea 

— Que la virgen lo ayude a su mercé Pronto, 
niño, mire que estos "mamelucos" no son de fiar 1 

Ya Berón no la escuchaba, pues había traspuesto 
con Cuaró la loma y descendía al sendero de la playa 

Todavía Cuaró escaló la altura una vez ma9, y al 
bajar dijo 

— Una partida grande corre para el campamento, 
a media rienda ^ Vamos a emparejar r 

Y arrancaron a toda brida 

En efecto, un grupo numeroso de jinetes se dirigía 
al campo de Oribe, pero no se oía un grito, y habían 
cesado las detonaciones 



[203] 



XX 



LOS COTURNOS DE JACINTA 

Llegaron al campo sm novedad alguna en su tra 
yecto, después de un galope de media legua Allí se 
informaron de la causa del movimiento producido en 
la linca, el cual no reconocía otra que la llegada de 
\anos patriotas escapados de la ciudadela antes del 
alba Aprovechándose de la confusión ocasionada por 
una de tantas alarmas dianas, especialmente después 
del repliegue de la columna descubridora, muchos pn 
sioneros habían escalado la muralla v descolgadose al 
foso, diseminándose por las afueras a favor de las 
sombras El mas numeroso de los grupos encontró (a 
ballos en un "potrero', algunos de ellos semienjae 
zados, pertenecientes sin duda a los guardianes de la 
"trupilla" y era ese grupo el que acababa de atra 
\csar la lmea entre \ítores y aclamaciones 

Como si todo concurriese a alentar el esfuerzo de 
los revolucionarios, súpose también que otros amigos 
de causa habían llegado del exterior De diversas lo 
calidades habían venido nuevas igualmente halagado- 
ras, sobre otros desembarcos, encuentros parciales, le- 
vantamientos, una verdadera atmósfera de alegría j 
de bullicio dominaba el campo entre diálogos rumo 
rosos y ecos de diana 

Luis María y Cuaró pasaron por el sitio de los ca- 
rretones, en donde se detuvieron un momento para 
tomar un "mate" que le» brindaba Jacinta 

Esta parecía también contenta, y muy al cabo de 
lo que pasaba, Lucíanle los ojos negros con un bnllo 



[206 ] 



GRITO DE GLORIA 



de loza fina, tenía la tez encendida, lo* labios más 
rojos, el pelo mejor peinado En realidad estaba her- 
mosa, con esa hermosura as;re^e, selvática, que olía 
a flor de alhucema ) a miel de "camoatí" 

Ella Ies comunicó lo que sabía, \ aun lo que se 
esperaba, añadiendo 

— ¿No hav apuro, por irse r Apéense Tengo 
''churrasco'' \ un costillar al asador que me trujo el 
cpbo Mateo de parte del cordobés 1 

Y se reía, mostrando una doble fila de rLentes pe- 
queño* afilados y lu-tro«os como los de un niño, 
acompañando su expansión con un ademan de alto 
desden 

— Yo no quiero que se va\an Bájense, pues No 
parece sino que les gusta el ruego 

Cuaró que miraba a su compañeio de reojo, repn 
miendo una sonrisa maliciosa se apresuro a contestar 

— Aura no Jannra, pero luego ha de ser 

En seguida, como recapacitando, reacciono, y dijo 
a Luis María 

— Mira, hermano es preciso comer a donde se en- 
cuentra, porque uno no sabe lo que ha de acontecerle 
cuando anda de "tapera" en galpón Apéate que 
}o vueho de aquí a un ratito 

— El asao está listo — repuso Jacinta ¡lindo no 
más ! Es una carne flor como la de regalo 

Guiñaba un ojo con una sonrisa sardónica 

— j Viene del cordobés, indio' iapurao por merecer 
deade hace días Jai' No faltaba otra cosa Y yo 
sé una que he de contarles porque corre priesa 

Dirigiéndose a Berón agregó 

— Bájese a merendar, si tiene gusto, ^no ha) pr 
rros en la querencia 1 



[ 207] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Pensando que si bien era verdad que no había mas- 
tines bravos y sueltos, habiía acaso leonas allí, Luis 
María, que tenia apetito, no vaciló en echar pie a 
tierra Por otra parte sentía cierta fuerza de atrac- 
ción en aquel vivac de los carretones, que le hacía 
agradable la permanencia 

Tiró del cabestro y oprimió la mano a Cuaró que 
le prometía de nuevo volver 

Cuando el teniente se fue, ella le tomó el caballo 
a pesar de sus protestas, lo condujo a un sitio apro- 
piado quitóle el freno y ató el "manead o r" a una es- 
taca allí clavada Toda esta faena fue obra de pocos 
minutos 

Luis María, que ya estaba junto al fogón, no dejó 
de seguirla en sus menores movimientos, no sabiendo 
que admirar más, si su práctica en tales tareas, o la 
bizarría de su figura de mocetona llena de bríos 

Aquellas botas de piel de puma con pelaje, tan bien 
ceñidas al pie y a la pierna redonda Nunca había 
él pensado en semejantes coturnos T 

Sin engañarse, aunque de estructura y arte semi 
salvaje, las hallaba algo de interesante Le habían lla- 
mado la atención las botas de Cuaró aunque sabía 
que Cuaró era más que matador de tigres, y caíanle 
correctas al fiero lancero, con mayor motivo en Ja- 
cinta parecíale que entre sus pies estrechos y regor- 
detes y las afelpadas zarpas de la leona, no podía ha- 
ber gran diferencia 

A juzgar, pues, por los extremos de plantigrado, 
las pasiones o los instinto? que bullían en aquel tronco 
de amazona debían guardar íntima relación 

Sus dientes blancos y filosos encajados en encías 
de un color de grana, se mostraban con amenaza, aun 
sonriendo El cabello muy negro algo crespo y reta- 



[ 208 ] 



GRITO DE GLORIA 



ceado que ella sacudía cuando se quitaba el sombrero, 
semejaba una melena espesa aunque cuidada y lu- 
ciente 

Concluida su diligencia, volvió ella presurosa, atizó 
el fuego, movió el asador, del que goteaba a hilos la 
dorada pringue, fuese al carretón, tomó galletas y 
azúcar terciada, preparó otra \ez el "mate", lo "cebó", 
y presentándoselo a su huésped, dijo 

— De^imule si no está a su gusto mozo 

■ — Muy bueno he de encontrarlo, Jacinta, mas cuan- 
do pienso que esta suerte mía no la tienen muchos 

— ¿Qué suerte, dice? 

— La de que usted me lo brinde 

Refregóse ella las manos, bajó la \ista al suelo y 
se quedó en silencio 

Se había sentado en un tronco cerca de él, con la 
caldera al alcance de la mano, cruzado un pie con el 
otro 

Alguna vez aspiraba fuerte los junquillos, ya mus- 
tios, que se conservaba en un ojal de la blusa, y lo 
miraba de lado de un modo fijo y sombrío, huraño, 
persistente 

— Lo que siento Jacinta, es no poder retribuir sus 
agasajos como yo quisiera, puesto que usted no puede 
dar de balde lo que a usted le cuesta 

Hizo ella un gesto de enojo, pero reprimiéndose res 
pondió con acento grave 

— iQué me importa 1 

Y después, poniendo en los del joven sus ojos siguió 
bajito 

— Es mi gusto Si no juese asma, no estaría usted 
ahí 
— l Gracias * 



[ 209] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Luis María cogió la caldera para poner agua en el 
l malp' v pasárselo pero íacinta se lo quitó y siguió 
haciéndolo ella 

— A otros más pintaos, cuasi puedo decir, les he 
permitido pero a usted no Yo estoy para servirlo 

¿Y usted es de Montevideo 9 — preguntó en seguida 
con vi\ acidad 

— Sí Jacinta, de allí sov 

— Ya se le ¡ cuántos habrá que se acuerden de 
usted 1 \Qué lastima andar siempre lejos > entreverao 
con tanto matreraje ! 

Mire, algunos son buenos, pero ha) otros que ni 
para atusarlos 

\cvv a derirle Frutos y Calderón se lascan juntos 
Fl coidobés siempre jue con él como guasca lechera 
¿«¡abe 7 jYo los conozco mucho } a mí no me 
\engm con retobos ni con pialadas f Frutos se aíigura 
que naide le pisa el poncho y que él sólo manda por- 
que después de Articas no hay otro, v a mi me e ma 
me ha dicho que si lo aganaron jué por engaño, qu p 
los ha de arrocinar a todu% porque él se duebla \ no 
se quiebra, y que cuando menos se piensen los va a 
hacer andar como avestruz contra el cerco ¿Ove 
usted 9 

— ¿Sí, ^ bien que escucho' — contestó Berón un 
tanto sorprendido 

— Pues el arrastrao del cordobés quiere mas que 
eso, anda en trato con los de adentro v ha prometido 
matar a los mejores de aquí de una noche para otra 

— ¿Es posible Jacinta 9 

—i Oh, sí r Tan \erdad como esa luz que alumbr? 
Y acentuando una a una sus palabras continuó 
— Yo sé bien lo que pasa sino, no diría nada 
El cabo Mateo de la gente de Calderón, me ha contao 



[210] 



GRITO DE GLORIA 



todo para que me juese al campo de su jefe, de quien 
me trujo esta carne Yo no quise Entonces dentro 
a hablar para asustarme, le retruqué, me reí de ti y 
del otro, y el hombre comenzó a descubrirlo todo muy 
seno, por ver si \o entraba a afhjirme y a dirme con 
el carretón ¡De adonde T Lo inqué un poco, por sacai- 
le lo que guardaba, y no tardó en decir que su jefe 
tenía ofertas muy grandes de Lecor, que aquí el mas 
ladino era Oribe y no don Juan Antonio, según lo 
había asigurado Frutos, y que cayéndole a Oribe, 
Frutos había de acabar por ponerle a don Juan An- 
tonio "pie de armgo M , > arreglarlo todo sm mas que- 
bradero de cabeza Ultimamente habló de que nada fal- 
taba para el baile, porque hasta música había de ve- 
nirles de la plaza ¿Qué le paiece? jVa>a viendo T 

Cuando Frutos jugaba en la tienda hacía buila de 
todos, decía que ninguno valia más que una onza de 
las que echaba en la carona, y que nunca había de 
consentir que lo ladeasen, aunque juese el Emperador 
mesmo porque el era dueño de todo 1 hasta del ultimo 
gaucho que entnega los ojos a los chiman^os Los 
hombres habían de servirle en cuanto ordenase, las 
mujerts teman que aficiónamele, porque sino jdele 
lazo* la plata era para él, que sabena repartirla sin 
que naide se quejase, y toda "doñV que pariese un 
hijo tenia que &er su comadre 

Jacinta calló un momento para cambiar de lado el 
asador 

Luis María había apocado el rostro en su«* dos 
manos y parecía absorto, con la vista fija en el iuego 

Volvió ella a su asiento, y prosiguió con mayor lo 
cuacidad y acritud 

— Calderón no se despegaba, corno garrón al gueso 
Frutos le decía siempre t con este chicote he corrido 



[211] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



a los porteños 1 ¡Había de ver 1 ¡Se ganaban las onzas 
íodas las tardes v se repartían las aparceras entre los 
dos como tabaco picao, lo mesmo que las vacas gor- 
das j las "tropillas" ajenas, dentraban a los "ranchos" 
para averiguar cuantas mozas había, y si eran de car- 
necita, para qué 1 Se había de bailar hasta que ra- 
jase el sol cuando era un bautismo y comerse vaqui- 
llonas con cuero Lo mesmo cuando era un velorio 
El angelito se pudría de andar de un pago a otro, en 
las "casas" que tenían cuartos grandes donde pudiesen 
amontonarse los oficiales de dragones y armarse el 
"pericón" Después se iban al campamento llevándose 
a las ancas más de una prójima, que ya no volvía 
AI ñudo alguna madre afhjida pedia por Dios que le 
dejasen la más chica, se reían a reventar, diciendo 
que la más cara era la carne flor Se hacían los quie- 
bros y comadreros, y donde quiera iban al destajo, 
peor que indios • Mire, yo me cansé de ir atrás 
con mi carretón viendo tantas maldades, y los dejé 
una noche, a los pocos días de caer Frutos preso 

Esa tarde pasó usted cerquita de mí sin mirarme, 
muy tieso y amorrado — y entonces pregunté quién 
era esa estampa de nazareno con sable que iba montao 
en un overo rabón ¿Naide lo conocía, como que 
no era fruta del pago' 

Aura ya sabe Si el cordobés se suleva, le va a po- 
ner el ojo como ayudante de Oribe, hay que dormir 
con el caballo de la rienda, que los zorros roban guas- 
cas y los tigres se comen hombres ¿Cómo a ladina no 
me ganan, yo les voy a ayudar a pialarlos lindo 1 

Al decir esto, los ojos de Jacinta centelleaban como 
dos ascuas, vivaces y bravios 

Berón levantó la cabeza despacio y la miró atento. 



[212] 



GRITO DE GLORIA 



Todo lo que ella había dicho no tendría nada de 
poético, pero sí mucho de verdadero Le hacía pensar 

— ¿Está usted en el secreto de lo que pasa, Jacinta? 
— preguntó 

— Si, yo sé todo El cabo Mateo tiene que venir 
cuando llegue una mujer que mandan de adentro con 
cartas Esa mujer pasa Id noche con Agapita, si no 
viene el cabo, y a ocasiones se \a a donde Calderón 
"con los papeles* para traer otros Yo les \oy a avi- 
sar asma que estén aquí y antes que Mateo converse 
con la "doña" Pero auia veo que el indio se ha 
de haber puesto a sestear porque no aparece jEs un 
indino 1 

— No importa, Jacinta, yo le diré lo que ocurre, 
aunque él ya esta sobre aviso 

Y ahora la dejo, pues conviene que hable con mi 
jefe sobre estas cosas tan disgustantes 

— Es asma Pero i cuantas de éstas hacen 1 Usted no 
conoce la laya de alguna gente Son capaces de darle 
golpe a todos si ganan en la partida y de pasarse a 
la pla/a en un repeluz, porque creen que los de aden- 
tro son de Uro largo y han de quedarse con la plata 
del juego 

— l Verdad * Eso han de imaginarse 

Como Jacinta acercase el asador, clavándolo de- 
lante de él e invitándolo a servirse, el jo\en sintió 
que se reavivaba su apetito en presencia de una carne 
dorada que chorreaba delicioso jugo 

Almorzó, pues, hasta saciarse, pero antes paso una 
costilla a la hermosa vivandera, cortada del centro, 
dejando otias en el asador al rescoldo por si apare 
cían Cuaró y Agapita 

Jacinta dijo que Agapita había de traer listo el 
diente, pero que aun demoraría, pues ese día estaba 



[213] 



EDUABDO ACEVEDO DIAZ 



de lavado En cuanto al teniente, ella agregó el indio 
es muy gaucho v aonde quiera pega el tajo y merienda 

Concluido el almuerzo Jacinta enfrenó el caballo 
de su huésped y se lo trajo del cabestro a paso lento 

— Ahí tiene su hayo — dijo — Ya está por "des- 
piarse", si no lo "desbasa" un poco 

Luis Mana se sornó 

— Agradezco la advertencia y la tendré presente, 
Jacinta 

Esta se sonrió a su vez 

Y como él añadiese que tema ademas que agrade- 
cerle todas sus bondades, ella dijo con acento suave, 
desentendiéndose 

— -jQué Dios lo acompañe 1 

Mirulo con ojos cariñosos, > quedóse de pie, míen 
tra* el jo\en marchaba 

Todavía al tiasponer la vecina loma, ohservó el ji- 
nete que Jacinta le seguía con la \ista, inclinada la 
cabeza v los brazos cruzados sobre el pecho 

Preocupado iba con las revelaciones recibidas, al 
punto de no interesarle mucho el tiroteo dt la linea, 
pero la \erdad es que a poco se siguió a la preocupa- 
ción formal otra risueña sobre la* botas de cuero de 
puma lonrolor de Jacinta jBuenos coturnos para una 
diann cazadora' 



[214J 



XXI 

AL RESCOLDO 

Un viernes por la noche la helada cubrió los cara- 
pos, que iluminaba la luna a través de un espacio de 
limpidez admirable 

El suelo blanqueaba en toda su extensión visible, 
desapareciendo bajo el manto de hielo el verde vivo 
de las hierbas y la negrura del lodo en los pantanos 
De los arbustos semihojosos colgaban los gajos bajo 
el peso de una costra de cristales, y los que ya estaban 
desnudos parecían envueltos en redajas de frágiles 
hilos El aire lastimaba al rozar las carnes como un 
latigazo finísimo, y de ahí los encogimientos y cns- 
paciones de los caballos que, sujetos a la "estaca", 
permanecían con las cabezas quietas y las colas entre 
remos, sin triscar los pastos En el "cañadón" la rata 
de agua solía cruzar el cauce en compañía de los patop 
silbones 

Algunas brasas brillaban en los vivacs, restos de 
fuegos encendidos con gruesos troncos traídos del 
monte de Carrasco de tiro a la cincha Pero va no se 
veía sino uno que otro bulto de distancia en distancia 
junto a las cenizas ardientes, sin duda de centinelas 
perdidas que vigilaban las cercanas lomas Pasada era 
media noche Una hora haría apenas que Luis María 
se había recogido a su tienda de ramas de sauce y 
tolda endurecida por el hielo Estaba recostado, fu- 
mando Cerca de la entrada había ardido un buen 
fogón, del que se conservaban algunos enormes tizones 



17 



[215] 



I 



I 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Ráfagas tibias se introducían a intervalos en aquel 
refugio, sólo para hacer sentir con mayor intensidad 
la crudeza del frío que se colaba por loa intersticios 
vivo y sutil. 

No parecía sin embargo muy mortificado, pues se 
mantenía inmóvil, envuelto en su "poncho" Acaso 
existía mucho ardor en su mente, tanto como vigor en 
sus músculos Pero, el hecho es que, en cierto mo- 
mento llamóle la atención un ruido leve de pasos a 
espaldas de su vivienda 

Leve era, en efecto, ese ruido, el que pudiesen pro* 
ducir las zarpas enguantadas de un tignno al sentarse 
sobre la capa helada 

Se incorporó para escuchar mejor y cerciorarse, 
antes de abandonar su escondrijo inútilmente 

Por un instante cesó el rumor de las pisadas Pero 
luego volvió a sentirse, ora lejos, ya cerca, hasta que 
resonó a la entrada al mismo tiempo que se proyec- 
taba delante una sombra 

— ¿Soy yo, anudante María T — murmuró una voz 
de mujer — Tengo que hablarle ahí adentro, que 
no oigan 

El joven* que había reconocido a la que hablaba, 
le hizo lugar, diciendo con alguna sorpresa 

— ¿ Entre usted, Jacinta! La habitación es bastante 
estrecha, pero yo me haré lo más pequeño posible 

— No le hace Aonde quiera me acomodo sin pe* 
tandear 

Y se entró en cuatro manos, tendiéndose al lado 
de Luis María 

— ¿Qué ocurre, Jacinta 9 ¿Ya tenemos a la emi- 
sana ? 

— Sí, por eso he venido ♦ Mamé el malacaTa por 
no alborotar. 



[216] 



GRITO DE GLORIA 



— Entonces eg preciso avisar de lo que pasa al co- 
mandante 

— 4 No f El ya jué, y está calentándose en el fogón 
junto a los carretones También hay tropa con el ca- 
pitán Mael y el indio 

— ¿Y la mujer emisana? 

— El comandante le sacó los papeles que traía de- 
bajo de la bata, y la puso presa en un carretón jEstá 
enojao f 

— Me imagino ¡ Ahora mismo voy hasta allá, Ja- 
cinta 1 

— No, no vaya El dijo que no había que mover 
nada del campo hasta que no ra>e el día, que todo 
estaba siguro, y que quería tener el gusto de desarmar 
él mesmo al cordobés cuando ae pusiese a churras- 
quear en su fogón Ha mandao que naide deje los 
"ranchos", sino a hora de siempre La gente que 
esta en el "playo" vino de la guardia del ombú, y 
la hizo apearse hasta la mañanita 

Luis Mana notó que Jacinta venía inquieta, que 
algunos de sus estremecimientos frecuentes no eran 
causados quizas por el frío, pues en ciertos momen- 
tos parecía sufrir sobresaltos, incorporándose de sú- 
bito al menor ruido que ee produjese en las proximi- 
dades del vivac. 

En una de esas veces, se arrastró sobre su9 rodillas 
y asomo la cabeza poniendo el oído con atención 

Luego, al recogerse, se acercó bien al joven con la 
cara ardiendo a pesar del cierzo, y le pregunto 

— ¿Tiene usted las armas a mano 9 

— Si, están junto a mí, prontas ¿Por qué esa pre- 
gunta, Jacinta? 



[217] 



EDUARDO A CE VED O DIAZ 



— jOh nada 1 Es bueno siempre Mire yo truje 
esta daga por si acaso Hay "malevos" en el campo 
y puede antojárseles venir hasta aquí 

— No tenga cuidado por eso, que yo los recibiría 
como merecen — dijo Berón con lentitud, como si se 
diera cuenta de aquellos misterios — Pero si Calderón 
se subleva no veo que le asista tan grande interés en 
sacrificar a un hombre que poco o nada significa, a 
no ser que tenga por lujo derramar sangre 

Jacinta lo miró de un modo intenso, murmurando 
bajito 

— ¡No crea, yo sé* El cabo Mateo me preguntó 
anoche si yo conocía a un mozo alto, muy airoso, que 
era ayudante de Oribe, de apelativo , y si yo sabía 
dónde hacía noche, si tenía fogón aparte y en qué 
lugar del campamento Le contesté que no conocía 
a naide de esa pinta Pero yo caí en el ardite, y entré 
a averiguar haciéndome la poca alvertida para cuando 
era el golpe, y me dijo que de esta noche a mañana 
con el alba, que no estaba en lo firme, porque tenían 
que salir tropas de la plaza Entonces pregunté por- 
qué iban a matar aquel mozo, si él no era jefe Res- 
pondió que había orden de adentro de no dejarlo con 
vida 

— lAh 1 ¿No añadió de quién podía venir esa 
orden 9 

— No dijo nias nada, usted ha de saber 
Luis María se sonrió con tranquilidad 
— No adivino, Jacinta ¿En verdad que e3 raro 1 
De todos modos, mucho tengo que agradecerle este 
servicio que me precave de una sorpresa 

Ella volvió a experimentar un sobresalto en ese ins 
tante, y sin desplegar I09 labios, arrastróse de nuevo 
hacia afuera mirando a todas direcciones 



[218] 



GRITO DE GLORIA 



Las formas correctas y llenas de su cuerpo ágil y 
flexible, dibujaban bien sus contornos entre las am- 
plias haldas de la manta que le servía de vestimenta 
Llevaba puestas las botas de piel de puma que le cu- 
brían hasta la mitad las piernas y una "bombacha" 
de brui cuya blancura revelaba el aseo y cuidado de 
la persona, una blusa de paño azul ajustada al talle y 
un pañuelo de seda ceñido a la garganta 

Asi que se volvió al primitivo sitio, pudo recién 
apercibirse Luis Mana que aquella especie de leona 
olía a junquillo y a aroma silvestre, y que esa ema- 
nación capitosa empezaba a embarazarle los sentidos 

— ¿Qué atrevimiento' pensara usted — dijo ella — 
Sin su licencia estoy yo aquí 

— No la necesitaba, Jacinta, y menos para hacerme 
el bien que tanto me obliga . . 

— i Qué obliga' Yo soy asina cuando tengo gusto, 
guitarra dura para todos menos para quien sabe ta- 
ñerla 

Deseos tuvo Luis María de decir que él la iba a pul- 
sar entonces, pero aun se mantuvo firme, un tanto 
preocupado con lo que le estaba pasando de un modo 
tan extraño e imprevisto 

Aquel interés en matarle, ¿de quién podía prove- 
nir 9 Su imaginación se abismaba 

Luego hizo esta pregunta como confuso 
— Y esas cartas ¿que dirán Jacinta 9 
— |Ya se ve lo que han de decir 1 El coman 
dante no conversó nada de eso Toma "mate" no mas, 
mirando al fogón A ocasiones se levanta y camina a 
prisa como para quitarse el frío 

— Verdad que aquí dentro hacía uno intolerable, 
pero desde pocos minutos acá la atmósfera se ha tem- 
plado, y parect eeto un hornito 



[119] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



i re «' — murmuro Jarrita — T* nso 'a c i? 
« i lid fu no ^ aun los pies también c e me <*ah p u ti 
i la fija porque dan en los tizones 

V después, siguió diciendo con voz cariñosa 

— Que gusto de querer irse con esta helada grande, 
cuando no lo llaman toda\ía Si u^ted quiere yo 
me vo\, sf*ñor ayudante María iQ ue nombre lin 
do r ¿U c ted tiene madre 9 Porque si tiene, aura ha 
de estar llorando al acordarse de su rubio 

Luis Mana se estremeció, y como ella est?ba muy 
cerca acurrucada bajo el mismo poncho pues el que 
trajo lo había puesto tendido encima, llegó a sentir 
aquel temblor 

— ^No la echo 1 — contestó Berón — ¿Por qué ha- 
bía de irse, ni \o permitirlo habiendo usted sido tan 
buena conmigo? 

— A Mirá No hice tanto* 

Y suavizando cuanto podía su acento ronquillo, 
añadió como un anullo 

— í No me trate tan formal 1 
— ¿Y como quieres que lo haga, Jacinta 9 
— ¿Asma! — repuso ella contenta, cual si hubiese 
merecido una caricia — Yo nada valgo, usted sí 
Por eso lo quiero distraer un poco, para que no ca 
vile tanto 

— Si >o no cavilo, Jacinta Pero aunque así no sea 
tengo mucho placer en que estés junto a mí, en oír 
tu voz amiga 

Ella le cogió la mano, oprimiéndosela, y dijo 

— jQue gusto' 

El se acerco mas, acaso sin pensarlo, por un mo- 
vimiento instintivo, siguieron hablando bajito, estre- 
chándose, > después ya no se oyeron voces 

[220] 



GRITO DE GLORIA 



De vez en cuando chisporroteaban los tizones re- 
ventando en el aire alguna bnsna ardiente La helada 
descendía siempre acumulándose en cristales sobre el 
techo improvisado, y el frío era intenso, la noche azul 
y transparente 

Gran silencio reinaba en el campo Algún zorro en 
busca de lonjas de cuero lanzaba en el bajo su grito 
estridente, si ya no era el de un cabiav errante por 
el ribazo del "cañadón". el que perturbaba por mo- 
mentos la calma profunda 

Pronto vino la alborada — una claridad lechosa, 
tenue y difusa en el horizonte que se iba extendiendo 
como blanca gasa, y enseñando luego su festón de 
rosa sobre un fondo colorante como una lámpara so- 
litaria en la inmensa bóveda sin sombras Del ramaje 
ya casi deshojado de los "ombúes" surgía el canto de 
los dorados, y el "teru" recorría el campo a vuelo 
rasante entre notas bulliciosas 

Fue a esa hora que Jacinta salió de la tienda de 
Berón, para tomar su caballo en el bajo 

Poco después Luis María salió, aparejó el suyo, 
y emprendió marcha hacia el vivac de los carretones 

No había aparecido aún el sol 

La tropa se hallaba dispersa en el llano junto a 
los fuegos El comandante Oribe dormitaba recostado 
a la rueda de uno de los vehículos, frente a un fogón, 
bien arrebujado en su poncho de invierno. 

Ismael y Cuaró departían sentados sobre pieles de 
carneros, al amor de otra lumbre viva en que se asa* 
ban las "cecinas" que debían servir al desayuno 

Mostráronse contentos de la llegada del compañero, 
a quien hicieron lugar entre los dos brindándole con 
un "mate" amargo 



[221] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



— jBien lo preciso f — exclamó Luis María — pues 
al salir de lo callente he sentido tal impresión que sólo 
estas llamas y e9te "mate" pueden desvanecerla 

— Me alegro que encontrés esto lindo, hermano — 
dijo Cuaró, — pero te has \enido muy pronto 

Y sonnéndose, le guiñó un ojo 

— No — repuso el joven respondiendo con otra aque- 
lla sonrisa, — debía estar aquí más temprano 

— No había priesa — obsen ó Ismael — El coman- 
dante dice que mejor se cazan tigres al romper el sol 

— De juro — agregó el teniente con aire de pe- 
rito — El "yaguareté" sale de la espesura cuando el 
sol alumbra de tendido, y ronza el bajo olfateando 
carne fresca 

— 4 Ya r — objetó Berón — Entonces hoy la cosa 
se aclara 

— Y puede ser que nos topemos con los del corral de 
piedra, porque han de querer >emrse al bulto 

— I Mejor* Dicen que Calderón la da ésta por se- 
gura 

— Sí — murmuró Ismael con ceño irónico — cuan- 
do el ñandú comience a volar 

Y atizó el cigarro con la uña, despidiendo con la 
fuerza de un fuelle la humareda por las narices 

— ¡El comandante se levanta y mira r — exclamó 
Cuaró 

Luis María se puso de pie, y dirigióse presuroso 
adonde estaba Oribe 

Habló con él breves momentos, y en seguida pasó 
a los puestos para trasmitir la orden de montar 

Cuando regresó al vivac de Ismael, > a se había reco- 
gido todo, y los compañeros se encontraban a caballo, 
ordenando sus escalono* »in precipitación ni ruido 



[222] 



GRITO DE GLORIA 



Pocos hombres loa componían constituyendo una 
simple escolta de números escogidos 

Esta tropa marchó bien pronto detrás de Oribe, que 
iba muy adelante acompañado de Berón 

Apenas traslomaron, \ióse que un grupo pequeño 
con un oficial a la cabeza se corría paralelamente a la 
costa, a bastante distancia En el valle ardían fogones, 
rodeados de soldados con sus caballos listos 

Calderón se encontraba allí 

Oribe hizo detener la escolta en la ladera, y mar 
chó solo hasta el vivac del jefe de la linea 

Ismael, que estaba mirando con fijeza el grupo que 
se alejaba por su derecha, dijo a Cuaró 

— Aquel es Batista que ha venteao y se va Vea, te- 
niente, si le sale al encuentro, antes que dé el anca a 
las guardias i Saque seis hombres y marche T 

En un instante se hizo la operación 

El destacamento se desprendió con Cuaró al frente, 
al trote, simulando una contramarcha al flanco opuesto, 
y pronto desapareció detrás de una quebrada 

Luis María atento a todo, había seguido con la mi- 
rada los pasos de su jefe 

Un ligero dialogo se había sucedido a su llegada al 
vivac, con el presunto traidor, luego, algunos adema- 
nes violentos 

Cierto movimiento se produjo en los grupos al pa- 
recer de hostilidad, pues algunos se dirigieron a sus 
caballos 

Empero, ese movimiento cesó muy pronto y todos 
se quedaron perplejos al observar la actitud resuelta 
de la escolta, inmóvil y carabina en mano en la ladera 

Voces diversas se oyeron, un duda de protesta; y 
no pocos llevaron la diestra m sus anuas 



[223] 



I 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Calderón siempre esforzando su voz, retrocedió al 
gunus pasos con la mano en el pomo del sable 
Oyóse que decía 

— ¡No le reconozco autoridad para prenderme ni me 
entrego 1 

Entonces Onbe, sin preocuparse de los que estaban 
a su espalda, sacó las dos pistolas que tenia cruzadas 
delante, y sin decir palabra las amartilló, apuntándole 
con ellas a la cabeza 

En seguida de esto, Calderón se desprendió su sable 
y se lo entregó sin más resistencia 

De cerca y de lejos, con las cabezas en alto, silen- 
ciosos y sorprendidos, los pequeños grupos disemina- 
dos contemplaban la escena 

Nadie se atrevía a dar ya una voz 

Lanzóla al fin Oribe 

Luis Mana se acercó 

— Que pase el capitán Velarde a retaguardia de esa 
gente y la haga marchar al campamento, bajo rigurosa 
vigilancia Y usted, monte' — agregó dirigiéndose a 
Calderón con acento duro 

El antiguo jefe de dragones estaba trémulo y muv 
pahdo Ni una palabra brotó de sus labios casi ama- 
rillos Miraba torvo debajo del ala del sombrero 

Montó y siguió al trote, dos pasos al flanco de 
Oribe 

Ya en el campo, media hora después, Cuaró estuvo 
de regreso El oficial traidor había logrado escapar 
a favor, de su caballo, pero no asi dos de sus hombres 
que el teniente traía atados de las piernas al vientre 
de sus monturas 

Así que divisó a Cuaró a hízole llegar Oribe, y 
di j ole 



[224] 



GRITO DE GLORIA 



— Queda usted encargado de lle\ar este preso al 
cuartel general, y desde ahoia esta bajo su vigilancia 
Descanso en usted, teniente 

Cuaro oyó sin pestañear la orden, y volviendo a 
montar, dijo muy grave a Calderón 

— Endilgá el roano a aquel ombú que se empina en 
la loma, al pasito no mas ♦ 

El preso siguió en la dirección indicada, pasivo y 
silencioso 

Llegados al punto, Cuaro llamó a un soldado, y or- 
denóle que trajese un caballo como para prisionero 

El soldado volvió al rato con uno de pelo cebruno, 
que no por ser el del ciervo y la hebre acusaba aptitu- 
des en el animal, matalote sano en el lomo, pero que 
mostraba bien todo su esqueleto ganoso de rasgar el 
cuero, "lunanco" por vicio viejo y lerdo por añadi- 
dura 

Cuaró fijó un buen momento su mirada de mteli 
gente en aquel Babieca, y luego murmuró con los la- 
bios apretados 

— l Lindo ' Echale el recao 

El soldado desensilló el caballo de Calderón y en- 
jaezó el cebruno con sus prendas, y viendo que le 
bailaba la cincha se apresuró a ajustaría con los 
dientes 

Listo todo, Cuaró encendió despacio su cigarro en 
un tizón, con una seña hizo montar a su asistente y 
al preso, salto él sin poner pie en el estribo en los 
lomos de su redomón como un hábil gimnasta, y arran- 
có al trote diciendo suave 

— En ese caballo mansito no -vas a rodar, coman- 
dante Si echa vuelo por milagro, no te asustes, yo te 
barajo en la lanza y quedas siguro 



[22»] 



XXII 

LAS ALBRICIAS DE NEREA 

Desde aquel día que se efectuó la salida de las tro- 
pas, Natalia había experimentado diversas impresiones 
En ese día nada percibió que le interesase vivamente, 
desde el mirador 

Sintió detonaciones lejanas que podían confundirse 
con las que resonaban en la línea, vio regresar la co- 
lumna descubridora, sin un solo prisionero, como se 
divulgo poco después, oyó hablar de un choque sin im- 
portancia en las avanzadas, y seguirse a estos suce- 
sos la monotonía de las plazas fuertes con sus bandos 
conminatorios, sus clarinadas continuas y sus retretas 
tristes a la hora de queda 

En los días siguientes sintió estruendos sordos, mo- 
vimientos de tropas, destacamentos que salían a ocu 
par puestos fortificados a regular distancia de los 
muros para asegurar víveres y forrajes La situación 
de fuerza oprimía como un collarín las gargantas Sólo 
estaba en actividad el músculo, bajo el duro pomo de 
la obediencia pasiva En el fondo de los hogares, sin 
embargo, la pasión estaba viva, ardiente, enconada, 
era ya como un culto la causa de los débiles y se aca- 
riciaba a éstos en el recuerdo como a imágenes adora- 
bles ¿Por qué no? Todo lo sacrificaban por su tierra 
Eran dignos de vivir en el corazón de los ancianos, de 
las mujeres y de los niños los varones que buscaban 
con el brío incontrastable lo que otros conseguían por 
la superioridad de lo» medio* y 1» caanoia militar 



I 



GHITO DE GLORIA 



Si a esta pasión del valor se unía la del amor, jah T 
qué sentir agitado y qué pensar febril dominaban cora- 
zón y cerebro 1 Nada se decía que no fuese palabra del 
momento, y no se hacía nada que no fuere tendente 
a estrechar el afecto profundo con los seres queridos. 
La muralla estaba por medio; pero el cariño salvaba 
el obstáculo como un ave dolorida que apura sus alas 
por llegar al bosque de refugio Remotas eran las es- 
peranzas de triunfo y la ilusión de paz, en la medida 
al menos de los medios de combate y de la temeridad 
del esfuerzo, con todo, ¡qué hermosos eran los hom- 
bres que así se batían, y qué seductor el ideal de su 
heroísmo * 

Natalia se expandía con la que ella ya consideraba 
madre ¡Era tan buena T La acompañaba en su cariño 
materno con otro cada vez creciente, hondo, intenso y 
se ayudaban a sufrir sin queja, devorando sus lágri- 
mas, ocultándoselas la una a la otra para no dar nin- 
guna prenda de su dolor 

El retraimiento en que vivían, tenía sus consuelos 
Muchos seres humildes a quienes ellas daban protec- 
ción les comunicaban nuevas 

El mismo Pedro de Souza, siempre consecuente, 
solía sacarlas de íncertidumbres 

Pero era Guadalupe la que tenía el don de em» 
bargar horas enteras a su joven ama con el recuerdo 
de episodios en la estancia, en cuyas memorias se 
entremezclaba el nombre del ausente 

Cierta tarde se apareció una negra vieja, antigua 
esclava de don Carlos, y a quien éste había redimido 
el día en que su hijo Luis cumpliera sus tres lustros 

Nunca dejaba de ir a la casa a saludar a sus amos, 
como ella los llamaba siempre, si ya no era para llevar 
las ropas blancas cuyo lavado hacía 

[227] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Cuando sentían el ruido de su» chanclos en el za- 
guán, los sirvientes decían riendo A ahí está la tía 
Nerea f 

Y veíanla entrar en efecto a paso tardo, con el 
atado en la cabeza y el cachimbo sin fuego en la boca, 
dando los "buenos días de grama" desde la verja, y 
nombrando a viva voz a todoa los de la casa aunque 
no estuvieran presentes 

Esta vez la tía Nerea entró sin atado ni cachimbo, 
arrastrando sus plantas con esfuerzo penoso, y los 
ojos ahumados por la edad, llenos de llanto. 

Parecía haber hecho una jornada dura, y sufrir 
una emoción en exceso violenta para sus años 

La madre de Luis María y Natalia estaban en el 
patio 

Distinguiéndolas ella, llegóse bien cerca, y dijo con 
acento entrecortado y ronco 

— jAy, el ama del alma ! Sáqueme, su mercé 
eso que tengo en la cabeza, que ya me pesa más que 
el atado, tan ganosa estaba de llegar pronto por la 
virgen santísima' 

— ¿Qué sera, madre 7 — preguntó Natalia sorpren- 
dida — temblando cual si la hubiese oprimido una 
duda el corazón 

— jQue ha de ser T —dijo la señora reprimiendo 
se — Que ésta nunca se explica claro y la tiene a una 
en angustias a >eces ¿Qué ocurre Nerea 7 

La \oz de la madre era tan imperiosa y afligida, que 
la negra, sin atinar a hablar, se arrancó de un tirón 
el pañuelo que cubría su cabeza, cajendo al suelo 
dos cartas muv dobladas 

Fue aquello chorno una revelación 

Nata, presa de un sacudimiento nervioso, dobló su 
cuerpo gentil, y precipitóse sobre las cartas, recogién- 



[228] 



I 



GRITO DE GLORIA 



dolas y oprimiéndolas contra el seno agitado con sus 
dos manos ceñidas 

Quedóse mirando a la señora de hito en hito, con 
sus grandes ojos húmedos y fijos, la boca entreabierta 
y una especie de latido en la garganta que parecía ha- 
ber paralizado bu habla 

Nerea empezaba a explicarse levantando los dos bra- 
zos, pero la señora no la oía 

Temblándole las mejillas, alargó hacia Natalia una 
mano blanca y rugosa diciendo 

— jY bien, pues 1 ¿Son de él, hija 9 jDame 
la mía, que una ha de haber' 

Nata apartó callada las cartas del seno, leyó atenta 
los sobres, dio una, quiso retener la otra, pero de 
súbito, saliendo de su aturdimiento, sintió que el sem- 
blante se le encendía y balbuceó ruborizada 

— jDe él son, madre 1 Esta para ti, esta para mí 
i Tómalas las dos' 

Y extendió su maneota estremecida. 

— 4 Oh, qué dicha * — exclamó la madre — Guarda 
la tuya, querida La mía me basta . ♦ 

Y apretando la carta contra el pecho, se entró en 
su aposento casi sollozante 

La joven siguió mirando y contemplando aquella 
letra amada por algunos momentos, sin atreverse a 
romper la cubierta, y como fuese reponiéndose de su 
primera emoción, de modo que ya viese claro, puso 
aquella ante sus ojos una vez mas 

Parecíale que conversaba con él muy cerquita, como 
otras veces, cuando sonaban sus palabras en el oído 
encantado como trinos, y su aliento le entibiaba la me- 
jilla y le enardecía la sangre 

Sonrió, acarició a Nerea, puso la carta dentro del 
seno, la volvió a sacar, y sin saber lo que hacía, guar- 



[229] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



dóla de nuevo y tornó a extraerla, alisando la» arru- 
gas, observándola por todas partes por si había ro- 
tura que denunciase su secreto 
Por último dijo 

— No te vayas Nerea i Cuánto tenemos que ha- 
blar' 

Y huyó a su habitación, radiante de alegría 
Noche de júbilo fue esa, en la casa de Berón 
Nerea tuvo que quedarse allí porque debía dar 
todos los datos más minuciosos 

Ella lo hizo punto por punto, siendo escuchada con 
la mayor atención 

Si bien no la anudaba su manera de expresarse, 
desempeñóse con éxito, narrando todo lo sucedido 
desde que la encontró en lag "cachimbas" Luis Ma- 
ría, hasta que se fue 

A causa de interrogarla don Carlos con aire inqui- 
sitorial, se turbó más de una vez, pero bien pronto 
repuesta, contestaba a todo añadiendo detalles ines- 
perados 

Había venido a la ciudad sin tropiezo Nadie la 
había detenido ni registrado El niño estaba bueno, 
era un gran jinete, y había llegado hasta a una milla 
de las murallas 

Como ella dijese que tenía la cara morena de tanto 
viento y sol, y la nariz despellejada, el señor Berón, 
sin dejar de mostrarse en cierto modo adusto, trabó 
una especie de controversia sobre si ese desperfecto 
momentáneo provenía de la acción solar o del aire 
enrarecido La negra sostenía que la tostadura venía 
del pasado verano 

En este punto, la madre preguntó grave y me- 
lancólica 

— ¿Y le ha crecido la barba, Nerea 9 



[230] 



GRITO DE GLORIA 



— 1S1 \iera au mercó* Es corta, pero le relumbra 
de dorada, 

— Debe sentarle muy bien a mi Luis, — dijo la se- 
ñora con ternura 

El es muy rubio y tiene la cara bonita 
Y miró a su marido 
Este pestañeó sin pronunciar palabra 
Natalia estaba como absorta 

i Había motivo' La carta encerraba tantas cosas se- 
ductoras T No cabía en sí de contento 

Oía sin embargo cuánto se hablaba, de modo que 
al dicho de la madre, repuso ella con deleite 

— -¿Que importa que el sol lo haya tostado y que 
la barba le haya crecido ? ¡ Siempre seta hermoso T 

La madre pasóle el brazo por el cuello y la estrechó 
con cariño 

Natalia la miró dulce, transportada, murmurando 
como si estuviera a solas 

— iQué dicha volverle a ver bueno y vencedor 1 Ma- 
dre ¿cuándo se acabará esta guerra 9 

Desde esa noche, la joven se sintió más confortada, 
tierna y risueña después de tan largos silencios 

Leyó muchas veces la carta, hallando siempre en 
ella algo de nuevo 

Aquella pasión que había sabido inspirarle, la ena- 
jenaba por completo Sentía un placer íntimo que la 
abstraía llenando su espíritu de extraños goces 

Recreábase en recordar, recordar siempre iQué 
deliquio 1 Palpitábale el seno a impulsos de emociones 
desconocidas, llevando alh trémula su mano, fijos los 
globos azulados de sus pupilas en un diorama ideal 
como si en rigor se reflejara delante de una imagen 
querida, digna de sus ternuras y compañera de sus 
soledades 



[231] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Todo agitaba su sensibilidad, cualquier paisaje mez- 
cla de verde y luz, cualquier cuadro tierno de familia, 
el esplendor de la mañana, la serenidad de la noche, 
el canto de los pájaros, el ritmo del aura y de las ho- 
jas, las escenas sencillas de la naturaleza Veía siem- 
pre en todas y en cada una de ellas cierta relación 
con el estado de su espíritu, algo de belleza múltiple 
y cambiante que senía de marco a esa imagen es- 
condida en su cerebro. 

Pensar en que volvería a verle, en que lo tendría 
cerra de si pronto para no alejarse ya, pensar en 
que entonces ella sería capaz de atreverse a una cari- 
cia, a un ruego, tal vez a un reproche, eran cosas que 
la estremecían trasmitiendo a su ilusión el tinte de la 
dicha verdadera 

Asi buscaba la soledad como un refugio, como el 
campo de asilo de sus ensueños donde la mente diva- 
gase suelta, entusiasta, ardiente Esa soledad muda 
para otros estaba para ella llena de notas gratas y de 
encantos virginales, y era entonces cuando echaba de 
menos aquellas frondas silenciosas del Santa Lucía, 
donde recogiera sus primeras impresiones en compa- 
ñía de su hermana >a muerta 

Escribió a Luis María, esperando otra de él llena 
de encantos 

Después, vinieron días tristes Una inquietud mor- 
tificante dominó su ánimo, y viósela marchita, pasar 
del jardín al mirador y de éste al jardín y a la huerta, 
inclinada la cabeza, el paso tardo y vacilante, arran- 
cando al pasar hojas a los árboles con mano nerviosa 

Con la mirada vaga recorría siempre el largo sen- 
dero orillado de boj, que iba sembrando de hojas ver- 
des sin advertirlo 

Un obstáculo la detenía de súbito 



[232] 



GRITO DE GLORIA 



Era el estanque del fondo con anchas franjas de 
juncos v totoras, extenso, inmóvil como un inmenso 
vidrio ojival, criadero de ranas y culebras, que solían 
mostrarse unidas por los apéndices al cogollo saliente 
de un recio "caraguatá'* que en la banda opuesta del 
estanque se erguía solitario, y en redor del cual for- 
maban con sus anillos al ravar la aurora o al caer la 
tarde como un haz de móviles diademas* 

Miraba con miedo aquella verde nidada que se agi- 
taba en rueda al calor del sol, dirigiendo a todos rum- 
bos sus chatas cabezas ornadas de brillantes ojilloa 
negros en lentas ondulaciones, entrelazándose y desen- 
lazándose* reuniendo a veces sus bocas en caprichoso 
grupo como una pequeña hidra o apartándolas en for- 
ma de tentáculos de un pulpo 

Pero eran inofensivas, reptiles acuáticos, veloces 
nadadores que nacían y morían entre la paja brava y 
el junco reproduciéndose sin cesar al caliente vaho 
de las orillas 

Cuando alguien se ponía cerca, el haz de aquellas 
húmedas esmeraldas se deshacía con singular rapidez 
sepultándose en las aguas entre círculos y estrellas 
de espumas 

Entonces, si ella estaba próxima, miraba con terror 
las burbujas y se apartaba ligera del sitio 

Sin embargo nunca dejaba de \oHer como atraída 
por aquel detalle de la naturaleza próvida que por do- 
quiera hace suigir la vida, en lo alto del espacio como 
en el cieno del pantano, dando anillos al que prrva de 
alas, élitros sonoros al que no lanza trinos, y blandos 
lechos de musgo a los que en vez de piumas llevan es 
camas No era pues, el suyo, miedo pueril* algún re- 
cuerdo la mortificaba ante aquel receptáculo de rep- 



[233] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



tiles y de enquéhdos semejante a un remanso, que al 
mismo tiempo la retenía 

Acaso era el recuerdo de su hermana Dora, que \i 
vía fresco en su cerebro, punzante, doloroso 

l Pobre Dora 1 Ella había amado al mismo hombre 
con toda la fuerza del candor, lo había amado entu- 
siasta e ingenua, en medio de los estragos que en su 
pecho hacia la "gota coral", — aquella dolencia he- 
reditaria de eternas ansias y zumbidos, dueña por en- 
tero de su presa como un gusano venenoso 

De aquel amor desgraciado y de esta perenne mor- 
dedura, su muerte triste 

Una noche de luna tibia v aromada se escapó a la 
ribera, bajo las frondas, y allí acometida del vértigo, 
cayo a un remanso de flotantes "camalotes" a modo 
de ave dormida Del fondo la saco un compañero de 
Luis, y la llevó en brazos Se acordaba era un sol- 
dado formidable, bronceado, taciturno, con alma de 
niño 

Pero venía muerta, con un color de cera casi trans- 
parente, los ojos inmóviles como los de una muñeca 
de las que ella se entretenía en vestir y arrullar en 
sus raptos pueriles, y los cabellos lacios enredados 
con lianas verdes, elásticas, tarnatiles como aquellas 
culebras que anidaban en las totoras y envolvían el 
"caraguatá 1 * con sus anillos 

Su padre y ella fueron presas de un gran dolor, 
todos sollozaban, hasta aquel hombre sombrío pare- 
ció conmoverse cuando puso en el suelo con cuidado 
a la pobre muerta 

|No podía olvidar 1 Menos en esos días en que su- 
fría hondos desalientos 

La presencia misma del teniente Souza reavivaba 
las memorias* 



[234] 



GRITO DE GLORIA 



El había querido a Dora, tal vez sin esperanza de 
poseerla, después parecía que el afecto se había cam- 
biado por ella, que Souza la miraba con ternura, con 
esa intención que no se oculta porque necesita tras- 
lucirse en la pupila aunque la palabra no se atreva a 
revelarla 

¿Sería esto así? 

Las simpatías que Dora despertara ¿habrían recaí- 
do sobre ella, como un afán que perdura 9 

Así debía de ser por aquella insistencia muda en 
hacerse estimar, por aquel empeño y aquella discre- 
ción paciente que busca exhibirse a modo de faz de 
alma levantada 

Entonces ¿no sucedería ahora a ese afecto lo que 
antes no estaría condenado a vivir siempre escondido 
a manera de un pecado que jamás se confiesa, porque 
nadie ha de absolverlo 9 

iNo 1 Esa constancia era inútil ¿Cuán distintos eran 
sus ensueños' 

Y al meditar sobre esto, volvía la imagen del au- 
sente, del débil, del abnegado, a retratarse en su espí- 
ritu lleno de congoja, al igual de una luz serena y 
brillante en las medias tintas de un crepúsculo. 

Entonces poníase a andar de una a otra parte ca 
bizbaja, al punto do que encontrándola a su paso don 
Carlos solía volverse y decirle con mucha serenidad- 

■ — ¿No te aflijas, hija, si todo se ha de allanar! 
¿No me ves a mí vivo ? |Y qué te figuras 1 muchas 
balas me silbaron en la oreja y muchos cuchillos bus- 
caron con sus filos mi garganta No por eso me ten- 
dieron a lo largo por siempre ¿Por qué no ha d« 
suceder lo mismo con este mancebo voluntarioso 9 

Como en otra ocasión análoga, él repitiese el epí- 
teto, Natalia díjole 



[255] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



— jAy, no 1 El es noble y bueno como su padre 

Y se había inclinado llorando, para recoger unas 
violetas que cayeron de su seno Contemplando un 
instante aquel cuerpo esbelto y aquel rostro lleno de 
frescura y de gracia a pesar de su sello de aflicción, 
el viejo corrió hacia ella y la besó en la frente, repli- 
cando solicito y apurado 

— j Sí, hija mía, sí por Dios* ¿Quién puede dudar- 
lo? Si a veces no sé lo que me digo de rabia con- 
tra estos rancios que se empecinan en retener lo que 
no les pertenece por derecho Porque 

Y ahogándose, había huido don Carlos a su escri- 
torio 



12*6] 



XXIII 



ESTEBAN 

Una noche, Natalia notó que Souza parecía más 
contento que de costumbre 

Estaba comunicativo en exceso, a\ enturaba ciertas 
frases de intención, y hasta llegó a decir que la gue- 
rra debía terminarse de un día para otro, según su 
creencia 

Estas palabras preocuparon a sus oyentes, que eran 
las damas 

Don Carlos jugaba al tresillo en la próxima habi- 
tación con Pascual Camaño, a puerta entornada, de 
manera que se percibían con claridad sus risas v vo- 
ces, ya que no el sentido y alcance de sus diálogos 

A la afirmación de Souza, repuso la señora 

— 5i fuese por la paz que esto acabase, al contento 
de todos, más no podría pedirse* 

— No aseguraría tanto — dijo aquél con mesura, 
— pero en un simple hecho de armas sin mayor efu* 
eión de sangre, acaso el resultado fuese el mismo 

— jEso sí que no me parece 1 — observó Natalia 
con un acento de firmeza y confianza que puso algo 
nervioso al oficial Le he oído referir a mi padre que 
sus paisanos, cuando van a guerras como estas, triun- 
fan o vuelven pocos, 

— Ese as nuestro dolor — agregó la señora, suave 
y resignada. 



[237] 



EDUARDO ACKVEDO DIAZ 



Souza recogióse un instante con dignidad, acari- 
ciándose el extremo de los bigotes y luego respondió 
cortés 

— jOh, nadie duda del valor de los nativos 1 prue 
bas tienen dadas de su virilidad en guerras desigua 
les, aunque hayan sido para ellos sin suerte De aquí 
que no siempre el heroísmo sea lo bastante para al- 
canzar lo que se sueña, aparte del numero es nece- 
sario el poder del dinero, sin el cual el mejor esfuerzo 
se malogra 

— jRoñV — gritaba sulfurado en ese momento don 
Carlos en la otra habitación iSí, señor' Roña Las 
onzas no se escatiman de esa manera, se ganan y se 
guardan para utilizarlas luego con provecho Así que 
llega el caso de ponerlas a la suerte, se juegan, y si 
se pierden cómo ha de ser r ¿Qué me viene usted con 
esas reservas, por San Diego, cuando voy jugando más 
que usted en la partida ? 

— |Lo sé, amigo viejo, lo sé 1 — contestaba la voz 
de Camaño Pero en todo azar. 

A esta altura del debate, las voces bajaron e lucié- 
ronse confusas 

No por esto se interrumpió el diálogo de la sala 

Por el contrario, la señora, que había recogido aque- 
llos ecos un tanto en suspenso, se apresuró a replicar 
a Souza 

— Nosotras no entendemos bien de esas cosas Ha- 
blamos por sentimiento i usted comprende' por cariño 
que nos ata y domina 

Souza asintió, y pasó delicadamente a otro tema 
más familiar, tratando por todos los medios ingenio- 
sos de recuperar lo que creía haber perdido en el es- 
píritu de Natalia con sus medias frases misteriosas 



[288] 



GRITO DI GLORIA 



Habló de los entretenimientos de don Carlos con el 
tresillo, la malilla o el ajedrez, observándole la señora 
que eran hábitos de antaño con sus íntimos, y que 
ponía siempre algo en las partidas para interesarlas, 
por lo que no debían extrañarle sus espansiones y en- 
tusiasmos, de que daba prueba en ese momento mismo 

Con efecto, la voz de don Carlos se alzaba de nuevo, 
oyéndose que decía franca y cordial 

— ^Ah, señor de Camaño 1 Yo bien sabía que 
habríais de caer en la remanga como una platija, por- 
que en estos juegos las onzas entran de canto y se 
quedan luego en pilas jNada lo dicho f La par- 
tida ha sido de fuerza, no se ha perdido la noche, el 
caso era de aprovechar sin escrúpulos de monja t Al 
diablo con las delicadezas cuando prima la necesi- 
dad' Cincuenta onzas, unidas a oirás, sirven a los 
menesterosos 

A esto replicaba algo de poco inteligible don Pas- 
cual, y las voces fueron poco a poco convirtiéndose 
en murmullos 

Media hora después, cuando Souza se retiró, iba 
pensativo 

Indudablemente la actitud de Nata, cada día más 
reservada, lejos de atenuar el impulso de la pasión 
que sentía incrementarse en el, la exasperaba y enar- 
decía al punto de que empezaron a cruzar malas ideas 
en su cerebro 

Cierto era que este fenómeno se venía operando de 
algún tiempo atrás en sus sentimientos La repulsa 
constante habíale enconado y llevaba camino de en- 
durecerle 

Acaso la conspiración de Calderón que debía esta- 
llar por horas en el campo de Oribe, le allanase las 
dificultades 



[239] 



BDUAHDO ACEVEDO DIAZ 



Por su parte, había influido lo suficiente con los 
intermedíanos del jefe sitiador para que su afortunado 
rival entrase en el número de los que fueran elimi- 
nados por sus propios amigos 

4 No quitaba, ni ponía re} 1 Si por cualquier cir- 
cunstancia el plan se malograra, estaba él dispuesto 
a buscar por todos los medios la solución, procurando 
eso sí, que la hija de Robledo no llegase a aperci- 
birse de su acción directa en daño de Luis María 

Eso pensaba y estaba decidido a hacer 

¿No era Luis María su enemigo en la guerra y su 
mal en el amor, y en una como en otra lucha los 
ardides > estratagemas no eran lícitos? ¿No se ha- 
bían compensado mutuamente sus acciones caballeres- 
cas 9 ¿Estaba obligado a guardarle deferencias que 
reñían con el cumplimiento estricto de los deberes mi- 
litares 9 De ninguna manera 

En buenos instantes le asaltaban a Souza ímpetus 
siniestros 

Pero, forzoso le era reprimirlos, hasta tanto se des- 
envolvieran los sucesos que seguían en incubación 

En definitiva, aquella guerra no podía prolongarse 
mucho, llegarían refuerzos, se tomaría la ofensiva, 
y si Berón salvaba del desastre, lo que él pondría em- 
peño en que no acaeciese, tendría que irse al extran- 
jero por tiempo indeterminado 

Por el momento, las probabilidades se inclinaban a 
su favor 

Los que conspiraban en el campo enemigo eran de 
empresa y mano segura, ni temían, ni perdonaban. 
Por otra parte, terían auxiliados por fuerzas de la 
plaza 

Un golpe de efecto reservaría él para Natalia, en 
estos días, el de la libertad de su padre por quien 



[240] 



GRITO DE GLORIA 



venía interesándose con el general Lecor con verda- 
dero empeño y confianza en el éxito 

Esta conducta crearía un nuevo vinculo de grati- 
tud, evitando por lo menos que el odio llegase a re 
emplazar al afecto amistoso en el corazón de la joven 

Después, la obra era del tiempo, de la constancia, 
de la persuasión Nada resistiría a los procederes há- 
biles y correctos 

Las intenciones de Souza llegaron a acentuarse con- 
tra Luis Mana, y su acritud subió de punto, cuando 
al día siguiente, ya tarde, se supo en la plaza que la 
trama tan bien urdida había sido deshecha, que el 
jefe del movimiento había sido apresado por Oribe, 
y que por encima de este fracaso se habían producido 
serias deserciones en ciertos cuerpos de guarnición 

En casa de don Carlos, la noticia fue muy comen- 
tada alegremente 

Sin la menor efusión de sangre, aquel plan tene- 
broso había abortado, la buenaventura estaba de lado 
de los leales, no cabían traidores en sus filas, éstos 
se estrechaban con firmeza, en tanto decaía en el re- 
cinto la confianza 

Al oír la nueva, Natalia experimentó una fuerte im- 
presión y dijo a su protectora 

— Tal vez eso tenga que ver con aquello que Souza 
decía, | madre 1 »» Aquello de que todo concluiría 
pronto 

— iBien puede ser ! — respondió la señora Sabes 
que él es un poco enigmático en sus confidencias a 
medias Pero ahora debemos estar tranquilos, n 
todo lo que se asegura es cierto* 

— jCórao dudarlo 1 Si no fuese así ya nos habrían 
afligido con sus músicas y festejos 



[2411 



I 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Don Carlos recorría el patio contento a pasos pre- 
cipitados, y en una de sus vueltas, acercándose al 
oído de su mujer, murmuró sin omitir sílaba 

— Anoche le saqué cincuenta onzas al cicatero de 
Camaño, y hoy veinticinco a Cah\to, el del deposito 
de maderas 

— jYa te oímos * — repuso riendo la señora Ha- 
blabas bastante en voz alta, pero Souza se fue cre- 
yendo que eran ganancias al tresillo 

— ¡Está fresco 1 Amarillas para los pobres, mujer, 
para unos pobres de solemnidad que \iven al raso en 
el campo sin otra ayuda que Dios y sus fuerzas 

Siquiera algunos han de poder \estirse y surtirse 
de ciertas cosillag indispensables que meterán estruen 
do ¡por Cristo f porque en ellos el plomo ha de andar 
revuelto con el acero y el bronce 

Los ojos del viejo relucían, y apretaba los labios 
hasta esconderlos en la calidad sin dientes 

Su compañera no tuvo tiempo de objetarle nada, 
pues él se alejó a bu escritorio con el gorro en la nuca, 
procurando erguirse cuan alto era, a paso militar 

Después de estos acontecimientos sucedióse por al- 
gunos días una inacción extraña en las tropas del re- 
cinto 

Tal estado de cosas se prestaba a todo género de 
conjeturas, las que se hacían sin reservas a pesar de 
las amenazas publicadas por bando y de la persecu- 
ción remiciada contra los desafectos con brusca vio- 
lencia 

Pero muy pronto se divulgó el rumor de la llegada 
de refuerzos, y el aspecto del recinto sufrió un cam- 
bio completo 



1242] 



GRITO DE GLORIA 



Don Carlos presenció desde su mirador la entrada 
de las naves de guerra, con mar tranquila y suave 
brisa 

La furia del viento y de las olas en la costa bravia 
del levante, no salió esta vez al encuentro de aquella 
nueva expedición enemiga para ayudar a los débiles 
en su obra 

— i Oh, elementos caprichosos 1 — prorrumpía don 
Carlos siguiendo atento con el anteojo la marcha tnun 
fal de las corbetas y transportes cuando doblaban la 
Punta del Este a velas desplegadas y banderas al tope, 
— ¿por que no bramáis sudeste irreductible, para 
arrojar ese presente dañino contra las restingas y can- 
tiles como despojos de naufragio 9 ¿por qué no sil- 
bas "pampero" formidable, como millón de flechas 
disparadas poí mil tribus del desierto, y empujas, des- 
arbolas y tumbas esas negras naos mar adentro, allá 
donde levantas cordilleras de olas capaces de estrellar 
entre sus crestas toda una escuadra de Xerxes? Dor- 
mís, vientos, dormís, ondas fragorosas y en tanto 
las hormigas trabajan a la espera del oso que ha de 
engullirlas 1 

Así sois los fuertes ipor Santiago 1 como las fieras, 
os respetáis, no venís a las manos sino por un evento, 
-uando se os precisa y se os ruega, dormitáis en los 
antros sm importaros un comino de nuestra suerte 
i Andaos al infierno, fuerzas brutales e incapaces 1 

Y dejando el catalejo de golpe, don Carlos había 
descendido colérico para encerrarse en su escritorio 

Mucho bullicio hubo en la ciudad ese día, y antes 
de la noche llegó a saberse que se habían desembar- 
cado gran cantidad de elementos bélicos para el ejér- 
cito y la armada, así como uno de los contingentes 
pedidos compuesto de cuatro batallones de línea, ca- 



[243] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



zadores y granaderos de la guardia imperial y otras 
fuerzas regulares 

Anadiase que a est03 regimientos debería seguirse 
la llegada por la antigua línea divisoria de dos mil 
jinetes perfectamente listos para una carga a fondo 

Guadalupe que no perdía ocasión de recoger en la 
calle toda novedad cuyo conocimiento interesase a su 
ama, se encontraba desde la puesta de sol en una es- 
quina de la calle de San Carlos viendo desfilar las 
tropas a sus cuarteles al son de trompetas y charangas 

Muy alborotada estaba ame tantos morriones, pe- 
nachos, correajes y banderas, tantos semblantes des- 
conocidos, aunque a ella le parecían iguales, aberen- 
jenados \ chatos, cuando no retintos y trompudos, 
tantas bandas lisas rumorosas y desaforados chin-chi- 
nes \ tanto traquear de carromatos cargados con ba- 
gajes como para una cruda campaña 

Era aquel un desfile brillante lleno de reflejos y 
vivos colores, ruidos prolongados y haces de armas 
lucientes entre aclamaciones de bienvenida y dianas 
que encadenaban sus ecos a lo largo de las explana- 
das y bastiones 

La artillería solía unir su voz al general estruendo 
a modo de extenso y ronco mugido 

Poco a poco todos estos ruidos se fueron apagan- 
do, y cuando la noche \enía a grandes pasos, notó 
recién Guadalupe que el escuadrón de nativos que ha 
bia acompañado a otros cuerpos en la recepción ali- 
neado por una acera al flanco de la plaza, se apre- 
suraba a formar para emprender marcha a su cuar- 
tel Mantúvole quieta la negrilla hasta que desfilase, 
tal vez con el solo objeto de hacer alguna morisqueta 
a don Cleto, que en el dragoneaba a la fuerza 



[244] 



GRITO DE GLORIA 



El escuadrón rompió marcha al trote y toque ele 
clarín 

Pasado habrían cinco mitades, cuando haciendo 
punta en la siguiente un jmete apuesto y garboso, 
pero renegrido como un cuervo de las asperezas fio 
ridenses — según le pareció a Guadalupe — , lijo en 
ella el blanco de sus ojos, saludándola cortés y mili 
tarmente con el sable que llevaba terciado con biza- 
rría» 

La negrilla se quedó estática, encogida por la sor- 
presa 

El escuadrón acabó de desfilar, alejóse, perdióse 
en las sombras entre un desconcierto de cascos y de 
vainas 

Pero ella siguió mirando quieta y arrobada 

Luego, cual si saliese de un estupor al sentir el to- 
que de queda, apresuróse a llevar sus manos a la 
cabeza para advertir si sus racimillos de saúco esta* 
ban peinados, después al seno, recubierto por un pa- 
ñuelo limpio de algodón, por si se le había despren- 
dido el alfiler rematado en cuenta roja que lo pren- 
día, por último al delantal de lana floreada, que 
sacudió aturdida, y como un viento partió de súbito 
contorneándose y echando para atrás la visual por si 
los ojos blancos le lanzaban algún destello desde el 
fondo de la noche 

A quien ella acababa de ver, y la había saludado, 
era Esteban Una nueva y grande sorpresa 

La negrilla no cabía en si de gozo 

Muy cerca ya de la casa de Beron, y libre un tanto 
de su aturdimiento, Guadalupe entró a pensar 

¿Por que está aquí Esteban 9 No ha ido a saludar 
a sus amos viejos, que lo vieron nacer y criarse junto 
al niño Luis María, su hermano de leche y después 



[245] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



su señor ¿Cómo creer que él fuese un ingrato que 
hubiese abandonado al que le había dado libertad 
para entregarse al servicio de sus enemigos ? jOn 1 no 
era posible Debía haber caído prisionero en alguna 
refriega, condenándosele después al servicio en la tro- 
pa auxiliar de extramuros como al pobre don Cleto 
Lo que habría en el fondo de todo era eso, y le ten- 
drían siempre acuartelado por temor de que desertase 
Sea como fuese, estaba bueno y sano, y ya se presen- 
taría ocasión de hablarle 

Guadalupe entró en la casa casi sm aliento 
Las señoras se encontraban en el escritorio hacién- 
dole compañía a don Carlos, con quien conversaban 
de pie cogidas de la cintura en cariñosa familiaridad 
Reprimiéndose en lo posible, Guadalupe contó lo 
que había \isto en la calle de San Carlos, el desfile 
de los cazadores y granaderos y la aparición de Es- 
teban en filas del escuadrón de nativos, sin omitir los 
menores detalles del encuentro, del saludo y de su 
asombro 

En suspenso se quedaron todos por breves instantes 
Don Carlos arrugó el ceño* 

Su esposa pareció conmovida, balbuceando estas pa- 
labras 

— |Ha dejado solo a mi Luis 1 

Natalia la acarició y díjole confiada y risueña 

> — |0h, él volverá a su lado f Yo lo conozco bien, 
si está aquí no es por su \oluntad, madre, y sobre 
esto estoy tan segura como si lo hubiese visto 

Guadalupe solicitada en todo sentido, no hizo más 
que repetir lo que trasmitiera al principio 

Preguntáronle si no se habría equivocado, a lo que 
ella respondió sin titubear 



[246] 



I 



GRITO DE GLORIA 



— jAh, no T créanme sus mercedes tengo su estam- 
pa aquí en mitad de los ojos 

— Seguro es, dijo Natalia sonriendo ¿Y te saludó 
con el sable, Lupa? 

— Como negro de buena casa, niña, y más aires 
que un tambor mayoi 

Don Cailos seguía callado, haciendo castañetear 
sus dedos sin descanso 

De pronto llamaron a la puerta de calle 

Sintiéronse luego pasos en el patio, v cuando -ya 
salía Guadalupe una \oz conocida decía humildemente 

— ¿Da permiso su merce 7 

Era la \oz de Esteban 

— i Entra' — grito don Carlos como saliendo de 
un sueño 

Apareció el liberto en el umbral, avanzó un paso 
y se cuadró, diciendo como cuando era chico > no 
hubiera mediado larga ausencia 

— ¡La bendición los amos 1 

— Dios te la dé, hijo — murmuró la señora con los 
ojos llenos de lagrimas 

Don Carlos abrió cuan grandes eran los su>os, 
echóse atrás el gorro y estuvo mirándole un instante 
fijamente 

Luego se puso a pasear precipitado encogiendo el 
hombro izquierdo hasta llevarlo a la altura de la ore- 
ja, y ahuecando la voz echó por encima la visual, 
preguntando sebero 

— ¿De dóndes sales tú ? ¿Cómo has dejado a 
tu amo 9 

— Caí prisionero, señor 

— Prisionero, jeh T ¿Desde cuándo? 

— Desde el día de la salida Yo diré a su mercé 

— Di 1 Si Es preciso que te expliques 

[247] 

19 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



— A mi amo le mataron el caballo en la guerrilla y 
él quedó abajo, de modo que no pudiendo zafarse, lo 
tomaron los "mamelucos 1 ' 

— ¿Que lo tomaron 9 

— |Oh T — exclamaron la madre y Natalia a un 

tiempo ¿Eso es verdad 9 

— Crean sus mercedes que sí — íepuso Esteban 
— ¿Y qué sucedió después 9 — prorrumpió don 

Carlos 

— Después aconteció que los compañeros cargaron 
por salvarlo, y lo consiguieron Mi amo quedó Ubre 
sin lesión ninguna Pero fui desgraciado, como ven 
sus mercedes, cargué también, mi caballo rodó v 
cuando volví a montar me encontré envuelto en el 
tropel, y me airastiaron hasta donde estaba la tropa 
de infantería 

— ¿Cómo no te mataron negro 9 — interrogo don 
Carlos más tranquilo v atento 

— En la lodada perdí el sombrero, v si su mercé 
supiese que yo tenia puesto un vestuario de pauhsta, 
de unos que tomamos en el paso del Rev, porque an- 
daba va muy despelechado 

— t Ah, comprendo' Te confundieron en los prime- 
ros momentos con otros pájaros del plumaje ¿Y 
luego 9 

— Me trajeron a la ciudadela, y estuve preso mu- 
chos días sufriendo castigos 

Al cabo un jefe me pidió para su cuerpo, donde 
serví un poco de tiempo Después de esto ine han pa- 
sado al escuadrón de auxiliares 

Hoy me dieron licencia por primera vez v he ve 
nido 

— Si — le interrumpió el señor Berón Es bastante 
extraordinario lo que nos cuentas y de que estábamos 



[248] 



GRITO DE GLORIA 



bien ignorantes a fe mía, lo que confirma aquel ada- 
gio de que, por donde uno menos se imagina salta la 
liebre ; Canarios T Pues no es humo de paja todo eso 
que tu has dicho muy sereno en cuatro palabras 
¿Han oído ustedes a este negrillo 9 

La señora y Natalia abrazadas escuchaban en si 
lencio 

— Sí, — dijo al fin la primera Veo que al escri- 
birnos poco después, nuestro hijo nos ocultó el per- 
cance k Pero, ya eso pasó r Ahora pienso cuánta 
falta le hará Esteban 

— i Oh 1 ^ Ya haremos que vuelva 1 ¿Te atreve- 
rías a volver de cualquiei modo 9 

Y don Carlos cla\o en el liberto su mirada pene- 
trante 

— Si, señor — contestó Esteban De un día para 
otro Sabe su mercé que sov de a caballo v baqueano 
Nu espero más que una noche oscura cuando andemos 
a busca de forraje, para escaparme con otros compa 
ñeros 

— ¿Entonces contigo se irán algunos 9 

— Si, señor, ) más que esos si se pudiera 

Don Carlos reflexionó un breve rato 

— jEsta bien 1 — dijo Cuando tú creas que ha lle- 
gado la oportunidad de la fuga avísamelo, por que 
te quiero encomendar una cosa de ínteres Por esto 
veras la confianza que te tengo Seguro estoy que 
cumplirás lo que he de encargarte, si no te matan 

El liberto se inclinó callado 

— Y como la licencia que te han concedido ha de 
ser corta, conviene que te vuelvas al cuartel para ha- 
certe acreedor a otras, pero antes ve lo que precisas, 
para que te se dé aquí todo Pide sin reservas negro, 
pues tus amos no han cambiado en nada desde que 
te fuistes 



[249] 



XXIV 

EL COFRE DE NATALIA 

Después de ese día, Esteban venía con la mavor 
frecuencia, aprovechando sólo en esas visitas la hora 
de puerta franca 

En cada una de ellas, su tema obligado de conver- 
sar ion era su joven señor con cuyo recuerdo deleitaba 
a sus antiguos amos 

Tenía también sus buenos momentos que consagra- 
ba a Guadalupe, a causa de lo cual la negrilla se es- 
taba en la cocina más tiempo que el ordinario 

Los otros sirvientes llegaron a decir que los dos se 
lo pasaban "enlucernandose" a la sobremesa, aparte 
de hablarse muchas veces al oído como personas de 
grandes secretos 

Agregaban que una tarde Guadalupe había brin- 
dado a Esteban con una ramilla de aromas, y que Es- 
teban le había regalado un zarcillo de plata que desde 
criatura llevaba en la oreja izquierda 

Los señores reían de estas cosas, y las observaban 
acaso con complacencia Difícil hubiese sido encon- 
trar una pareja negra mejor proporcionada y más bi 
zarra, pues que era ella una mujer de plenitud fisio- 
lógica, maciza y fuerte, y él un moceton robusto que 
tenia el don de imitar el aire y hasta el vestir de su 
amo 

Y esto, al punto de que cuando lo veía salir la se- 
ñora gallardo, flexible, a paso medido con una mano 



[250] 



GRITO DE GLORIA 



atrás sobre la cintura y la otra en el bigote, no podía 
reprimir una sonrisa, diciendo a Natalia 

— ¡Si mi Luis lo \iese, sería un jolgorio 1 

Cierta mañana muy ventosa y fría en que la hija 
de Robledo se hallaba sola en su dormitorio escri- 
biendo para su padre, entróse Guadalupe con un bra- 
serillo, que colocó próximo a los pies de su ama 

En tanto se esmeraba en la colocación de aquél, ín 
virtiendo en la diligencia mas tiempo que el necesa- 
rio, Natalia levanto la vista distraída, la miro, y no- 
tando en ella marcados barruntos de hablar díjole 

— Algo tienes tú que decirme 

— Adivinó, niña jPero yo no sé cómo atre- 
verme 1 

Guadalupe parecía tener dentro de sí mucha agi- 
tación 

— Atrévete — repuso la jo\en dulcemente 

— Pues vea su mercó Esteban anda lo más afligido 
a causa de que no puede Ie\antarse con sus compañe- 
ros tan pronto como quena . 

— ¿Le han sorprendido en algo 9 

— |No, niña, no es eso 1 Sino que él dice que con 
un poco de dinero para darle a un sargento "mame- 
luco" de su compañía, todo quedaba listo, y en una 
noche salían zumbando campo afuera sin quedarse 
un solo hombre de su escuadrón 

— A Oh, qué suerte sería T ¿Y eso podrá hacerse 9 

— El jura que sí, y se lo creo Casi todos los solda- 
dos son orientales prisioneros o que sirven a la fuerza, 
y les han puesto oficiales y sargentos paulistas para 
tenerlos sujetos Esteban dice que esto no importa 
nada, salvo el sargento, que es preciso comprar 

— |Ah ! ¿Y si ése lo descubre 9 No, Lupa, no quiero 
que me hables más de eso r — exclamó Natalia con 



[251] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



firmeza El que se da por dineio a unos, se da a otros, 
y al fin el pobre Esteban sena el sacrificado 

Guadalupe se calló como una muerta 

Como Natalia siguiese su escritura, ella se fue a 
paso leve, cabizbaja 

Concluida su carta, la joven apovó el rostió en la 
rmno v se quedó pensativa 

Pieocupábale lo que había oído momentos antes 

Quizás ella había opinado sin mucha reflexión res 
pecto al asunto secreto de que le hiciera confidencia 
su esclava ¿Qué entendía ella de esas cosas de hom 
bres de armas ? fiien era posible que Esteban tuviese 
plena segundad de salir airoso en su tentativa, puesto 
que conocía a fondo a sus compañeros _v a sus supe* 
ñores A más, el hacia por su causa lo que estaba en 
su mano, era honrado y valiente, > era preciso que 
se fuese cuanto antes con su señor que le echaría de 
menos, libándole un buen contingente de hombres 
sufrido* 

¿Por que no consultar esto con el señor Berón? 
Sena lo mas discreto ¿Pero tan adusto el anciano 1 
Iba tal vez a salir diciéndole que esas eran "co^as de 
negro" 

Tampoco quería explayarse con su protectora por 
temor de He\ar a su ánimo nue\as inquietudes e m- 
certidumbies 

Todo el día se lo paso Natalia absorbida por estos 
pensamientos, uva siempre la memoria de su amigo 
como un estimulo perenne que la predisponía y em- 
pujaba a aceptar todos los medios de esa índole en 
su obsequio y en el de la causa de sus afecciones 

Por la noche, retirada ya a su aposento, llamó a 
Guadalupe y reanudó con ella la conversación de la 



[252] 



GRITO DE GLORIA 



mañana, revelando un interés ardiente por lo que en- 
tonces acogió con escrúpulos al parecer invencibles 

Guadalupe que había pasado largas horas de des- 
aliento, tuvo una grande alegría ante las manifesta- 
ciones favorables de su ama \ cuando esla le enseñó 
un cof recito de madera que guaidaba onzas de oro, 
la negra, que se había airoclillado cerca de ella para 
hablarla con sigilo cogióle las manos y se las be^ó 
llena de indecible gozo 

Aquella pequeña arca le había sido dejada por don 
Luciano con facultad de disponer de su contenido, que 
era el de quince onzas, en la forma que cre\ese más 
ufcil Nunca tu\o necesidad de recurrir a ella allí don- 
de *e le consideraba como una hija, de modo que st 
hallaba intacta lo mismo que una reliquia 

iQué bien empleada estaría en beneficio de los que 
sufrían por su tierra T 

Natalia abrió el arca, cogió en puñado las mone 
das sin contal las, púsolas de nue\o en su sitio, y pre- 
guntó algo afligida 

— ¿Alcanzará esto. Lupa 9 

— ¿Yo creo, niña' 

— j Si es un puñadito' ¿Y por esto se compra 
un hombre? 

— Por mucho menos k Oh, como su mercó no co- 
noce estas cosas 1 Por cinco "patacas^ se \ende un 
cabo, y por diez un sargento cuando tiene ganas de 
desertar dice Esteban, ahora, figúrese su mercó qué 
ojos abrirá este que da trabajo, cuando el le ponga 
al aleante dos no mas de esas amarillas 

— No importa, Lupa ¿Cuándo \iene Esteban 9 

— Mañana, niña 

— Bueno Asi que \enga se las darás todas, aun- 
que yo creo que no bastan para lo que él quiere Si 



[253] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



fuera así, dimelo en el momento mismo, que yo veré 
como se ha de remediar eso Pon el cofre ahí en la 
mesa de donde lo tomarás mañana y se lo entrega- 
ras, con mucha recomendación de que guarde el se 
creto 

Prometió Guadalupe cumplir todo religiosamente, 
puso el arca en el sitio indicado, y después de per- 
manecer un rato todavía en conversación animada con 
su ama se retiró a espeiar con ansia el sol del nue\Q 
día 

Esteban íue puntual a la cita 

Conducíase tan bien en el servicio, era tan hábil en 
su profesión de soldado, y cedía tan dócilmente a la 
regla de severa disciplina, que sus superiores habían 
concluido poi reconocerle méritos a su confianza 

Como no abusaba nunca de la licencia, caso poco 
común concediansela ahora sin objeción, pues que 
ella sola podía ser aprovechada entre muros sin opor 
tumdades tentadoras 

Alguien bin embargo, les había advertido que tuvie- 
sen en cuenta la circunstancia de haber sido el liberto 
asistente de un joven "revoltoso" que era avudante 
de Oribe y que figuraba con cierto brillo, por perte- 
necer a una de las principales familias del país 

AI principio esta prevención puso en cuidado a los 
jefes, pero el celo llegó a adormecerse a medida que 
la buena conducta del liberto se fue afianzando 

Sin temor alguno pues, desde que las sospechas se 
habían desvanecido Esteban venía haciendo su tra 
bajo de hormiga negra 

Nada había comunicado a don Anacleto, su compa- 
ñero de desgracia, sabiendo que al viejo capataz se 
le soltaba con facilidad la lengua, en cambio, habíase 
atraído aquellos elementos del escuadrón que en su 



[254] 



GRITO DE GLORIA 



concepto eran los indispensables a la empresa, lo que 
probaba que él sabía distinguir y utilizar los hombres 
— calidad superior de que carecían muchos que ocu- 
paban ma9 altos puestos 

Al habla con Guadalupe, y enterado de las dispo- 
siciones de su joven ama, el liberto no pudo menos de 
sorprenderse y de expresar su contento con todo gé 
ñero de demostraciones cariñosas a la esclava Aque 
lio superaba sus ma}ores deseos 

No era necesaria una suma tan crecida Con la mi- 
tad bastaba 

— La niña da todo — dijo Guadalupe , pero, A que 
ha de callarle sobre esto 1 

—Nadie lo ha de saber — contesto Esteban — , o 
no soy hombre libre Mi ama puede quedar tranquila 
Tomo \o la mitad, y guardas el cofre sin decirle nada 
a la niña 

Yo he de volver cuando sea tiempo y todo esté 
pronto 

El liberto se fue con las seguridades de Guadalupe 
de que iba a rogar a la virgen de los milagros por- 
que fuese el feliz en su intento, cuanto iban a serlo 
los amos v ella misma, así que lo \iesen libre con sus 
compañeros de la tiranía del recinto 

Por otra parte, sentía cierto orgullo de que fuese 
Esteban el iniciador > el actor principal de aquella 
temerosa aventura 

Con todo, transcurrieron bastantes días sin que el 
liberto apareciese 

Tampoco había vuelto Nerea, la mensajera siempre 
anhelada, con nueva correspondencia secreta 

Natalia acudía todas las mañanas a su observatorio 
haciendo funcionar el catalejo a diversos rumbos, de- 
seosa de descubrir algún indicio de grato augurio* 



[255] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Pocas novedades ocurrieron en los contornos, aparte 
de muy lejanos tiroteos, de salidas y entradas de re- 
gimientos que hacían el servicio de plaza y de pasa- 
jes frecuentes d( partidas por la zona libre a tiro de 
cañón 

El invierno era riguroso, aunque ya corría a su 
téimino, y a su influjo el campo presentaba un as 
pecto de profunda tristeza con su extenso tapiz recu- 
bierto de cardizales del color de la escarcha que re- 
toñaban fteundos al pie de los que había secado el 
último estío 

Los agaves exóticos comenzaban a largar sus pi- 
taco* gruesos > enhiestos de un morado y verde som- 
brío aún sin anteras ni liseras onllando las tierras 
arables con sus anchas y múltiples hojas armadas de 
agudos pinchos Destacábanse en esqueleto los "om- 
bue* 1 ' descubriendo a la \ista todo su tmneo robusto, 
y formando contraste el amarillo claro de su ruda 
corteza con el \eide sin fin de las hierbas 

De la parle del este, por encima de los tejados ba- 
jos que se extendían ondulando según las inflexiones 
del terreno hasta la costa riscosa espaciábase el ín 
menso no a perderse en el océano hinchado y tumul 
tuoso bajo las alas del viento sur 

Un buque de dos mástiles \ bauprés, \ela& cuadra- 
das y una gran cangreja, que no lle\aba en el palo 
ma) 01 aparejo de bergantín-goleta, surcaba ^eloz las 
agav* rumbo al Buceo, de cuyo pequeño pueito dis- 
taba apenas una milla 

Muv atrás, en el horizonte del sur, navegando tam- 
bién a todo trapo divisábanse otras dos naves que 
parecían venn en persecución de la primera en orden 
de e&cuadra 



[256] 



GRITO DE GLORIA 



El bergantín redondo no traía bandera Tendido so- 
bre una de las bordas, con gruesa ampolla en el ve- 
lamen, alzábase sobre el oleaje ágil y marinero como 
una enorme gaviota que rozase las crestas con el ex- 
tremo de sus alas 

Natalia dirigió el anteuju a las más apartadas, y a 
poco de observar, percibió al tope los colores del 
Brasil 

Vivamente inquieta, volvió el tubo al bergantín 
Este izaba bandera tricolor en ese momento, y viraba 
de bordo poniendo proa al océano Las lonas en parte 
recogidas, se sacudieron flojas algunos minutos, lue- 
go se inflaron formando elipses, y el buque acostán- 
dole muellemente sobre una de sus bandas, arrancó 
mar afuera 

Lo* otios venían ya próximos Una nubecilla blanca 
como un copo de algodón con un chispazo que se es- 
paició del centro a las bordas, brotó de la banda del 
bergantín, y tras una pausa llegó el eco de una deto 
nación distante 

A ésta, se siguieron otras 

Los disparos salían de los tres buques, especie de 
bocanadas de humaza que el viento clareaba al ins- 
tante v cuv os i* tumbos se perdían roncos en la atmós- 
fera 

El bergantín verileaba audaz eludiendo los escollos 
de la punta Biava y aumentando la delantera a sus 
perseguidores que marchaban en línea paralela, v 
con el sol que )a descendía, dejóse al fm de ver su 
casco, luego los estavs, los foques, el velamen, hun- 
diéndose en el horizonte brumoso 

Natalia se retiró del mirador impresionada 
El patrón de una zumaca pescadora que había es- 
tado en la ensenada de Santa Rosa, contó después a 



[257] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



don Carlos que un bergantín del corso acosado por 
otros dos brasileños, consiguió burlarlos por la tarde, 
y que en la noche pudo desembarcar un contingente 
de armas y hombres en punto seguro de la costa 

— ^E&e sí que es lobo de mar 1 — había dicho don 
Carlos Muchos de esos quiero yo en auxilio de los 
que no tienen mas esperanzas que sus propias fuerzas, 
bien reducidas y pequeñas, > un ideal tan grande 
como un despropósito por Santiago 1 Lo que afirmo 
alas de águila en cuerpo de pollo, y no digo mas r 



[258] 



f 4 



XXV 

RUMOR DE VICTORIA 

En esas largas noches de invierno, don Carlos re- 
tenia a sus amigos de confianza algunas horas al amor 
de la lumbre, comentando con la major minuciosi- 
dad todos los sucesos y abriendo juicios sobre cosas 
de futuro 

Ya no era un misterio que el barón de la Laguna 
se había resistido a emplear sus tropas de linea en 
una campaña contra las irregulares de la revolución, 
y aconsejado a su soberano que solo destinase a ese 
objeto el elemento similar río gi ándense, apto y sufi- 
ciente para detener sus progresos y domeñar sus ím- 
petus, concluyendo de un golpe a cercén con la obra 
de la temeridad Fundaba su opinión en la experien- 
cia adquirida Sus ddtos ciertos denunciaban un país 
casi despoblado, cuvos escasos moradores, grandes ji- 
netes, aparte de una bravura indomable, robustecían 
su acción y su audacia en la alianza natural con las 
ventajas del terreno pidiendo a las serranías, a los 
montes, a los nos, a los llanos los elementos necesa- 
rios para neutralizar o reducir a la impotencia las 
más hábiles combinaciones de la táctica y la estra- 
tegia 

Era la guerra de recursos, ante cuyas astucias y 
artimañas se estrellaba la teoría de escuela y se rom- 
pía la regla de disciplina aniquilando la moral mili- 
tar En ese concepto las tropas sujetas a ordenanza 
sólo deberían permanecer en puntos fortificados, es- 



[259] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



pecialmente en las tres plazas principales que dispo- 
nían del transporte fluvial y marítimo Montevideo, 
Colonia y Maldonado Teniendo en memoria que en 
la campaña contra Artigas no había sido propiamente 
eí ejército regular portugués el que arrollara los obs 
táculos v alcanzara la gloria del vencimiento, sino an 
tes bien las fuerzas de Río Grande, cuvas condiciones 
y aptitudes tenían alguna analogía con las de los orien- 
tales, la pericia aconsejaba que el hecho se repitiese 
no habiendo sufrido modificación seria el estado del 
país desde Artigas a Lavalleja La ofensiva debería co 
rresponder entao nos che fes e soldados brazzleiros que 
pe lo Río Grande do Sul invadiram a Cisplatma na 
guerra de 1817, e expeüiram por fim Artigas e $eus 
sequazes 

Resultaba pues, por la llegada de la columna del 
coronel Ribeiro y por la muy próxima de otra bajo 
las órdenes del coronel Gonzalves, que el emperador 
había escuchado el consejo, a mas de atender al re- 
clamo de Lecor sobre el envío de refuerzos de infan- 
tería de línea y de naves de guerra para defensa de 
los puertos 

La columna de Bentos Manuel Ribeiro había hecho 
un extreno ruidoso en su travesía por el territorio 

Desprendida de la división del general Abreu que 
vivaqueaba en Mercedes, llegó al choque con Rivera 
en el Aguila haciéndolo ceder ante su superioridad 
numérica, y tras de este encuentro feliz corrióse a 
marchas forzadas hacia Montevideo, al abrigo de cu- 
jas murallas se había puesto, renovando parte de su 
armamento y fornituras 

Recibido como vencedor, se encarecían sus dotes de 
experto guerrillero y de soldado v aleroso , y aun cuan 
do don Carlos y sus contertulianos hallaban justicia 



[2601 



GRITO DK GLORIA 



en el elogio, reconocían sin embargo , que aquella efí 
mera victoria "del triple contra sencillo" sólo era un 
combate sin laureles 

Afirmábase que el coronel Ribeiro celoso de glo- 
ria, había prometido a Lecor batir a Lavalleja antes 
que Riveia, muy apartado de el, pudiese incorporár- 
sele en el Durazno, para lo cual pedía las armas y 
municiones necesarias 

Se añadía que el barón de la Laguna había acep- 
tado este plan de batir en detalle, pero que, siempre 
cauteloso, daba al valiente río-gi ándense el consejo de 
servirse de las ti es armas para einpiender la ofensiva, 
a cuyo efecto pondría a su disposición dos batallones 
y una sección de aitilleria, remontando a mil sei'scien 
tos sus jinetes 

Al principio el fogoso guerrillero había rehusado 
el contingente de fusiles y cañones, diciendo que bas 
taba con suos cavaüeiros no obstante, se había deci- 
dido a acoger sin reservas todas las ad\ertencias del 
experimentado capitán 

En su columna, por otra parte, revistaban cuerpos 
de linea 

No faltaba quien asegurase que el plan era mas 
vasto, por cuanto se había resuelto complementarlo 
en esta forma la división de Bentos Manuel buscaría 
su incorporación con la de Bentos Gonzalves para li- 
brai el combate, mientras que el general Lecor con su 
cuerpo de ejército, dejando la plaza convenientemente 
guarnecida, emprendería marcha a retaguardia para 
tomar posesión de la villa de Florida o de San Pedro, 
si ésta era evacuada Las caballerías de Gonzalves 
eran de la calidad y el número de las de Ribeiro, pro- 
badas, sufridas y practicas en el terreno el balón de 



[261] 



EDUAKDO ACEVEDO DIAZ 



la Laguna llevaría dos mil infantes, baterías de cam- 
paña y caballería de lmea con jefes maniobnstag 

Una vez asentado en el centro del país, el movi- 
miento revolucionario debía extinguirse en sus extre- 
midades, batido y disuelto el núcleo principal 

Otros negaban la posibilidad de esta táctica te- 
niendo en cuenta las "vacilaciones del gobernador así 
como su exceso de prudencia, si bien el choque en el 
Aguila elevado a categoría de triunfo fructífeio, había 
retemplado el espíritu de las tropas y predispuesto 
la opinión militar a una ofensiva sin demora 

— Son los apuros del que ve al enemigo en des 
bande — decía el señor Beron — o al toro en el 
suelo |Ahí de la gran lanzada' 

Días después de la llegada impre\ista de Ribeno a 
extramuros, circuló un rumor grave que fue adqui- 
riendo cuerpo, a pe^ar de las severidades empleadas 
para reprimirlo 

Coma la primera semana de pnma\era, el periodo 
de los retoños, de los jugos activos y de la9 flores con 
sus brisas suaves v su sol tibio, \ con su vuelta pa- 
recían también retoñar con viva fuerza germinadora 
las esperanzas decaídas con la nueva del contraste 

El rumor era alentador 

Pronto vinieron detalles, la alegría de los domina- 
dores se convirtió en despecho y cólera, la tristeza 
de los nativos en goce indecible Charangas y clari- 
nadas cambiaron de tono, y a trueque de fanfarrias 
hubo íntimos regocijos 

¿Que había ocurrido 9 

Los informes aparecían contestes 

El vencido del Aguila, rehecho a pocas leguas del 
sitio en que dejara alguno de sus oficiales y soldados 
muertos, había practicado una marcha de flanco ha- 



[262] 



GRITO DE GLORIA 



cía la zona del centro, permaneciendo en ella varios 
días y de allí, arrancándose audazmente hasta el rin- 
cón de Haedo, donde pacían millares de caballos del 
enemigo 

Proyectaba un golpe de caudillo rampa nte y alie 
vido, una sorpresa de guardias y un botín de tropi- 
llas flor 

Era la táctica de caudillo — original y propia De- 
tras de una denota, efecto de la imprevisión o del 
desconocimiento de las reglas de escuela, rehacerse 
de cualquier modo, y apenas ordenadas Ia¿> filas co- 
mo quien íecompone la formación de piezas en un 
damero por la sola tiranía de los dedos, acometer nue- 
vamente sm dilación, dando un golpe que no se es- 
pera, para retemplar por ese medio el espíritu de los 
subordinados y no dejar cercenado el piestigio con la 
nota de ineptitud o cobardía 

De ese modo había procedido Rivera en la época 
de Artigas, asi obraba ahora, bbzándolo todo al atre 
vrmiento con la colaboración de la casualidad 

La aliada natural de la táctica de caudillo era la 
«ueite, casi de igual manera que en el juego, o en la 
caza del tigre 

Como la astucia por sutil que sea, no podía reem 
plazar con ventaja a la noción científica, iba Frutos ju- 
gando una paitida desigual, pues él bien sabía que el 
enemigo dominaba poderoso allí donde cía su empeño 
entrarse a saltos de felino 

El ímcon de Hacdo, que toma su nomine de la "cu- 
chilla" que allí termina, es el punto estratégico que 
domina la barra del Negro, y en el cual la entrada era 
peligrosa teniendo a un lado el Uruguay y al otro 
aquel no con su caudal engi osado por las lluvias 



[263] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Varios cauces tortuosos que a éste afluyen confi 
gurados por la propia naturaleza del ten en o, forman 
una península caprichosa rodeada de inmensos bos- 
ques y espesas frondas feraz, de un \erdor eterno, esco- 
gida para engorde de ganados 

Accesible por su garganta, de una anchura de mas 
de una le°¡ua, la retirada se hacia imponible cubierta 
e«-a especie de gola, ) las fuerzas rechazadas a su sa 
lid a tenían que chocai con las barreras opuestas por 
uno y otro rio, y rendirse o perecer 

Rrvera encomendando al veterano Andrés de La- 
torre una drversion sobre el general Abreu que es 
taba en Mercedes atra\eso el Negio con sigilo, sor- 
piendio las guardias v dispuso lo necesario para el 
arreo de las "caballadas*' 

De pronto le anunciaron que una columna enemiga 
entraba en la península 

Ei a un encuentro fuera del calculo y la previsión, 
la gola se cerraba > era preciso abrirla aunque lo 
disputasen los contranos a razón de tres contra uno 

El coronel Braz Jardim era el que lo* mandaba en 
jefe sumando la columna mas de ochocientos comba 
tientes, en su mavnr pajte diagones aguerudos 

El general Rivera ordenó sus cortus e&cuadiones, 
salióle al frente y lo cargó con denuedo 

El choque fue terrible 

A pesar de su resistencia, el coronel Jardim vol- 
vió grupas, y acuchillado por la espalda se arrojó so 
bre el grueso de sus tropas que le abrieron camino 
para romper el fuego 

Quinientos dragones descargaron sus cdiabmas con 
tía doscientos cincuenta atacante*, de los cuales caje- 
run algunos, un escuadrón brasileño acaadillado por 
un capitán intrépido, quiso penetrar por el flanco co- 



[264] 



GRITO DE GLORIA 



mo una cuña de hierro, pero el esfuerzo escolló, el 
sable de Servando Gómez rompió la mole y sus lan- 
ceros sembraron el suelo de cadáveres, el jefe de los 
dragones imperiales fue arrancado entre moharras de 
la silla y triturado bajo los cascos y el tropel, y en 
vueltos aquéllos en la vorágine de esta carga furiosa 
emprendieion la fuga, dividiéndole en dos grupos 
uno con Jardim a la cabeza, que no se detuvo sino 
allende la frontera, y otro que cruzó a escape el Ne 
gro campos arrobos serrezuelas sin dormí i > sin co 
mer, — según la propia versión brasileña — hasta 
llegar a la Colonia y íefugiarse detrás de sus baterías 

Quedaron sobre el terreno de la acción mas de mil 
armas, gran número de muertos y heridos, contándose 
entre los primeros veinte jefes ) oficiales, prisioneros 
una cantidad major que la de los vencedores, y ceica 
de ocho mil caballos 

El general Rivera que se había batido con bravura 
como otras veces, no abandonó los despojos a pesar 
de la inminencia del peligro que tenia bien cercano 
en la división de Abreu, salió de aquella especie de 
remanga en que lo metieia su extrema osadía sin per 
der fruto alguno de la victoria, y repasó el Negro con 
el mismo aliento de fiereza que antes del contraste 
del Aguila 

Su rasgo de intrepidez era pues, el que se celebraba 
entre los amigos de los "insurgentes", a raíz de los 
últimos regocijos de los imperiales 

En vano se había querido ocultar la noticia 

Con motivo de ese suceso una nntación sorda ha- 
bía cundido en su9 filas, circulando voces sobre accio- 
nes decisivas y sangrientos desagravios 

Eran las que se comentaban ahora en el misterio, 
en el seno de la confianza, discutiéndose las inicia 



[265] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Uvas a emprendeise, las probabilidades, las complica- 
ciones posibles, persuadidos todos especialmente el se- 
ñor Beron, de que el nudo de Gordium no habría sido 
mas enrevesado que este lío 

Si alguna duda pudo suscitarse acerca de la veraci- 
dad del hecho de armas que se intentaba encubrir por 
todos medios, sin excluir los represivos más duros con 
cualquier pretexto, esa duda se desvaneció al saberse 
en los días posteriores que se había determinado abrir 
campaña con poderosos elementos 

Don Carlos se cercioró de esto por boca de Souza, 
quien le dijo que había sido ascendido a capitán y 
destinado a uno de los regimientos de la columna de 
Bcnto* Manuel 

Como la marcha debería resolverse de un momento 
a otro, iba a despedirse 

El señor Beron mobtróse un tanto conmovido, y es- 
tuvo con él más atento que nunca 

Esa tarde, Natalia había descendido del mirador 
con el mismo aire pensativo de los últimos días 

Revelaba no habei visto nada a lo lejos, ni la som- 
bra de un jinete 

Cuando supo que Souza se marchaba tuvo un so 
bresalto sin darse cuenta del motivo Su corazón latió 
con violencia, algo de aturdimiento pasó por su ce- 
lebro 

¿Era la presunción de peligros más graves, mas 
fatales la causa de su zozobra 9 ¿Existía alguna vincu- 
lación entre este hecho aislado de la ida de Souza y 
la memoria constante del ausente 9 

No lo sabia ella 

Tampoco don Carlos se explicaba porque él se sentía 
conmovido 



[266] 



GRITO DE GLORIA 



El capitán traía algo de interés para ella que revé 
Iarle Su señor padre, detenido hacía tiempo a bordo 
de un buque de guerra, bajaría a tierra el día siguiente, 
con la ciudad poi cárcel 

Por el hecho quedaba colmado el anhelo filial, pues 
que ella lo tendría a «u lado sin madores zozobras 

Había sido ésta una gracia especial del barón de 
la Laguna, en atención a que nada resultaba del pro- 
ceso seguido contia el señor Robledo hasta ese mo- 
mento que le hiciese pasible de pena, \ defiriendo al 
rue^o de su humilde subalterno a quien le había co- 
rrespondido el deber de conducirlo a la plaza a raíz 
del sangriento episodio ocurrido en su estancia de "Tres 
ombues" 

La joien le escuchó con el animo en suspenso y hú 
medos los ojos, en cujas pupilas reflejábase con la 
alegría una expresión de hondo reconocimiento 

Souza se sintió muy halagado, al apercibirse de aque- 
lla actitud, mostróle coi tés como de costumbie, fino 
y oportuno, confirmando el dicho de don Carlos de 
que él sabía apiovechaT bien las lecciones de su maes- 
tro el general Lecor, escuchó palabras dulces, pidió 
órdenes, > al ofrecerse miró a Natalia con fijeza, casi 
con aire de súplica 

La hija de Robledo cogió llena de dignidad la mano 
que él le tendía, y se la estrechó en silencio 

Don Carlos dijo alguna cosilla — como lo repetía 
él después, — con un poco de carraspera v atragan- 
tándosele mas de un vocablo 

En realidad, pareció pasar por una crisis violenta 

Cuando Souza se fue, él puso nervioso sus dos ma- 
nos en les biazos de la joven, diciendo 

— Todo está bueno, hija hay que agradecer Pero 
yo sé por dónde viene éste Marchan mañana se- 



[267] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



guramente y es preciso avisar a los que andan por ahí 
a riesgo de ser sorprendidos cuando ellos menos se lo 
imaginen ¿ Busca, hija, busca 1 

— |A\, señor 1 ¿> qué he de buscar, pobre de mi ? 
— exclamó Natalia llena de pesadumbre 

— Sí, tienes razón, pero ahí "veras, doncella mía, 
es necesario inquirir escudriñar jNo hay que ha- 
cerle 1 Es forzoso hallar el medio, porque éstos medí 
tan alguna embestida entre sombras algún plan dia- 
bólico por el que lo arrollen y aplasten todo de aquí 
a la Florida Y éste que acaba de salir muy meloso, 
untándonos el dedo, como si no supiéramos lo que 
busca el belitre con más agallas que un dorado' A 
mí no me la pega ¿No \iste hija con qué ojos te 
miraba 9 ¿Se le salía la dulcinea por el lacrimal y el 
gran socairón la tenía delante 1 Nada, esto me tiene 
l rispado ha tiempo ¡por Cristo 1 

Así expresándose, descompuesto, casi iracundo, don 
Carlos abandonó a Natalia lanzándose a su escritorio 

Al cruzar el patio \io una sombra negra, firme e 
inmóvil con el morrión en la mano, junto a la verja 

El viejo escudriñó, echóse el gorro atrás > dijo con 
aire risueño 

— jAh, eres tú Esteban 1 Te creía ya fusilado ne 
grillo | Entra, hombre, entra 1 

El liberto, pues él era en efecto, obedeció en el acto, 
} penetró en pos de su amo al escutorio 



[268] 



XXVI 



EL CINTO DE DON CARLOS 

Bastante confusa quedó Natalia con lo que Souza 
acababa de comunicarles , > en esta confusión de su 
animo entraban por mucho Id satisfacción y la amar 
gura Lo relatno a su padre, que hacia meses sufría 
las consecuencias de un hecho que no le era imputable, 
constituía a no dudarlo un motivo de dicha obligán- 
dola en cierto modo hacia un hombre que ella sabía 
la quería con una pación creciente > silenciosa, y la 
ida de este hombre a campaña para tomar parte ac- 
trva en la lucha, llenábala de congojas, sólo al pensar 
que su rivalidad lo arrastrase a ser cruel e inexorable 
en caso desgraciado con quien ella tanto amaba 

Recién se daba cuenta de sus emociones, así como 
de la que había experimentado don Carlos en el acto 
de la despedida Por lo visto, coincidieron en el mis 
mo presentimiento y fueron presas de la misma an- 
gustia Las generosidades, las acciones caballerescas se 
explicaban sin esfuerzo cuando todavía no separaba 
a los dos jóyenes una tendencia personal, inflexible, 
de suyo egoísta hacia la posesión del mismo objeto, 
pero ahora todo se había deslindado y definido, sabía 
el uno a qué atenerse respecto del otro en materia de 
preferencias, eran enemigos, sin embargo, que iban 
a encontrarse en el terreno, a embestirse y a aniqui 
larse en nombre de hondos agrarios El mal sería me- 
nos si se tratara de un lance singular en que el éxito 
se relega al brío > a la pujanza, que en este caso ella 



[269] 



I 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



en\ aneciare en la creencia de que "éV* no sería herido, 
sin herir también Pero el peligro estaba en la supe 
nondad del número v de las armas de I03 que do- 
minaban al punto de que fuera verosímil > hasta po- 
sible un desastre de parte de los menos aun cuando 
fuese muy grande su valor, que el heroísmo — como 
Souza lo había dicho — más que jubilo casi siempre 
aparejaba duelos 4 0h T que ellos combatirían como 
buenos en tanto no les dejase la última esperanza, bien 
1j sabía tan recientes y frescas estaban las legendas 
de su tierra bañada en sangre, desde el día histórico 
en que los hijos de sus llanos y sus bosques sacudie- 
ron las melenas y se alzó su grito de guerra entre los 
silbidos del "pampero" 

Mas por eso se sentía triste Aquella convicción cons- 
tituía el primer anillo de una cadena de íncertidum- 
bres } de sobresaltos cuyo fin no era fácil prever 

Fue a trasmitir las nuevas a la madre del ausente, 
pmmetiendose a sí misma ahogar dentro del seno 
todas sus angustias Entre las dos el pesar era menos 
y holgaba la ilusión! 

Hallábase la señora en el aposento contiguo al escri- 
torio de don Carlos, ocupada en una nue\a carta para 
su hijo 

Si bien se ignoraba la residencia actual de Luis Ma- 
ría por cuanto se tenía noticia de que las fuerzas si 
tiadoras habían cambiado varias \eces de campo > 
alcj adose hacia rumbo desconocido a la aproximación 
de la columna de Bentos Manuel Ribeiro, con la cual 
no les hubiera sido posible competir, la madre cari- 
ñosa escubía, a pesar de todo, confiada en que no 
faltaría oportunidad para un buen envío de la carta 
y en que la persecución constante de su amor, sería 



[270] 



GRITO DE GLORIA 



siempre más eficaz y certera que la otra persecución 
a muerte 

Natalia la sorprendió en esa tarea dulce y solitaria, 
puestos los dobles ojos, y en la mano la pluma, en 
actitud de reflexión profunda Había en sus parpados 
huellas de lagrimas 

Abrazáronse sin esfuerzo, con esa espontaneidad 
adorable que nace del afecto sincero v de la comunión 
del dolor, calladas, suspirantes 

Después la anciana, ron el codo apocado en la mesa, 
dejó colgaT la mano en que tenia la pluma y puso los 
ojos en el pavimento en actitud meditabunda 

Por encima de su hombro v rozándole la sien con 
su fresca mejilla, Nrtalia deletreaba con acento bajito 
5 trémulo el encabezamiento de la carta que ella con- 
cluía de escribir 

Así pasaron largos momentos 

Pero esta situación de ánimo cambió pionto con la 
entrada de Esteban que a paso furtivo atravesó el 
patio v se detuvo ante la puerta del escritorio 

Ovóse en el acto la voz de don Carlos, que le man- 
daba entrar^ notándose en su eco una impresión de 
sorpresa y complacencia que no pareció esforzarle 
en ocultar mucho 

Efectivamente, el señor Berón experimentó verda- 
dera alegría al ver al liberto, presintiendo que las 
cosas convenidas estuviesen ya en su punto 

Esteban entró sonriéndose, con una de aquellas son 
risas que le eran peculiares y dejaban a la vista todas 
sus encías cuando lo agitaba alguna idea útil y pro 
vechosa para sus amos 

Guadalupe lo había atisbado desde el fondo, y he- 
dióle una cortesía que él contestó desde la verja cua- 



[271] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



tirándose, con una venia de ordenanza gaibosa y co 
rrecta 

En presencia de don Carlos, éste pregunto ron tierta 
ansiedad sin darle tiempo a explayarse 

— -¿Cuando te marchas, Esteban? 

— Creo que sera cota de horas, señor Le oí decir 
a mi jefe que mañana a la noche nos incorporaríamos 
a Bentos Manuel, que esta en extramuros con la tropa 
que trajo de Rio Grande Se han repuesto los aperos 
\ se han cambiado algunas carabinas v sables por 
otros nueios en mi escuadrón A mas se nos ha 
dado licencia por una hora, con orden de \ol\er en 
lo justito, para quedar acuartelados hasta el momento 
de salir 

— 'iHuni 1 ¿Y qué piensas hacer ? 

Don Carlos se rascaba cabizbajo la frente, que ha- 
bía arrugado hasta el casco, como absorbido por una 
idea fija 

Al oír la piegunta, el liberto \0K10 a sonieirse con 
aire de confianza 

— ¿Lo qué he de hacer 9 su mercé \a sabe — res 
pondió — Todo está listo 

— ¿Cómo que esta listo todo ? i Explícate, hombre 1 
sin ambages ni redundancias, claro v derecho 

— Digo que su mercé sabe que me \oy con los com- 
pañeros en cuanto pasemos el Cernto, cortando cam- 
pos, a tomar el rumbo del Sauce y de allí de un buen 
galope hasta el paso de la Arena 

— jAh r ¿Y por qué a ese paso, Estebanillo > no 
al del Soldado 9 

— Por ahí va a cruzar la columna, señor, según mi 
capitán, para ver de darle golpe al comandante Oribe 
que aseguran se ha puesto en observación en ese punto 
para no descuidar la barra 



[272 ] 



GRITO DE GLORIA 



Don Carlos se restregó las manos 

— ;Bien T Pero en el caso no problemático sino mu> 
posihle de que Onbe este por esas alturas, debe tenerse 
en cuenta que lo pTxiuero sera prevenirle del movi- 
miento a fin de que no le cojan en un renuncio del 
diablo lo que importaría uu verdadero desastre 

— El comandante sabe siempre a qué hora el ene- 
migo monta a caballo y adonde va 

— |Ya es mucho ' A Si, por San Diego ] Con todo no 
puede haber segundad en lo que afirmas, porque no 
sé >o dónde demonios lias aprendido tú tanta milicia 
para \enirme asi no m?s a soplar absolutas como 
quien sopla bodoques por una cerbatana j Vamos 
al caso! 

Y dando una palmada lleno de gravedad, siguió di 
ciendo 

— Es necesario que combines con maña el medio dt 
comunicar a Oribe lo que le va encima como una 
avalancha 

— Si señor \ si su mercé me permite yo diré que, 
por si acaso hemos convenido con otro compañero 
de confianza que el siga con la gente hasta el paso de 
la Arena y que yo me corte hasta subir bien a van- 
guardia de la columna aunque fuese reventando el 
mancarrón > caiga antes del alba en el campo de \o*> 
amigos 

— i Así me place ! Entonces dando por de contado 
que tú te subleves al comienzo de la jornada, que tus 
camaradas tiren como la cabra al monte, que tú te se- 
pares de ellos para llevar el aviso a Oribe aplastando 
el caballo si preciso fuese, — con cuya promesa prue- 
bas que antes de sufrir tus posaderas se quiebra el 
lomo del cuadrúpedo , ~ dando digo, por suf iciente- 



[273] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



mente probado y alegado todo e*to, voy a encomen- 
darte una misión de alguna importancia, que podría 
comprometerme si te matan y, como es consiguiente, 
te registran v despojan 

— No me mataron ya, ahora no es fácil 
— Muy engreído estás Me gusta a fe mía, hijo, 
me gusta * 

Y dándole la espalda para sacar algo de un cajón 
de su escritorio, añadió alegremente 

— Estoy asombrado de oír a este negrillo calavera 
Bien se \e que le ha tomado los puntos al amo, sin 
perderle mueca 1 

Sacó en seguida del cajón que acababa de abrir un 
cinto de badana con agujetas, lleno al parecer de mo 
nedas que habían sido perfectamente eirvueltas y di»- 
tubuidaq en el ancho hueco 

Tomóle el peso y enseñándoselo a Esteban, dijo 

—Aquí van trescientas onzas, que darás a quien 
bien tu sabes Hay que agregarle las cartas, c^ta la 
mía dentro 

En ese momento abrióse la puerta que daba al apo- 
sento en que se encontraban la señora y Natalia, apa- 
reciéndose éstas en el umbral 

Sin duda lo habían oído todo, porque la madre de 
Luis Mana enseñó dos cartas exclamando risueña 

— Estas son las cartas, Carlos Vengo también a 
recomendárselas mucho a Esteban segura de su lealtad 

El liberto que no podía ver sin conmoverse a la ma- 
dre de su señor, dijo balbuciente 

— Verá su mercó, que llegan Me voy a atar el 
cinto sobre la carne 

— Eso mismo te iba a indicar, — repuso don Car- 
los, — y si es que no te desnudas sino entre cristianos, 



[274] 



GRITO DE GLORIA 



el secreto pegado a tu piel se conservará ileso Bien 
creo que para violarlo, primero han de acabar con- 
tigo 

— Dile muchas veces que sólo pensamos en él — 
murmuró la madre blanda y cariñosamente, — pero 
muchas, Esteban ¿has oído 9 

Y como Natalia lo mirase al mismo tiempo de una 
manera fija e intensa, apocada la cabeza en el hom 
bro de la señora, cual si a sus ojos hubiesen asomado 
en tumulto todas las tiernas confidencias que guardaba 
en su seno, el negro tembloroso, se limito a inclinarse 
como de costumbie en los casos gra\es, sin pronunciar 
palabra 

— Ahora, — dijo don Carlos, — déjennos ustedes 
solos un momento 

Apenas se retiraron las señoras, hizo Berón que 
Esteban se abriese las ropas y él mismo le ciñó el cinto 
casi a la altura del pecho examinando una por una 
las hebillas y agujetas por si estaban flojas 

Puso en él las cartas, y en tanto practicaba sesuda- 
mente la diligencia, murmuraba un poco sofocado 

— Así ira bien Pero no hay que desnudarse en toda 
la jornada No es este un cinto de Bnon o de Per- 
seo, no ¿Y qué sabes tu, negro, de esas cosas 7 
jbah r si a veces uno desatina Con todo has de 
saber que este cinto puede desviar cualquier pro>ectil 
traidor y librarte el pellejo bonitamente, porque \a 
bien preñado de amarillas mas duras que el plomo 
Te lo apretó bien para que no olvides que debes ve 
lar por él como si fuese cosa tuja > que lo que esta 
mas cerca de las carnes vale mas que la casaca 

¿Estas listo ? 

— Si, señor 



[275 1 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



— Bueno, entonces no perder liempo Mucho ojo 
v mucha destreza Estebamllo de mis entraña* \ que 
Dios te ayude 1 

El viejo se volvió a pasos precipitados entrándose 
al despacho del negocio, y el liberto sal jó al patio 

Junto a la \erja estaban la señora Natalia y Gua 
dalupe, como esperándolo Se detuvo ante el grupo, 
en actitud de quien pide órdenes, muy abrochado y 
tieso 

— jNo te olvides T — dijole su antigua ama con el 
pañuelo en los ojos 

— Dile que nos escriba siempre — añadió Natalia — 
porque el saber de él con frecuencia es toda nuestra 
dicha 1 

Hasta Guadalupe se permitió recomendarle, no pu* 
diendole expresar otra cosa, que "no confiase nada a 
don Anacleto hasta que no estuviesen libres y salvos 
al lado de su señor 1 ' 

EL liberto prometió cumplir todo fielmente, pidió 
la bendición a su ama y fuese a prisa, sintiendo quq 
empezaba a enternecerse demasiado 



[276j 



XXVII 



L\ SUBLEVACION 

En las horas de esa noche \ en el siguiente cha 
notóse ma>or molimiento que otras veces en el lecmlo 

Súpose que el gencial Le:oi en perdona había vibi- 
tado los puestos y cuíteles, trasmitido 01 dones ler 
minantes apresurado piepaiati\os de marcha v tenido 
una larga conferencia con el coronel Ribeiro Decíase 
que, a pesar del celo > acti\idad desplegados para in- 
tegrar la columna de aq'icl jefe ron ínfanlena y arti- 
llería, el equipo no podría hacerse sino de allí a dos 
días, lo que había visiblemente contrariado al fogoso 
guerrillero rio-grandense, cansado de una quietud que 
iba en pugna con su caraitpr emprendedor v atrevido 

£1 desastre del Rincón de Haedo llamado \ulgar 
mente u de las g<dhna:> * lo lema irascible Había oído 
decn que el nombre de la estratégica península de! 
Uiuguay v el Ne^ro, había sido justificado en un todo 
por la impievision v. desidia de Braz Jardmi v de Ba 
rreto, pues que sus numerosos y agaemdos dragones 
en masa triple a la de los dragones de Rivera habían 
caído en sus propias redes cazados como gallináceos en 
un tercio, en un tercio muertos, y en otro tercio di* 
persos a chasquidos de "rebenque*', perdiendo en la 
fuga mil quinientas armas 

La irritación de Rentos Manuel era extrema Aun- 
que reconociendo la bondad de los planes de Lecoi, 
obstinábase en abrir operaciones con sus elementos 



[277] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



propios sm esperar los constitutivos de cuerpo com- 
pleto de ejercito que aquel le ofrecía 

La nueva recientemente llegada, que se hi/o difun- 
dir sin re&crvas, de que por horas atravesana la linea 
divisoria oLra columna de mas de mil jinetes a las ór- 
denes del coionel Benlos Gonzalves para obrar de 
acuerdo con el general Abreu que vivaqueaba sobie el 
Negro, exaltó la impaciencia de Ribeiro, v lo decidió 
a tomar la iniciativa 

Los que observaban atentamente las cosas, en pn 
mera linea lo» contertulianos de don Carlos que por 
una u otra causa tenían ciertas afinidades con los jefes 
del recinto, bien se penetraron de que la combinación 
era otra que aquella 

Gonzalves de análoga talla a la de Ribeiro hombre 
de manotada y de arranque, propio para el médium 
de lucha donde había caudillos capaces de manotear 
más recio, debía \enir a grandes marchas buscando 
su junción con el gemelo, a fin de realizar el único 
plan íacional y táctico, una vez que quedaba en sus 
p _ito el ideado por Lecor, el de batir en detalle, car- 
gando sobre Lavalleja antes que Rivera se quitase a 
ALreu de encima v pudiese robustecerlo 

Entonce» el plan de Lecor complementaria la cam- 
paña dándola por concluida con su sola presencia en 
la Florida o en el Durazno 

1 que esU v no otra debía ser la combinación, lo 
confirmó en la noche el hecho de emprender marcha 
la columna de Rentos Manuel sin esperar la íncorpo- 
1 ación de los batallones 

Contal a con mil cuatrocientos caiabmeros 

Fefoizo^ele únicamente con una parte del escuadrón 
de auxiliares 

En las filas iba Esteban con sus amigos 



[278] 



GRITO DE GLORIA 



Esta tropa salió de muros después de retieta Com- 
poníase de cincuenta hombres y dos oficiales 

Bentos Manuel no la quiso para el servicio de avan- 
zadas y flanqueadores, y la echó a retaguardia de la 
columna, diciendo que serviría para la "carneada" 

Prontos los regimientos y los caballos de reserva, 
dióse orden de marchar al trote sin toques de clarín, 
y la columna se pu*o en movimiento entrada la noche 

Soplaba un viento fuerte de la parte del sur, y la 
atmósfera estaba cubierta de nubarrones que parecían 
correr al mismo paso hacia el nordeste, siguiendo a 
las tropas con su sombra y dejando caer sobre ellas 
a trechos algunas gotas pesadas que producían en los 
rostros y cuellos efectos de papirotes 

Cubriéronse los soldados con sus ponchos 

Igual cosa hicieron a retaguardia entre los auxilia- 
res, el capitán, el teniente y cinco o seis soldados Los 
demás continuaron a cuerpo gentil, indiferentes, su- 
fridos, más bien atendiendo a sus armas que a sus 
ropas 

Desfilaban por una falda oscura sembrada de gui- 
jarros, que por vanas ocasiones moderó el paso de 
los regimientos, aproximándose éstos demasiado unos 
a otros 

Guardábase gran silencio. 

Siguióse siempre por la falda, volviéronse a esta- 
blecer las distancias convenientes sm percibirse al 
frente mas que una masa de tinieblas A un flanco la 
oscuridad era mayor Sin duda había eminencias de 
tierra en curvas caprichosas o grandes árboles indí- 
genas dispersos en la ladera 

Esteban marchaba al extremo derecho del segundo 
escalón 



21 



[279] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Llevaba el poncho cruzado al pecho a modo de 
banda, ceñido al costado por sus puntas, como para 
embotar hierros en su espeso forro de lana 

Inmediatamente detrá9 a la cabeza de la segunda 
compañía^ iba el sargento Bemtez, ciuza de indio y 
negro jinete de talla corta, macizo y repleto, cn>o 
bulto se distinguía como una corcova sobre los lomos 
de su cabalgadura 

Al lado de este sargento marchaba don Anacleto un 
tanto agobiado y abatido, con las mandíbulas flojas 
y la cabeza entre los hombros 

Aquello que le pasaba salía de lo imprevisto, } mi- 
raba a veces de diestra a siniestra, como en busca de 
una "lucecita que lo endilgase en el oscuro rumbo a 
la querencia" 

Rato hacía que la columna había dejado detrás uno 
y otro cerro, avanzando por un camino pedregoso que 
flanqueaban asperezas llenas de piedras y arduas co- 
linas, cuyas lomas descubrían a los lados sus perfiles, 
a pesar del denso cortinaje de sombras 

De repente, el sargento Benítez acercándose a Este- 
ban por su derecha, de modo que pudiese hablarle sin 
ser oído, di j ole bien encima de la oreja 

— ^Aqui es lindo para el desgrane T ^TrasI ornando, 
al freno no mas, ni el olor' Hay mucho pedre 
güilo en la falda, y a estos no les conviene seguirnos 

— j Estate en la vaina 1 — respondióle el liberto en el 
mismo tono — , Yo te he de decir cuando los tranquee 
la fatiga y los abombe el sueño, por adonde hemos de 
enderezar 

Callóse el sargento, v ocupó su puesto 
La marcha continuo sin novedad alguna por mas de 
una hora, al trote firme, pasóse el arroyo de Las Pie- 



[280] 



GRITO DE GLORIA 



dras en sus vertientes, y entróse en una sucesión de 
collados 

Hízose un alto de pocos minutos, para dar aliento 
a los caballos 

En ese descanso, los jefes recorrieron la columna 
vigilando e impartiendo instrucciones 

Entre esos jefes descollaba uno por su tono acre y 
agresivo, cuva voz Esteban reconoció en el acto la 
de Bonifacio Calderón, el antiguo jefe de la linea si- 
tiadora, de nuevo al servicio del Imperio 

Parecía rebosar de iras A su paso el silencio se ha- 
cía mas profundo, como si se temiese que el menor 
hálito las atrajese y se provocara un conflicto en las 
filas 

Pasados algunos momentos, siguióse andando 

Traspusiéronse largas distancias hasta las tres de la 
mañana, en cuya hora se cruzo un vado cenagoso con 
los caballos bastante transidos 

La tropa iba ya pesada y somnohenta No se guar- 
daban espacios regulares entre los diferentes cuerpos, 
a causa del exceso de fatiga, y había que esperar a 
veces incorporaciones de fuerzas rezagadas Algunos 
escuadrones se retardaron, mudando cabalgaduras, los 
mismos caballerizos no se entendían ya con el arreo 

Había escampado, pero la oscuridad era más pro- 
funda, haciendo penoso el tránsito de las "tropillas" 
en un suelo quebrado v lleno de canalizos 

La retaguardia se detuvo entre unos cardizales nu- 
tridos que los caballos» denunciaron con sus molimien- 
tos nerviosos 

Arreábanse dos ^tropillas" por un llano en com- 
pleto desorden derecho al vado, que al efecto se de- 
jaba libre 



t281] 



EDUARDO ACEVEDO DIAS 



La guardia de prevención quedaba muy atrás, y en- 
tre ella y los auxiliares se interponía una mole in- 
mensa de animales cuyo pasaje ocasionaba un sordo 
y prolongado estruendo en los terrenos bajos Los 
gritos de loa caballerizos aumentaban este ruido hasta 
hacerlo ensordecedor 

Para ma\or confusión, un grupo considerable de 
caballos se empantanó en el vado, ya muy removido 
por el paso de los regimientos, los que venían detras, 
hostigados por las voces y las fustas, atropellaron en 
tumulto, y no hallando hueco dieron contra los "mo- 
llea" y sauces de la ribera chapodando ramas con los 
encuentros, estrujándose, dándose de coces y mordis- 
cos y retrocediendo al fin en avalancha para ganar a 
escape el campo abierto 

En medio de los relinchos e interjecciones brutales 
que hendían el espacio, de la turbación v los sobre- 
saltos unidos al sueño y al cansancio, Esteban se vol- 
vió hacia el sargento Benitez, diciendo 

— i Ahora 1 

Y sin perder más tiempo, levantó el mango de su 
"rebenque", descargándolo con toda la fuerza del 
brazo en la cabeza del capitán, que vino abajo del 
caballo como herido de muerte 

Casi en el acto, el sargento lanzó una voz, sin duda 
esperada por sus soldados, porque la compañía dio 
media vuelta, precipitándose por su flanco derecho 
como envuelta en el torbellino de la ^disparada", y 
se alejo sin dejar tras sí mas que el eco de un tumulto 
pavoroso 

Ll teniente había caído con dos sablazos, algunos 
hombres fueron derribados en un choque terrible, la 
"caballada" despavorida paso por encima de los cuer- 
pos, y todo quedó misterioso, en la profunda timebla. 



[282] 



GRITO DE GLORIA 



Corrieron por má9 de una hora los sublevados, an- 
tecogiendo buena porción de "caballada" que arrea- 
ron sin descanso, y sorprendióles el alba a un paso 
de los bosques del Santa Lucia 

Recién don Anacleto, que había salido aturdido en 
el arranque, se acercó a Esteban mientras cambiaban 
monturas y le dijo muy asombrado 

— iHaceme e) favor, amigo, de explicarme esto que 
pasa por Dios bendito t pues no parece sino que man- 
dinga entreverao con la tormenta nos ha trajinao de 
los pelos De mí me acuerdo que me erraron tres 
sablazos, que sentí un tropel como el de vacunos me- 
dio ariscos ataos al palo que se asustan y pegan la 
sentada rompiendo las coyundas, y después malicié 
que salía a dos laos sin saber cómo m cuándo lo mes- 
mo que bola sin manija, entre una punta de milicos 
más ligeros que fantasmas Y no te miento, her- 
mano, si te asiguro que me pasaron silbando hasta 
una docena de "boleadoras" por el mate, que ni yo 
mesmo alcanzo como llegué a mezquinarlas, salvando 
a mi parecer, por un evento de la gran casualidá ¿Ca- 
ñe] a y por mi madre, qué loba más peluda 1 

Reía el liberto oyendo hablar asi al viejo capataz, 
y mayor era su ri9a al mirarle el rostro desencajado 
con los ojos bailarines muy hundidos en los camaran- 
chones, la nariz larga en forma de gancho, sirvién- 
dole de agarradera al barbijo, una cola de cigarro 
Bahía sobre la oreja y las duras barbas erizadas cho- 
rreando todavía las gotas de la lluvia» 

Cuando se le acabó el alborozo, contóle brevemente 
lo ocurrido 

Con el sargento Benitez y el de igual clase Salda- 
nha, portugués este último que había militado en loa 
volunUnoi reales, excelente instructor de reclutas en 



[2831 



EDUARDO ACEVEDO DI\Z 



dos armas, y a quien con algunas onzas de oro se 
rubia atraído comprometieron hasta cuarenta hom- 
1 res del e^cuadion todos natnos de lob que es'aban 
alb presentes mas de treinta habiéndose duda ex- 
trañado el resto en la dispersión del primer momento, 
al arrancar confundidos con las "tropillas" asustadas 

Ahora que la cosa había salido bien, el apuro era 
el de buscar la fuerza de Oribe El monte estaba allí, 
> no muy lejos el paso de la Arena 

Anadio Esteban, que va no podían dividirse en dos 
grupos como el lo había querido al comienzo de la 
empresa, puesto que era imposible ir a encontrar a 
su jefe en el paso del Soldado adonde \a estaría la 
gran guardia de Bentos Manuel que lo meior sena 
alcanzar al galope firme el de la Arena casi seguro 
de que por aquellas alturas operaba la diusion 

— Por todo eso so\ baqueano, — observó don Ana 
cleto — y puedo guiar derechito a la gente sin enqui 
vocación nenguna de "cuchilla" o arro>o, ni sacar la 
potrosa del estribo por tomarle el gusto al pasto 

— Yo también conozco el pago — dijo Esteban, 
aquí vienen cuatro o cinco rumbeadores capaces de 
seguirle el rastro al tigre en lo mas escondido del 
monte 

Don Anacjeto se puso entonces a examinar a sus 
compañeros con las primeras lumbres de un día pá- 
lido y nebuloso 

Quena persuadirse bien de que eran los camaradas 
del recinto y de que el sargento Saldanha, a quien el 
había tenido siempre grande ojeriza por lo riguroso 
en lo tocante a "desciplma", tenia ahora una cara 
mas simpática y un aire mas humilde que en el cuar- 
tel' Y en mirándolo contento y retozón entre la tropa 
sublevada, acabando de aparejar los caballos, cruzóse 



[284] 



GRITO DE GLORIA 



de brazos con talante de caudillo de pdgo y le gritó 
con acento de protección 

— Quién lo \ido, y quién lo ve, sargento viejo, 
amanerando resertores a poquito de arrocinarlos con 
la vara en el hueco de la Cruz r Asina es el mundo 
Un día se sirve a un patrón con cencía, y otro día se 
sirve a otro con concencia, que en engañar primero 
esta el toque pa probar la habilida* y entre un fogón 
que no arde y otro que calienta con agua hervida y 
"churrasco", el estómago se reguehe al calorcito aun* 
que la volunta no quiera, porque antes es el vivir que 
el soñar Bien haiga el sargento 1 Si aver rae ce- 
rraba la oreja a la súplica por ser caporal, no he de 
mostrarme resentido y agraviao, porque nunca jueron 
mas que campanas de palo las razones de un pobre, 
pero, aura he de alvertirle que en campo raso la voz 
se oye y eso que es pura yerba aunque esa voz sea 
la de un cordero a quien come los ojos un "chiman- 
go", o la de un guey que se ha incao con el rejón 
que abría el surco, o la de un mastm ovejero con la 
pata quebrada que juese, porque aquí aonde no hay 
poblaciones grandes sino ranchos y "taperas" ha> ore- 
jas que oyen y corazones que^se ablandan, al revés 
de los pueblos con edificios de lujo aonde se machuca 
el grito de un enfehz lo mesmo que golondrina en 
candilada Aquí, la tierra es suave hasta pa el que 
clava el pico, de balde muestra abrojos y cardales, 
sin acompañamentos y sin curas que mojen con tris- 
tel al dijunto pa sacarle la aguaza a la viuda afligida 
por haberlo hbrao de pecao, pero con lágrimas lim- 
pias de toda hipocresía, que a mi parecer valen lo que 
el agua bendita Por encimita de todo se perdona 
a los malos meamos, y el monte les da guarida al 
igual cW "yaguareté"* encuentran agua sin olor ni 



[285] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



gusto que no es de pozo de cuartel, carne con más 
de un dedo de grasa que no es matambre de mélico 
tan delgadon como "baba de diablo", fruta rica que 
no tiene dueño guen agasajo en el vecindario que 
desculpa los vicios con sabeduna y los tapa con un 
cueio cuando la cosa afhje porque es mejor alca- 
guete que el gobierno mesrao Esto digo, amigaso Sal- 
daña, porque vea que aunque haiga '"matacos" en el 
campo tienen menos conchas que los de muro aden- 
tro, y que aquí todos los hombres son parejos de un 
altor, hasta que Dios sea servido de convertirlos en 
esqueletos y mesturarlos por junto en los pastos con 
las osamentas del vacuno 

A este discurso del capataz, habían prestado gran- 
de interés sargentos y soldados quienes reían ruido- 
samente y aplaudían, distinguiéndose en la algazara 
el mismo Saldanha, que era alegre y socarrón como 
veteiano que había pasado vanas veces por el aro de 
mandinga, — según su propia ocurrencia 

Acabando de apretar la cincha, contestó en buen 
español muy risueño 

— Lindo era para predicar don Cleto con esa labia 
y esa voz de bordona y esa pinta de cuervo de cam- 
panario Pero se lamenta al ñudo, y sino dígame 
¿le han puesto acaso "pie de amigo" para forzarlo y 
traerlo hasta aquí a juntarse con sus amigos después 
de tantos meses de servicio duro y parejo como ha 
prestado en la plaza ? Sin pensarlo siquiera, se ve 
Ubre en estos campos, donde los pájaros no se ciegan 
porque no hay paredes, y se ve libre porque a rigor 
de disciplina aprendió a obedecer y a ir como mur- 
ciélago de día, que a no ser esto estaría a esta hora 
penando en el hueco de la Cruz bajo la baqueta del 
cabo "ranchero" si n« anduviera hato Dome la* gra- 



ta»] 



GRITO DE GLORIA 



cías, amigo viejo, que he ayudado un poco a la cosa, 
má9 que no fuese que para largar al ceñuelero adonde 
abunda el pasto r 

— Naide me forza a mí, ni me pone "pie de amigo" 
a dos tirones — replicó don Anacleto temblándole la 
borhlla del barboquejo por encima del labio, — ni 
tampoco soy guey que se lamba de puro goloso* ni 
me cuelgan abrojos en el rabo como a más de uno 
que cree que esta limpio en todas partes y no se des- 
mande el sargento ajuera del pago ni compare con 
murciélagos a la gente, porque aquí hay avechuchos 
que miran mas lejos que el ratón, y en un revoleo, 
si te he visto no me acuerdo 1 

— El sargento no ha dicho por tanto, — observó 
Esteban — , y no hay motivo para echar mano a la 
cintura 

— jNV Si yo lo entiendo al fanfurriña y sino 
fijáte cómo se rasca la verija Lo que yo quise decir 
es que los hombres donde quiera se encuentran a 
juerza de rodar como las piedras de los cerros, y que 
la que está encimada hoy, mañana la arrempuja el 
viento, o una bruja, y cae al playo al igual de otras 
por correr la mesma suerte, aunque sea más grande 
y más pintada 

Seguían riéndose todos con el mejor humor al oír 
al capataz, y éste al montar, y apercibirse de la al- 
gazara, rióse a su vez con tal gesto inofensivo y co- 
madrero hasta mostrar los dientes barcinos que le que- 
daban, que la explosión no tuvo límites 

Bajo espíritu así retozón, reinicióse la marcha al 
galope con una pequeña partida exploradora al frente, 
la que se adelantó hasta una milla 

Y andando, dijo Esteban a don Aatdito 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



— Desde que don Luciano y usted faltan de "Tres 
ombúes" la estancia ha de haber sufrido mucho A 
la cuenta las vacas ) las yeguas no conocen ya rodeo, 
y si acaso no se ha de meter en el corral más que 
la majadita del "tronco" por pastorear encima de las 
poblaciones Si usted se aprovechase de quedarse aquí 
estos días, haría servicio a don Luciano, y yo había 
de disculparlo con el jefe Antes de medio día va- 
mos a pasar cerquita, a una media legua 

— En esa rumia iba — respondió don Anacleto con 
gravedad No se juega con los entereses, y yo tengo 
en un potrero del monte un ganadito orejano que a 
la fija se han comido los "matreros", si no han raa- 
trereao ellos mejor por librarse de estos cimarrones 

— Si le han comido el suyo, no habrán precisado 
de las vacas del patrón 

— Ansina es Pero, en la virgen confío que mi ter- 
nera] e no haiga mermao mucho porque al dirme lo 
metí en un plavo de pasto de engorde de cuaresma, 
tan acortinadito y misturao con malezas, que nengún 
gaucho malevo ha de haber olido la madriguera El 
de mi patrón se ha de haber resarcido con las crías 
aunque al principio lo haigan espiga o en flor Tengo 
gana de ver como sigue esta hacienda, por si hay que 
enderesar algo en el establecimiento que dejé al cargo 
de Calderón y de Nereo No sena malo que me diera 
una gueltita por el campo antes que venga el tiempo 
de las quemazones o de la langosta, y todo lo encon- 
trase arrumao y en "taperas" Si te parece, me corto 
al trotecito asina que nos acerquemos, aunque no 
jueee más que pa bichear a esos mandrias 

— Se me hace bueno, — dijo Esteban sonriendo — , 
y no hav que estar entre si caigo o no caigo Caiga 
al campo don Orto' 



[288] 



GRITO DE GLORIA 



— Por avmguar, guelvo a decir nada mas que por 
avmguar Después me encorporo aunque sea en la 
sierra de los Tambores al grueso con este solo com- 
pañero, que no prenso la garabina 

Y se golpeó el corvo con fuerza 

— ¡Ya creo que no precisa r — observó el liberto 
con seriedad 

A trueque de un encuentro malo como podría acón 
tecer en un refucilo, en que no quedase uno vivo, me- 
jor es que primero usted vigile un poco el campo dt 
don Luciano porque se lo ha de agradecer el, la niña, 
y también mi amo, poT lo que los quiere 

— Por lo juicioso te hacia comandante amigo, si 
yo juese el jefe, y no es por lavarte la cara, que no 
necesita de jabón sino por probarte que sov tu apar 
cero de alma, todo enterito pa el trance más duro 
después que te he pulsao la muñeca Si mandás que 
cargue en la punta en cuanto los "mamelucos" aso- 
men la trompa en la lomada por ahí me descuelgo 
como "carancho 1 sobre los guevos a todo lo que da 
el "flete" , si ordenas que vaya a cuidar el ganao de 
nn patrón por ser de conveniencia, aunque me aflija 
voy, porque la descipluia ha de respetarse mas que 
al cura, dende que se paiece a las mujeres que se han 
pasao de mozas sin marido y siempre están rezón 
gando 

Limitóse el negro a reírse, sin objetar más palabra 
El galope duro no daba tampoco lugar a diálogos 
muy largos y con ese galope llegaron al vado que 
cruzaron sin novedad, siguiendo sin detenerse por la 
orilla del monte 

Al empezar a declinar el día don Anacleto ere) ó 
llegado el momento de separarse pueb pisaban va 
campo de Robledo, v aaí lo biso, cambiando de rumbo 



[289 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



para dirigirse a las "casas" y haciendo un cordial 
saludo con el brazo a sus compañeros 

Estos lo contestaron con una aclamación unánime 
y las armas en alto 

El sargento Saldanha le gritó 

— iNo se vaya a hacer perdiz en el pago don Cleto, 
y mire por su fama 1 

— La cuida esta que va en la vaina — contestó el 
viejo con arrogancia |Ya ha de cortar más de una 
cola cuando toquen a rabonear' 

Luego entre risas y expansiones, la partida desapa- 
reció en un bajo, y don Anacleto en un abra del 
monte 



1 



XXVIII 
EL ESFUERZO NACIONAL 

Muchas fueron las agitaciones en el campamento de 
los sitiadores desde la prisión de Calderón, hasta des- 
pués de ocurridos los hechos de armas que habían 
apresurado la marcha de Bentos Manuel hacia el ín 
tenor del país 

Luis María siguió con interés creciente los aconte- 
cimientos, examinándolos sin decaer un instante en 
su entusiasmo, ni preocuparse mucho de los giros ex* 
traños que a ocasiones les daba la política 

Se estaba a la naturaleza y al alcance del esfuerzo 

En su sentir, era muy difícil modificarlo sustancial- 
mente, aunque la necesidad lo contrariase por la adop 
ción de formas opuestas a la voluntad firme y cons» 
tante de los nativos Bien conocía él esta voluntad» 
Pero, asistíale también la convicción en presencia del 
arduo tema, de que no era rigurosamente cierto que 
"querer fuese poder", según el adagio que se estilaba 
en casos análogos como sentencia sacada de la misma 
experiencia Lo que el y otros querían, no se podía 
realizar sin nesgo de que toda la obra se perdiese 

Hablaba muchas veces con su jefe en la tienda, en 
marcha, en los días de zozobra como en los de rego- 
cijo, siempre hallaba en el la misma actitud, igual 
reserva discreta acerca de asunto tan escabroso 

Eran sin embargo de importancia y dignos de una 
meditación profunda, los hechos que habían venido 



[291] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



encadenándose hasta confirmar en sus extremos la 
conducta leal dt los libeitadores 

Estaba Luis María invadido del espíritu local, que 
era mezcla de virtudes v rabias pero en su cerebro 
el buen sentido primaba sobre el arranque de la pa- 
sión y le hacía condolerse de la suerte que cabía a 
uno de sus grandes y queridos ensueños 

Pensó sm soberbia 

Pasó revista al pasado, tan lleno de abnegaciones 
y recuerdos palpitantes 

La suerte de las armas se había mostrado propicia 
al intento de los buenos, pero éstos estaban en el co- 
mienzo de una obra colosal, y no contando con más 
recursos que los propios, que eran muy escasos, sin 
apo^o directo ni indirecto de los gobiernos vecinos, 
empezaban a palpar los graves inconvenientes de la 
empresa v a comprender lo serio de la aventura, para 
cuyo complemento érales preciso el concurso del ge- 
nio militar e ingentes sumas de dinero 

Sus reflexiones recayeron sobre los hechos funda- 
mentales que se habían consumado con trabazón ló- 
gica preparando acaso al país para una vida ficticia, 
o por lo menos agitada v turbulenta 

La representación convocada, ardiendo aquél en 
dura guerra, había nombrado en uso de sus faculta- 
des un gobierno efectivo y diputados al congreso ar« 
gentmo, — lo mismo que Artigas hiciera en otro tiem- 
po y bajo el imperio de otras circunstancian 

Pero antes de producirse este hecho y el de las de 
claratorias notables de la asamblea, súpose que el 
gobierno de Buenos Aires había dispuesto se formase 
un ejercito de observación en la linea del Uruguay 
al mando del general Martín Rodríguez 



[292] 



GRITO DE GLORIA 



Cuando este jefe pasó a recibirse de su puesto, una 
versión alarmante circuló en esos momentos, y sub- 
sistió mucho después 

Se dijo que el general Rodríguez llevaba órdenes 
para prender al brigadier Lavalleja, y remitirlo a Bue- 
nos Aires Esta especie fue adquiriendo cada día ma- 
yor crédito, sm que el tiempo y los sucesos la desva 
necieran 

Subsistía entre los orientales, y éstos se la explica- 
ban claramente La diplomacia argentina que había 
tiaido a Lecor, trataba de mantenerlo en el terreno 
conquistado 

Erales forzoso para merecer el auxilio y provocar 
la conflagración, dar prueba segura de su lealtad, y 
asimismo, extender su acción y su poder en el terri- 
torio por una victoria ruidosa 

En caso feliz^ el apoyo sobrevendría por el exceso 
mismo del mal que perturbaba profundamente el equi- 
librio de la vasta zona, si el éxito era desgraciado, 
los vencidos no debían esperar más que la prisión y 
el proceso 

A esta triste alternativa estaba condenado el ideal 
de la aventura por la política insensible y la fría di- 
plomacia Entre esos dos hielos se encontraba la aspi- 
ración ardiente de los débiles, que todo lo fiaban a 
los milagros del valor 

Dióse la prenda 

El brigadier Lavalleja sometió la dirección de la em- 
presa militar al Ejecutivo de la República, ofreciendo 
así prueba eminente de espíritu de orden 

Este compromiso no fue aceptado La resistencia 
del Gobierno general a tomar cualquiera intervención 
explícita, quedó excusada legalmente por preceptos que 
era preciso llenar de un modo solemne 



[293] 



EDUARDO ACEVKDO DIAZ 



Contra esta resolución se habían estrellado todos 
los esfuerzos y los ruegos del pueblo oprimido, las 
vehementes insinuaciones del espíritu nacional, los ar- 
gumentos de los tribunos y del patriotismo exaltado 

Era entonces necesario que el denuedo de los nati- 
vos luchando solos con el enemigo común, rompiese 
aquella barrera consagrando su afán constante con un 
triunfo memorable, 7 preciso era que ellos confirma- 
sen los votos protestados por su libertador, por medio 
de un acto armónico con sus instituciones 

Lo primero se ansiaba día tras día soñándose con 
la aurora de una jornada cruenta., pero fecunda, que 
despejase un poco los horizontes del porvenir, lo se- 
gundo se había hecho por una Asamblea con mandato 
imperativo, que, en el fondo, no podía suplantar los 
efectos de un plebiscito necesario 

En un país de cien mil almas, cuyos ciudadanos 
sin escuela de gobierno libre eran soldados, y a quie- 
nes en esas horas críticas les era corto el tiempo para 
preocuparse de otra cosa que de batirse a muerte con- 
tra un adversario diez veces superior, no debía espe- 
rarse tampoco que la voluntad del conjunto, la expre- 
sión meditada y tranquila de la voluntad soberana, 
se manifestase por otros medios mas correctos 

El día 25 de Agosto la Asamblea había declarado 
al país, de hecho y de derecho, Ubre e independiente 
del rey de Portugal, del emperador del Brasil y de 
cualquier otro del Universo, y en pos de esta decla- 
ratoria viril, hecha en medio de zozobras y peligros, 
había dictado también la ley que lo incorporaba a 
las Pnrwncias Unidas del Plata como porción inte- 
grante de su antigua soberanía 

Era esta sin duda, una concepción más clara y lu- 
minosa de la patria, cuyo sol debía nacer en el con- 



[294] 



GRITO DE GLORIA 



fin sur brasileño y hundirse detrás de los Andes, 
después de alumbrar inmensas regiones destinadas a 
todas las razas laboriosas del mundo y a todas las li- 
bertades sin arraigo en las naciones caducas, era el 
haz de fuerzas que hacían la solidaridad perseguida, 
la cohesión de los medios y la armonía en los fines, 
dando aparente solución al problema del equilibrio 
platense 

Aparente, porque ¿no nrvocaba el Imperio iguales 
títulos que su rival a la posesión y exclusivo dominio 
de la tierra disputada, > no eran sus pretensiones an- 
tecedentes de funesto augurio para el futuro? 

La fórmula de incorporación, que era en sí misma 
expresión de poder v de fuerza, resultaba para el do- 
minador impuesta por la brutalidad de los hechos, y 
como un reto a su soberanía, por cuanto los nativos, 
años atrás, habían resuelto la anexión al Imperio por 
intermedio de sus Cabildos, únicos cuerpos de carác- 
ter representativo y popular 

En esta grave querella, para nada tenía en cuenta 
el Brasil que los orientales no querían en el fondo lo 
que sus Cabildos hicieron, ni Buenos Aires se daba 
por entendido tampoco de que la célebre declaratoria 
no era un acto espontaneo de los pueblos oprimidos 

Dirimían sus antagonismos sin consideración a la 
prenda Y la prenda anhelaba ser entidad neutra y 
por lo mismo libre y respetada Pero, no siendo eso 
práctico por sus solos recursos, ninguno mas adecua- 
do como quien saca fuerza de flaqueza que el de 
aquella declaratoria La incorporación al cambiar el 
dominio traía consigo el conflicto, y hacia teatro de 
la lucha el mismo suelo disputado, mas al fin de esa 
lucha podría bien suceder que del exceso de sangre 
vertida surgiese la zona neutral por utilidad recíproca, 



[295] 



I 



I 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



y de esta situación, una independencia que era impo- 
sible adquirir por otros medios 

Por eso, condensando su pensamiento en las pro- 
pensiones locales firmemente acentuadas, el joven pa- 
triota recordaba entonces la frase lacónica pero ex- 
presiva que había recogido en más de un labio a raíz 
de aquella ultima declaratoria 

— i Libertémonos del yugo extraño, y después Dios 
proveerá ' 

Resumía esta frase, con los anhelos de una gene- 
ración formada al calor de la lucha y que todo de la 
lucha lo esperaba, lo incierto de su destino 

Tal vez se descubría en ella el fondo de soberbia 
genial que constituía la base de las rebeldías indoma- 
bles, pero esa naturaleza bravia favorecida en su des- 
arrollo por las condiciones geográficas del territorio, 
aislado de los otros en casi su totalidad por mares y 
grandes rios< era precisamente la causa del conflicto, 
la razón inicial de la aventura legendaria 

Y bajo esta faz el problema de futuro ¿podía con- 
siderarse asimilable el elemento nativo 9 

La pregunta era honda, y eludió satisfacerla como 
si se hubiese abocado a un abismo insondable 

En la bandera a cuya sombra los orientales pelea* 
ban se leía con letras negras la inscripción de ¡ liber- 
tad o muerte f que era su grito de guerra y también 
de gloria 

Ln ese lema se resumían sus ideales, en ese grito 
sus virtudes guerreras ¿Se obstinaban ellos en pro- 
bar que eran capaces de ser libres dentro de un gran 
todo o de una gran patria de comunes sacrificios, o 
buscaban significar con ese lema, que tenía su origen 
en Artigas, que toda dependencia les sería odiosa aun 
dentro de la comunidad primitiva 9 

[296] 



GRITO DE GLORIA 



Se inclinaba a creer esto último, y un día dijo a 
su jefe lleno de ardimiento 

— Si \ienen los argentinos y libran la gran batalla, 
nuestra esperanza llevará camino de realidad, mi co- 
mandante 

— ¿Por qué — había preguntado Oribe 

— Porque hoy ninguno de los rivales podrá obte- 
ner victoria definitiva, fuertes como uno y otro lo 
son, y entonces nos harán el fiel entre los dos platillos 

— El caso es que los argentinos \engan Mientras 
eso no suceda, no habrá fiel, desde que no haya ba- 
lanza que equilibrar 

No ponía en duda Berón este aserto, pero consolá- 
bale la idea de que el auxilio vendría, hecha como 
lo había sido la declaratoria de incorporación, y fac- 
tible como era un hecho de armas que de un momento 
a otro asegurase a los "insurgentes" el dominio de 
la campaña 

Muchas otras circunstancias concurrían a preparar 
el espíritu del gobierno argentino a una actitud fe- 
suelta 

La marcha misma seguida por la revolución estimu- 
laba al socorro, en nombre de principios que ella se 
esmeraba en consagrar sobre el terreno de la lucha 
Sus prácticas no desdecían de la alteza del propósito 
Hacia la lucha humana, sin crueldades ni venganzas 

El joven patriota sentía por ello una íntima frui- 
ción, que se renovaba con frecuencia por las voces 
que se alzaban en la otra orilla en defensa de los opri- 
midos 

Una tarde su goce subió de punto 

De la tienda de Oribe había pasado a la suya una 
hoja impresa, un número de El Piloto, que aparecía 
en Buenos Aires, cu>a prédica reflejaba los nobles 



[297] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



deseo* del pueblo argentino, v en cuyas columnas 
leyó, entre otras expansiones entusiastas y generosas, 
estas líneas 

"Un pueblo que ha pasado por cien vicisitudes po- 
dra acaso como Roma, no hacer votos por los bue- 
nos días de su libertad, pero los pueblos que no han 
tenido lugar aún de gozar de aquellos bienes, no pier- 
den asi sus sentimientos ni sus esperanzas de conquis- 
tarlos ellos hacen lo que los orientales conducidos por 
el inmortal Lavalleja, cuyos heroicos hechos han sido 
coronados con el sublime ejemplo de perdonar el ex- 
travio de sus hermanos ' 

Y al leer esto, que era gloriosa verdad, tuvo pre- 
sente que la revolución había aceptado aun a I09 des- 
creídos en su seno recordó que Calderón, enviado 
por Oribe al cuartel general con la nota de traidor y 
condenado a muerte por el consejo de guerra, había 
merecido gracia el día del cumpleaños de Lavalleja, 
por interposición de Rivera, sm otro compromiso que 
el del juramento de no hacer armas contra sus anti- 
guos compañeros, juramento violado a los pocos días, 
uniéndose al perjurio nuevamente la traición 

Hizo también memoria de muchos otros que debie- 
ron la vida a la lealtad caballeresca, y de mas de mil 
prisioneros actualmente en deposito que eran objeto 
de tratos humanitarios, y aun cuando hallaba algún 
punto oscuro en la actitud de Rivera en el episodio 
de Calderón, dadas las facetas sombrías de este per- 
sonaje, no podía el menos de decirse interiormente, 
como un resumen de levantadas ideas "con esta mo- 
ral se ira lejos" 



[296] 



XXIX 



LA COLUMNA EN MARCHA 

La vida de campamento no era tampoco sosegada 
como al principio, y desde algún tiempo atrás se ve- 
nía poniendo a prueba el músculo en marchas y con- 
tramarchas a toda hora según las exigencias de or- 
den militar, devorándose distancias con buen sol o 
bajo lluvia, en hermosas mañanas como en noches sin 
estrellas 

El caso era no ser vencido en previsión, ni aven- 
tajado en actividad Había que esforzar las aptitudes 
y que suplir el exceso del numero con el valor y la 
audacia 

A pesar de esta vida agitadisima, en ciertos días y 
en determinadas horas, su jefe, celoso de la profesión, 
ordenaba y dirigía personalmente la practica de evo- 
luciones por mitades, compañías y escuadrones, todo 
el campo poníase en movimiento, ejercitábanse el sa- 
ble, la lanza y la carabina, indicábase con esmero 
cómo debían equilibrarse la velocidad y la forma de 
impulsión en las cargas, por elección de caballos, si- 
mulábanse protecciones de despliegues y retiradas, 
como si se contase con infanterías, perfeccionábanse 
en cuanto era posible los medios para el choque, lo 
que se explica si se tiene en cuenta que, aunque arma 
accesoria, la acción táctica de la caballería estaba en- 
tonces en la plenitud de su vigor 

El jefe era hábil, organizador y valiente, tres apti- 
tudes que creaban el estimulo con el respeto, el celo 



[299] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



patriótico y la emulación militar, en la medida del 
tiempo y de los recursos Para la elección de log ca- 
ballos de guerra no era necesaria la teoría, todos eran 
grandes jinetes, y con ojo experto elegían al compa- 
ñero de lucha sin equivocarse nunca Sabían también 
por experiencia lo que importaban los arreos en la 
fuerza de impulsión, los equilibraban con la rapidez, 
y muchos no llevaban más que el rendaje y las armas 
en el momento del choque 

De esta manera, constituían una caballería ligera 
o una de línea sin ser pesada, cuando asi lo exigían 
las circunstancias* "una fuerza viva desplegada" ca- 
paz de afrontar el peligro mayor, como lo era para 
resistir los rigores de la privación y la inclemencia 

Caballería propia de un terreno con campos ondu- 
lados, con bosques moteados de potriles, con serra- 
nías abruptas, con valles "guadalosos", y propia de 
un clima con fríos recios, con soles ardientes, con no- 
ches plateadas y con vientos mugidores El jinete, 
bravo y robusto, el caballo pequeño, pero fuerte y 
sufrido, capaz el uno de extrema osadía y el otro de 
llevarlo a la boca del peligro resultaban armónicos 
con el suelo y el clima 

Por entonces nacían, vivían y morían entre estrido- 
res de "pamperos" y clarines 

La victoria de Rincón, v otra obtenida por el ve- 
terano de Artigas Andrés de Latorre sobre una fuerte 
división brasileña que buscaba la incorporación con 
la del general Abreu, dieron nuevo impulso súbita- 
mente a las operaciones, hallando a Oribe el "chas- 
que" de las gratas nuevas en la costa del Santa Lucía 

La excursión rápida de Bentos Manuel hacia Mon- 
tevideo, lo había obligado a movimientos más rápidos 
todavía, y al habla con el cuartel general maniobraba 



[300] 



4 



GRITO DE GLORIA 



dentro de la zona en que se incubaba el peligro im- 
previsto "en la cuna del toro" — según la frase grá- 
fica de Ismael 

Terminaba setiembre 

Los días eran claros y hermosos, retoñaban con 
gran vigor los bosque*, el espíritu estaba alegre y 
templado a pesar de lo que >a lle\aba de prueba el 
esfuerzo extraordinario > en el campamento coma 
como una nueva vida preñada de esperanzas como la 
primavera de jugo« 

En el vivac de Luis María. Ismael y Cuaró se co- 
mentaban cada mañana las probabilidades de un en- 
cuentro formal que precipitase los sucesos 

Todos confiaban en el éxito, por el prurito que da 
la costumbre del triunfo y la fe que inspira la habili- 
dad de los jefes 

Ellos confiaban en el suyo, a quien veían desplegar 
recursos sólo propios del que sabe secundar un plan 
y aún excederse de los limites trazados, en sentido de 
afianzarlo o robustecerlo 

Todo consistía en que las fuerzas revolucionarias 
llegasen a formar un haz en el momento de la acción, 
pues que se encontraban diseminadas en distintas zo- 
nas Si el enemigo tomaba la ofensiva* debía ser por 
sorpresa, y sobre una de las divisiones fuertes antes 
que la junción se operase 

Para precaver esto, es que ellos vivían en perpe- 
tuo vaivén, cambiando en horas de campo traspo- 
niendo grandes distancias, ora acercándose a la plaza, 
ora alejándose sin dejar rastro visible empeñados en 
descubrir la intención del enemigo y hacerse dueños 
de sus medios de comunicación con Abreu, que se 
mantenía en su posición estratégica sin desprender ni 
una columna después de los contrastes sufridos 



1301] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Esa espectativa no podía durar mucho , y así fue 

Una tarde supieron por aviso anónimo, que el co- 
ronel Ribeiro saldría de extramuros con rumbo al 
centro del país, > al mismo tiempo vino anuncio del 
cuaitel general de que una fuerte columna de cana- 
Hería avanzaba por el norte a marchas forzadas, bus- 
cando su base de apoyo en Abreu 

Dábanse hasta los detalles más minuciosos sobre es- 
tas operaciones, que en \ez de alarma ocasionaron in- 
decible contento 

Como se diese orden de ensillar a prisa, Jacinta 
vino al fogón de Luis Mana, v dijo a éste 

— Yo me voy con el cano al cuartel general 

Su asistente queda con una porción de cosas que 
yo le dejo, y que usted ha de precisar en estas mar- 
chas de noche, en que nada se encuentra a ocasiones, 
ni una sed de agua, porque es mucha la tiñería donde 
se tiene miedo a los portugueses No me desaire, 
que me trae guena intención Nos hemos de ver 
pronto si no me engañan mis deseos, que son asina 
de grandes, aunque los suyos sean muy chiquitos 
jPero no importa 1 Yo lo he de \ei y lo he de servir 
siempre con la mesma \olunta, y muy pronto, por- 
que mire, yo creo que va a haber pelea de aquí a 
unos días y todos tendrán que pintarse, hasta Frutos 
que anda a monte, para aguantar el rempujón 

— Si, nos veremos Jacinta, — respondió el joven 
con afecto Es usted tan buena conmigo, que no sé 
como expresarle mi gratitud Muy presente he de te 
nerla 

— iQué r — le interrumpió ella con aire triste No 
vale la pena Le he costureao las ropas, que esta 
ban en miñangos, ) aura parecen otras Los botones 
se los pegué como hacen los mélicos, con un berra- 



[302 ] 



GRITO DE GLORIA 



gón de puntadas, porque de otra laya nenguno se 
queda quieto Y aura, oiga una cosa que he de de- 
cirle sm que le duela si hay encuentro o entrevero 
vaya ammao al "indio" que e3 muy guapo > >o sé 
cuanto lo quiere Es poco hablador, y cuanto más 
quiere mas se amorra, como negro Pero es duro de 
pelar lo mesmo que "yacaré" Estease cerudito a el 
como si juese su hermano, «un agracio en esto, y verá 
que lo ayuda en lo amargo, sin que usted se lo 
pida Y nada mas i Adiós señor María, que la vir- 
gen lo acompañe 1 

— i Hasta la vista, Jacinta' Gracias por todo 

Y el joven le estrechó la mano 

Fuése la criolla 

Concluíanse los últimos preparativos 

Antes de mandarse a caballo, el capitán Velarde que 
estaba de avanzada, trasmitió el parte de que una par- 
tida de treinta soldados con vanos sargentos acababa 
de presentarse en el campo, diciéndose sublevados de 
una fuerza enemiga 

A poco, la partida llegó con custodia 

Berón que se encontraba al lado de su jefe, reco- 
noció en el acto a Esteban, exclamando 

— Es mi abstente, el que cayó prisionero hace me- 
ses en las guerrillas del sitio, y que ahora vuelve a 
sus filas trayendo ese contingente 

— Buen augurio, — dijo entonces Oribe — , si como 
creo, estos hombres se han desprendido de la columna 
de Bentos Manuel Seria un principio de triunfo, que 
nos correspondía asegurar con un esfuerzo decisivo 
sin perdida de tiempo 

Pronto se enteraron de todo lo ocurrido 



[303] 



EDUARDO A CE VED O DIAZ 



Esteban hizo el relato con la mayor fidelidad, y 
puso en manos de su señor el cinto, que hasta ese 
momento había llevado bien oculto 

Oribe mandó que Luis María redactase sin demora 
una comunicación a Lavalleja en la que le daba cuen- 
ta de lo que pasaba, y que venía a confirmar las no- 
ticias que por drversos conductos se les había tras- 
mitido 

Decíale también que observaría al enemigo en su 
marcha por el frente y el flanco, sin apartarse mu- 
cho del centro de operaciones, a la espera de nuevas 
órdenes 

Escrita la nota partió un "chasque" con ella a 
rienda suelta 

El cuartel general estaba muy cerca, bastando me 
día hora de carrera a un jinete duro para ponerle en 
el sitio Eligióse de "chasque" al teniente Cu aró 

Concluida su tarea, el jo\en patriota oyó de labios 
de Esteban lo que éste había recibido encargo de 
decirle 

Notóle el liberto tan visiblemente impresionado que 
el mismo llego a conmoverse sin disimulo 

Como los dos habían quedado algo distantes de los 
grupos llenos de alborozo con el suceso reciente, ha 
blaron sm reservas* 

Luis María leyó las cartas, interrumpiendo su lec- 
tura con interrogaciones rápidas y breves, que Es- 
teban contestaba con la misma precisión 

Estúvose en suspenso un rato, y guardó las cartag 
en el pecho 

Luego examinó el interior del cinto, y cogiendo un 
gran puñado de onzas, púsolas en las manos del li- 
berto, diciéndole 



[304] 



GRITO DE GLORIA 



— Haz de eso dos porciones iguales, y guárdalas en 
uno v otro bolsillo 

Hízolo así el negro, poniendo once de una parte y 
diez de la otra, mu) afligido por no poder dividir el 
exceso 

Estuvo a punto de adveitir a su amo que eran no- 
nes, pero, como lo viese pensativo, juzgó prudente 
callarse 

El bien sabía que su señor nunca contaba cuando 
tenia y abría la mano 
Después, éste dijo 

— Cuando llegues a \er a Jacmta ¿tú la co- 
noces 9 

— ¿No es aquella que estaba en carretón en la li- 
nea, al principio del sitio 7 

— La misma es Ahora ha marchado al cuartel ge- 
neral Cuando la veas, digo, que puede ser pronto 
le entregarás una de esas porciones de dinero para 
que ella lo utilice en compras que le convengan Aña- 
dirás que ese no es más que el importe de los artícu- 
los que )o he consumido 

— Es mucho, señor con dos onzas bastaba 

— iQué sabes tú f Haz lo que te mando sin meter 
baza 

— Sí, señor 

— Y ahora que tu has venido, lo que tanto celebro, 
espero que arregles mis cosas que andan ahí en des- 
orden en manos de los que no las entienden 

Esto diciendo, Luis Mana apretó bien las agujetas 
del cinto doblándolo para disminuir en lo posible su 
volumen, y dirigióse hacia donde estaba Oribe 

Aunque ya la división había montado, éste se en 
contraba todavía de pie bastante retirado, junto a 



[ 305] 



1 



EDUARDO AGE VED O DIAZ 



unas grandes piedras en lo alto de la colina, obser- 
vando el campo en todas direcciones 

Al sentir llegar a Berón, se volvió con presteza 
— Mi jefe — dijole el jo\en — acabo de recibir 
algunas onzas que me ha enviado mi padre, y tam- 
bién cartas con noticias que ya conocemos Yo no 
preciso de ese dinero sino una suma pequeña, que ya 
he sacado, y yengo a ofrecerle a usted lo demás para 
las urgencias de la tropa Aquí esta 
Y mostró el cinto 

El a su acento expresión de tal sinceridad y firme- 
za, que el comandante se sintió conmo\ido 

— ¿Es decir — contentó — que usted no se con- 
tenta con ofrecer a su causa lo mas que puede darse, 
y que es lo primero, su esfuerzo personal, su sacri- 
ficio de sangre 9 

— Asi es, señor Si de más dispusiera, sena aun 
poco Yo me doy por entero a las pasiones que hon- 
ran, > lamento no valer nada Soy un hombre que, 
como otros más cautos, podría ser feliz, pero tengo 
la desgracia de ser terco ) pertinaz Amo lo que amo 
sin reservas m egoísmos, y siempre que me es dado 
demostrarlo lo hago con el mayor gusto Ruegole que 
acepte, mi comandante, esta humilde ofienda 

Onbe lo abrazó, con movimiento franco y espon- 
táneo, diciendo 

— Acepto, amigo, y gracias r Pero a una condición, 
y es la de que esa suma, con otra que podamos reu- 
nir, sea destinada a un armamento completo para nues- 
tros cuatro escuadrones 

Luis María hizo un gesto de asentimiento sm re- 
plicar palabra, y devolvió el abrazo con la misma 
efusión 



[S06] 



GRITO DE GLORIA 



— Como usted lo ve — agregó el jefe señalando ha- 
cia las filas — ya nuestro regimiento tiene estandarte, 
aunque modesto, es de lanilla con su letrero en el 
centro, y obra de damas Se lo he confiado a ese jo- 
ven subteniente que apenas empieza a ser hombre, 
de aire garboso y atrevido 

— -Me parece todo muv bien, comandante, esto es- 
timula y enardece los deseos de llegar a la prueba 
cuanto antes 

— Acaso esté muy próximo el momento Ahora va- 
mos a ponernos en actividad para tratar de confir- 
mar aquello que se ha dicho más de una vez, que la 
caballería ligera "es una verdadera red detrás de la 
cual el ejercito propio marcha o descansa, sm que al 
enemigo 1c sea dado presumir nada positivo de sus 
planes" 

Minutos mas tarde, la fuerza abandonaba aquel si- 
tio al trote largo 

Había desprendido vanas partidas exploradoras, y 
al parecer se encaminaba hacia el paso del Soldado 

Reinaba en las filas una atmósfera alegre, de espí- 
ritu expansivo y abierto, como si todos hubiesen re- 
cibido buenas nue\as, aunque estas se condensaban en 
una verdadera la llegada del enemigo 

Ismael, que había ocupado su puesto a vanguardia 
e iba mirando atentamente a Berón, dirigióle así la 
palabra 

— Parece contento, y por eso yo lo estoy también 
— Es verdad, capitán He tenido noticias de mi fa- 
milia y le agradezco su buen corazón Mucho tiempo 
hacía que no me llegaba una carta y hoy me he re- 
sarcido por toda la ausencia. 



[307 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



—Asina es El que sólo llora penas, nunca puede 
creerse desgraciado, al que es solo, él mesmo goce 
lo aflige 

— ¿Por qué 9 

— Atrás de la ri^a le grita el recuerdo y acaba el 
gusto, como si se reventase la hiél Pero este no es 
el caso Dígame lo que aiga de los portugueses 

Luis Mana púsose entonces a referirle con los me 
ñores detalles lo que al respecto su padre le decía en 
la carta, y lo que Esteban había hecho por la causa 
de los patriotas sublevando parte del escuadrón de 
auxiliares, cuva partida con armas v municiones el 
mismo Velarde había recibido en las guardias avan- 
zadas 

Ismael oyó con atención, y luego dijo 

— |E1 negro es de alma 1 Pero no teniendo él 
plata que darle a esos mélicos, — y viene un sargento 
portugués en la partida le alvierto — , ¿cómo diablos 
se amañó en el envite del truqui-flor? 

— Acaso con dinero de mi padre, porque es cierto 
que él no disponía de recursos 

En el espíritu de Luis Mana a pesar de esta res- 
puesta, se suscitó una duda 

Para él va era mucho que su padre hubiese modi- 
ficado tanto sus ideas acerca de la causa de los nati- 
vos, y más aún que le trasmitiera datos prolijos de 
lo que el enemigo intentaba, pero el que hubiera pro- 
porcionado fondos para una rebelión de tropas den- 
tro del recinto, excedía a todas las hipótesis y conje- 
turas 

No dejó pues, de preocuparle el hecho, en sentido 
de una mayor satisfacción, y para cerciorarse llamó 
a Esteban, apartándose algo de la columna 



[ 308 ] 



GRITO DE GLORIA 



— Supongo — le dijo — que tú no has sublevado 
la gente de tu escuadrón nada más que por la in- 
fluencia de tu palabra v de tu energía , aunque siendo 
muchos de ellos orientales, no necesitaban de otro es 
tímulo que el del patriotismo para dar este paso hon- 
roso 

Entiendo que hay entre esos hombres un sargento 
portugués 

— Sí, señor, el saTgento Saldanha 

— Bueno. ¿Y éste también se ha venido por solo 
amor a la causa ? 

— Le di unas onzas 

— lAh 1 ¿Te las proporcionaría rm padre, Esteban 9 
El liberto se turbó un poco, y no quiso mentir 
— No señor — respondió, fue otra persona 
— Entonces hay allí mas de una a quien tengamos 

que agradécer actos tan señalados como este, y tu 

deberías nombrarla en confianza, a fin de que no 

quede en olvido 
— Ella no quiere Pidió como un favor . Pero si 

su mercé me ordena, yo cuento 
—Habla 
¿Quién es? 

Vaciló todavía un momento Esteban, y después dijo 
muy bajo 

— La niña Natalia 

— ¿Quién, has dicho? 

El liberto repitió el nombre, agregando 

— Mi señor no me ha de dejar mal 

— No por cierto — repuso el }o\en con gran sor- 
presa, jno* Tú has sido leal y fiel, has cumplido 
como pocos tu obligación y algún premio has de re 
cibir a su tiempo |Sera muy justo* Lo que acabas 
de revelarme me llena de un gran placer y por eso 



[309] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



me felicito de haberte interrogado, pero ahora yo te 
pido que lo dicho quede entre los dos en todo tiempo 
— Si, señor 

— Relátame lo que pasó 

El liberto expresó sencillamente lo sucedido con la 
intervención de Guadalupe, apoyándose en el testimo- 
nio de ésta, puesto que él nada había hablado con la 
joven de Robledo sobre el asunto de la sublevación 
de sus compañeros de cuartel 

Estuvo en todo discreto, y para terminar añadió 

— En la casa de lo& amos el tiempo todo es poco 
para acordarse de su mercé 

Esa ultima frase puso a Luis María cabizbajo, abs- 
traído Gran tropel de pensamientos mezclados a sen- 
saciones íntimas se agolparon sin duda alguna a su 
cerebro, sustrayéndolo por largos instantes a los ecos 
de afuera 

Siguió su marcha como enclavado en la montura 

La noche vino con un cielo oscuro, cerró por com- 
pleto, transcurrió el tiempo y el paso de la columna 
era el mismo, con pequeñas treguas 

Por dos veces se detuvo a altas hora*, en una de 
ellas contramarchó, hizo un zigzag en un terreno de 
asperezas y luego los cascos de los caballos resonaron 
en un suelo duro de carretera 

— Camino al Durazno — dijo Ismael 

Luis María le oyó, v repuso 

— Entonces vamos sobre el rastro del enemigo 



[310] 



XXX 



LA COLLRA DE JACINTA 

Ibase en efecto por el camino real al paso del Du- 
razno, en medio del cual a cierta hora, se mando hacer 
alto y echar pie a tierra 

Luis María e Ismael supieron entonces por Cuaró, 
incorporado recién, después de repetidos \iajes, que 
Lavalleja \enia a marchas forzadas desde la Cruz, y 
que había ordenado a Oribe lo esperase en la carre- 
tera, precisamente a esas hoTas No debía demorar 
sino momentos, porque él lo acababa de dejar a corta 
distancia 

Bentos Gongalves bajaba hacia el Yi con su colum- 
na en busca de Bentos Manuel, que a su vez iba a su 
encuentro, tras una marcha hábil y rapidísima 

De este modo, en contadas horas estarían a la vista 
unidos y fuertes, y bien previsto este hecho, se había 
dado orden al brigadier Rivera para que, abandonan- 
do la posición que ocupaba en la zona de Mercedes, 
viniese a situarse con su división en la noche en las 
vertientes del arroyo Sarandí, sitio escogido para la 
conjunción de todas las fuerzas revolucionarias 

Inmóviles a un costado del camino, Luis Mana que 
acababa de cumplir una orden, dijo a su jefe 

— Por lo visto, comandante, se trata de librar ma- 
ñana un combate de caballería contra caballería 

— Un combate, exactamente — contestó Oribe — 
como en Junín — el combate silencioso En Junín sólo 
lucharon caballerías, la batalla, en riguroso tecmcis- 

[311] 

a» 



I 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



ni o, requiere la acción de las tres armas v ni en Junín 
sucedió eso, ni sucederá hoy por hoy entre nosotros 
mientras no dispongamos de infantería y artillería 
Sin embargo, en mi opinión hay combates que valen 
mas que batallas por sus efectos, \ si se libra el que 
anhelamos, los resultados serán los mismos dadas las 
condiciones actuales de la lucha El númeio de rom 
batientes de una y otra parte, sera el que en Jumn, 
más o menos 

— De todos modos, el general Lecor ha conseguido 
su deseo de que sean elementos similares, como el lo* 
cree, los que vengan con nosotros al choque 

— Eso opinó el al principio de la lucha, pero ahora 
su manera de \er las cosas era distinta y aprestaba 
infantería v caballería para robustecer a Ribeiro Se- 
gún parece, contra los buenos consejos del cauto por- 
tugués cbte jefe ha partido de extramuros inopinada 
mente en su impaciencia de ganar el lauro 

Respecto al día de mañana, acaso fuese el del com- 
bate Algunos vecinos me han informado que Ribeiro, 
a su paso llegó a decir, que siendo el de mañana 12 
de Octubre, aniversario de su emperador don Pedro, 
ansiaba llegar a las manos con "os revoltosos 1 ' 

— i Cuanto antes mejor 1 

— Veremos 

Luego Oribe se apartó del sitio sin mas compañía 
que el clarín de ordenes 

A los pocos momentos circulo la \oz de la llegada 
de Lavalleja e inmediatamente se emprendió la marcha 
hacia el arrojo de Sarandí, punto designado para la 
reunión con las fuerzas del coronel Rivera 

Esa marcha fue dura Cuando se hizo aUo al ama 
necer en la vertiente misma de Sarandí, donde ja se 
encontraban aquellas fuerzas, las descubiertas anun- 



[312] 



GRITO DE GLORIA 



ciaron la aproximación del enemigo, que venía en di- 
rección al punto escogido y se hallaba apenas a una 
legua de distancia 

Se mando entonces cambiar caballos y poner las di 
visiones en orden de pelea 

En medio de esa agitación, precursora del combate 
tan ansiado, Esteban, apartado un tanto de la linea y 
al caer a un bajo al trole, dio con los carretones del 
convoy que se habían estacionado en la ladera 

Al contrario de los demás, Jacinta había desengan- 
chado sus dos caballos del vehículo, que era bastante 
liviano, y aderezado bien uno de ellos que tema su- 
jeto del cabestro a uña rueda 

Jacinta estaba junto a un fogón que acababa de en- 
cender, y en el que, con la destreza y diligencia que 
le eran peculiares, calentaba el agua para el "mate 1 ' y 
asaba un pedazo de carne de novillo 

En rededor del vehículo veíanse una porción de bo- 
tellas y botijos \acios pequeños cajones de-=tiozadog 
y otros desechos de vivac Jacinta había dado salida 
a todos sus artículos de comercio ambulante, al menor 
precio, para sentirse ágil y pronta a las consecuencias 

En cuanto vio a Esteban, le dijo 

— ¿Ni llamao con corneta r Aquí tiene una mitad de 
"churrasco" para su oficial, y le pido se lo lleve por- 
que ha de piecisar de juerzas hoy más que nunca 
Dígale que yo se lo asé 

|Y usted sírvase de un mate, si gusta * 

— t Gracias 1 Ya tocan a formar y falta tiempo — 
contestó el liberto, desmontándose con rapidez — No 
venia mas que a un encargo de mi señor, doña Ja- 
cinta El me dijo que le estaba a usted muy agrade- 
cido por tanta voluntad en servirlo, pero que no era 
regular que no la ayudase cuando podía, y que pu- 



[313] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



diéndolo hacer ahora, fuese usted servida de aceptar 
esto, nada más que para reponer en el carretón lo 
mucho consumido por su mercé en la campaña desde 
que comenzó el sitio 

Y el liberto, con muy buen modo, le alaigó un pa- 
ñuelo en que estaban atadas las monedas que Luis 
Mana le había destinado 

La criolla se encogió de hombros, con un gesto de 
soberbia 

— ^Gueno, aura sí que está lindo* — exclamó ¿P flra 
qué preciso yo eso 9 Cuando doy por puro gusto, me 
chafan, ) cuando vendo por ganancia, me pijotean 
l Guárdese eso, no más r y dígale a su señor que le 
agradezco, pero que yo no soy Agapita que se muere 
por una amarilla, aunque venga del mesmo Calderón 

— No se resienta, doña Jacinta, que nunca ha sido 
intención de mi señor ofenderla m en la punta de un 
pelo 

— No me salga con quiebros, que asina ha de ser 
para pior Jacinta Lunarejo es de otra laya a la que 
se piensa, no es animal de cascara como otros para 
no dolerse cuando la hincan con una espina Y \ava 
mirando que la gente se forma y apronta, y que alia 
en el otro campo se mue\en como hormigas 

— jYa veo 1 Pero 

— No hay pero que más valga, ni breva madura 
Tome el ^churrasco" que le dije a que lo coma ca- 
lientito todavía, sazonao en ceniza Aura váyase, 
sin cinmonia, con su plata y todo, que yo tengo tam- 
bién que levantar estos trastes para dirme en ese 
mancarrón 

— Bueno, me voy — dijo Esteban montando — A 
la fija no ha de tardar mucho que toquen a degüello 



[314] 



GRITO DE GLORIA 



La gente está que arde por echarse encima de los "ma- 
melucos" 

Y guardándose en el cinto el pañuelo anudado que 
rechazase con tanta obstinación y enojo la criolla, se 
afirmó en los estribos, añadiendo 

— Ahí se acerca a esta loma la reserva, con los hú- 
sares Ya a la izquierda de la linea han formado los 
dragones del brigadier Rivera, al centro la división de 
mi jefe A la derecha se tiende en ala el coman- 
dante Zufriategui ¿Lindo \a a estar el baile 1 Adiós, 
doña Jacinta 1 

— iQue Dios lo a>ude f 

Esteban pico espuela* 

La mañana abría esplendorosa 

En ese momento Lavalleja recorría las filas aren 
gando las tropas, un gran murmullo se sentía de ex- 
tremo a extremo de la linea alternado por Víctores rui 
dosos, j delante, en el llano extenso, como a veinti- 
cinco cuadras, veíase mover otra línea oscura de dos 
mil cuatrocientos jinetes enemigos que a su vez alza- 
ban las carabinas por arriba de sus cabezas entre acla- 
maciones repetidas al Imperio y a don Pedro de Bra- 
ganza 

El arroyo culebreaba al flanco y se escondía en las 
colinas hasta perderse en el Yí Los campos que for- 
maban la zona cubierta no podían ser mas a propósito 
para la maniobra de los regimientos, de fáciles decli- 
ves y \ alies sin tropiezos nutridos de verdes y blandas 
hierbas 

La atmósfera aparecía límpida y seiena, y por ella 
corría sonora } sm descanso la nota del clarín, como 
un grito prolongado de guerra que sólo debiera ter- 
minar con la batalla 



[315] 



XXXI 



SARANDI 

Les orientales teman una pequeña pieza de montaña 
d^ calibre de a cuatro, que arrastraban por delante 
con mucho garbo, y con la cual el teniente que la 
mandaba, con un servicio de tres hombres y muni- 
ciones para diez disparos, se prometía ganar alguna* 
^ventajas a pesar de la opinión de Lavalleja, que decía 
con grande risa burlona 

— ¿Con esa araña de mucho trasero, sólo se asusta 
a un pulgón r 

La pieza rodaba, en efec*o, a manera de aracmdo 
que teme el encuentro del alacrán y merced al esfuerzo 
paciente de una \unta híbrida compuesta de una muía 
flaca \ un padrillo caballar criollo dejado de mano 
por inservible 

El teniente iba muy tieso > grave en su ba>o de 
oreja partida y cola anudada, y sus tres subalternos 
en caballos rabones 

Sobre la muía, un tanto espantadiza, jineteaba un 
cambujo, de chambergo, al que le faltaba la mitad 
del ala 

Así que la linea hizo alto frente al enemigo, el pe 
queño cañón fue situado en una loma suave que se 
alzaba a un flanco del centro, y el teniente apeándose 
diligente se puso a tomar la puntería de un modo 

concienzudo 

Los brasileños ja habían mudado caballos y ratifi- 
caban su linea en medio de entusiastas vivas al em- 
perador 



[316] 



GRITO DE GLORIA 



Bizarro era el aspecto que sus tropas presentaban 
en la espaciosa falda de una hermosa colina* desta 
candóse diversos cuerpos por su formación correcta, 
especialmente el regimiento de dragones de no Pardo 

El cañoncito dio una especie de ronquido de puma, 
y el proyectil pasó gruñendo por el hueco que sepa- 
raba el centro enemigo de &u derecha, pico junto a los 
escuadrones de reserva levantando en forma de aba- 
nico la tierra negra con una orla de briznas y fue a 
rebotar en la cresta dp la ''cuchilla" a retaguardia 

Un clamor súbito se sucedió al pasaje de la bala 

El teniente volvió a calcular la trayectoria del se- 
gundo proyectil mu> abierto de piernas detrás de la 
pieza* con el sombrero echado a la nuca \ el ugarro 
en la boca 

Y estando en esta actitud, Ladislao Luna, que hacia 
con su escalón cabeza de la izquierda oriental, le 
gritó 

— Teñe guaida, hermano, que el cañón no ronque 
por atlas' 

Los jinetes nerón con estrepito 

El cabo acercó cuadrado la mecha ardiendo al oído, 
v a la detonación siguióse un salto de retroceso de la 
"araña" 

La bala partió con ¡sordo zambido 

Este nuevo proyectil no dio tampoco en el blanco 
aun cuando había sido mejor encaminado 

De la linea brasileña llego en respuesta un segundo 
clamor, y de la oriental surgió de regimiento en regi- 
miento como un coro indefinible de insectos gruño- 
nes, en que primaba la nota del alborozo 

El escobillón volvió por tercera vez a frotar el ánima 
en manos del fornido cambujo, el teniente a tomar el 



[317 1 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



punto, imperturbable, y el cabo a soplar la mecha 
para arrimarla en seguida al ojo de la pieza 

El proyectil de esta vez produjo un ruido estridente, 
algo semejante a un silbido de viento huracanado y 
calendo casi encuna del centro enemigo, estalló entre 
una nube de polvo, deiribando dos caballos con sus 
jinetes 

Era un tarro de metralla 

En ese instante, Lavalleja recorría las filas v dirigía 
una fogosa arenga a sus escuadrones en batalla, de 
modo que este detalle emocionante unido al episodio 
ocurrido, originó en la masa de combatientes una ex- 
plosión estruendosa de entusiasmo y de coraje 

Algo análogo sucedió en las filas contrarias, aunque 
eran los su\os tal vez eocenos de ruda impaciencia, 
porque en el acto, sin esperar un cuarto saludo del 
cañoncito, toda la línea, con gritos formidables, se 
movió al trote, lanzando al unísono sus clarines el to- 
que a degüello 

Los orientales no trepidaron un minuto y avanzaron 
al encuentro al mismo paso, dejando bien pronto a 
retaguardia la pieza de artillería cuyos servidores tías 
un desenganche veloz, desenvainaron sus aceros y se 
incorporaron a uno de los escuadrones del centro 

Pasada aquella masa compacta de jinetes, quedóle 
a sus espaldas abandonada esa pieza con su boca ca>i 
al nivel de los pastos \ su armón inclinado sobre la 
cuenta como si solo hubiese servido para dar la señal 
de la pelea a modo del heraldo que en las lides legen- 
darias golpeaba por tres veces el escudo llamando ai 
torneo la pujanza y el valor 

Así acortando distancias las dos fuertes caballerías 
para el choque de prueba, Cuaró, que se había arre- 
mangado el brazo derecho a la altura del hombro y 



[318] 



GRITO DE GLORIA 



ceñidose un pañuelo blanco en la cabeza, dijo suave 
a Luis María 

— Mira que va a empezar el fandango jAbrí el 
ojo \ tené al freno el lobuno 1 

E Ismael que iba al lado opuesto, con el sable cogido 
de la hoja, añadió por su parte 

— No te apartes de mí, hermano, que puede ser hora 
de morir Si caigo, recostate al teniente, que es 
gueno como pocos hombres, y en lo amargo asusta 
como nenguno 

Luis Mana iba con la boca apretada, la mirada fija, 
el busto erguido y tendido el brazo con que empuñaba 
su hoja ni una cnspacion se notaba en su semblante 
se\ero, ni una palabra brotó de sus labios 

Dirigió los ojos un momento al estandarte que fla- 
meaba a su derecha en manos del imberbe, y bajó la 
cabeza torvo, siempre silencioso 

Por un segundo cesó de improviso el ti ote nervioso 
de la linea, > una \oz que \a se había dado, pero que 
se repetía ahora viril e imperiosa como una exhorta 
ción suprema al valor heroico, volvió a lesonar de 
cuerpo en cuerpo y de escalón en escalón, mandando 
breve y secamente 

— Carabina a la espalda, y sable en mano f 

Después, los clarines rompieron en el toque a de 
guello, dos mil sables se alzaron destellantes, los es- 
cuadrones arrancaron a media brida cavendo con la 
violencia de un torrente en el llano, a cuyo opuesto 
extremo se desplegaban dos mil cuatrocientos carabi- 
neros, y apenas en mitad del valle, a tiro de pistola, 
otras tantas detonaciones resonaron, dividiendo una 
densa humareda los dos campos como para cegar mas 
su furor 



[319] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Disipada la nube, vio Luis Mana que sus amigos 
seguían ilesos a su lado, tendidos sobre el cuello de 
sus monturas, y que en pos de la linea clareada a tre- 
chos, pero siempre inflexible en su carga imponente, 
quedaban mas de cien hombies sobre las hierbas, en 
trev erados con los caballos, que habían sido también 
muertos o heridos en el pecho y la cabeza 

El lonco son de los claiines \olvio a alzarse sobre 
el estiuendo de la descarga, y en pocos instantes las 
dus líneas chocaron 

La formación desapareció en el acto 

En medio de espantosa confusión, pudo Luis María 
observar que las dos alas brasileñas eran acuchilladas 
por la espalda hasta encima de sus reservas, pero que, 
en cambio, cortada en do» la extrema derecha enemiga 
por los dragones de Rivera, una de estas mitades, for- 
mando masa compacta con las tropas del centro im- 
perial que cargaban sobre el centro republicano, caía 
con irresistible \10Ienc1a sobre la izquierda de este, 
arrojándola impetuosa y comprometiendo el resto, en 
rededor del cual se arremolinó en un instante un circu- 
lo de hierros 

La acción del centro oriental quedo anonadada bajo 
el peso del número 

Entonces la pelea se trabo tremenda entre un grupo 
pequeño \ uia mole enorme de adversarios, al punto 
de no \erse horizonte, estrechados, ahogados los na 
tivos entre baireras de lanzas y sables que habían 
surgido de improviso reemplazando a las >a inútiles 
carabinas 

Habían caído muchos en esa carga de frente y de 
flanco El suelo estaba cubierto de heridos y de jinetes 
desmontados que corrían en todas direcciones, cho 
cando con los grupos en su afán de abrirse paso entre 



[ 320 ] 



GRITO DE GLORIA 



el tumulto o de apoderarse de los caballos que ha* 
bian librado sus lomos en el choque» 

Luis María vio a Oube atiavesar por dos veces en- 
tre el tumulto golpeando aquí y allá con su espada 
y enardeciendo con la voz -a sus soldados, vio caer al 
clarín de su escuadrón herido en un costado por las 
cuatro medias lunas de una lanza a Ismael rodeado 
por un grupo de dragones, con el caballo en tierra, a 
Guaro que salvaba el cerco abriendo ancho camino 
con su sable, ) al porta imberbe que alzaba intrépido 
el estandarte acosado por los hierros gritando con un 
acento de niño a quien ya anonada el rigor 
— A mí a mi, valientes 1 Aquí de la bandera 1 
Y luego, como a través de un velo color de tierra, 
vio que los sables envasaban aquel cuerpo endeble y 
lo derribaban por las grupas manando sangre a bor 
botones 

Acometióle un vértigo Sin apartar los ojos de aquel 
episodio, sordo a los ruidos fragorosos que venían de 
todos lados, mezcla de rabias, quejas, llamados supre- 
mos, rugidos, botes y caídas, picó espuelas, lanzóse so- 
bre el grupo* que clareo a golpes de filo, y echando 
mano al estandarte que no había abandonado el porta 
moribundo, arrolló al ástd el paño, y bajando la mo- 
harra cargó ciego, hundiéndola en el pecho del primer 
enemigo que encontró a su frente 

Al instante lo cercaron entre furiosos voceríos 
El astil, manejable como una lanza, hería por do- 
quiera con su rejón empuñado con soberbio denuedo 
El golpe repetido de los sables hacíale saltar astillas a 
cada encuentro y aunque herido ya en el brazo de 
una estocada, Berón rompió el círculo, sujeto su lobu- 
no espantado junto a la loma, allí donde Ismael se 



I 321] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



batía cuerpo a cuerpo, y haciendo flamear el estan- 
darte, gntó con voz de colera terrible 
— Libertad o muerte 1 

Otra voz, semejante a un bramido, le contesto cerca, 
y el teniente Cuaró entróse al cerco nuevamente for- 
mado, moviendo como un ariete su sable poderoso 

— Maten' maten r — exclamaba iracundo un capitán 
de dragones de no Pardo, señalando a Luis María con 
la punta de su acero 

Los soldados amagaron otro ataque, encontrándose 
a Cuaro por delante, cuvo brazo, al voltearse de revcs, 
dio en el suelo con el más cercano, obligándole a salir 
de un salto de los estribos 

Oíase siempre encima el toque a degüello y los 
escalonen pasaban como fantasmas por los flancos, es- 
tremeciendo el suelo en pavoroso tropel 

Ll capitán brasileño, notando que sus hombres te 
nían de sobra con Cuaró, y que no adelantaiían un 
palmo de terreno mientras tuviesen al frente aquel te- 
mible jinete, cambió de posición hizo andar a toda 
brida su caballo y acometió con ímpetu a Luis María 
por retaguardia 

El joven anudante permanecía en el centro del tor- 
bellino como abrazado al ástil, pálido, desangrado, im- 
ponente en su misma actitud cuando su tenaz adversa- 
rio le llevó el ataque 

Herido en las grupas de dos o ti es cuchilladas que 
habían abierto hondos surcos en la piel hasta mostrar 
la carne viva, el lobuno de Berón se abalanzo de im 
proviso hacia adelante al sentir el avance, se encabritó 
v revolvió enfurecido por el dolor 

Cuaró encajó al suvo las espuelas haciéndole brin 
car en semicírculo con los remos en el aire, y al sentar 
el redomón los cascos con un bufido de espanto, su 



[ 322] 



GRITO DE GLORIA 



jinete, echado sobre las crines, levantó el fornido bra- 
zo trazando con el sable otra curva y lo descargó en 
la cabeza del oficial brasileño arrancándole con el mo 
rnón la mitad del cráneo, que le volcó sobre el rostro 
como una mascara horrible 

El sablazo lo sacó como en volandas de la silla , rodó 
su cuerpo por las hierbas, y al agitarse en convulsiones 
cogieronsele los cabellos a las matas voH íendo el frag- 
mento de cráneo a su lugar y dejando de lado visibh», 
lívido, salpicado de sesos un rostro joven que arrancó 
un grito a Luis Mana 

— \ Pedro de Souza* 

— i Mata f jmata 1 — rugía Cuaró revolviéndose más 
furibundo con el brazo Heno de sangre y la pupila 
dilatada 

Y se lanzó sobre el grupo de enemigos con todo el 
poder de su caballo 

Fue como un turbión, al principio lle\óse todo por 
delante, luego la tropa volvió a cerrar el cerco a ma- 
nera de una onda arrolladora, el sable terrible bri- 
llaba en el medio en siniestro culebreo, y en tanto este 
montón de centauros se escurría en la ladera entre 
alaridos arrastrando como en un remolino de aceros 
a Cuaró, Berón era de nuevo acometido por otro gru- 
po de refresco, estrujado, envuelto en la balumba 
hasta la loma en medio de gritos feroces, tiros y es- 
tocadas 

Todavía sirvió al joven de defensa la moharra del 
estandarte, pero al llegar a lo alto de la colina, su 
caballo cayó muerto 

Quedóse con él entre las piernas, y agitando la ban- 
dera gritó con desesperado brío 

— ¡Sarandí por la patria 1 



[ 323 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Otro combatiente cayo de pronto sobre el núcleo 
apenas resonaba el grito, armado de una enorme daga 
de dos filos que esgrimía con admirable destreza 

Montaba un redomón tostado, cu\as nances como 
bornallas despedían dos humazos ) en cu>o cuello 
la sangre salpicada se mezclaba a la espuma del sudor 

Era el jinete un negro de contextura atletica ágil 
airoso, sentado sobre los lomos desnudos 

Entre sus piernas de vigoroso domador se arqueaba 
y torcía el tornátil vientre del potro despavorido, sin 
que este, en la violencia de sus arranques, lograra se- 
parar a su amo del crucero 

Luis Mana lo reconoció en el acto Era Esteban 

A la vista de aquel a quien había devuelto sus de- 
rechos de hombre que tan bien ejercitaba en la hora 
de prueba, el joven solvió a levantar con el estandarte 
por encima de su cabeza su tonante \oz herida 

— i Libertad o muerte T 

El negro, amorrado y silencioso apretó rodajas el 
redomón dio un bote enorme cual si buscase salvar 
una valla de riscos, y echándose Esteban de costado a 
la usanza charrúa, tiró un golpe de daga al pescuezo 
de uno de los dragones 

El tajo fue horrible 

La cabeza del herido cayo sobre el hombro a modo 
de penacho volteado por el viento, brotó un surtidor 
rojo v bamboleándose un instante, derrumbóse al fin 
el cuerpo inerte 

Cogido el pie en el estribo, fue arrastrado el cada- 
ver a lo largo de la colina en vertiginosa carrera, y 
pudo verse por breves segundos girando como un mo- 
linete la cabera del degollado 

El resto de los dragones se precipitó en masa sobie 
los dos combatientes, y en tanto Esteban era separado 



[ 324 ] 



GRITO DE GLORIA 



del sitio en reñida pelea, un auxiliar mas entió en ac- 
ción, anunciándose con un gnto ronco semejante al de 
una fiera que acude rápida a la defensa de la cría 
atacada por los perros 

Simultáneamente con el grito, una lanza blandida 
por una mano nerviosa hiriendo allí donde mas ce- 
ñido y compacto era el grupo formo hueco y dio paso 
a un jinete joven, lampiño de semblante moreno y 
ojos negros, agraciado robusto, que vestía blusa de 
tropa y calzaba botas de piel de puma 

Parecía por su aspecto, de otro sexo, aunque venía 
a horcajadas en un caballo arisco 

La duda duro poco, pues en el momento la denunció 
su voz de mujer biavia, que clamaba 

— - 4 Atrévanse cobardes } \engan a mi, apestaos 
t Aqui esta Jacinta Lunarejo que les ha de pelar las 
barbas con esta media luna r 

Y echo pie a tierra junto a Berón, tratando de de- 
fenderle por todos lados con su lanza, ora saltando 
como una tigra, ya arrastrándose sobre las rodillas, 
desgreñada, furiosa, bella en su mismo espantoso des- 
orden 

Resonaron vanas detonaciones de pistola 
Una bala atravesó el pecho de Luis María, derri- 
bándolo de espaldas 

Quedo tendido con el estandarte de su escuadrón 
abrazado sobre el pecho, de cuva herida manaba un 
hilo de sangre muv roja que se fue distendiendo en 
la seda hasta formar una gran mancha en el blanco y 
celeste 

Otro de los proyectiles se alojó en el cuerpo de Ja- 
cinta 

El disparo había sido hecho a quemarropa, y su 
blusa humeaba 



[ 325 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Al reincorporarse iracunda, cayóle del costado el 
taco ardiendo, y ahogó por un instante su voz el humo 
de la pólvora 

Dos o tres de los más valerosos, tentaron levantar 
el estandarte con la punta de aus sables, pero Jacinta 
dio un brinco y sepultó su lanza a dos manos en el 
vientre del dragón de talla gigantesca que alargaba 
cuanto podía su brazo para alzarse con el trofeo 

Se alzó, sí, mas con la lanza prendida en sus carnes 
por la media luna invertida a manera de arpón, que 
se llevó en la íuga 

Luego, Jacinta cogió el sable de Luis Mana en su 
diestra rodeó con su otro brazo el cuerpo del herido 
> empezó a arrastrarle con todas sus fuerzas, diciendo 
desesperada 

— 4 A el no, bárbaros 1 jDejenlo por compasión 
que vo le cierre los o)os, no ven que va esta muer 
to r (A él no, salvajes 1 

^ sin dejar de arrastrarle, repetidas veces herida 
en la cabeza y en los brazos, bañado el rostro en san- 
gre, tambaleando, asiéndose entre crispaciones de las 
hierbas, su mano sacudía el sable apartando los hie- 
rios a golpes de filo 

Por dos ocasiones gritó, saliendo su voz como un 
íonquido 

— iCuaró 1 ¡Cuaró' 

El teniente no podía oírle 

En cambio, sintió de cerca el toque de carga y la 
reserva con Lavalleja al frente acuchillando todos los 
escuadrones enemigos dispersos en la ladera, apareció 
bruscamente en la loma, descendió a escape al llano, 
y en lúgubre entrevero fueron cayendo uno a uno la 
mayor parte de los que habían hecho cejar a la línea 
del centro 



[ 326 ] 



GRITO DE GLORIA 



En esta carga cayeron prisioneros, entre otros jefes 
y oficiales, Pintos v. Burlamaqui 

Jacinta arrodillada junto al joven y libre >a de im- 
placables adversarios, percibió entre desfallecimientos 
> zumbidos sordos, dianas y gritos de victoria 

Miró azorada a tra\és de tules rojizos 

La llanura aparecía cubierta de centenales de ca- 
dáveres y despojos Lejos, en el horizonte iluminado 
por los esplendores del sol, percibió regimientos en 
desorden, caballos sin jinetes, cuerpos hacinados entre 
los pastos, galopes furiosos ecos de cornetas que se» 
mejaban aullidos de pavor 

Después se volvió hacia Luis Mana, cogióle el ros 
tro entre las dos manos, levantóle los parpados para 
inrarle las pupilas, peinóle los rulos con los dedos 
temblorosos, dióíe un beso en la mejilla, y exclamó 
al fin desolada entre hipos violentos 

— L Av flor de mi alma, sol de mi pago T Que salga 
de estas heridas toda mi sangre, por una mirada de 
tus ojos , 

Pálida, vacilante, sus manos crispadas se cogieron 
al cuerpo inmóvil, sacudiéronlo, y en pos de este es- 
fuerzo abrió los brazos para estrechailo, resbalóse sua- 
vemente y quedóse acostada a su lado, exangüe, tiesa, 
sin temblores 



24 



[ 327 ] 



XXXII 



EL DUELO A LANZA 

El desorden en la linea del centro, y sus episodios, 
sólo habían durado algunos minutos 

Puesto Lavalleja al frente de la reserva que man- 
daba Quesada, y Ue\ada la carga, quedó limpia de 
enemigos la ladera, rehízose en el acto la división de 
Oribe, y el escalón de Ismael, con su alférez a la ca- 
beza, trepó a escape la loma, hallando solo y a pie 
su capitán entre los caídos en la pelea 

Al ver a sus soldados, dijo con su aire calmoso 

— 4 Cayeron a tiempo 1 

Y enseñó el sable roto por el medio 

Alcanzáionle un caballo ensillado, uno de los me- 
jores que por la falda vagaban sin dueño, y una de 
las lanzas arrojadas en la fuga por los escuadrones de 
B en tos Manuel* 

Cogióla con desden, y al montar murmuró 

— Puede que en esta mano alcance y sobre ♦ . 
i Avancen 1 

El escalón empezó a bajar la cuesta 

Toda la linea, en cuanto la vista dominaba, se mo- 
vía al trote para ocupar el campo en que tendiera al 
principio la suya al enemigo 

Los cascos de la caballería iban chocando con mi- 
llares de armas espaicidas en el suelo, y estrujando 
cuerpos muertos, delante, en un hermoso valle verde, 
los despojos eran más numerosos, y allí se arrastraban 



[ 328] 



GRITO DE GLORIA 



algunos hombres y bestias con las entrañas de fuera y 
un rumor de agonía. 

Más allá, divisábase como una nube negra extensa 
que se agitaba en ondulaciones de serpiente, que era 
la de los restos brasileños, empeñados sin duda en 
hacer pie firme para tentar el último esfuerzo 

Hacia la derecha Zufnategui, después de doblar con 
ímpetu el ala izquierda enemiga desordenándola y po 
méndola en fuga, había vuelto a su posición v traslo 
maba ahora la colina al son de las dianas 

Bajo el sable de sus escuadrones habían caído los 
más esforzados soldados de la izquierda imperial, 
cuando hecha la descarga por sus carabineros dio me- 
dia vuelta en dispersión, al comienzo mismo del com- 
bate. 

Hacia la izquierda notábanse tumultos, avances, re- 
pliegues, y llegaban ecos de clamores, de clarines, de 
fuego graneado* 

Se llevaban cargas todavía Allí estaba Rivera* 

En el primer choque, con su empuje acostumbrado 
y su bizarra osadía, el brigadier no dejó un adversario 
a su frente, confundiendo en una mole informe los re- 
gimientos de Bentos Gonc.alves. 

Pero, acorridos éstos por su reserva, se reorgani- 
zaron en parte, trajeron nuevo ataque, hesitaron otra 
vez, volvieron grupas, y el sable de los dragones orien* 
tales esgrimido sin cansancio, golpeó sus espaldas en 
todo el largo de la llanura, sembrándola de cadáveres. 

Era lo que se percibía de la linea del centro 

Ismael observaba atento a todos rumbos, algo bus* 
caba con sus ojos con cierta ansiedad, tal vez a Luis 
María, acaso a Cuaró 

El panorama era demasiado confuso para distinguir 
personas Todas se movían y cambiaban de puesto con 



[ 329 ] 



I 



EDUARDO A CE VEDO DIAZ 



rapidez, los cuadros solían disipar°e apenas se es- 
bozaban, los episodios se sucedían por minutos el 
ambiente estaba nutrido de azufre y salitre, y el animo 
pasaba por la emoción de lo trágico, del desborde de 
los instintos conflagrados 

Por encima de todo, los clarines seguían incansa- 
bles en su toque de diana llenando de notas agudas 
el espacio como una música alegre que acompañara 
en su \iaje a los muertos, siendo himno de vida, salmo 
de gloria, para los que se alzaban en los estribos, ru- 
gientes bajo el sol de aquel día de gloriosa primavera 

Ismael señaló con la lanza el ala izquierda, y dijo 
cual si hablara a solas 

—i Frutos 1 

Recordó tal vez que los dispersos de la extrema iz- 
quierda del centro se habían recostado a esa parte, y 
piesumia que alh estaban sus amigos 

Bajando la cabeza, emprendió el galope hacia aquel 
lumbo 

El escalón bien alineado, siguió detrás 

Antes que traspusiesen una "cuchilla" intermedia, 
en cu\a cresta terminaba la línea de Rivera, y cuando 
sonaban \a lejanos los últimos disparos de los impe- 
riales, aparecióse en la altura un jinete que sujetó de 
golpe su caballo y clavó en tierra una lanza de mo- 
harra larga y forma culebrina 

Este jinete, al instante reconocido, mereció una acla- 
mación de la tropa y un saludo de Velarde con el 
ástil de su lanza 

El jinete cogió la suya, la remolineó muy alto como 
si manejara un junco, contestando marcialmente al 
saludo, ) vínose al galope 

Era Cuaró 

¿Por que se encontraba allí 9 



[330 ] 



GRITO DE GLORIA 



Cuando bajó al llano envuelto en un torbellino de 
jinetes y de aceros, sin auxilio alguno en su trance 
amargo, al fa\or de su redomón de pecho que se aba- 
lanzaba a saltos ae fiera, había logrado arrastrar a 
su vez el grupo de agresores hacia la línea de Rivera 
eludiendo los golpes de muerte con tendidas a los flan- 
cos de su montura y devolviéndolos con renaciente 
\igor 

Ya encima de los dragones de Frutos, el grupo se 
fue desgranando, y al llegar al declive de la colina, 
los últimos abandonaron su pre*a 

Cuaró aparecióse, pues, disperso en la columna 

Viéndolo Ladislao Luna de lejos, despertóle la in- 
quina v gritó de modo que el lo oyese 

— i Miren ese que anda como avestruz contra el 
cerco 1 | Háganlo formar 1 

Al escucharlo, el teniente sintió que la sangre se le 
subía en oleadas a la cabeza hasta producirle un vér- 
tigo 

También el odio se le enroscó como una víbora en 
las entrañas 

A pesar de eso, se estuvo quieto 

Para no mascar rabia, sacó del cinto un pedazo de 
tabaco en rollo y se lo puso en la boca 

Quedóse un rato inmóvil mirando a Ladislao que 
conversaba con Rivera, con una mirada opaca, som 
bría, volvióse a alzar hasta el hombro la manga de 
la camisa hecha pedazos y teñida de coágulos de san* 
gre salpicada, y sin hacer caso al toque de atención 
que resonaba en la linea puso espuelas y se dirigió 
a la loma 

Fue entonces cuando se encontró con Ismael 
— Van a entrar a perseguir — díjole — Sena gueno 
- seguir al flanco 



1331] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Efectivamente, el ala izquierda se movió al galope 
en columna, dirigiéndose hacia el paso de Sarandí 

El escalón de Ismael, a una voz de éste, tomó la 
misma dirección 

Los escuadrones de Rivera corrían a media rienda 
en la llanura, y a medida que iban adelantando te- 
rreno todas las fuerzas estacionadas en esa dirección, 
\ohiendo grupas y aglomerándose bajo el pánico, se 
precipitaban al vado en tropel 

Araeció entonces que el regimiento de dragones de 
no Pardo, cuerpo regular que había causado mucha 
parte del estrago en las filas libertadoras y que se re- 
tiraba en orden por mitades, en la imposibilidad de 
dominar el tumulto sin comprometer su formación, 
contramarchó de súbito, y alineándose junto al monte, 
se rindió a la gran guardia de Rivera 

Parte de la fuerza que éste mandaba había cruzado 
el vado, cuando llegó Ismael, quien viendo rendidos 
a los dragones imperiales, pregunto a Cuaró 

— ¿Seguimos el rastro, o damos resuello a la gen- 
te? Ya la flor se entregó 

— Calderón va delante con los dos Bentos, — res- 
pondió el teniente, — y hay que alcanzarlo aunque 
sea con un tiro de bolas Recién principia la co- 
rrida J 

Ismael, sin observar nada, ordenó pasar el arroyo, 
y >a del lado opuesto, notaron que el brigadier lo 
cruzaba a su vez seguido de un fuerte destacamento 
y se perdía luego a media rienda en las ondulaciones 
del terreno 

— Mirá amigo, — dijo Cuaró, — ¡es preciso apurar 1 
Ismael mandó al galope 

Un zambo que llevaba de clarín aopló el instru- 
mento con todas sus fuerzas 



[ 332 ] 



GRITO DE GLORIA 



La tropa se precipitó por laa faldas y I03 \ alies 
A uno y otro lado huía un enjambre de enemigos 
a pequeños grupos, y de los ranchos esparcidos en los 
contornos salían de súbito viejos > aun mujeres ar- 
madas de trabucos, que descargaban sobre los fugi 
tivos a su alcance, desmontando a unos y ultimando a 
otros 

- - - _El_escalon llegó a enfrentar a una especie de "tape- 
ra* 5 en cuya puerta se veían \ arias chinas que daban 
voces iracundas, y agitaban cuchillas en sus manos 

A pocos pasos >acían tres hombres, uno de ellos 
con insignias de jefe, a quien habían abierto el pecho 
con una daga 

Era el teniente coionel Felipe Neri 

El escalón pasó a media rienda sin preocuparse del 
episodio, atravesó un extenso valle cubierto de car 
dos, traspuso una altura alanceando en su tránsito 
a algunos rezagados de Bentos GonzaKes, y fue a de- 
tenerse en el nexo de dos "cuchillas" para dar aliento 
a los caballos y examinar el horizonte 

Empezaba a caer la tarde 

La espesa selva del Yí se distinguía próxima, ense« 
fiando una orla inmensa de verdura que culebreaba en 
el terreno hendido hasta perderse muy lej03 detrás 
de las grandes lomadas, multitud de dispersos co- 
rrían diseminados por los pequeños valles acosados 
por el continuo silbido de las "boleadoras", y más 
allá un grupo considerable, contorneándose en espiral, 
penetraba en el bosque y se hundía velozmente en la 
espesura 

— 1 Paso de Polanco* — exclamó el teniente Por 
aquí se van los jefes, peto el río trae mucha agua 
Tienen que cruzar en la balsa y nos dan tiempo 



1 333 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



— Tocan a reunión en el campo de Frutos — dijo 
Velarde, con el oído atento a los ruidos de aquel lado 
y la \ista fija en el valle La gente se retira 

— Si, ya no "bolean" 1 — observó Cuaro Vamos 
a atropellar el pa*o, capitán Mael 

— Mejor sería que "bombeáramos" desde aquellos 
sauces para ver lo que pasa 

—Como mande - - - - ~ 

Los dos se separaron de la tropa al galope dirigién- 
dose hacia el paso. 

Recorrieron alguna distancia y bajaban a un sitio 
rodeado de quebradas, desde el cual todo quedaba 
oculto a la \i*La, cuando en la altura del frente apa 
recio de súbito Ladislao Luna, quien Ies gnto a voz 
en cuello 

— Ya esta gueno de perseguir Dejen que los 
mate Dios que los crió, aparceros* 

— ¿Quien manda 9 — dijo Ismael 

— Frutos Se ha tocao a reunión y es juerza obe- 
decer 

Cuaró se echo el sombrero a la nuca 

Se había puesto verdinegro, palpitábale el parpado 
como el ala de un murciélago > las espuelas hacían 
música de trinos en sus botas de piel de tigre 

Levanto el brazo convulso, exclamando presa de 
indecible rabia 

—Aparcero nunca, ahijao de Frutos r Amadn 
nando traidores 1 

—A la cuenta le has dao muchos besos al "chifle", 
enfiel sin entrañas — contestó Ladislao colérico, em- 
pujando su caballo a la ladera Te he de tarjar la 
lengua 1 



[334] 



GRITO DE GLORIA 



— Venite al "plajo"* — repuso el teniente breve } 
ronco como quien concentra energías Aquí verás si 
te chupo la sangre, ladrón 1 

Luna se puso en el bajo a brincos de su overo, 
que azuzó con la "nazarena", al punto de hacerle do- 
blar los remos delanteros en el declwc 

Traía lanza, sable y trabuco 

Ismael quiso intervenir dos veces poniendo su ábtil 
por medio 

Pero con\ encido de la inutilidad de su esfuerzo, 
dada la índole de aquellos dos hombres que él cono- 
cía bien, apartóse y púsose a obsenar la terrible es- 
cena, mudo, impasible, mdolente 

Sería esto un poco de sangre más, de aquella san 
gre brava que tanto se derramaba por lujo en su 
tierra 

En el hondo valle fiera fue la lucha de los dos cen- 
tauros 

Ninguno hablo 

Por tres \eces se chocaron los ástiles de "urunda}", 
produciendo el ruido de los cuernos de dos toros, v 
al cuarto ludimiento saltó el rejón de Ladislao arran 
cado a su diestra por un go]pe en la sangría 

Luna empuñó el trabuco e hizo fuego 

Todos los balines y "cortados" dieron en el pecho 
y cuello del redomón de CuaTÓ, mas al mismo tiempo 
el overo vino de manos y la moharra enemiga en- 
contró a Ladislao en descubierto, sepultóse cuan larga 
era en su \ientre, le sacó de la montura tendiéndolo 
en tierra de costado, revolvióse en la ancha herida 
hasta hundirse en el suelo, y cuando Luna se enros 
caba al astil como un reptil con el tronco y brazos > 
el semblante desencajado, el caballo de Cuaró se des- 
plomó muerto 



[ 335 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



El teniente quedó de pie y largó el lanzón 
Este se cimbró por un momento bajo las convul- 
siones del herido, hasta que Luna ca\ó de espaldas, 
Entonces el astil quedóse en posición oblicua, trémulo, 
cual si a él se trasmitiesen las palpitaciones del mo- 
ribundo 

— Ya sobra hermano — dijo Ismael 

Cuaró tiró un manotón de tigre al o\ero de Ladis- 
lao, saltó en sus lomos, arrancó la lanza al cuerpo 
de un revés y se fue en silencio sin volver el rostro 

Ismael se apeó 

Allí cerca veíase un charco* 

El agua estaba clara y transparente inmóvil en su 
lecho de gramillas de un color de esmeralda En los 
tronquillos de juncos colgaban sartas de granulos de 
un rosa \rvo a modo de rosarios que eran hue\eras 
de batracios y al mojar su pañuelo de algodón Is- 
mael rozo alguna de esas sartas, brotando de ella en- 
tonces un liquido de carmín subido que le manchó 
la mano 

— Aonde quiera sangre' — murmuró No parece 
sino que hemos de ahogarnos en ella, como decía el 
viejo don Cleto 

Aproximóse en seguida al herido, puso una rodilla 
en tierra y separándole las ropas hasta rasgarlas en 
pedazos lo volvió sobre el costado opuesto 

La espantosa desgarradura quedó a la vista Por 
ella asomaban las entrañas y se oía un soplido de 
fuelles La culebra de hierro había penetrado ondu- 
lando en las carnes, dividiendo tejidos, músculos y 
una costilla, cuyas puntas saltaban hacia afuera 

Ismael lavó los labios de la herida, moviendo la 
cabeza, en tanto susurraba dando suelta a una espan- 
sión largo rato sofocada 



[ 336 ] 



GRITO DE GLORIA 



— t Parece arco de barril rompido ' 

Al sentir el roce del pañuelo mojado, Ladislao se 
contrajo dolor os amenté y reprimiendo un alando que 
estranguló en su garganta, dijo jadeante 

— No te tomes pena, que pronto he de acabar 
La encajó lindo ese bárbaro 1 

Recubrióle el capitán la herida, sin decir palabra, 
dióle al cuerpo la mejor posición con cuidado, e hwo 
beber a Luna un trago de su "chifle" 

Luego, otro 

Esto lo reanimó visiblemente 

Miró a Velarde, y prorrumpió 

— Mira, hermano cuando yo me haiga muerto sá- 
came este escapulario que aquí lle\o en el pecho, y 
dáselo a Mercedes, si la llegás a ver Me lo regaló 
un día de mi santo, diciéndome que nenguna chuza 
me había de entrar en el cuerpo, porque estaba ben- 
dito por el cura |A la cuenta la chuza me entró 
de costado con miedo al santo, dende que todavía 
respiro 1 

— No ha de morir tan pronto, aparcero — le inte- 
rrumpió Ismael, rompiendo su taciturnidad con una 
sonrisa ¿Donde ha visto que anaína no más se acabe 
la yerba mala 9 

El herido tentó reírse, y lo encogió el dolor 

Replicó, sin embargo, entre quejidos 

— También se seca, y ya siento adentro que me 
grita la hoya | Nunca me asustó el morir. pero, 
quién juera vos para ver el pago Ubre, a la tierra 
libre después de Unto pelear! 

Se me hace que columbro los ranchos, el arroyo, 
el monte, las laderas, el ganao matrero . 

Aquí se detuvo, con los labios trémulos 



[ 337] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Sus ojos semi-apagados se quedaron fijos en el es 
pació como si en verdad contemplase algo de todo 
aquello que revivía en su cerebro 

Clavando luego los ojos en el rostro de Ismael, vol- 
vió a decir 

— Cuando yo haiga muerto deja mi cuerpo entre 
estos >uyos, que no precisa de tierra encima para que 
el cuervo o el gusano se lo coman El sol y el agua 
lo harán guiñapos y después las hormigas negras de- 
jarán lustrosos ) blancos los huesos como costillas de 
bagual Naide los ha de llevar, ni la vizcacha, cuando 
no tengan grasa nenguna, que no vale más que la 
de un toruno la osamenta de cristiano 

Mira, valiente guárdate mí sable que es hoja de 
confianza Lo afilé una mañanita en una piedra de 
la sierra, y si esta un poco mellao no es de cortar 
leña 

— Dejuro, dijo Ismael A ocasiones se criba la 
guampa al toro, y no es de cornear al ñudo 
El herido dio un resuello y murmuró muy bajo 
— ¿Me prometes 9 

— Llevar el escapulario y el sable, prometo 
¿Dónde está la moza 9 

Ladislao le cogió la mano, tomando alientos 
Luego dijo 

— Allá en San Pedro, en un ranchilo arnmao al 

río 

— He de caer 

Pasaron largos instantes de silencio 

De pronto, la herida resolló ruidosa y silbadora y 
algunas gotas gruesas de sangre negra aparecieron 
en las ropas 

Ladislao se estremeció, lanzando un ronquido, y ya 
no volvió a hablar 



[338] 



GRITO DE GLORIA 



Ismael lo cubrió en parte con su "vichara" 
Después le acerco a la boca el "chifle", humede- 
ciéndosela con un poco de "caña'', que el ingurgito a 
medias 

A poco, expiró 

En los aires, sobre el matorral, empezaba a girar 
un ave negra con las alas mu) abiertas, inmóviles 
Tenía ía cabeza calva y el pico uncirostro Por mo- 
mentos arrojaba una nota ronca, con la mirada íija 
en el suelo 

Ismael se sentó v permaneció impasible 
Sólo una vez inclinó ligeramente la cabeza, para 
mirar de un modo siniestro por debajo del ala del 
sombrero con una ojeada de buitre 



[ 339 ] 



XXXIII 

LOS ESTRAGOS DE LA CARGA 

No fue Esteban más afortunado que Cuaró en iu 
aventura de acorrer a Luis María, cuando era éste 
acometido en la loma por log dragones de río Pardo* 

Separado del sitio a rigor de sable, > como envuel- 
to en una malla de acero en que su cuerpo y su ca- 
ballo no tenían para moverse más espacio que el de 
una jaula, el liberto se creyó seguramente perdido 
cuando rodaba al llano entre los anillos de aquella 
especie de tromba, y solo allí donde la tierra a nivel 
no ofrecía tropiezo ni doblaba al potro los corvejo 
nes, pudo al rato acariciar la esperanza de sustraerse 
a los hierros apelando a sus recursos de gran jinete 

Formando con su montura un solo bulto a fuerza 
de encogerse y disminuirse, arremetió por dos oca- 
siones el cerco sin resultado, pero en la tercera em- 
bestida, poniendo el alma en Dios y en Guadalupe, 
suelto, ágil, intrépido, con una risotada bestial de ne- 
gro cimarrón, logró abrir brecha la daga en alto y 
el torso sobre las crines, arrancando a sus adversa- 
nos un grito de rabia y de sorpresa 

Ya fuera del remolino aturdidor, sin miedo a las 
armas de fuego, que estaban vacías y se cargaban 
por la boca en múltiples tiempos y movimientos, Es- 
teban se lanzó al simple galope a una cuesta que trepó 
sujetando, y desde allí hizo un ademán de desprecio 

Ellos continuaron su carrera enardecidos, y no hu» 
biesen dado grupas, si por un flanco no surge mes* 



[340] 



GRITO DE GLORIA 



perado uno de los escuadrones de la reserva que co- 
rría uniforme e inflexible como un rodillo a lo largo 
del llano 

Pero si bien cambiaron rienda, fuéles corto el tiem- 
po y el espacio, porque apenas castigaron librando 
la vida a la rapidez de sus caballos, en vez de pro- 
yectiles silbaron por detras las "boleadoras 5 ' en nú- 
mero tan crecido, que algunas de ellas golpeando en 
cráneos y pulmones, dieron en el suelo con buena 
parte de los fugitrvos 

El liberto espoleó entonces sm tregua, hasta llegar 
al sitio en que dejara a Luis María 

Miraba con atención al suelo, examinando uno a 
uno los rostros de los muertos 

No pocos tenían las cabezas partidas por el medio, 
con una masa blanquecina en borbollón a la vista, 
a otros, las cuchilladas les habían agrandado las bo- 
cas hasta el pómulo, muchos presentaban hundidos 
los temporales como a golpes de clava, algunos exhi- 
bían tajadas las gargantas de una a otra oreja, los 
menos, boca abajo, mostraban en los ríñones el es- 
trago de las moharras y medias lunas 

Esteban escudriñó bien. 

Llamóle un cadáver la atención 

Era este el de un hombre joven, esbelto, de figura 
distinguida, que vestía el uniforme de capitán y ce- 
ñía todos sus arreos, por lo que el liberto dedujo que 
debía haber muerto en lance aislado, pues que no lo 
habían dejado en ropas menores los soldados menes- 
terosos» 

Desmontóse rápido, y desprendió una de las presi- 
llas que en los hombros llevaba el difunto 

Notó entonces que un sablazo, dado por una mano 
de hierro, le había levantado casi por completo el 



[341] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



coronal en forma de casquete, y que por la cisura 
enorme salía como una crespa cabellera colorante 

— Este sablazo no lo dio mi amo — se dijo el h- 
berto 

El pelo negro caía en mechón sobre la cara oculta 
en los trcboles 

Esteban lo separó, v enderezó la cabeza del muerto, 
mirándolo un instante fijamente 

Estaba tan lívido y desfigurado, que tardó en re 
conoceile aunque ya había sospechado que aquel di- 
funto no le era desconocido 

lOb, si T Aquel era el capitán Souza, el rival de su 
amo, a quien él sirvió alguna \ez y de quien fue ser- 
vido 

Pues que estaba tendido allí, donde su señor se 
había batido solo contra muchos, no tenía porqué sen- 
tirle El montón de cuerpos que cubría el sitio, de- 
nunciaba una lucha espantosa, él no presenció todo 
en su entrada rápida y más rápida salida del círculo 
de hierro, pero, tantos contra uno ¿quién pudo ha- 
berlos imputado 9 

El negro, al haceise en su interior esta pregunta, 
se acordó de muchas cosas, miró otra vez al muerto, 
y mo\ió la cabe/a con aire de quien da en la clave 
de un enigma 

Siguió andando luego a pie, con su cabalgadura 
del cabestro rodeo la colina siempre investigando, 
se paró muchas veces para cerciorarse de que no iba 
descaminado, y por ultimo \olvió al lugar de que 
había partido con la mLención de recorrerlo esta vez 
en sentido opuesto 

A uno y otro lado del terreno que había ocupado 
la linea, situada ahora vanas cuadras adelante, pre- 
cipitando la derrota, había tendidos más de cuatro- 



[342 ] 



GRITO DE GLORIA 



cientos muertos Aparecía el suelo sembrado de sa- 
bles, carabinas, pistolas y morriones 

Esteban sabía bien que no era entre aquellos restos 
que debía buscar a su señor, puesto que el se había 
batido en la loma del centro 

— Quizás, tratando de salvarse, hubiese retrocedido 
hacia donde entonces formaba la reserva, que era en 
una falda, inmediatamente detrás de la colina 

No había abandonado aún la altiplanicie, cuando 
apercibió entre las matas, acostado boca arriba, el 
cuerpo de un hombre de talla gigantesca, cuyos ojos 
negros, fuera de las órbitas, conservaban todavía un 
reflejo de cólera y de dolor 

Sin duda estaba agonizante 

Acercóse el liberto, y vio que tenia clavada de lado 
en el vientre una lanza, cuya media luna invertida 
asomaba uno de sus extremos por debajo de la eos- 
tilla final, formando la herida como una hova en 
las entrañas que hubiesen abierto las garras y colmi- 
llos de un "yaguareté" 

Un trecho mas alia, a su izquierda, yacía otro cuer- 
po con los brazos en cruz, y el semblante lleno de 
sangre hasta el cuello, donde el líquido se había es- 
tancado en coágulos espesos 

Dejó Esteban que el moribundo acabase en paz, y 
fuese al que ya parecía muerto de veras 

Lo estaba, en realidad 

Pero al observarlo con detenimiento, el negro lanzó 
una voz 

No parecía el despojo de un hombre aquel, sino el 
de una mujer 

Un cabello negro, crespillo y corto aunque abun- 
dante, no alcanzaba a velar las sajaduras que dividían 
el cráneo, al punto de que mas de un rulillo cortado 



[343 ] 



r 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



por el filo de los corvos aparecía pegado en las sienes 
por gotas aún frescas de sangre bermeja Uno de los 
brazos, el izquierdo, estaba casi separado del hombro 
por un mandoble feroz 

Tenía los párpados semi-caídos, como quien se ador- 
mece Un gesto que podía asemejarse a sonrisa ha- 
bía quedado impreso en la linda boca de la muerta, 
que enseñaba limpios, de una intensa blancura sus 
dientecillos de niño Bajo la blusa de tropa desgarra- 
da, el seno alto denunciaba el sexo Los pies pequeños 
descubrían apenas sus extremidades en las puntas de 
unas botas de piel de puma con pelaje, desgastadas 
a medias en las plantas Las manos cortas y gorditas 
mostraban vanos tajos y puntazos en los dedos y el 
reverso, teñidas de coágulos venales En el seno en- 
treabierto se veían algunas flores de clavel manchadas 
de rojo, que \olvían sus pétalos hacia el suelo estru- 
jadas \ marchitas 

Esteban reconoció a Jacinta, y la estuvo contem- 
plando un rato con mirada triste 

Dilataronsele al fin las alas de la nariz, miró a 
todos lados con atención suma, tornó a contemplarla 
con aire afligido, y a mirar delante, a los costados, 
detrás, a lo lejos, en la loma, en el declive, en el ho- 
rizonte, diciéndose lleno de congoja 

—Si ésta ha muerto aquí, ¿dónde lo han matado 
a él? 

En el fondo de las pequeñas colmas a su frente, 
había distinguido multitud de hombres desmontados, 
guardias numerosas, carros sin tiros, reinando allí una 
quietud que contrastaba con la agitación violenta de 
la linea a sus espaldas, que seguía avanzando en ba- 
talla hasta ocultarse detras de apartadas lomas 



[ 344] 



GRITO DE GLORIA 



Después de vacilar un momento, montó en su ca- 
ballo, y dirigióse al parque a rienda suelta 

AI llegar a sus inmediaciones, se cercioro de que 
los jinetes desmontados, entre los cuales había tres 
jefes y cincuenta oficiales eran prisioneros, cuyo nú- 
mero total excedía en mucho al de seiscientos 

Custodiábanlos tres escuadrones de "maragatos" 

A la derecha de la custodia, llegados hacía poco 
tiempo, habían hecho alto vanos carros cargados de 
armas y municiones arrebatadas al enemigo 

Curábanse heridos a retaguardia 

Vio cerca de una hondonada el carretón de Jacinta 
reposando sobre sus dos "muchachos", y a él se en- 
caminó como cediendo a un presentimiento 

Agapa andaba por allí juntando "leña de vaca" 
para hacer su fogón seca y dura, como su piel ce- 
trina pegada a los huesos, amorrada, huraña 

Al distinguir a Esteban, se detuvo, sin embargo, 
demostrando cierto ínteres, y antes que él la hablase, 
dijo rápida y concisa 

— Esta ahí, en el carretón Lo mandó levantar el 
comandante 

— |Ah' — contestó el negro gozoso, al quitarse un 
enorme peso jEs suerte 1 Mucho lo he buscado . 
Jacinta queda alia la pobre, hecha una criba . 

— Juerza era i Cuando no había de meterse en un 
entrevero si era pior que paja brava' 

Y Agapa siguió recogiendo por aquí y por allí los 
residuos del ganado, de los que había formado una 
pila por delante, tentando con los dedos en cada al- 
zada por si estaban muy frtscos* en cuyo caso los 
dejaba caer, procurándose otros de ma^or consis- 
tencia. 



[345] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Andando hacia el carretón, el liberto animóse a 
preguntar con miedo* 

— Y el ayudante, doña Agapita ¿está muy lastimao? 

Ella se encogió de hombros con las espaldas vuel- 
tas, y sin otra respuesta continuó en su tarea 

— i Carpincho tísico* — murmuró el negro 

Apeóse v como su redomón no se dejase poner 
paciente la "manea", aplicóle el negro para desaho- 
gar su rabia, un golpe de puño en el hocico, seguido 
de un tirón maestro de orejas 

Después, se fue acercando despacio a la puertecita 
del carretón, a la que se asomó sudoroso, anhelante 
v febril 

Allí estaba Luis María tendido sobre un lecho im- 
provisado con mantas y cubierto con un poncho hasta 
el cuello 

Su cabeza reposaba sobre un lomillo duro, y pare- 
cía gozar de un apacible sueño 

El negro, reprimiendo su aliento, trepóse diestro al 
vehículo Había dentro espacio para dos 

En cuatro manos observo a su señor con prolijo 
interés 

Vio entre las ropas entreabiertas, que le habían ven- 
dado el pecho con una tira de lienzo crudo, y tam- 
bién el brazo Respiraba leve como quien ha perdido 
mucha sangre 

Esteban se bajó con el mismo cuidado que había 
tenido al treparse 

Sin perder tiempo, desató su poncho de paño de 
los "tientos" de su montura y lo puso al lado del 
carretón 

En seguida, se dirigió presuroso al carrillo de Agapa, 
que descansaba sobre sus varas alh cercano 



[346] 



GRITO DE GLORIA 



La criolla andaba lejos, siempre recogiendo resi- 
duos de vaca, cuyas pilas iba dejando de trecho en 
trecho 

El liberto echó mano de una maleta de ropas blan- 
cas lavadas, sacó dos piezas, y se \0I\10 

Con esas piezas v el poncho, metióse de nueio como 
un gato en el carretón 

Púsose entonces a funcionan 

Del poncho hizo una almohada blanda que colocó 
sobre el lomillo, levantando con extrema suavidad la 
cabeza del herido 

De las piezas blancas sustraídas a Agapita, hizo 
vendas e hilas con la ma\or escrupulosidad, las que 
iba amontonando en los rmconcitos como co9a de gran 
precio 

Terminada esta tarea minuciosa, sin perder un mi- 
nuto, mojo un puñado de hilas en una calderilla llena 
de agua que había en un extremo y que Agapita ha- 
bía traído, sin duda para el "mate", abrió bien las 
ropas de Luis, que seguía en su especie de sopor, qui- 
tóle la \enda del pecho, y con las hilas mojadas la- 
\óle muy despacio la herida 

Poca sangre salía de ella La bala había penetrado 
entre dos costillas sin rozarlas, abriendo una boca es- 
trecha, pero no había salido Cercioróse de esto Es- 
teban, examinando la espalda con detenimiento, sin 
mover al herido que yacía de costado Secó la parte 
dañada, púsole hilas secas v la vendó. 

Practico en el brazo izquierdo, que descansaba un 
tanto recogido sobre el tronco, igual diligencia Esta 
herida presentaba dos bocas junto al húmero, v la 
hemorragia había sido copiosa El sable, al salir, ha- 
bía abierto las carnes como navaja al pelo, por lo 
que el liberto dedujo, sulfurado, que el dragón que 



[847] 



EDUARI>0 ACEVEDO DIAZ 



así estoqueó, había dado a su acero doble filo contra 
ordenanza 

En su irritación, para nada tuvo en cuenta que él 
entro en pelea con larga daga sin lomo para afeite, 
hasta el mango 

Rocío bien aquella honda desgarradura, que va em- 
pezaba a inflamar el brazo, y que sin duda era en ex- 
tremo dolorosa, porque mas de una vez se crispo el 
cuerpo del joven como tocado en una llaga viva 

Extendió sobre ellas las hilas en "carnadas", como 
él decía, y púsole los vendajes flojos para no hacerlo 
sufrir 

Cuando concluvó esta operación, corríale el sudor 
a lo largo del rostro, tenia los ojos enrojecidos ) los 
dedos trémulos 

Consolóle, sin embargo, el aspecto del vacente Se- 
guía respirando sin sobresaltos, en medio de aquel 
sueño profundo 

Ba]ose, cerró la portezuela 

En seguida, desprendió la carabina que llevaba cob 
gante a un flanco de su montura, la cargo y echosela 
con la correa a la espalda 

El día declinaba 

A cada instante llegaban destacamentos con grupos 
de prisioneros, carguíos de municiones y de armas 
cogidas al enemigo, y heridos leves a las ancas, a 
quienes practicaban la primera cura cirujanos tan pe- 
ritos como el liberto 

Notó que entre estos últimos venia un mocetón cuyo 
rostro no le era extraño, y cuvo nombre mismo le 
asalto en el acto a la memoria 

Echo pie a tierra allí a pocos pasos Traía el brazo 
en cabrestillo, v en sus facciones desencajadas reve- 
laba que su debilidad era mucha 



Í348] 



GRITO DE GLORIA 



— Ya te veo medio manco, Celestino 1 — gritóle con 
gran confianza Mi "chifle" tiene con qué darle ale- 
gría al cuerpo 

El mozo miró, y reconociéndole a poco de obser- 
varle con ojos de desvalido, \ínose rápido, diciendo 

— Hermano Esteban, la mesma providencia 1 Haré 
gasto porque ya no puedo de lisiao Estov como 
pájaro de laguna, con una pata alzada y la otra que 
le tiembla 

— Ahora te se van a quedar mas firmes, Celesti- 
no Dale al "chifle" 

Y se lo alcanzó de buena voluntad 

El herido bebió una y dos veces, entonóse, devol- 
vió el "chifle" lleno de gratitud, y exclamó 

— iQué suerte negra la mía, cañe] o T Recién lie- 
gao esta madrugada de "Tres ombúes" me junto a 
la gente de Santa Lucia, comienza el refregón, car- 
gamos cinco veces y en la ultima me machuca el brazo 
una redonda que vino de la loma del diablo, a la fija 
mandada por el primero que disparó a todo lo que 
le daba el reyuno jAyudáme hermano a rabiar 1 

— Ya bastante rabié — contestó el negro con mu- 
cho sosiego 

"Tres ombúes" ¿Tú viniste de allá, Celestino 9 

— Mesmito De una tirada del "picaso" Y bien me 
decía don Luciano que mejor juera llegase tarde, ya 
que no quena yo escurrirle el bulto al entrevero, por- 
que hombre que anda atrasao, gruñía el viejo, las 
balas lo desconocen 

— ¿Que está en la estancia don Luciano 9 — inte- 
rrumpióle Esteban sorpiendido 

— Si que está, desde hace cuatro días, y también 
su gente 



[343 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Al oír esto, el liberto se agitó nervioso y preocu- 
pado Ocumosele pensar en la niña y en Guadalupe, 
instantáneamente recordó que allá en la estancia se 
había asistido \ sanado su señor en otro tiempo, que 
el ahora necesitaba de cuidados muy celosos, antes 
que \ míese la fiebre a agravar su estado, y que nada 
mas natural que llegarlo allí, donde lo querían y po- 
dían brindarle una cama menos dura que la del carro 
de la difunta 

Asaltándole en tropel todo esto, y cierto interés par- 
ticular que él se reseñaba en el fondo por no mes- 
turar lo delicado con sus ''cosas de negro", tomó una 
resolución súbita y dijo al mocetón 

— Vas a aguardarme aquí, Celestino En este carre- 
tón esta un herido que quiero como a mis entrañas, 
es el a>udante Berón No has de permitir que se acer- 
que ninguno, hasta que yo de la \uelta Dame tu pa- 
labra, > después verás que lo vas a agradecer 

— Te la doy 

— ¿Bueno* Cuando )o venga te curo* y marchare- 
mos juntos Si querés, te dejo la carabina, por si atro- 
pellan 

— No preciso Tengo el sable y esta mano libre 
Sin hablar mas, Esteban montó y arrancó a escape 
rumbo a la línea 

Celestino vio transcurrir el tiempo, recostado al ca- 
rretón 

Llegaba la noche Los ruidos iban cesando, como 
si todos los que habían combatido durante aquella 
ruda jornada se sintiesen abrumados por una inmensa 
fatiga 

Agapa, que había encendido el fogón junto a su 
carrillo, no vino al sitio, muy ocupada en obsequiar 



[ 350 ] 



GHITO DE GLORIA 



un regular número de convidados, que eran otras tan- 
tos caballerizos 

Mientras se prolongaba la ausencia df» Esteban, se- 
guían produciéndose novedades en el parque 

Llegaban por momentos trozos de "caballadas" en 
número tan crecido, que podían contarse por miles 
las cabezas Eran de las que se habían tomado, y se- 
guíanse recogiendo en el que fue campo enemigo 

Su paso en masa compacta, semejante a una tro- 
nada sorda, era el único ruido que hería el espacio 
en aquel lugar retirado, aparte de las voces repetidas 
a intervalos por las custodias que continuaban reci- 
biendo prisioneros de todas partes 

En cierta hora, se armó una tienda en la ladera 

Un fuego ardió pocos instantes después, y distin- 
guióse agrupación numerosa de hombres que se mo 
\ían delante de la entrada 

Celestino, que se paseaba impaciente de uno a otro 
lado, mortificado por el ardor de su machucadura, 
oyó decir en el fogón de Agapa, que aquella tienda 
daba abrigo al coronel Latorre, herido en la primera 
carga de los dragones 

Al volverse hacia el carretón, smtió el tropel de ca- 
ballos 

Era Esteban que regresaba, arreando tres, utilna- 
bles para el tiro 

El liberto informó a su compañero que había ob- 
tenido pase por escrito de su jefe para conducir al 
ayudante en el carretón, hasta la estancia de don Lu- 
ciano Robledo, con facultad de disponer de un sol- 
dado como auxiliar 

— |Pue9 no hay más f — replicó el mocetón t Aquí 
estoy yo, y en derechura f 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



— Te iba a convidar — dijo Esteban — , pero veo 
que no es preciso 

Con el brazo sano me vas pasando esos arreos que 
están abajo del carretón mientras yo sujeto los man- 
carrones ¡No te vavas a aplastar 1 

Celestino, campero diestro, movióse diligente sin ob- 
jeción alguna Su herida era leve, y llego a olvidarse 
de ella y sacar el brazo del cabrestillo en la faena 

— i No importa 1 — decía el negro afanoso — , vo 
te voy a curar luego Dame ese tiro de guasca pe- 
luda para ponérselo a este loro, v ese medio bozal 
de potro que cuelga del limón «, ¡Vaya, macaco f * 
y Trompeta' 

Y repartía cachetes en los hocicos 

— En encontrar estos "sotretas'' se me fue la ho- 
ra Pero son gordos y de aguante Tú iras en la 
delantera \ \o de "cuarteador", para andar con me- 
nos tropiezo Va a hacernos nochecita clara, el camino 
es como pared de iglesia, y no hay que mudar para 
dar la sentada hasta "Tres ombues" ¡Diablo de 
"sotreta"' El que te domó fue a la fija un maula, por- 
que te dio entre las orejas por la vida ociosa jVava, 
matungo' 

Y sonó otro puñete recio en las nances 

El caballo dio un salto de mano y un resoplido, es- 
tornudo y se estuvo quieto 

Con los escasos arreos de Jacinta, concluyeron de 
enjaezar el tiro a fuerza de mano dura e ingenio, y 
antes de asegurar y colgar los "muchachos", Esteban 
hizo una inspección en el interior del vehículo 

El herido se había puesto boca arriba, y seguía en 
su modorra Lo arrebujó convenientemente en previ- 
sión de peripecias en el viaje, y aunque titubeando, 
acercó a sus labios secos la calderilla con agua, des- 



[352: 



GRITO DE GLORIA 



pués de haber vertido en ella una buena cantidad de 
"caña" Al principio ti herido los removió resistiendo, 
pero luego bebió con ansia hasta dejar vacio el reci- 
piente 

Cuando el liberto descendió, ya Celestino estaba en 
la delantera empuñando el rendal 

Lleno el las últimas diligencias, tentó con los dedos 
ruedas y quinas por si faltaba algún accesorio, colgó 
los puntales y dando al fin un gran resuello, montóse 
en el caballo de "cuarta*' diciendo bajo 

— j Vamos T 

El vehículo se movió al paso, dirigiéndose por los 
sitios mas solos, hasta salvar la próxima loma 

Una blanca claridad bajaba de los cielos y se ex- 
tendía placida en el infinito mar de las hierbas 

Como fugaces sombran, a la par que negras rumo- 
rosas, con un rumor de alas fornidas, solían cruzar 
lentas la atmosfera hacia el llano, sembrado de des- 
pojos, bandas dispersas de grandes aves graznadoras 



£3531 



t 

1 



XXXIV 

LA VUELTA 

El día que se siguió a la salida de Bentos Manuel 
de Montevideo, remo verdadera alegría en la casa de 
Berón motivada por la presencia de don Luciano Ro- 
bledo, que recobraba al fin su libertad merced a los 
reiterados empeños del capitán Souza con el barón de 
la Laguna 

Este grato suceso compensó en cierto modo las an- 
gustias que causaba la partida de la columna brasi- 
leña, v por tres o cuatro días se celebró &in reservas 
en aquel hogar tan combatido 

Don Luciano, 9in embargo, manifestó su resolución 
inflexible de irse al campo a atender sus intereses tan 
laigo tiempo relegados a la suerte, aun cuando para 
cumplirla fuera preciso arrostrar todo género de difi- 
cultades y peligros 

En vano se le pidió que la postergase, en atención 
al estado en que ae encontraba la campaña y al hecho 
de habérsele dado la ciudad por cárcel Robledo se 
mantuvo firme 

Entonces Natalia díjole que no se iría sin ella 

Esto hizole vacilar algunas horas 

Trató a su vez de convencerla con las razones más 
concluyentes Llegó a agotar sus extremos cariñosos 

La joven mostróse tan resuelta como él 

— ¿Acaso te soy pesada 9 — díjole con amargura 
Puedes necesitar de mí, ahora mas que nunca Yo 
quaero ir a la estancia, allí descansa mi hermana y 



£354] 



GRITO DE GLORIA 



están todas las memorias que amo, bien lo sabes . . 
i Si no me llevas, me iré sola 1 
Don Luciano la abrazó, accediendo a todo* 
La partida debía hacerse por la vía fluvial, en una 
sumaca de don Pascual Camafío, la que los conduciría 
en la noche a la barra de Santa Lucía, aprovechán- 
dose del alejamiento momentáneo de las naves de gue- 
rra que vigilaban las costas del Este, a la espera de 
corsarios 

La noche de la despedida, fue de sensación 

La madre de Beron, que había observado en Nata- 
lia, a mas del que le guiaba al acompañar a su padre, 
el interés de aproximarse y aun de ponerse al habla 
con su hijo, retuvo a la joven entre sus brazos reite- 
radas \eces, como disputándole aquella primicia deli- 
ciosa, y hasta llegó a decir que ella se pondría en 
\iaje también, pues se sentía fuerte para ello 

Esa lucha fue de largos momentos y sólo cesó cuan- 
do Natalia dijo llena de fe y entereza 

— Si así lo quiere la suerte, yo he de cuidarle mu- 
cho ¿No cree usted, madre, que \o soy capaz de 
hacer por él todo lo que usted en su ternura 7 ^Oh, 
sí r ¡Que digo verdad, Dios lo sabe 1 No tema, no, 
porque hunos de ser felices Yo le escribiré todo lo 
que sepa, y si lo veo mucho más ¡Nada dejaré por 
decir 1 

Ante estas seguridades, la madre cedió 

La partida se hizo, efectivamente, en la sumaca con 
toda felicidad El embarque se realizó sin tropiezos 
ni dilaciones, a hora prefijada y en sitio aparente 

Soplaba un ligero viento sur que condujo la pe- 
queña nave a la barra con rapidez 

Una vez allí, ai romper el alba, don Luciano tuvo 
que andar poco para llegar a la "estancia" de uno 



[355] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



de sus viejos amigos, quien le facilitó un carro con 
su tiro correspondiente, que le condujese con su hija 
y Guadalupe a "Tres ombúes" 

La llegada a la estancia, después de tantas vicisi- 
tudes, fue de emociones 

Don Anacleto salió a recibirlos, excusando a Nereo 
y Calderón, los peones viejos, que a esa hora se en- 
contraban en faenas de pastoreo, algo distantes de las 
"casas" 

— Que vengan — dijo Robledo Quiero yo mismo 
poner en orden todo esto, pues confio en que no han 
de volver a apresarme | Antes gano el monte ! 

El capataz estaba contento y dio buenas noticias a 
su patrón del ganado 

Poco se había perdido 

Aquel era como un rincón oculto, espaldado por 
inmensos bosques, y a causa de eso sin duda, las par- 
tidas que arreaban "haciendas* 1 vacunas y yeguares 
habían pasado de largo "repuntando a gatas", como 
decía don Anacleto, algún trocito de morondanga del 
lado alia del paso 

¡Hasta su "terneraje orejano'' se había librado del 
arreo 1 

Los "matreros" se habían comido algunas vaquillo- 
nas con cuero, pero la perdida era de poca monta 

Natalia y Guadalupe pusieron mano activa y celosa 
al arreglo de la casa, todo lo removieron, limpiaron 
y reformaron, al punto que don Luciano no pudo 
menos de decir, cuando volvió de su recorrida del 
campo, que sin mano de mujer no había nunca hogar 
que se quisiera 

Al verlo tan aseado y alegre, en su misma humil- 
dad, sintió que renacía su amor al viejo arrimo 



[356] 



GRITO DE GLORIA 



Todas las plantas se habían multiplicado y entre- 
tejido, las enredaderas silvestres, sin miedo a la poda, 
alargándose cuanto pudieron, serpentiformes y enma- 
rañadas, se habían trepado a los arbustos y de estos 
pasado a los árboles en cuyos troncos formaban ro- 
llos gruesos como maromas Los retoños venían con 
fuerza 

Caían las ultimas florescencias en los frutales y fo- 
llajes nuevo9 de un verde-morado cubrían los grandes 
caparachos de gajos 

Las golondrinas habían vuelto a anidar bajo el 
alero, y los "dorados'' en las copas de los ceibos que 
enseñaban ya semi-abiertos, sus racimos de flores 
granates 

En la huerta nada se había cultivado 

En cambio, los agaves desprendían sus pitacos en- 
hiestos de entre las últimas hoja3 listadas de amari- 
llo y verdi-negro 

A un costado el bosque de Santa Lucía intrincado 
y espeso se revolvía en giros caprichosos, cubriendo 
inmensa zona, al fondo, los cardos recomenzaban a 
llenar el pequeño valle con un enjambre de tallos y 
de pencas, y mas acá, a poca distancia del linde de la 
huerta, sobre un prado color de esmeralda alzábase 
solitaria la cruz puesta en la sepultura de Dora 

Las manos indolentes que no habían podado los 
árboles ni sembrado la huerta, habían rodeado aquel 
sitio de todo género de plantas de la selva, de modo 
que era un boscaje o red de infinitos hilos, troncos 
y ramajes entrelazados y confundidos, muchos de los 
cuales aparecían cuajados de flores y brotos 

Natalia consagró a este lugar su primera visita Ha- 
llólo muy agradable, en la medida de sus deseos 



[857] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Simulaba una "glorieta" sin armazón artificial, mo* 
delada por ceibos jóvenes, sauces y paneterías diversas. 

Lo hizo expurgar, desbrozar el terreno, y añadir 
otras plantas de au predilección 

En esta grata tarea empleó vanos días Cada uno 
de éstos que pasaba, era para ella un deleite ver loa 
progresos adquiridos 

Se hicieron senderos, dióse a la vegetación la forma 
de dos círculos concéntricos, de manera que se pu- 
diese más adelante levantar un cenador verdadero en 
el espacio intermedio que se cubriese de nutridos 
doseles 

El sitio en que descansaba Dora quedó Ubre, coa 
bastante trecho a uno y otro lado 

Aunque se formase encima una cúpula de siempre- 
verde más tarde, el interior conservaría capacidad su* 
ficiente para dar paso a los visitantes, siempre que se 
detuviese el a\ance atrevido de las parásitas, que la 
tierra negra nutría con maravillosa savia 

Por más de una semana se dedicó Natalia a estos 
cuidados Se sentía tan bien en medio de ellos cuando 
vigilaba la tarea sentada en un tronco junto a la cruz! 



[S5B] 



XXXV 



ESPERANZAS E INQUIETUDES 

Volviendo una tarde de aquel sitio, vio que de la 
colina del frente bajaba un carretón conducido por 
dos hombres 

El vehículo caminaba despacio, sus conductores pa- 
recían evitar con trabajo los hojos o sajaduras del 
terreno, como si transportaran un enfermo de gra 
\ed4d* 

Uno de ellos era negro y \enía "cuarteando" en 
eses y zig zags con una destreza digna de atención 

Natalia lo reconoció al momento, y alargando el 
brazo lanzó una voz 

— j Esteban! 

Todo lo adivinó, invadida de repentina angustia El 
debía venir allí, A pero en qué estado 1 

Por un momento sintió que sus fuerzas le faltaban 
quedándose inmóvil, perpleja, aturdida; mas, pronto 
reaccionó y fuese paso tras paso al encuentro de aquel 
convoy siniestro que no demoró en llegar al palenque 

— jAy Esteban 1 — exclamó anhelante — , es el que 
viene ahí, ¿\erdad 9 es tu señor que \iene herido, 
acaso moribundo ¿Hubo entonces combate? (Oh, 
pronto' Bájenlo, quiero verle, no \ayan a hacerle 
daño al tomarlo 1 

Esteban dijo 

— Ayer se dio una batalla y triunfamos Mi señor 
fue cortado en el centro \ hendo dos veces, peí o 



[359] 



I 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



ahora está un poco tranquilo, y con el cuidado de su 
mercé ha de ponerse bien 

— |Dios te oiga' — gritó la voz fuerte y viril de 
don Luciano quien había escuchado esas palabras y 
se hallaba ya delante del carretón Abre la portezuela 
para que carguemos con él, sin pérdida de tiempo . 
En estas cosas se obra ante todo Tú, hija, ve a 
arreglar la cama ¡A ver ustedes, a\uden r prosiguió 
dirigiéndose al capataz y peones nejos que acudían 
Vamos a bajailo y conducirlo en un catre hasta mi 
dormitorio,, de modo que no le griten las heridas 
i Listo, canejof Bien se ve que a ustedes no les duele, 
mandrias Ya me temía yo este desastre en el primer 
íefregon No se hacen las cosas a medias por estos 
muchachos de sangre caliente que se imaginan como 
lo mas sencillo de este mundo llevarse todo por de- 
lante * j Estos son los gajes, por Cristo r 

Bueno A ver el catre aquí, enfrente de la puer- 
tecica y manos a la obra 

En tanto Robledo daba sus voces de mando y pre- 
paraba así el transporte del herido, Natalia había co- 
rrido veloz al dormitono y aderezado el lecho con 
mano convulsa, casi sin alientos 

Era el mismo lecho que el joven había ocupado 
la otra \ez 

El aposento presentaba igual aspecto que entonces, 
las cortinas del ventanillo habían sido renovadas 

Delante de la cama, Guadalupe puso una gran piel 
de "yaguareté" que estaba antes en la habitación de 
Nata 

Como su ama, la negrilla se sentía hondamente atri- 
bulada 

Mirábanse las dos, en medio de su faena febril, en 
silenciosa ansiedad 



[8601 



GRITO DE GLOHIA 



Solía una deshacer lo que otra hacía, confusas, sin 
lino, hasta que deteniéndose de súbito Natalia como 
para recobrar algo de la calma perdida, pareció lo- 
grarla tras de un largo sollozo, y dijo con aire re- 
signado 

—Es preciso no rendirse a la aflicción Arregla 
despacio, Lupa, y que todo esté en orden Yo voy por 
hilas y vendas, que han de ser muy necesarias ahora 
mismo Que traigan agun del manantial, y tú ponte 
a cocer corteza de "quebracho" en abundancia k Ay, 
Dios' jNo se porque tiemblo tanto' 

La joven se puso las dos manos en la cara y salió 

Llevaba las mejillas ardiendo 

En el comedor se encontró con la ambulancia im- 
provisada 

Al veila, Luis María se sonrio Aunque muy pahdo, 
parecía tranquilo Le traían en el catre, cubierto hasta 
el pecho con una manta 

Extendió su mano izquierda a Natalia con un gesto 
de anhelo íntimo y satisfecho 

Ella se la tomo con las dos, estrechándola sin es- 
crúpulos, acerco bien al de él su rostro, y lo estuvo 
mirando un rato con ansia indefinible 

Lo examinaba detalle por detalle, como si quisiera 
cerciorarse de que la muerte no lo había aun som- 
breado con sus alas Respirando a grandes alientos, 
la alegría asomaba a sus ojos mientras lo contemplaba 
y sus labios se removían lo mismo que si regañasen 
en sueños 

Todos guardaban silencio 

Al fin Natahd dijo, abandonando suavemente la 
mano del herido y mirando llorosa a su padre 
— Todo esta pronto, papa j Pásalo allí ' 
El joven fue colocado en el lecho 



[3611 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Desde ese instante, empezó e] cuidado asiduo 
Laváronse las heridas cambiáronse hilas y venda- 
jes, alimentóse al paciente, todos se pusieron en la 
casa en actividad para procurar lo indispensable a 
su curación inmediata 

Después de estas medidas preparatorias y de los so- 
bresaltos sufridos, la esperanza renació, y con ella un 
contento que se ansiaba no ver extinguir en los días 
venideros 

No obstante el estado de relativa quietud del en- 
fermo, la fiebre en grado tolerable hizo su aparición 
desde esa noche, para no abandonarlo sino a treguas 

Con todo, como el se mostrase con ánimo de hablar 
y hasta de reír, no se dio al principio importancia a 
aquel síntoma serio 

La herida del brazo no inspiraba tanto temor como 
la del pecho, que era de arma de fuego, y cuyo pro- 
yectil había quedado dentro, ignorábase en qué parte 

¿Quién podía sondear sin peligro que no fuese un 
cirujano experto? Y cirujano, ¿dónde encontrarlo! 
por ventura en la campaña desierta, presa de la guerra 9 

Esto afligía a todos cada vez que se tocaba el punto 
o propiamente la Haga 

Veían al paciente sereno, en calma, a pesar del es- 
trago físico producido por las heridas, y asaltábales 
de hora en hora una duda penosa, muy próxima a la 
congoja, cuando pensaban en los efectos internos de 
la bala alojada en las entrañas 

Lo raro era que la herida del pecho no presentaba 
un aspecto alarmante, tendiendo mas bien a una rá- 
pida cicatrización 

¿No sena esta, falsa, o un síntoma de recrudescen- 
cia del mal que tomaba fuerzas para reabrir aquella 
boca fatídica? 



[ 382] 



GRITO DE GLORIA 



La fiebre solía también desaparecer ¡Qué consuelo 
ante esta especie de apirexia-remitente 1 

En tales treguas, los jóvenes hablaban como si todo 
peligro se hubiese alejado 

E! pasado era una nube que se desvanecía en hori- 
zontes invadidos ya por una luz esplendorosa 

Entonces ella decía 

— Aún no creo en esta dicha Pasados tantos me- 
ses después de tu primera desgracia^ tantas amargu- 
ras en esa ausencia sin fn% ahora estás ahí de nuevo 
destrozado, mi amigo, sin lastima por tí mismo y por 
los que te quieren t A veces pienso que tú nunca 
te has acordado de nosotros 1 

— No digas eso, Nata — replicaba el joven lleno de 
emoción ¡ Nunca olvide 1 Siempre aquellos a quienes 
yo he amado han vivido en mi pensamiento en los 
día3 de alegría como en los de contrariedades Sólo 
que la pasión de mi tierra me ha conducido lejos, y 
es esa una pasión que no he podido arrancar de mí 
mismo aunque me haya propuesto, porque podía y 
valía mas que yo y que en vez de dañar a otros sen- 
timientos los sustentaba y fortalecía 

— A costa de tí mismo — observó Natalia — , con- 
denándote como decía nuestra madre, a perseguir un 
ensueño 1 No he de regañarte por eso ni he de sos- 
tener que es más dulce la vida en el sosiego, entre 
goces humildes y cuidados amorosos, porque sé que 
no es lo que sucede, aunque sea posible ¡Tan pobre 
es nuestra ventura T No tengo celos de esa novia feh? 
que tu y otros persiguen, y por la cual dan su sangre 
Yo también la quiero como a una imagen bendita 1 
Pero, ¿la has visto, te ha hablado, te ha sonreído, 
como >o después del sacrificio 9 



C3631 



EDUARDO ACEVXDO DIAZ 



S{ — dijo Luis María, estrechándole la mano — 
tu hablas y sonríes por ella, y ahora me siento tan 
feliz que no me acuerdo de mis heridas Otros caye- 
ron valientes y los habrán enterrado juntos en una 
zanja como se entierra al soldado, sin cruces ni llan- 
tos . Cuando eso me suceda, yo sé que habrá quien 
se duela por lo mismo que habrá quien me haya com- 
prendido 

— ¿No hables de morir 1 — murmuró la joven es- 
tremecida, poniéndose de codos en la almohada y en- 
volviéndolo en los reflejo» de sus pupilas No, de eso 
no se habla señor Berón, y se lo prohibo bajo pena 
¿Qué creencia más triste T 

Nublosele la frente, por la que paso una mano ner- 
viosa, y prosiguió, tentando sonreír 

— Cuando estés bueno, verás qué hermoso se ha 
puesto el campo y como alegra cuando alumbra el 
sol La ísleta aquella de los nidos, ¿te acuerdas 9 jSf 
que te acuerdas, la de las cotorra^ 1 es un encanto 
Ño la conocerías ahora porque han nacido tantas plan- 
tas nuevas, de esas que nadie cuida ni riega, que es 
todo un laberinto iQué aire' Te vas a poner 
fuerte como antes y te volverán los colores, iremos del 
brazo y tendrás que obedecerme, porque >o me eno- 
jaré, ¿has oído ? 

Luis María se sonrió y cogiéndola con la mano li- 
bre de la cabeza, le ahogó la voz con sus labios 

Ella no lloraba, a pesar de sus ansias, pero el co- 
razón le golpeaba el pecho como un martillo, al punto 
de que él se apercibió > dijo 

— No te aflijas asi, ya me siento bien Nunca me 
pareció más seductora la vida Yo haré que no su- 
fras nunca cuando esté convaleciente, Natalia 

— ¿Y no te irás más 9 



1364] 



GRITO DE GLORIA 



— jNo, mi bien T No me iré 

— l Bueno T Asi me gusta No tendrás porqué arre- 
pentirte jAy 1 pero, ¿será eso cierto ? Ustedes los 
hombres se buscan penas, pudiendo a veces ser tan 
dichosos Cuando se les quiere, piensan unas cosas 
que nunca soñaron como si el consuelo estuviese en 
sufrir 

Duerme ahora un poco, ¿quieres? Ya es tiempo 
que descanses Estoy temblando que te vuelva la 
fiebre 

— Si tú me despiertas luego ¡Así como has so- 
lido hacerlo 1 

Ella se sonrió, murmurando 
— |Sí' 

— Entonces, bien ¿Hasta luego* 

Natalia se inclinó, rozó con el de él su rostro en- 
cendido y se fue a prisa 

El herido necesitaba en realidad de sueño 

Ese día no se había sentido tan aliviado como en 
los anteriores, cierto malestar interno insistente y 
una punzada dolorosa en el brazo, fija, aguda, le ha- 
cían ansiar unas horas de reposo 

La presencia de Nata lo llegó a absorber por com- 
pleto, y mientras ella estuvo a su lado, no se le ha- 
bría ocurrido quejarse 

Durmióse Pero fue el sueño inquieto, pues sobre- 
vínole de improviso la calentura 

En poco tiempo tomó vuelo 

El herido llegó a quejarse de vez en cuando de do- 
lores en el pecho y de escalofríos periódicos Púsose 
desasosegado 

Toda esa tarde el celo se redobló, y llegada la no- 
che notóse con angustia que el mal iba en aumento 



[ 365 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



El desasosiego fue más profundo, a alta» horas la 
fiebre más intensa, v el delirio dio principio 

Natalia, con extraña firmeza, no se separó ni un 
instante de la cabecera, atenta, contrariada, reprimien- 
do la explosión de su zozobra, que acrecía en la me- 
dida que alanzaba la dolencia 

La noche pasó entre hondas inquietudes 

Por la mañana, el herido pareció entrar en un pe- 
ríodo de calma semejante a un sopor 

Examináronle el pecho La membrana que había 
cubierto como una tela la herida, aparecía desgarrada, 
y por la abertura surgía a intervalos un soplo ronco. 

Aplicáronsele nuevas hilas y vendas, después de la- 
var bien los bordes con una esponja fina 

Luis María llegó a dormirse, algo más tranquilo 

Pero Natalia sintió dentro de su ser como un vacío 
pavoroso Creía que por siempre se le había huido la 
fe y que quería escapársele ya la misma engañosa es- 
peranza 

Sin duda retuvo a ésta el aspecto reposado del he- 
rido, porque en vez de acostarse algunos minutos, 
Natalia fuese a su habitación y púsose a escribir a la 
madre de su amigo una larga carta 

Reflejaba en ella fielmente sus impresiones, des- 
pués de nanar todo lo acaecido, desde que llegara a 
la "estancia", > decíale que confiara en sus cuidados 
V desvelos 

En pos de indecible congoja, escribía ahora ella más 
consolada en presencia del estado satisfactorio del pa- 
ciente Tenía él que reaccionar pronto por el mismo 
vigor de su juventud y por la asidua asistencia de que 
era constante objeto 

Terminaba pidiéndole que en defecto de un médico 
animoso, lo que era imposible, biaa lo comprendía. 



[M8] 



GRITO DE GLORIA 



le enviase algo para vencer k fiebre, que era lo que 
más terror infundía a su ánimo 

Cerrada la carta, Natalia supo que Esteban debía 
ir esa tarde lejos de allí, en busca de un "tape" viejo 
que administraba hierbas medicinales, propias para 
ks heridas 

Aprovechó de su excursión para recomendarle que 
de algún modo, por intermedio de una mano piadosa 
cualquiera, hiciese que esa carta llegara a su destino 

No pensó que podía retrasarse días enteros en su 
marcha 

Don Luciano que había estado hablando un buen 
rato en el palenque con un paisano inválido que iba 
de paso para la Florida, entróse resueltamente en el 
aposento de Beron, y hallándolo despierto, y al pa- 
recer mejorado, aunque débil, díjole con entusiasmo 

— i Animo, amigo 1 Los argentinos vendrán, porque 
ya se declara incorporada la provincia a las otras 
como buena hermana Me lo acaba de asegurar un 
vecino de sesos, que \iene del cuartel general 

Luis Mana volvió de lado el semblante, iluminado 
de súbito por una radiación de contento, v oprimiendo 
la mano que el viejo le tendía, murmuro con acento 
de fe profunda 

— Entonces seremos libres de veras i Loado sea el 
esfuerzo ' 

Desde ese instante hasta la noche, la noticia tras- 
mitida pareció hacer íevivir al paciente 

Las horas se deslizaron fugaces, acaso por ser fe* 
lices, entre fruiciones y esperanzas 

En las primeras de k noche, sm embargo, a pesar 
de la renovación de los apositos y del aseo escrupu- 
loso de las heridas, en las que se aplicaron hojas de 
bálsamo abiertas, en el ansia de encontrar una virtud 



[3673 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



medicinal infalible, aunque fuese en una simple hier- 
ba, Luis Mana fue invadido por la fiebre y tuvo vio* 
lentas contracciones musculares jOtra noche de sorda 
lucha T 

Natalia no perdió la serenidad, pidiendo fuerzas a 
todas sus energías reunidas para hacer frente al con* 
fhcto Con todo, en el fondo empezaba a sofocarla 
como un vaho asfixiante el desaliento 



1368] 



XXXVI 



EL ULTIMO IDILIO 

Ella presentía la proximidad de un gran dolor 
Pero era uno de esos temperamentos que lo sofo- 
can, que lo reconcentran y lo anidan en el pecho, aun- 
que el esfuerzo los deje inquietos, trémulos, adustos, 
sin más manifestaciones externas que una pahde2 in- 
tensa, un brillo de fiebre en las pupilas y una punzada 
aguda en la entraña que sólo en la soledad se resuelve 
en sollozos De estos dolores que tienen miedo de ser 
penetrados, por lo mismo que son sinceros y profun- 
dos, era ti su>o Sus centros nerviosos se resentían 
del esfuerzo, y de ahí que la mente divagase aturdida 
y el corazón empezase a golpear violento como quien 
pide aire desde el fondo de su encierro No quería 
llorar, a pesar de sus ansias La amargura de su padre 
sería menos j Cuanta ternura delicada con el herido, 
y cuánto cariño con él, en su afán doliente l Si ella 
cedía, ya no habría enfermera, no más tino, no más 
atención inteligente en las horas crueles, porque la 
desesperación la haría su presa y el delirio su juguete 
En ciertos momentos la fiebre parecía abrasarle la* 
sienes El sueño solía hacerla cesar, ese sueño que trae 
el cansancio prolongado > que deja al organismo como 
muerto 

Entonces, al incorporarse, se sentía con ánimo fuer- 
te y volvía a la tarea con mas ahinco, nutrida de nue 
vas esperanzas, dulce, risueña, para llenar la atmósfera 
en que respiraba el herido con todos los tonos y re- 
flejos de su adorable juventud 



[369 ] 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



¿Cómo pensar que él se podía morir 9 Era ese un 
ensueño sombrío Había \emdo al mundo con tantos 
dones para la dicha, era tan gentil, tan generoso, que 
la adversidad debía respetarlo Estaba en todo el vi- 
gor de la vida, y había de resistir a los estragos del 
mal hasta \encerlo 

Una noche, el paciente tuvo fuertes contracciones, 
se quejo, la fiebre volvió a atacarlo y durante largas 
horas todo afán fue inútil para devolverle algo de la 
perdida calma 

Natalia pasó este nuevo suplicio de pie, rígida, si- 
lenciosa, y ya muy tarde, cuando el herido quedóse 
al fin postrado, como hundido en el lecho don Lu- 
ciano la sacó de allí 

Fue aquella una noche triste 

En tanto Esteban y Guadalupe hacían la vela. Ro- 
bledo salió al patio, ansioso de aire puro, bajo los 
efectos de una gran pesadumbre 

El cielo estaba sereno y rutilante, en profunda quie- 
tud los campos, y sólo el canto alegre del gallo desde 
el fondo de los ''ombúes", interrumpía el silencio 

Paseóse en lo oscuro, por debajo del alero con la 
cabeza descubierta y los brazos cruzados 

Luego se quedó quieto delante del ventanillo de 
Natalia, por mucho tiempo, y estando aún allí como 
una estatua, llegó a oír la voz de su hija que parecía 
balbucear un ruego 

Después la escuchó más alta, de un timbre desga- 
rrador, que decía — ¡ piedad, Dios mío r 

El viejo llegó a creer que le mordían las entraña». 

¡Era tan amargo el acento, tan sentida la súplica 1 
Aquella pobre que no dormía hacía tantas noches, de- 
bía tener como un plomo la cabeza 



GRITO DE GLORIA 



Lo peor era que ya el mal parecía sin remedio Sin 
duda la bala había caído al pulmón, después de haber 
estado pendiente en el vértice a modo de carámbano 
vacilante, o de lagrima que oscila en las pestañas an- 
tes de rozar el pómulo, y si era así, asunto concluido * 

Don Luciano fuese de nuevo, sin ruido, a la habi- 
tación de Berón, con los ojos muy abiertos, jadeante 
y confuso 

Sorprendióse al entrar en ella 

Allí estaba Natalia, firme, tranquila en apariencia, 
con un gesto de resignación extrema, que daba a su 
semblante toda la dulzura del rostro de las imágenes 
de cera Tal vez había llorado mucho De sus bellos 
ojos se desprendía un reflejo de tristeza honda, na- 
tural en quien ja ha medido toda la magnitud de su 
infortunio 

Robledo nada di) o 

Observó un momento al herido, y volvió a salir a 
paso lento, suspirando con fuerza 

Guadalupe y Esteban peimanecieron quietos en los 
extremos, sin abrir para nada los labios 

De pronto, Nata se dirigió a ellos, mirándolos tam- 
bién en silencio, con los brazos caídos y el aire de- 
solado 

Ellos se fueron al comedor 

Estúvose Natd todavía unos instante con la vista en 
el suelo, como escuchando el rumor de esos pasos 

Después se volvió hacia el herido, clavando en sus 
facciones desencajadas la vista ansiosa, se acercó 
bien, arreglóle la almohada, apartóle a los dos lados 
el cabello, y púsose a contemplarlo con muda fijeza 

Como viese que él no se movía, cogióle suave entre 
sus dos manos el rostro y lo beso en la boca 



[37U 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



Luis María hizo un movimiento, abrió los ojos y 
los puso en ella 

Volvió a cerrarlos y a abrirlos cual si luchase por 
reconocer, y al fin, como ai reuniese todas las fuerza» 
que le quedaban, alzó trémulo el brazo, que ciñó al 
cuello de la joven, la atrajo hacia si nervioso, jun- 
tando con la suya la linda cabeza, y dijo anhelante 

— j Cuanto bien 1 Asi a*>í 

Ella dejó hacer Se puso de rodillas en el suelo, lo 
estrechó contra su pecho y oprimió con los smos sus 
labios ardientes, sin hablar, entre mimos y retozos, 
suspiros que eran risas ahogadas, risas que eran lian* 
tos comprimidos, fruiciones preñadas de amargura, de- 
liquios que eran ansias de una vida que se iba y de 
una dicha malograda 

El pareció renacei, ella ohidar 

Se estrechaban como si buscasen desafiar juntos la 
temida hora de la muerte con la fuerza de su cariño 

Arrastrándose de uno a otro sitio sobre sus rodillas, 
con el seno entreabierto, la boca roja, la pupila bri- 
llante, Natalia sostenía entre sus brazos la cabeza del 
joven, evitándole esfuerzos y venciéndolo en cada 
arranque, con una caricia infinita 

En seguida se quedaban mirándose, y ella decía 

— ¿Es este un consuelo 9 

— Oh, sí 1 — contestaba él ^Más r que no mata, y 
hasta el dolor cesa Yo quiero vivir, mi bien. 

— ¿Y por qué no 9 Dios lo ha de querer, pues que 
en su bondad permite que hasta los malos gocen . 
Si te mejoras pronto, \eras qué dicha' Esta el campo 
que rebosa de alegrías, y vienen los follajes Ire- 
mos alh, donde me bajaste del árbol aquella vez Me 
hiciste temblar de miedo, o qué sé yo que. é Pero 



ÍS72] 



GRITO DE GLORIA 



tenía un gusto 1 No pude dormir, entonces; estaba 
como una aturdida - 

Y esto diciendo, escapáronsele las lágrimas que ha- 
bía luchado por reprimir, escondiendo el rostió en la 
almohada 

Luis María volvió a acariciarla febril, \iolento, atra- 
yendo con brusquedad su cabeza como quien pre- 
siente que la vida se le escapa por el íecomienzo del 
escozor en las heridas 

Natalia se abandonó nue\ amenté a aquel delirio, 
a aquella ardorosa ternura que recién se manifestaba 
intensa, profunda, en el ahinco por la existencia 

La ahogó él con sus besos 

Cada vez que quena hablar, su boca, llena de fuego, 
cerrábale la suya con energía varonil, y su mano cris 
pada le retenía la cabeza unida como un áncora de 
esperanza 

Cual si saliera de un auefio, Natalia dijo temblante 

— |0h f puede esto dañarte *Qué locura 1 Re- 
posa, por favor 

— Hay tiempo — murmuró Luis María con voz 
apagada 

Otra vez otra , 

Dio luego una sacudida, <*e arquesó, puso el sem- 
blante en el seno de la joven y escaposele un sollozo 

En pos de esa contracción, su cabeza resbaló en la 
almohada y hundióse en ella 

— |Ay! —exclamo Nata — ,qué tortura horrible* 

El herido había cerrado los ojos y respiraba con 
gran fatiga Ardían sus sienes 

Púsose de nuevo Natalia de pie, alzándose pálida 
y rígida como una muerta 

Cogió con mano convulsa la infusión de corteza de 
"quebracho", y le hizo beber dos o tres sorbos 



[373] 



1DUABBO ACEVEDO DIAZ 



Examinóle las vendas 

La del brazo no ofrecía novedad alguna No así la 
del pecho Debajo de ésta se dibujaba una mancha 
de sangre y sentíase un resuello sordo, intermitente, 
de fuerza viva que se aniquila 

— Yo habré apresurado su muerte — susurró Nata- 
ha conteniendo los alientos Pero él lo quería Era 
un pobre y último goce que no podía negarle j Pobre 
goce 1 jMás merecías, mi amado, ya que vas a monr, 
todo mi ser fuera poco* 

Y contemplándole como extraviada, la angustia su- 
bió de punto 

Volvió a abrazarse a él y lo movió diciendo con 
acento bajo v entrecortado 

— No te \as así tan pronto Yo no quiero que te 
mueras t 0H crueldad de la suerte 1 | Vuelve, mi bien, 
sí, vuelve 1 Un último beso para tu madrecita que- 
rida, que yo lo recibiré todo en mi boca Sonríete 
como antes, j ánimo r sí, i animo, que esto pasará mi 
amigo adorado' 

Sonreía ella a su vez, viendo que el herido abría 
los ojos y se volvía, como cediendo al esfuerzo de sus 
manecitas temblorosas que le opumían las sienes dul* 
cemente 

Pero fue un arranque supremo 

Un fulgor opaco lucía en sus pupilas, que se con- 
centraron sobre la jo\en con la dureza de la agonía, 
quiso hablar, > de su boca salió un hálito leve, y al 
sellarse en un ultimo beso los labios de los dos, sa- 
cudió un momento la cabeza la posó en la almohada 
y se quedó mmó\il 

Natalia lanzó una voz semejante a un ronquido, y 
dióse vuelta anonadada 



[•74] 



GRITO DE GLORIA 



Vio a bu padre, a Esteban, a Guadalupe, a don Ana- 
cleto en la penumbra que miraban hacia el lecho, 
como buscando entre sus pliegues un signo de vida. 

— Inútil empeño — > dijo Natalia. ¡Todo acabó * 

Sin vacilar acercóse al lecho, y posó sus dos manos 
en los párpados del muerto 

Allí las tuvo un rato 

Después las separó y miró.. 

Estaban plegados Parecía dormido, 

El resplandor tenue del alba penetraba por las ren- 
dijas del ventanillo y con su aparición coincidía el 
vanado concierto de las aves que anidaban bajo el 
alero. De afuera venía como una oleada de vida car» 
gada de trinos y de aromas, y las luces brillantes no 
tardaron en unirse al festival de la mañana, con el 
coro lejano del ganado y el vaivén del esquilón 



XXXVII 
LA SOMBRA DEL CENADOR 

Cuando caía el sol al día siguiente en medio de una 1 
atmósfera de ámbar y rosa confundidos, un pequen^ ^ 
grupo de personas mustias y calladas saha de las ea- it 
sas y se dirigía a lento paso hacia el estrecho valía 
que el bosque de Sania Lucía orillaba con sus frondas, t _ 

Componíase el grupo de cinco hombres y dos vota» i 
jeres Cuatro de ellos llevaban a pulso un cajón, algQ 
como un féretro cubierto por un paño negro clavado- * 
en la madera a trechos - 

En la tapa de estas andas veíanse esparcidas rami* * 
tas verdes y flores silvestres apiñadas, sm orden, cual 
si sobre ella hubiese volcado al azar uno de sus bú- 
caros la primavera 

Los gajos del aromo y del laurel agreste se entre- 
mezclaban con la yedra y los claveles del aire Algu* ^ 
ñas violetas aparecían aquí y alia entre los vivos ma- 
tices, como arrojadas por un soplo de angustia 

La fosa se había abierto junto a la que encerraba 
a Dora 

Natalia quiso que su amigo descansara al lado de- 
la que le amó, como ella, 4 tal vez con la misma in- 
tensidad e idéntica ternura ' 

Una cruz de coronillo alta y retorcida, en cuyos bra- 
zos se enroscaban panetanas lanzando a todos rtrav 
bos un centenar de guías, señalaba el sitio en que re- 
posaba la cabeza de la amable joven que fue luz del 
pago 

[ 376 ] i 



GRITO DE GLORIA 



Cerca, en un grupo de "talas" una banda de "hor- 
neros" bulliciosos hería el aire con sus gritos alegres» 
que a don Cleto parecieron ecos de aquellas risas en- 
cantadoras de otro tiempo. 

Guadalupe llevaba una crus semejante a la que 
adornaba la tumba de Dora, fabricada en la noche, 
como el ataúd, por Esteban y el capataz. 

En tanto sepultaban el cuerpo de Lúas María, Na- 
talia se puso de rodillas al borde del hoyo, siguiendo 
coa la mirada como subía a oleadas la tierra negra 
que caía sobre la caja 

Las flores habían sido amontonadas a un lado, para 
aer luego desparramadas encima 

La joven tenía los ojos hundidos y el rostro de una 
blancura casi transparente. Más rígida que nunca, ni 
una cnspación se notaba en sus facciones» ni en sus 
labios marchitos Parecía haber apurado de un sorbo 
toda la hiél del sufrimiento» 

Antes de abandonar las "casas", había besado mu- 
chas veces al muerto en la frente y en las mejillas, y 
apartada de allí, había vuelto en silencio con gran 
fuerza de voluntad, y estrechado contra la suya su ca- 
beza, besándolo entonces en los labios yertos Gon una 
caricia interminable 

Arrancada de nuevo del sitio, había retornado sin 
mirar a otro objeto que al que fue au adorable deli- 
quio, con un gesto tan duro y sombrío, que nadie se 
atrevió a detenerla, y otra vez acarició al muerto, 
cortóle dos rulos, que guardó en el seno, echóle sobre 
el pecho un puñado de flores, arreglóle bien la almo- 
hadilla, y después dijo con acento dulce 

— Ahora si . jNo hay más que hacer 1 

Cuando salían, habíale dicho su padre a modo de 
ruego: 

[377] 

37 



EDUARDO ACEVEDO DIAZ 



— Tú no \as, hija Basta con nosotros 

Y ella respondió con una firmeza tranquila 
— ¿Si, que iré 1 

Y había \enido ahogando sus sollozos, altiva en su 
dolor, hasta aquel lugar reservado para el último sue- 
ño de su novio 

Vio echarle tierra sin modular una queja, en apa- 
nencia insensible 

Apenas en el párpado nervioso podía notarse su 
honda agitación interna, y en la expresión desolada 
de sus pupilas el abismo abierto a sus fervientes amores 

Sin duda se había secado la fuente del llanto, y 
sólo quedaba dentro ese pesar agudo que hace latir 
la arteria a saltos y denuncia una revolución de los 
afectos más ardientes del animo 

La fúnebre tarea duró breves instantes 

La tierra llegó al nivel se aplanó, púsose la criw 
en linea recta con la de Dora, a igual altura, y por 
último esparcióse sobre las dos tumbas un poco de 
arena fina traída de la ribera para rellenar las más 
pequeñas grietas del suelo 

Hecho esto, Nata se levantó y diseminó en aquel 
corto espacio las hojas y flores como quien rocía con 
agua bendita 

Después, dijo a su padre 

— Les haremos aquí una casita que les preserve de 
la lhrvia que filtra y del hielo, ¿ verdad ? 
—Sí 

Natalia echó a andar, y todos siguieron en pos 

El grupo, al llegar a las casas, se disolvió silencio- 
so, como se había reunido El pesar era profundo 

Natalia entro a su habitación sin fuerzas, y arro- 
jóse en el lecho 

En el quedó como muerta, hasta el otro día 



[378] 



GRITO DE GLORIA 



Con el alba se levantó, y púsose a escribir a la 
madre de Berón 

Parecía serena, tenía firme el pulso, y trazó los 
caracteres con calma dolorosa 

"Ya acabó de sufrir — decíale entre otras cosas de 
mujer convencida de que nadie ha de dolerse mas que 
ella — Su último beso fue para ti y lo recibió toda 
mi boca Yo le cerré los ojos, y le corté dos rizos, 
uno para tí, otro para mí Ahí va el tuyo Lo acom- 
pañé hasta el sitio que yo había señalado para que 
durmiera, y \í como lo acostaban ¡Está en buena com 
pañía, madre 1 y lo he de cuidar siempre Tendrá 
mi visita todos los días y muchas flores, de las más 
hermosas que se encuentren en mi jardincito y en la 
ribera, ademas les haremos una "glorieta" a los dos, 
con ceibos y claveles del monte { Nunca se apartara 
de mí su memoria' Sea cual fuere la hora en que te 
acuerdes de el, vo también estaré pensando en el ami- 
go adorado que fue la ilusión de mi \ida jAy, ma- 
dre' por mas que las dos lloremos, no hemos de llenar 
el vaso de amargura en la medida en que lo hemos 
bebido j Consuélate, a pesar de todo, de que siem- 
pre tendremos lagrimas 1 " 

Como esta carta decía, elevóse en el lugar solitario 
un pabellón que rodearon los ceibos y enredaderas 
de la selva, y al poco tiempo se formó un cerco es- 
pego de flores y follajes. 

Después, los céspedes se unieron a los ceibos que 
retoñaban, las enredaderas y lianas luciéronse trenzas 
largas y ondulantes y se asieron a las cruces con todo 
el vigor de brazos que se crispan ansiosos de apoyo 

Las cruces llegaron a desaparecer poco a poco en 
un boscaje que se alzó trepando en torno del cenador 
por dentro y fuera, y sólo quedó en el interior como 



[379 ] 



un sendero tortuoso que terminaba allí donde estaban 
los símbolos funerarios 

Las avispas y las abejas salvajes zumbaban en los 
días ardientes bajo la bóveda y elaboraban sü miel 
en la espesura de mburucuyáes y "camambúes" 

Cuenta una tradici&n del pago, que en aquel bú- 
caro enorme, ornado siempre de frescas frondas, guias 
y festones, a la vez que criadero exuberante de sel-* 
váticas aromas, vemían los pájaros en nutridas ban- 
das a fabricar sus nidos, oyéndose al cuajar la au- 
rora y al mortr la tarde un himno eterno de compli- 
cados silbos y arrullos; y añade la tradición también, 
que a esas horas, unas veces entre luces y otras entre 
sombras, veíase entrar y salir del cenador a una mu- 
jer taciturna, ngida y fría que no por esto dejaba 
de sonreír a los vivos, pero que sólo parecía hablar 
con los muertos 



FIN 



[3801 



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VOLUMENES PUBLICADOS 



' i 
t ■ 



.5 £ 



1 — Carlos María Ramírez Artigas 

2 — Carlos Vaz Ferreira Fermentario 

3 — Carlos Reyles El Terruño y Primitivo 

4 — Eduardo Accvedo Díaz Ismael 

5 — Carlos Vaz Ferrara Sobre los problemas social^!, 

6 — Carlos Vaz Ferrara Sobre la propiedad de la tierjjÍ¿¡ 

7 — José María Re\es Descripción geográfica del — " 

torio de la República O del Uruguay (Tomo 

8 — José María Reyes Descripción geográfica del 

torio de la República O del Uruguay (Tomo 

9 — Francisco Bauza Estudios literarios 

10 — Sansón Carrasco Artículos 

11 — Francisco Bauza Estudios constitucionales 

12 — José P Massera Estudios filosóficos 

13 — El Viejo Pancho Paja brava 

14 — José Pedro Bellan Doñarramona, 

15 — Eduardo Acevedo Díaz Soledad y El combatí 

la tapera 

16 — Alvaro Armando Vasseur Todo» los cantos 
17* — Manuel Bernárdez Narraciones 
18 — Juan Zorrilla de San Martín Tabaré 
1% — Javier de Viana Gaucha, 

20 — María Eugenia Va* Ferreira La isla de los cÁNTf^jék,^ 

21 — José Enrique Rodó Motivos de Proteo (Tomo 

22 — José Enrique Rodo Motivos de Proteo (Tomo ÜJ* «* ¡£ 

23 — Isidoro de María Montevideo antiguo (Tomo 

24 — Isidoro de María Montevideo antiguo (Tomo II).